5 may. 2013


 
(Por La Retaguardia) Víctor Basterra declaró el lunes 29 de abril en los Tribunales de Comodoro Py como sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), centro clandestino de detención, tortura y exterminio donde estuvo secuestrado entre 1979 y 1983, durante la última dictadura cívico militar. Dialogamos con él sobre las circunstancias de este testimonio, que se suma a la larga lista de declaraciones que ya realizó en distintos ámbitos y juicios, aunque destacó que en cada oportunidad puede aparecer un nuevo recuerdo, una nueva prueba. También se refirió a sus sensaciones tras declarar, e hizo mención a un texto que les recomendó leer a los abogados defensores, escrito por Jorge Luis Borges tras escuchar la declaración del propio Basterra en el Juicio a las Juntas.


“He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de tortura cotidiana. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas "sesiones" cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día. Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita”.

Así comienza el texto “Lunes, 22 de julio de 1985” que Jorge Luis Borges escribió tras escuchar la declaración de Víctor Basterra en el marco del Juicio a las Juntas. Han pasado casi 28 años y muchas jornadas de testimonios ante distintos tribunales y genocidas, más de treinta según calcula el propio Basterra. La última sí sabe cuándo fue, el 29 de abril pasado durante el tercer tramo del juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en la Escuela de Mecánica de la Armada. También fue lunes, como aquel día de 1985.
 Durante las seis horas que declaró en los tribunales de Comodoro Py fue hostigado por los abogados defensores de los represores. Cuando se habla habitualmente de la necesidad de que los testigos no pasen una y otra vez por distintos juicios por la revictimización que esto implica, es también en referencia a los interrogatorios a los que son sometidos por los abogados de los imputados. Muchas veces se trata de defensores oficiales, pero también de privados, que son quienes por lo general tienen una simpatía ideológica con el accionar de sus defendidos durante el Terrorismo de Estado. En el marco de su declaración en el llamado juicio ESMA III, Basterra debió soportar las insistencias y provocaciones de los abogados, especialmente de parte de Guillermo Fanego, que le hablaban de “cuando fue detenido” o le hacían referencia al lugar “donde trabajaba”: “yo les aclaré que era un secuestrado y que además no laburaba, era obligado a tareas esclavas”, afirmó Basterra en diálogo con La Retaguardia y agregó: “para ellos seguramente yo soy un tipo molesto: primero me dejaron vivo, segundo los recontra cagué, y tercero los puse en evidencia en toda su dimensión. Esto les da mucha bronca y soy el referente de una forma del fracaso de ellos”. Cabe recordar que Basterra fue obligado durante su secuestro a confeccionar documentación falsa que era utilizada por los represores. De cada foto que tomaba guardaba una copia, que fue sacando de a poco en forma clandestina. Estas imágenes sirvieron como prueba para conocer las caras y así poder juzgar a algunos de los genocidas que actuaron en la ESMA.
 
 “De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal”.

Continúa Borges su texto… Qué diría el escritor al saber que todavía es posible cruzarse con el Señor de ese Infierno por la calle. Algo muy común sobre todo en muchas localidades chicas de distintas provincias argentinas. “Esto es habitual porque los tipos están metidos en todas partes”, señaló al respecto Basterra y recordó sus encuentros casuales con represores, por ejemplo en el subte: “cruzarme alguna palabra con un tal Tejerina que era un comisario de la policía federal, y a ese tipo le dije ‘yo con vos no tengo nada que hablar, y si hablamos va a ser en los estrados de la justicia’. Y el tipo me decía ‘vení, vení que quiero hablar con vos’. Casi nos agarramos a las trompadas en un subte, pero se armó tal escándalo que la gente empezó a rodearnos y ahí el tipo salió rajando, pero fue una circunstancia muy particular. Después siempre eludí (cruzarse con represores) porque me provocaban un profundo rechazo”.
Tras declarar en este tercer tramo del juicio ESMA, Basterra afirmó que no siente alivio, sino expectativa: “yo no me remito exclusivamente a mi testimonio sino al de otros compañeros y al resultado en definitiva que va a ser la sentencia, y entonces ahí se me afloja un poquito la tensión, pero trato de ser mesurado en mis pensamientos, en las expectativas y en los momentos en que uno todavía tiene que pasar. Esta es una tarea que uno se ha dado al tratar por un lado de transmitir esas circunstancias y por otro lado el resultado de esas circunstancias, el resultado en el conjunto de la sociedad, porque todavía hay gente que dice ‘y a mí no me pasó nada’, entonces yo les empiezo a recordar todo lo que pasó en la Argentina, el aumento impresionante de la deuda externa, la ruptura de la cultura del trabajo, la destrucción de las libertades civiles, la recurrencia permanente que quedó fijada en la sociedad de mirarse el ombligo, perderse la mirada colectiva casi para siempre. Ahora se está comenzando a restablecer esa forma de mirar un poco más al otro. Todo eso hace que haya un poco de alivio en el corazón de aquellos que hemos abrazado la lucha por una sociedad mejor, todavía faltan dos millones de kilómetros pero seguiremos esta historia. Los que nosotros llamamos los horribles o nuestros enemigos en definitiva han trabajado muy bien, la han hecho muy bien, ese es un triunfo realmente de ellos, porque tras treinta años todavía hay gente que dice que no le tocó y capaz son tipos de 55 años, o mejor dicho personas que no piensan, y ese es un triunfo de la dictadura cívico militar”.

“Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.
Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer”.

Cierra así Borges su texto “Lunes 22 de julio de 1985”, que Víctor Basterra les recomendó leer a los abogados defensores que lo hostigaron durante su declaración testimonial en el juicio ESMA III.

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