28 jul. 2013

(Por La Retaguardia) Mientras todos hablan de la visita del Papa Francisco a Brasil, nosotros dialogamos con el rabino Damián Karo, militante de derechos humanos, quien acaba de publicar el libro “Vivir sin Etiquetas (Preguntas despiertas para un mundo dormido)”, a través de Ediciones B. En una extensa charla hablamos sobre cómo surgió la idea y el contenido de esta publicación, a la que definió como “una caja de herramientas”. También destacó la importancia de “re-evolucionar” permanentemente, más que de “evolucionar”. En este marco, conversamos además acerca del rol y el lugar actual de la religión y la cultura. Y se refirió a su paso por el grupo ortodoxo-sectario Jabad Lubavitch.


-La Retaguardia:¿Cómo le contás a alguien que no te conoce quién sos?

-Damián Karo: Creo que Damián Karo es una buena definición, y el resto es historia. En referencia al libro, tal vez lo más puntual es decir que empecé con estas preguntas por el sentido de la vida en la pre-adolescencia. Anduve por aquí y por allí, entré en Jabad Lubavitch, que es como el movimiento místico jasídico dentro del judaísmo, esos que andan de barba y sombrero, y estuve ahí unos veinte años. En algún momento me pasó que dejé de buscar la certeza y las respuestas, y vi el anclaje en las dudas. Fue todo un proceso hasta que salí de la estructura, lo cual me dio cierta ejercitación en lo que es deconstruir una cultura, una civilización, una sociedad sobre todo una tan cerrada, y a partir de ahí hacer un nuevo recorrido. Ediciones B tuvo la gentileza de convocarnos y acomodamos esas ideas de diez, doce años, a lo que es este libro de preguntas.

Jabad Lubavitch merece una explicación aparte. Son, además de "los de barba y sombrero", un movimiento que creció mucho en los últimos años a base de grandes inyecciones de dinero que le permiten realizar todo tipo de actividades (reuniones, viajes, entre otras), en el intento por captar adolescentes para su causa. Es una suerte de orden cerrada, al estilo del Opus Dei para el catolicismo. Karo dejó su testimonio acerca de su paso por allí y detalló qué recursos utilizan para la captación de jóvenes en el libro Los lubavitch en Argentina, de Alejandro Soifer (Sudamericana). 

-LR: Vos dijiste que tuviste que deconstruir una vez que saliste de Lubavitch, pero también tuviste que hacer eso con tu vida previa al momento de entrar a Jabad Lubavitch. Esto que comúnmente llamamos ‘lavado de cabeza’, que uno tiene que resignificar su biografía para ser parte.

-DK: Todo tiene otro sentido al elegir otro modo de vida, pero yo no lo llamo lavado de cabeza porque creo que uno es el que pone la cabeza y pregunta dónde está el shampoo. Es algo elegido por uno, y tampoco me parece que sea tan distinto a encender la televisión, o a cualquier grupo social.

-LR: Pero hay grupos sociales que implican una nueva socialización.

-DK: Si, cuando uno cambia del grupo de origen, cuando son minorías, cuando son sectarios, cuando son alienantes. El pero es el siguiente: la cultura occidental en la que nosotros estamos inmersos tiene también su modelo y su matriz, pero la cuestionamos y tenemos muchas preguntas. Cuando vamos a esos grupos que nos dan las respuestas fácilmente cambiamos el rumbo, porque decimos que esto no nos funciona, acá está la familia Ingalls, acá está salud, dinero, amor, éxito y etcétera, la espiritualidad, el más allá, el más al costado y entonces compramos. Y es un camino donde uno no se preocupa mucho por lo que deja atrás, porque deja atrás lo que quiere dejar atrás. Cuando uno quiere dejar atrás esas verdades, no voy a decir sin perder la cordura pero sin ponerla demasiado en jaque, el camino de deconstrucción es muy minucioso porque qué hacemos con cada asunto, hay mucha gente que deja esos caminos, pero generalmente es gente que nació ahí, no es gente que entró. El porcentaje hoy es mayor de los que entran que de los que salen.

-LR: Está la sensación de que te armás una cajita de cristal tal, que cómo hacés después para salir de ahí. Mucha gente debe quedarse, aunque sepa que esa caja de cristal es una mentira, por miedo a salir.

-DK: Si, eso es cierto también, y además adentro todos te dicen que afuera está el Cuco, como cualquiera que leyó un libro de historia lo sabe; sin embargo la cajita de cristal es transparente, ven el afuera y ven que la gente se ríe. El salir medianamente entero para uno que lo eligió y entró, por lo menos hablo de mi caso, me llevó a decir ‘cambio de figurita en el lugar, desalojo el lugar, no tengo más respuestas, pongo otras respuestas, hago anclaje en las preguntas, me la banco’, y bueno, todo el bagaje histórico que uno tiene que va desde el nombre que uno cambió, la vestimenta, el modo de comer, los zapatos, los amigos, el trabajo, todo es puesto en jaque, y si uno lo hace conscientemente se pregunta qué hacemos ahora con todo esto, cómo lo llenamos. En algún momento me gustaba imaginarme como que un día me paré, abrí la puerta de mi casa y saqué absolutamente todo, y si fuera posible las paredes, las ventanas también, y tomar objeto por objeto y ver si lo vuelvo a poner o no, y en el caso de que sea sí dónde y con qué función. Y ese fue un proceso largo. Lo que me queda es el valor de la pregunta y un poco lo que hicimos fue ponernos a preguntar. Con esa experiencia, al salir empecé a encontrar un montón de otras religiones, sectas alienantes, y teniendo ejercitado y muy fresco ese sistema de matriz de cultura, dije ‘bueno, acá tampoco está la papa’. Ya no hay un deber ser del Dios que castigará si no lo hacemos y premiará si lo hacemos, pero hay un deber ser cultural muy fuerte y es un Dios más invisible que el otro. Hay que nadar contra la corriente, hay que despertarse todos los días, tratar de estar vivo ante cada ola de una cultura que también nos quiere alienar y vender la cajita feliz y el sabor de la vida; y las respuestas están ahí todo el tiempo, si vos querés ser una buena persona tenés que comprar esto y si querés tener muchos amigos comprá lo otro. Por supuesto, hay un bien y un mal bien definido y se trabaja de tal hora a tal hora, nada nuevo.

-LR: ¿Cómo sería una religión no alienante? Es casi un oxímoron.

-DK: Como debiera ser… yo creo que tenemos que reformular la idea de religión, hoy está en boga y me sumo a los vientos a favor de reformular la idea. Hay dioses que ya nos quedaron demasiado en el pasado como para seguir sosteniéndolos. Los rituales ya no nos satisfacen, tendríamos que buscar algo más espiritual y cotidiano, y con espiritual no estoy hablando de meditación, ni adoración, sino algo no tan concreto, porque lo que buscamos todos ahí es algún tipo de ayuda, un pasamanos del cual agarrarnos en el andar, en el camino.

El libro de Karo cuenta con las ‘palabras preliminares’ de Darío Sztajnszrajber  y Delia Sisro. Según explicó, en el formato medieval hebreo judío se acostumbraba a escribir palabras preliminares en lugar de prólogos. Era común, como un gesto de salud, ante la duda por sus propios textos, que un autor le pidiera a un par de compañeros que le dieran una especie de permiso para publicar el libro.

-DK: Es como decir ‘esto es lo que he escrito. A ver compañeros, amigos queridos, léanlo, y ustedes que me quieren díganme si realmente vale la pena o no darlo a la luz’. Así que un poco siguiendo esa tradición le pedí a dos amigos a quienes además admiro y quiero muchísimo que tuvieran la deferencia, si se animaban, de decirme en la cara que era una porquería… y son buenos amigos y comparten la idea de la duda y no tantas verdades, así que anidamos todos un poco en la mentira que nos hace más felices. Mintieron y escribieron cosas lindas.

En las librerías, “Vivir sin Etiquetas (Preguntas despiertas para un mundo dormido)”, se encuentra catalogado como un libro de “autoayuda”, pero ¿es realmente un libro de autoayuda? Karo considera que es un problema tener que catalogar las ideas, sin embargo prefiere definir a su libro como “una caja de herramientas”.

-LR: Se nos produce una contradicción: vos sos de los que creen en que hay andar con otros para cambiar la realidad, y los libros de autoayuda que uno conoce son ‘sanate vos’, ‘logra tu éxito personal’.

-DK: De todos modos, porque el mío no es un libro de autoayuda, porque no tiene una receta, lo que intenta es preguntar y generar un nuevo lugar, el lugar de la duda, de la búsqueda, la única receta si la hubiera es la de ‘preguntate y re-preguntate’, así que desde ese lugar no es un libro de autoayuda. Sí es de autoayuda, o tal vez tratando de entender los criterios con los que lo han catalogado, porque es un libro en un idioma muy simple, muy masivo y que va al ser humano en forma individual, pero - omo el mismo texto lo va diciendo a través de los capítulo- el ser humano es una mixtura de seres humanos, somos en relación con el otro y no andamos solos. Entonces preguntamos por la sociedad, pero no como una bolsa de gatos, sino como muchos individuos, donde cada individuo cuenta pero dentro de un grupo, la parte es parte de un todo; pero, por otro lado, cada uno de nosotros debe responder por el todo que es. No son preguntas egoístas, pero las grandes revoluciones que cambiaron a muchos, cuando se perdió esa fuerza volvió todo al lugar anterior. De hecho decimos que estaría bueno no evolucionar sino re-evolucionar, cambiar la forma de evolucionar, y pensamos que la posibilidad es hacerlo todo el tiempo, porque lo que cambiemos hoy, mañana va a volver a quedar estanco ¿Es de autoayuda? No, yo lo llamo como mi caja de herramientas, no creo que haya grandes novedades. Esto es lo que yo fui armándome para tratar de ser un poco más libre, más feliz, vivir en el amor los últimos años, y la comparto ¿Hay una receta? No. ¿Le tiene que servir a todos? Sin duda que no. Pero si a alguien le interesa y le da alguna pregunta que lo ayude a buscar alguna respuesta, entonces seremos más caminando por ese camino.

-LR: ¿Es un libro que habla de tu proceso o tomás cuestiones de ahí, para sacarlas de lo personal y llevarlas a lo cultural?

-DK: hablo de lo cultural, no hablo de mi proceso, sino solo por la recomendación de un amigo para que se entienda un poco la historia de alguna idea en el prólogo. El libro no habla de mí, ni de mi historia, que me parece además de aburrida irrelevante. Lo que tratamos de hacer es compartir las ideas que tenemos hoy, a las que arribamos, que son más preguntas que ideas. Si no nos gusta cómo estamos, tengo una idea genial, completamente novedosa digo yo con sarcasmo, que cambiemos. Así de simple, y no hay mucho más que este tipo de ideas. Reconocer qué partes de la cultura son culturales, a modo de ejemplo, para poder elegirlas en el caso que podamos o no en el caso que no queramos, pero además para poder entender al otro. Volvemos todo el tiempo a jugar en el rol de la parte dentro del todo, el individuo en la sociedad; sabiendo que mi decisión es cultural, que lo que yo hago es por tradición, por costumbre, cuando veo a un otro que es distinto entonces digo ‘qué interesante, contame y aprendemos’, pero no hay lugar para hablar del bien y del mal absoluto, esos dioses que supuestamente mandamos a guardar pero no tanto, porque para vender shampoo está bueno que alguien diga ‘hay que usar ese shampoo’. Me parece a mí que uno se va solidificando y entonces va perdiendo elasticidad, por eso creemos que la re-evolución tiene que ser permanente. Pero permanente tanto por Trotsky como por Heráclito, porque todo va cambiando, uno también va cambiando, las respuestas que me daban a mí hace diez años atrás en algún proceso de educación, mis compañeros de viaje, la sociedad, esas respuestas que antes me satisfacían hoy tal vez no me satisfacen. Si yo busco la seguridad, la cama caliente, el abrigo y quedarme manso, que es la postura más cómoda y soy feliz, buenísimo; pero el ser humano más inquieto no es feliz con eso, porque esas respuestas que le servían hace diez años, hoy ya no le sirven, entonces tiene que volver a salir de la cama a buscar una nueva respuesta ¿Dónde?, probablemente dentro de sí, en su diálogo con el otro. Entonces si esas tradiciones nosotros las sostenemos, se nos hacen pesadas; si las re-elegimos o no, son nuestras, propias y de hoy. Si a mí me gusta y disfruto de encontrarme con mis amigos después de tantos años en determinada fecha del calendario, entonces me hará feliz. Y si no me gusta, tal vez llegó el momento de preguntarme por qué voy a un lugar al que no quiero ir. Y es tan simple como eso. El calendario marca que llegó el momento de reunirnos la semana que viene con toda la familia, pero eso incluye al tío que me molesta o a la prima que no quiero ver, entonces tendré que decidir si quiero ir o no. Y ahí aparece lo que yo llamaría Dios y todo su clero a decir ‘la familia’, ‘la verdad’, ‘el bien’, ‘el más allá’.

LR: Las etiquetas.

DK: Y eso es algo que inventamos entre nosotros para ser más felices. A mí me parece que nos va mal. Si querés hay un costado egoísta en compartir estas ideas a través de un libro que es que a mí me gustaría vivir en un mundo en el que la gente vaya por la vida sonriendo un poco más. A mí no me gusta subir al bondi o bajar al subte y que la gente tenga cara larga, tal vez estamos haciendo las cosas que no nos gusta hacer, bueno, no las hagamos más. No busquemos, en principio, la gran filosofía porque es la diaria, es la simple, digo, la tradición del mate me encanta y es un compartir, lo mismo con el asado, la familia; hay otras tradiciones que generalmente se parecen más a la divina comedia, porque lógicamente agarrar un grupo de seres humanos de diferentes edades, ponerlos a todos en la misma mesa y obligarlos a que se quieran es ridículo de base (risas). De nuevo, no es ninguna gran novedad, es la familia elegida, uno tiene tantos hermanos, padres e hijos adoptivos por la vida, me parece que es en lo simple, en lo cotidiano, es poder desnudarnos de una cantidad de cosas. Por el otro lado, hay cosas de la cultura que nos atraviesan, nos constituyen, que es quiénes somos de lo cual no nos podemos desprender, pero asumirlo nos libera, nos relaja y nos permite mover los músculos de la cara para la sonrisa. Yo soy monogámico, nací en una cultura monogámica, ¿podría no serlo? No sé, sé que no quiero, pero es cultural. Y cuando me encuentro con alguien de otra cultura, que tiene otra estructura, buenísimo, si esto es lo que yo heredé en el mundo en el que nací, me acostumbré y hoy me gusta y lo disfruto, y si en mi misma cultura mi vecino, mi amiga no lo son, bien por ellos, porque es algo que armamos nosotros, para vivir mejor, ¿nos está funcionando? Creo que en muchos aspectos sí, la ciencia, la tecnología, vivimos más años, avanzamos en el arte, la cultura, las ideas, pero muchas otras cosas no, y entonces hay algunos planteos como que tenemos mejores herramientas de comunicación en tanto tecnología, tenemos más estudio de la comunicación, ¿vos y yo nos comunicamos mejor o seguimos trabados en las mismas trabas humanas de hace siglos atrás? Bueno, cambiemos, destrabemos.

La relación entre La Retaguardia y Damián Karo comenzó en la Fundación La Alameda, en una de las tantas reuniones que allí se hacen en el marco de la pelea contra la trata de personas. Hoy el trabajo de Karo tiene mucho que ver con los derechos humanos y le consultamos, justamente, por qué está enfocado actualmente en este tema.

DK: Yo, entre comillas, milité, por darme aires que no son ciertos, traté de acompañar a gente que hace algunos planteos que me parecen válidos, que ayudan a construir un mundo un poco mejor y por circunstancias, por amigos, allegados, acompañé al movimiento gay, al movimiento judío gay. En un momento me topé con La Alameda, todos buscadores de un mundo mejor, por la igualdad, por los derechos de las personas. Me empecé a juntar con los marginados, yo que era un marginal de la secta en el mundo abierto. Yo creo que el gran motor son los afectos, es lo que nos gusta, nos llena, nos hace bien, y cuando me encontré con La Alameda, se me partió el corazón, el cuerpo, la cabeza en mil pedazos viendo la miseria que supimos conseguir entre nosotros, las personas; la trata y tráfico de personas, la reducción a servidumbre, la alienación de los seres humanos, fue donde más me pegó, y ahí la paradoja de tratar de poner un granito de arena que no cambia nada al todo, pero cambia mucho a la parte, y tal vez ahí está el lugar de fe, de decir que vale la pena luchar, remar, y ahí me sentí muy bien como lugar de lucha y digamos que me apropié de él. Después de bastante tiempo creo que yo fui esclavo de las respuestas y ayudar a liberar a otros me parece que me gusta porque es parte simbólica de la liberación de nosotros mismos como humanidad. 

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