23 feb. 2013

(Por La Retaguardia) La doctora en filosofía, ex legisladora y flamante directora del Observatorio de Género de la Justicia porteña reflexiona, a propósito de un nacimiento en Misiones, sobre el respeto a la identidad de género de las personas intersexuales. El caso tuvo una extensa cobertura en los medios tradicionales, desde que se conoció la noticia hasta la decisión de los padres de ponerle un nombre de mujer y trasladarla a Buenos Aires para intervenirla quirúrgicamente y extraerle los órganos masculinos. Maffia afirma que no es necesario apurarse a resolver quirúrgicamente, que es mejor esperar a que la subjetividad del bebé pueda comenzar a expresarse, y cuestiona las determinaciones culturales que hacen que algunos cuerpos sean mutilados, sacrificados y torturados.

“En general, la manera de discernir en el momento del nacimiento si es una nena o un varón, es mirando los genitales. Decimos que es una niña o un varón porque tiene vagina o pene. Incluso hay un lenguaje que utilizan a veces los médicos en los protocolos cuando se refieren a estos casos de llamado sexo ambiguo, que es que no se lee claramente el sexo del bebé. Es como si fuera una escritura, un signo que nos indica cuál es el sexo, y a veces no nos lo dice claramente. Ante estos casos, para revelar el sexo, la medicina recurre normalmente a otros mecanismos, por ejemplo investigar cuáles son los cromosomas correspondientes a ese sexo, presumiendo que los signos que hacen de un sujeto una niña o un varón van sistemáticamente encolumnados: genitales de niña, cromosomas XX, órganos internos de niña, hormonas de niña, y lo correspondientemente de varón. Esos signos corporales son los que van a hacer que se atribuya un sexo a una niña o a un varón”, explicó Diana Maffia en diálogo con La Retaguardia.
La ex legisladora por la Coalición Cívica afirmó que la Ley de Identidad de Género, aprobada en mayo de 2012 tras una larga lucha del movimiento por la diversidad sexual, tiene como objetivo que se respete el sexo autopercibido por una persona y la expresión de género que cada uno libremente elija manifestar como manera de mostrar cuál es su género. Sin embargo, recalcó que la norma deja vacante los casos como el de Misiones: “en este momento la ley de identidad de género permite que la persona en primer lugar ponga de relevancia la autoridad de su propia percepción sobre su sexualidad, y en segundo lugar que su cuerpo no sea rehén de esta situación, que no tenga que ordenarlo de acuerdo con una percepción externa o estándar sobre qué relación hay entre cuerpos, géneros y sexualidades. La persona puede si quiere hacer modificaciones corporales pero no está obligada a hacerlas". Pero esta ley se refiere a las personas que pueden expresar su deseo o pensamiento en primera persona y obviamente el bebé no lo puede hacer: "el bebé está reducido a ser un objeto, su condición de sujeto está omitida, olvidada, porque se va a hacer de ese cuerpo lo que la voluntad de los médicos, con el acuerdo de los padres, quieran hacer. El bebé no va a tener la posibilidad de manifestar su propia identidad de género, ni su propia sexualidad, y esto es sencillamente porque se apuran en hacer la operación en el momento del nacimiento del bebé, y la hacen con un efecto de corrección. Es decir, es inaceptable para la medicina, supuestamente inaceptable para la sociedad, que un niño tenga ambigüedad en sus genitales o tenga presencia de genitales a la vez masculinos y femeninos, y se oculta en esta práctica algo que también podría resultar inaceptable para la sociedad y que tendríamos que poner públicamente en consideración, y es si es aceptable para la sociedad mutilar un cuerpo para adaptarlo a una expectativa social, intervenir un cuerpo de manera cruel, mutilante, torturante para que ese cuerpo no contraste su ambigüedad con las expectativas que la sociedad tiene acerca de la relación entre cuerpo, sexualidades y géneros”.
De todos modos, Maffia consideró que al poner esta autoridad en la propia persona, la ley de identidad de género permite que se pueda exigir esperar a hacer las intervenciones hasta que el sujeto pueda manifestarse: “no es que hay que esperar 18 años, hay que esperar entre 2 y 4 años, donde la subjetividad de ese bebé pueda comenzar a expresarse y evitemos mutilar un cuerpo innecesariamente, y aprendamos a vivir con la diversidad porque no siempre esos cuerpos van a tener como correlato el rechazo, la falta de amor. Esta es la parte que construimos valorativamente: decirle a una persona que tiene sexo ambiguo que ese cuerpo es un cuerpo inaceptable y que de esa manera no puede ser deseado, amado, ni puede tener una práctica sexual que le resulte satisfactoria”.
Para la filósofa es muy importante trabajar este tipo de casos con los padres, conversar sobre sus expectativas, deseos, una postura que se termina omitiendo ante la celeridad con la que se busca resolver la situación: “en unas declaraciones de la madre (en el caso de Misiones) leí que ella temía que una vez hecha la operación se equivocaran en la asignación de sexo, y es un temor fundado porque estos casos se han dado, sexos asignados que luego no resultan en la evidencia subjetiva del cuerpo que las personas tienen. Este deseo, que también es determinante de la sexualidad, es algo que tendría que estar en interrelación con la propia capacidad de manifestarse de ese bebé. Ante la ambigüedad sexual lo que va a ocurrir es que los médicos van a ver cuáles son los cromosomas, y la mamá dice que tiene la percepción de que es una nena y le pone un nombre de nena, y qué pasa si en el análisis genético los médicos descubren que es un XY, van a tratar de determinarlo como varón”.
Además, Maffia aclaró que este tipo de casos no son excepciones, ya que se calcula que uno de cada dos mil nacimientos tiene este tipo de ambigüedades en distintos grados y en distintas manifestaciones: “no son pocos y no todos se resuelven de la misma manera. El que sea una situación atípica nos pone en la consideración de que sea disvaliosa, porque puede ser atípica por excepcional y sin embargo ser muy valiosa, hay culturas donde el hecho de que un cuerpo sea hermafrodita es algo sagrado y valoradísimo. Precisamente por su condición de excepcional. No es nuestra cultura, porque nuestra cultura es de castración. No se va a valorar esa ambigüedad, sino que ese cuerpo va a estar destinado a mutilarse porque se hace de la excepción algo monstruoso. De hecho, la intersexualidad, el hermafroditismo era un capítulo de la teratología, que es la parte de la medicina que se dedica a lo monstruoso. A veces también se habla de la malignización del órgano, sobre todo en casos donde los testículos no han descendido se dice que pueden desarrollar un cáncer. En algún momento, a futuro, ese sujeto puede llegar a ser controlado, y se puede vigilar que esto no ocurra. Otra preocupación al determinar esos cuerpos tiene que ver con la fertilidad, ¿hay alguna posibilidad de reproducción en ese cuerpo? Y otra cuestión tiene que ver con la capacidad de un coito vaginal, es decir que se va a tratar de que todos los cuerpos sean adaptables a un coito vaginal porque esa es la sexualidad que permite la reproducción y esto es lo canónico en la sexualidad. Hay un montón de determinantes que son culturales que no tienen que ver con la medicina, y el problema no es que esa sea la manera de interpretar nuestros cuerpos, porque eso es parte de la cultura, sino que bajo ese aspecto cultural ciertos cuerpos sean mutilados, sacrificados y torturados. Ese sí me parece un problema ético que debería incitarnos a una reflexión profunda”.
Consultada sobre su flamante cargo al frente del Observatorio de Género en la Justicia de la Ciudad de Buenos Aires, Diana Maffía lo describe como un espacio dependiente del Consejo de la Magistratura que será presentado oficialmente el próximo 12 de marzo, y cuyo objetivo será la elaboración de investigaciones, diagnósticos e iniciativas orientados a promover la igualdad entre los géneros y el pleno respeto a la diversidad sexual en el sistema judicial porteño: “en realidad fui designada como consejera académica el año pasado en el Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires. El Consejo Académico que toma decisiones sobre la capacitación y la formación de jueces y juezas en la ciudad; y propuse un proyecto para encarar un observatorio de género que nos permitiera hacia dentro de la justicia ver cómo están las cuestiones de equidad de género y también hacia fuera de la justicia la cuestión de acceso a la justicia y de posibles discriminaciones, invisibilidades, falta de acceso de sujetos, que están subalternizados por su género, sean mujeres o sujetos con identidades sexuales diversas”, explicó.
En relación a las distintas funciones que tendrá el Observatorio, Maffia precisó: “nos vamos a ocupar, además, de pensar formaciones, capacitaciones, evaluación de fallos, nueva jurisprudencia, tratar de avanzar en aquellas condiciones que hacen a un ejercicio profundo de la equidad de género en la justicia de la ciudad. El observatorio depende del Plan Estratégico de la Justicia de la Ciudad que es una parte del Consejo de la Magistratura que precisamente busca ir más allá de lo coyuntural en la justicia. El Consejo tiene una función básica que es la selección de los jueces, y también las posibilidades de juicio político a jueces o juezas que incumplan con sus funciones, pero además tiene este área de plan estratégico que nos permite pensar en una dimensión mayor, diferente y prospectiva la calidad de la justicia. Dentro de este plan está el observatorio de género, que precisamente va a tener este tipo de objetivos, centrado en la cuestión de la equidad de género hacia dentro de la justicia y hacia la sociedad”.

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