11 may. 2014

(Por La Retaguardia) Para aquellos que intentamos divulgar las noticias que los medios tradicionales no quieren ver, identificarnos con Andrés Carrasco es lógico. El tipo -salido de la academia que te contiene si sos obediente pero te expulsa o, peor, te mantiene adentro pero sepultado en vida si no lo sos- nunca dejó de compartir lo que sabía. Y lo que sabía incomoda. Carrasco murió. Pero ahora, gracias a su pasión, muchos sabemos lo que él sabía. Y divulgaremos lo que nos explicó, así tengamos que andar por los márgenes. Les dejamos aquí una sentida nota escrita por Mercedes Centena, una socióloga platense, y un audio de una entrevista que le realizamos el año pasado durante una transmisión de la Red Nacional de Medios Alternativos.

(Por Mercedes Centena* para La Retaguardia) Me despido de usted, Dr. Carrasco. No tuve el honor de conocerlo personalmente, me hubiera gustado, pero es como si lo hubiera conocido hace mucho tiempo; lo que también es cierto. No recuerdo bien cómo y qué leí primero sobre usted. Leí sí, la nota de Darío Aranda, en abril de 2009. Mi profesor de posgrado, el Dr Raúl Bisio, del Ceil Piette, ya me había hablado del problema ambiental del norte, donde estaban fumigando. Me habló de los niños banderilleros que eran fumigados. El impacto de la entrevista que le hizo Dario fue demencial. Son esas informaciones tan dramáticas como la guerra, que no dejan salida. Cavan un surco en la piel, en el alma, en la razón, se abre un abismo debajo de los pies. Recuerdo a qué punto quise huir de la realidad que estaba conociendo a través de su conocimiento, de su verdad científica, que pensé: "esto se va a detener, no pueden obviar al Conicet", representado en usted y sus investigaciones sobre el glifosato. Pero, claro... obviamente eso no sucedió. Se sucedieron los días y cada vez más salían a la luz casos de campesinos contaminados, niños intoxicados con el agua contaminada con glifosato en Misiones, en Chaco, entre otras provincias. Recuerdo cuando llegó el 7 de agosto a la leonesa. No sé por qué radio escuché o si me llegó un mail, pero la información recibida me permite recordar ese momento como una película imposible. Hechos ignominiosos como esos, el ataque del cual usted fue víctima a manos de un puntero político y una banda de infelices, no tienen nombre. Recuerdo cuando alguien logró entrevistarlo, escuché su voz por primera vez diciendo: "Es increíble hasta qué punto están dispuestos a defender el modelo sojero" (depredador y envenenador). Recuerdo que ese día, como el de la represión en Andalgalá, mi computadora estalló. Lo único que podía hacer era alterar el sueño o la siesta o la paz de los que podían hacer algo. Llamé a diputados, les escribí a miles, tomé contactos con periodistas con los que nunca más hablé. Hasta que supe que gracias a Dios, usted estaba bien. Recuerdo que repetía , enloquecida: "¡a ver si me entendés, es un investigador del Conicet! No le pueden hacer eso. Tenés que intervenir. Hacé algo". Luego lo fui siguiendo por notas, por entrevistas, por publicaciones. Hasta que lo escuché en el juicio de Ituzaingó. Ahi supe de sus labios, por transcripciones que hicieron desde la sala del juicio a decir verdad, cómo era que el gobierno y el Conicet lo habían obviado, no lo habían invitado cuando se avaló el glifosato o a Monsanto, mejor dicho. La miserabilidad tiene capas sorprendentes e indeseables siempre. No tienen límites, evidentemente. Y, como si no hubieran hecho suficiente daño, a un científico que es considerado de los biólogos moleculares más importantes en el mundo, ya sea por su trayectoria, o por sus importantísimas investigaciones por más de 30 años sobre el glifosato y otros, llegó la infame burla y falta total de respeto en el concurso donde aspiraba a Investigador Principal o la categoría mayor. Donde ponen de jurado a nadie. Nadie es gente que no conoce el tema, una filósofa oriental y un mediocre. Escuché que hablaba de este tema con los periodistas de Al Dorso, la semana pasada.Y que ahí anunciaba o difundía su programa en FM La Tribu "Silencio cómplice".
Doctor: no sé como explicarle que estuve llorando todo el día, que me siento apaleada. Desde esta mañana que recibí el mail donde me decían algo que no quiero admitir. No puedo. No puedo pensar la lucha constante sin usted. No puedo pensar en los pueblos fumigados sin usted, ayudándolos, escuchándolos, protegiéndolos, con su palabra, con su razón, con su verdad, con su cálida y apasionada presencia.
Así que si me permite, Doctor, yo voy hacer de cuenta que usted está.
Usted siempre está.

*Socióloga, La Plata

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