17 nov. 2012

(Por Fernando Tebele) El código telefónico de Catamarca aparece en el aparato, como tantas otras veces. Esta vez, no es él quien llama; pero nos llaman por él. Del otro lado del teléfono y del país, Martín, de la Asamblea del Algarrobo, nos trae la infortunada noticia: Darío Moreno se quitó la vida.


Nadie lo puede creer; ni el que lo cuenta, ni los que escuchamos. Estamos hablando de aquel tipo que siempre aparecía con su voz arengando a la resistencia contra la minería a cielo abierto. Del que necesitaba cuatro policías por lo menos para calmar su furia llena de razones y ni así era apaciguado. El mismo que se tiró de cabeza contra los camiones de La Alumbrera intentado evitar que atravesaran el bloqueo selectivo. El que quedó detenido por eso. Sí, ese tipo que al salir de la comisaría aún tenía energía para dar un discurso político a través de la radio. Para gritar NO PASARÁN.
Martín nos sigue contando lo que sabe. Es un amigo de esta casa. Tiene cara Martín para nosotros. Lo hemos abrazado varias veces. A Darío, en cambio, por una de esas paradojas de la vida, le pusimos cara el día de su muerte. Su voz se escuchó muchas veces en el mismo teléfono que ahora nos sorprende con la noticia. La última vez fue hace demasiado poco. Una semana atrás.
Cuando el teléfono suena desde Catamarca nos sobresaltamos. Desde aquella mañana de represión, cuando corrimos de la cama al estudio con los gritos desesperados de Karina Olmos mientras se metía dentro de un auto para proteger a sus chicos, esos números nos inquietan cada vez que aparecen. Esta última vez que escuchamos su voz fue una excepción. No estaban reprimiendo. No habían arrasado con el campamento como hace un mes. No. Ahora Darío nos llamaba para pedirnos un número telefónico. Es que la Asamblea de Tinogasta por la Vida, a la que le supo entregar buena parte de la suya, tiene funcionando una radio desde hace poco. Darío necesitaba entrevistar a alguien. Desde anoche -solo dormí porque me dictaron conciliación obligatoria con el sueño- que intento recordar a quién quería entrevistar. No tiene la menor importancia conocer ese dato, ni siquiera para este texto, pero es un detalle que me gustaría recordar. Supongo que será porque ahora sé que no volverá a llamar y siento la obligación de recordar esa conversación. Ante la muerte y sus misterios, uno puede detenerse en cualquier tontería. Darío sonaba contento esa que, ahora sabemos, fue nuestra última vez. Sonreía, entusiasmado por el chiche nuevo de la radio. “Estamos rompiendo todo con el programa de la mañana”, dijo, y largó una risotada enérgica. Otras veces hablábamos de la lucha; ese día hablamos de la radio. Al fin, fueron las dos cosas que, juntas, nos unieron.
Pienso cuánto tiempo faltará para que su nombre sea el nombre de una agrupación en lucha. Me río por eso. Supongo que él también lo haría. Al menos el Darío que yo me armé se reiría.
Ya no será posible darle un abrazo. Sí queda su voz registrada por la tecnología moderna. La misma tecnología que hace que, recién ayer, le hayamos puesto cara a un tipo al que sentíamos cerca. Hubiéramos preferido quedarnos solo con su voz.

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