25 ene. 2013

(Por La Retaguardia) Una vez más la familia Carballo se enfrenta cara a cara con la impunidad policial. A fines de 2009, Rubén (h) de 16 años fue golpeado brutalmente por efectivos antes de ingresar al Estadio de Vélez Sarsfield para asistir a un recital de Viejas Locas; tras estar internado varios días en coma, murió. Más de tres años después, y cuando aún los culpables no han sido identificados, su hermano Ricardo Emmanuel se encuentra detenido desde hace quince días, acusado por un delito que, según su papá Rubén, no cometió. Rubén Carballo detalló lo que denuncia como una represalia por sus denuncias contra la policía.

El 10 de enero pasado, Ricardo de 18 años pasó a buscar a su amigo, Walter Greco, para ir a sacar unos escombros. Subieron al auto de Walter, un Peugeot 206 deportivo, pero a las pocas cuadras un hombre ingresó imprevistamente al coche mientras los apuntaba con un arma. Unos metros más adelante, se les sumó una segunda persona. Les dijeron que se quedaran tranquilos, ya que necesitaban dirigirse a un lugar.
“Los llevaron de un lado para otro, les sacaron los documentos, los amenazaban todo el tiempo para que no hicieran señas si pasaba un patrullero -relató Rubén Carballo, papá de Ricardo, en diálogo con La Retaguardia-. Pasaron una hora dando vueltas. En un momento, entraron por Varela en contramano, donde hay un kiosco en la esquina, hicieron bajar a mi hijo y (los dos hombres) se quedaron hablando con Walter, le dijeron que tenían que ir a buscar plata a ese kiosco y le dieron un bolsito, le sacaron un cargador que tiene la pistola. Walter le dijo a mi hijo que por favor lo acompañara hasta la esquina, mi hijo no alcanzó a escuchar lo que ellos estaban hablando, él pensó que tenían que ir a buscar algo para estos dos tipos que estaban en el coche. Cuando entraron al kiosco, Walter le mostró la pistola a la señora y le pidió la plata. La señora le entregó lo que tenía ahí; cuando salieron, mi hijo quiso correr para el lado de la Avenida San Martín, pero Walter le pidió que por favor no lo dejara solo, y le propuso caminar despacio para que la mujer los siguiera. Ella lo hizo hasta ver la patente del vehículo. En la declaración, la señora dijo que llamó por teléfono a un policía del barrio. A las cinco o seis cuadras los tipos pararon el vehículo, se bajaron, y cuando les dieron el bolsito se lo tiraron por la cara, y les dijeron que eso no era lo que ellos estaban buscando, que se fueran directo para las casas y que no se acercaran a ninguna comisaría, que la familia corría peligro. En ese lapso, vino un patrullero atrás, Walter se asustó, cruzó una calle y cuando dobló chocó contra una casa, mi hijo bajó y se sentó en una escalera de la esquina de Cuba y Camacuá. Este chico le empezó a hacer señas al patrullero para que pare y les dijo que fue secuestrado, cuando bajaron del patrullero lo empezaron a agarrar a patadas, trompadas, lo tiraron al piso, lo esposaron”.
A los pocos minutos, llegaron más patrulleros. Los policías vieron a Ricardo sentado y lo esposaron, le taparon la cara con una remera y le pegaron una trompada que le aflojó un diente. Todo esto a pesar de que el joven no se había resistido.
“Lo metieron adentro del patrullero y le empezaron a pegar y preguntar dónde estaban los fierros. Mi hijo no sabía nada de lo que le estaban hablando, me contó que escuchó a un policía que mencionó haber encontrado en la escalera un revólver. La causa está llena de falencias de procedimientos, un policía dice que encontró el arma en la escalera, otro que estaba en otro lado, y un tercero que la vio en la vereda. Yo mandé a hacer una pericia de huellas digitales y un dermotest. Cuando llegué a la comisaría, me dijeron que no lo habían llevado (a Ricardo) al médico porque era un jueves a las cinco de la tarde y no había médico por ningún lado”, detalló Rubén Carballo.
Carballo encontró a su hijo esposado, con la remera ensangrentada e imputado por robo agravado con abuso de arma de fuego ilegal de uso civil. Cuando le preguntó que había pasado, el joven le contó que con su amigo habían sido secuestrados y que nadie lo quería escuchar, sino que lo agredían todo el tiempo.
Carballo habló con el jefe distrital, luego de lo que su hijo fue trasladado a la comisaría de Ramos Mejía, mientras que a su amigo Walter lo llevaron a la de San Justo. “Los comisarios de ambos lugares más la jefatura distrital me dijeron que ellos podían bancarlos quince, veinte días allí, que es lo que lleva el proceso en el que el juez tiene que determinar si quedan en libertad o permanecen detenidos. Pero misteriosamente a los siete días me lo mandan a la Unidad 43 de González Catán. El mismo comisario me dice que esto nunca les había pasado, me dice que me fije qué puedo hacer, que hable con alguien, porque son hasta veinte días que se pueden quedar, y la orden de traslado la dio el juez de garantías. A las dos de la mañana me llamó la mamá para decirme que lo habían trasladado a Lomas de Zamora”, relató Carballo.
No es la primera vez que esta familia vive en carne propia el accionar policial. El 8 de diciembre de 2009, otro hijo de Rubén, que llevaba su mismo nombre, falleció tras 24 días de internación como consecuencia de la fractura de cráneo que sufrió en manos de los efectivos de la Comisaría 44ª, encargados de la “seguridad” del recital que realizaba la banda Viejas Locas en el Estadio de Vélez Sarsfield. Rubén, además, tenía el hombro izquierdo destrozado y varias marcas de balas de goma en su espalda.
Su padre no puede evitar relacionar la muerte de Rubén y su posterior lucha contra la impunidad con lo que ahora le sucede a Ricardo: “vienen pasando otras cosas, me clausuraron un puestito que tenía, en el que trabajaba hace un año y medio vendiendo hamburguesas y panchos, que es el único sostén que tenemos. Es una persecución que hay contra mi persona, a partir de todo el trabajo que vengo haciendo. Yo estoy trabajando en San Justo en un boliche que se llama Green, de donde hice sacar a catorce policías por la forma en que les pagaban a los chicos. También intervengo en todas las causas en la que tengan que ver estos personajes. Yo le dije a la fiscal: '¿en qué cabeza cabe que este muchacho (por Walter) que tiene coche propio, un sueldo de diez mil pesos, vaya a robar doscientos pesos?'. Cuando la mujer (del kiosco) estaba declarando en la comisaría dice que le habían sacado doscientos pesos, y la policía le devolvió seiscientos. La señora dice que vio entre tres y cuatro personas, la policía le dice que tiene que decir que eran solo dos. Es una causa armada, aparecieron dos testigos que dicen que vieron cómo los chicos fueron secuestrados. La fiscal ya tendría que haber firmado la ampliación de la indagatoria de los chicos, lo grave de todo es que el defensor oficial no estuvo presente cuando los chicos fueron indagados y apretados. Esta fiscal tiene aparte una causa de siete presos quemados en Lomas del Mirador, esto pasó el año pasado, y no hay ningún policía detenido por eso. Y también tiene otras causas armadas a familiares de víctimas, que también tienen presos a sus hijos. Yo voy a hacer un informe completo y le voy a hacer una investigación a esta mujer”.
A partir de lo sucedido con su hijo Rubén, Carballo comenzó a colaborar en la búsqueda de justicia para distintos casos de impunidad. En el último tiempo, se encontraba trabajando fuertemente en el caso de Luz y Diego Romero: “una parejita de Jujuy, que estaba viviendo en José León Suárez. Por la pérdida de una mochila, le hicieron todo un armado, la policía le sacó fotos cuando lo detuvieron, lo obligan a cortarse el pelo. Irregularidades que hay en todas las causas armadas. Yo me encargo de la investigación de todas las causas; de encontrar a los testigos, llevarlos a declarar a la fiscalía, trabajar en conjunto con la fiscalía para que se llegue a la verdad y que se rompa toda esta corrupción policial”.
La misma corrupción policial que permite que los asesinos de su hijo Rubén continúen en libertad, y que Ricardo permanezca detenido y golpeado por un delito que, según denuncia su padre, no cometió. En el mundo del revés, tendrá que demostrar su inocencia.

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