30 abr. 2013

Foto Agencia Walsh
 
(Por La Retaguardia) En julio de 2011, Diego Romero y Luz Gómez fueron junto a su beba y unos familiares a hacer una compra en un supermercado. Para volver, viajaron en dos remises y en uno de ellos olvidaron una mochila en la que llevaban pañales, ropa y otros objetos de su hija. Meses después la policía allanó su casa y los detuvo. La mochila perdida había sido encontrada en el lugar donde se había cometido el crimen de un colectivero. Romero estuvo más de un año detenido y hace poco logró, gracias a la lucha de su familia y al trabajo del abogado Eduardo Soares, el beneficio de la prisión domiciliaria, condición en la que su esposa estuvo desde un primer momento. En este marco, dialogamos con Diego Romero para que nos cuente la pesadilla que todavía viven: “nunca provoqué caer en esta situación, lo que nos está pasando podría pasarle a cualquier ciudadano común y corriente que caiga en manos de este poder judicial que se cree dueño de la verdad”.

“Hasta el día de hoy no nos terminamos de preguntar por qué nos está pasando todo esto”, comenzó su relato Diego Romero a La Retaguardia. “Tuvimos la desgracia de que la mochila cayera en manos de gente mala o que se dedica a hacer cosas malas”, agregó segundos después, casi como si fuera un niño contando un cuento. La mochila que Romero y Gómez olvidaron en un remís en julio de 2011, apareció en octubre en la escena del crimen de Roberto Castillo. Dentro de uno de los bolsillos estaba el certificado de la hija de la joven pareja. En diciembre de ese mismo año, los detuvieron.
“Nos allanaron. Nosotros nunca habíamos pasado por esta situación, que te caiga gente y empiece a revisar tu casa, nosotros preguntábamos qué pasaba y no nos querían responder. Cuando llegamos a la fiscalía nos comentaron que nuestra mochila había sido encontrada en el lugar del hecho. No lo podíamos creer por la dimensión del problema. En ese momento el defensor oficial nos explicó de qué manera habían encontrado la mochila y nosotros tratábamos de hacer memoria, porque uno no se puede estar acordando de qué hizo hasta dos o tres fines de semana atrás. Pero respecto al día del crimen, si bien no nos acordábamos bien qué habíamos hecho, sí había sido un día especial porque era el cumpleaños de mi señora, y ese día habíamos ido a un shopping. Dentro de lo que nos acordamos, declaramos. El defensor en un principio no quería que declaráramos, al contrario nunca nos creyó”, relató Romero.
Hoy la causa tiene siete cuerpos y en palabras de Romero está llena de mentiras e irregularidades: “lo peor de todo es que un fiscal se empecina en seguir con esta causa cubriendo un mal desempeño de la investigación que hizo esta gente. Yo acá no le echo la culpa a nadie, pero hicieron un mal procedimiento, un mal trabajo, y lo peor de todo es que un fiscal se empecine con no querer revertir esta mentira”. El joven, que estaba empleado en una metalúrgica y había viajado desde Jujuy a Buenos Aires junto a su mujer, que trabajaba en una casa de tinturas para ahorrar dinero y poder comprarse una casa, contó que al principio tuvieron dos abogados que lo único que hicieron fue sacarles dinero hasta que finalmente conocieron a Eduardo Soares, de la Gremial de Abogados. Gracias a su labor y el acompañamiento y lucha de familiares y organizaciones se logró que se les hiciera una extracción de sangre para compararla con las muestras encontradas en la escena del crimen. Las pruebas dieron negativas: “era obvio que iba a pasar eso porque nosotros nunca estuvimos ahí ni tuvimos nada que ver con todo esto. Todo lo que se consiguió fue por el empuje de mi familia y la gente, y hay que destacar el trabajo del último abogado. Por esos movimientos y la exigencia que me sacaran sangre, que los cotejos se compararan rápido y salieran en tiempo y forma pudimos avanzar. Nosotros somos realmente los interesados en que se haga justicia”, afirmó Romero a La Retaguardia. 
Tras los resultados de estas pericias el paso siguiente fue la obtención del “beneficio” de la prisión domiciliaria, el mismo que tenía Luz Gómez desde un comienzo para poder estar con su beba en su casa de Villa Ballester. “Todo esto se consiguió porque la familia de nosotros nunca bajó los brazos y peleó, y poder ahora estar hablando con ustedes y contarles las injusticias que vivimos también hace a que de una u otra manera nosotros somos los que estamos interesados en que se sepa la verdad, porque este Poder Judicial lo único que nos demostró desde un principio en que ni ellos están interesados en que se haga justicia por esta persona”, repitió el joven, intentando aprovechar el tiempo de la entrevista para agradecer e informar en igual medida.
La Retaguardia le preguntó a Romero qué significó estar en la cárcel y si allí se encontró con personas en situaciones similares a la suya. Muy seguro de sus respuestas, como en toda la charla, y tomándose el tiempo necesario para poder explicar y relatar sus vivencias con las palabras justas, el joven respondió: “si bien yo no soy nadie, no tengo plata, no soy hijo de un famoso ni de un empresario, hay una porción de gente dentro de cualquier unidad de este país que está viviendo una injusticia y no tiene la posibilidad que tuve yo de tener el empuje de mi familia. Si uno no va a la fiscalía a tocar la puerta, ellos se olvidan de vos, y así como se olvidan de vos, se olvidan de cincuenta mil procesados más. Las cárceles están superpobladas y esto es porque tenemos un sistema judicial tan lento, que ni le interesa que se haga realmente una justicia acelerada porque hoy por hoy te puedo llegar a decir que en un penal o en todos los penales hay un ochenta por ciento de procesados, hay gente que está esperando saber qué van a hacer con ellos también. Lamentablemente la justicia necesita un cambio para bien, hoy se está tratando una reforma cuando la cárcel está llena de gente con causas armadas por ser pobre o no tener la posibilidad de tener un buen abogado o como dijo una vuelta el Negro Soares, ‘un defensor por más bueno que sea no puede llevar a cabo cinco mil causas’. Eso también quiere decir que algo está funcionando mal en este sistema, y hay que darle una resolución rápida. Si esto se resolviera, no solo me estaría solucionando el problema a mí sino también se lo estaríamos solucionando a esa pobre familia que ha perdido un ser querido. Si uno no baja los brazos y realmente empuja a que se busque la verdad, se consiguen cosas como las que se consiguieron para mí, que yo hoy pueda estar con mi familia, que pueda expresarme con ustedes o cualquier otro medio. Yo hoy por hoy tengo la posibilidad de expresarme pero en la cárcel hay muchísima gente que quisiera tener la oportunidad de poder pedir justicia de una u otra manera”.
El caso de Luz Gómez y Diego Romero es uno de los tantos en los que queda claro que la justicia actúa bajo su mirada de clase: mientras por un lado se ocupa de mantener el status quo y los lugares de poder, por el otro intenta utilizar como “perejiles” a quienes se encuentran en alguna situación de inferioridad. Aunque es cierto que en este caso aún falta recorrer un largo camino para lograr la libertad y la justicia, queda también demostrado que el Poder Judicial se olvida de que existen organizaciones, familias y abogados que pelean por la verdad.


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