17 jun. 2014

Un libro necesario y
atrevido
(Por La Retaguardia) “¿Por qué me preguntan a mí por qué sobreviví y no les preguntan a ellos por qué mataron tanta gente?”, dice Miriam Lewin, entre tantas otras preguntas que rondaron esta entrevista. En su último libro “Putas y Guerrilleras”, co-escrito junto a Olga Wornat, la periodista y sobreviviente de la ESMA profundiza en uno de los temas de los que aun se habla poco: los delitos sexuales sistemáticos que sufrieron las mujeres durante el Terrorismo de Estado.
Fue durante una entrevista en el programa radial Oral Y Público.
“Es paradójico, pero ninguno de los libros que escribí nació como libro, cuando se empezaron a gestar yo no pensaba que iban a ser libros”, reflexionó Miriam Lewin en el inicio de la charla con Oral y Público. En uno de esos libros que no había sido pensado originalmente como tal, “Ese Infierno”, puede encontrarse el primer paso para lo que hoy es el reciente “Putas y Guerrilleras”. En el medio, Lewin publicó Secretos Argentinos junto a Marcelo Camaño.
“En el caso de ‘Ese Infierno’, que lamentablemente está agotado, –explicó Lewin– nos reuníamos con otras cuatro, a veces cinco compañeras, a hablar sobre la vida cotidiana en la ESMA y a grabarnos. Pensábamos dejar los casetes, en ese momento todavía se usaban casetes, en la carrera de Historia, en ese momento no existía el Instituto Espacio para la Memoria, estamos hablando de los años 1998, 1999, 2000. Se publicó en 2001. Y ahí paradójicamente nos dimos cuenta de que las mujeres teníamos otro tipo de memoria, por ahí más detallada, nos acordábamos de cosas distintas, de cuestiones de la vida cotidiana de las que los hombres pasaban. Le preguntábamos a un compañero ‘¿vos te acordás si usábamos sábanas?’ No, no se acordaban. ‘¿Pero no te acordás que a veces nos daban unas sábanas que tenían un escudo naval?’. No, no se acordaban. O sea, terminamos por ser mujeres porque se fue decantando solo y eso le dio un punto de vista bastante particular porque ahí nos empezamos a dar cuenta que las mujeres no es que sufrimos más, sufrimos de otra manera. Sin embargo, la cuestión de género allí no estaba tratada con profundidad. Todavía teníamos los mismos prejuicios que se expresan en ‘Ese Infierno’, nosotras tratábamos sí tibiamente qué había pasado, pero no llegábamos a profundizar, y en realidad lo que ha pasado en estos años, diez, doce, quince años, es que no solamente nosotras reflexionamos más, sino que han avanzado mucho las teorías de género”.

La mirada de género sobre el Terrorismo de Estado

El trabajo de Lewin acompañó de alguna manera esos avances en el tratamiento y formas de pensar el género, como así también qué es y qué implica la violencia sexual: se ha definido muy bien lo que es violencia sexual –continuó la periodista– y en el ámbito de la justicia después de que la Corte Penal Internacional de La Haya determinara que son crímenes de lesa humanidad los delitos sexuales cometidos contra prisioneras, después de la guerra de la ex Yugoslavia y del conflicto de Ruanda, es ahí que las mujeres empiezan a poder ir a los tribunales, donde les preguntan sobre estos temas; porque antes ni siquiera les preguntaban y si había alguna valiente que denunciaba haber sido violada se le permitía hacer una catarsis pero no era materia de prueba. Los jueces no hacían nada, incluso a veces cambiaban de tema de una manera bastante brusca, porque tenían cientos de testigos por examinar y necesitaban algo que pudieran usar para condenar o absolver, no una confesión de un hecho que no constituía un delito para ellos, o en todo caso había prescripto o que consideraban parte de las torturas como ahora todavía algunos jueces la siguen considerando”.
En este punto, Lewin especificó por qué la violencia sexual no puede considerarse parte de las torturas: “haber sido violada, haber sido torturada desnuda, manoseada, insultada por un grupo de hombres... Muchas de nosotras éramos adolescentes, algunas vírgenes. Yo no digo que la desnudez para un hombre no haya sido vejatoria, pero para una mujer mucho más porque tenemos un peso cultural que viene de siglos. Entonces, ¿por qué no es parte de la tortura, por qué no está bien lo que nosotros pensamos incluso en ese momento? A mí nunca se me ocurrió que cuando llegué a la ESMA, el perfecto Febres me hiciera desnudar en el cuartito 13 y eso fuera normal. Un delito sexual no tiene menor gravedad que un tormento, solamente podría ser considerado parte subsumido ese delito en el de mayor gravedad si es por ejemplo una amenaza durante el tormento. Si durante el tormento te dicen que te van a matar, no te juzgan por tormento y amenaza; si te disparan y te matan, y te perforan la camisa con la bala, no te juzgan por daño leve y homicidio, ahora entre una tortura y una violación, ¿qué es lo más o lo menos grave? Incluso la tortura tenía una pena menor que la violación en aquella época. Entonces no se puede decir que las torturas pueden ser consideradas por los tribunales como un delito más importante y abarcador del de tormentos; hubo algunas compañeras muy claras que ya en el ’83, ’84, ’85 empezaron a clamar porque los represores fueran juzgados por los delitos sexuales. Y otras que no, que todavía guardan silencio, que todavía sienten culpa, que todavía tienen vergüenza”.

El mensaje de los delitos sexuales

Además del sufrimiento en el cuerpo de la mujer, la violencia sexual sistemática era un mensaje de los represores hacia ellas, pero también hacia los hombres secuestrados: “hacia la mujer era ‘mirá cómo te vencí, cómo te poseo’ –especificó Lewin– y al varón, ya sea su compañero de militancia su marido o su novio, era ‘mirá cómo yo poseo a tu mujer, el macho soy yo, y no podés hacer nada para defenderla’. Ante sus pares también hacían ejercicio de su supuesta virilidad, y de nuevo hacia la mujer ‘mira cómo tu marido o tu compañero es testigo de lo que te hago y no puede hacer nada para defenderte. Aquí el único dueño soy yo y si quiero te salvo y si quiero te mato’. Y eso evidentemente pesó en muchas mujeres, con muchos años de cultura machista. Yo entrevisté a una compañera del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) chileno que muchos años después se reencuentra con un compañero que estuvo preso con ella en el Estadio Nacional y él le dice ‘te acuerdas cuando esos hijos de puta nos quisieron hacer comer ratones y nosotros nos resistimos’, y ella le contestó, ‘sí, también me acuerdo cuando me violaron delante tuyo y tu no hiciste nada para salvarme’, entonces él se quebró, se abrazó a sus rodillas y empezó a llorar pidiéndole perdón. Es evidente que ella le estaba pidiendo a él un acto de heroísmo que le iba a valer fusilarse a sí mismo y se lo recriminaba quince años después. Realmente para los varones esto fue demoledor, tan demoledor que cuando se hicieron inspecciones oculares con la justicia dentro de los centros clandestinos de detención en todo el país, muchos varones se quebraron no cuando llegaron al lugar donde los habían torturado a ellos, sino al lugar donde habían violado a sus mujeres”.
En el relato que hace Lewin aparece en forma clara la doble y hasta triple estigmatización que sufrieron las mujeres que sobrevivieron al horror de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio: “por eso ‘Putas y Guerrilleras’, porque habíamos abrazado la violencia política, y los represores nos estigmatizaban gritándonos putas y pensando que éramos mujeres promiscuas, malas madres, que no teníamos noción de familia; y por otro lado, cuando reaparecíamos, volviendo del infierno... evidentemente ya no éramos los mismos que se habían llevado, porque habíamos pasado realmente por situaciones límite; los que nos recibían nos preguntaban por qué habíamos sobrevivido. Una respuesta que todavía hoy no tenemos. ¿Por qué me preguntan a mí por qué sobreviví y no les preguntan a ellos porque mataron tanta gente? Los que te recibían, a las mujeres las estigmatizaban por partida doble porque sospechaban que habían delatado y por eso se habían salvado y que también habían tenido sexo con los represores y lo habían hecho de buena gana, como si una mujer en un campo de concentración tuviera un margen de libre albedrío, como si pudiera ejercer su voluntad, pudiera elegir”.

Garage Olimpo

Durante la entrevista con Oral y Público, Lewin hizo una mención especial a esta película de Marco Bechis, protagonizada por Antonella Costa y Carlos Echeverría: “está muy bien lograda, se ve una chica que rechaza y ni siquiera registra a un pensionista de la pensión que regentea su madre en la casa familiar, una familia muy rica venida a menos, pero cuando ve a ese mismo muchacho como represor adentro cede ante sus avances porque realmente no le queda otra, la están torturando, está muerta de hambre, él le acerca a la celda un pollo. Esta mujer que de todas maneras es asesinada, y con esto quiero decir que no era una condición tener sexo con los represores que garantizara la supervivencia, eso está muy bien tratado ahí. Esta chica, si supuestamente hubiera sobrevivido, seguramente se hubiera sentido culpable porque algún privilegio, algún favor, recibió del represor y ella sintió que tenía margen para negarse”.
En “Putas y Guerrilleras”, Wornat y Lewin también recorren el rol que tenían las mujeres en las organizaciones políticas y sociales de la década del '70: “por un lado es verdad que las mujeres tenían un altísimo grado de participación dentro de las organizaciones armadas y por otro lado como bien describe un libro que fue precursor, antecedente directo de todos estos libros, que es ‘Mujeres Guerrilleras’ de Marta Diana, ahí se ve bien cómo en aquel momento pensábamos que primero teníamos que hacer la revolución y después se nos iban a dar las reivindicaciones como mujeres. Yo lo pensé durante mucho tiempo y cuando fui a hacer una nota en 1993 a Moscú que había elecciones, paraba parejas por la calle y les preguntaba a quién iban a votar, y el marido opinaba y la mujer contestaba ‘yo igual que él’. Después yo pensaba, si luego de setenta años de revolución socialista estas mujeres lo único que pueden decir bajando la vista es ‘yo voto igual que él’, estamos al horno. Las organizaciones tenían muy pocos integrantes mujeres en sus niveles de conducción. Y esto tenía que ver con muchas cosas, con esta cuestión que relatamos desde el principio del libro de lo que se pensaba de las mujeres que estaban en centros clandestinos de detención y de las que se tenía noticia que habían sobrevivido, que habían llamado a sus padres, que se habían contactado telefónicamente con sus hijos ¿Qué se decía? Que se acostaba con un milico ¿Cómo lo sabíamos? Eso se presumía porque lo primero que se presumía de una mujer joven y bonita era que iba a ser violada y que si obtenía algún favor como por ejemplo llamar a su casa para contactarse con un hijo del que no sabía siquiera si estaba vivo o lo habían entregado a un orfanato o si estaba en la calle, enseguida se pensaba que había transado con sexo. Nosotros ni siquiera nos lo cuestionábamos y como nosotras queríamos ser mártires y no prostitutas, enseguida como mujeres compañeras también las señalábamos con el dedo. Y de eso nunca me voy a arrepentir lo suficiente”, explicó Lewin con suma crudeza.
En este punto, la periodista se refirió especialmente en las dificultades que existen para comprender y entender las conductas y reacciones de las víctimas de los delitos sexuales: “las sobrevivientes de los centros clandestinos de detención tenemos una triple sospecha: delatoras, prostitutas y encima sobrevivimos a un centro clandestino de detención de los que hay muchos menos sobrevivientes. Me acuerdo de cuando presenté la película ‘Lesa Humanidad’ (documental sobre un grupo de mujeres cordobesas, militantes de los años '70 que fueron perseguidas, encarceladas y debieron exiliarse, que describen y reflexionan acerca de las violaciones sistemáticas a las que fueron sometidas), me comuniqué después con mis queridas amigas de La Perla (ex CCDTyE de Córdoba) y estaban muy dolidas porque no había un solo testimonio en esa película que hablara de la experiencia de alguien que había atravesado un centro clandestino de detención. Evidentemente como bien dice Mirta Clara, en ‘Ese Infierno’, la reja en la cárcel era reparadora, separaba, de este lado estamos nosotros y de ese lado están ustedes; mientras que en el campo de concentración todo se mezclaba mucho más y era difícil de interpretar. Era mucho más difícil resistir. Lo que plantea el fiscal Pablo Parenti es muy claro: en un campo de concentración por más que una víctima diga que hubo consentimiento no se puede hablar de consentimiento. Y yo me equivoqué cuando una compañera me vino a denunciar dentro de la ESMA que Juan Carlos Rolón la había violado, la había llevado a un hotel y la había violado, y yo le pregunté, ‘pero ¿cómo fue? ¿te puso un revolver en la cabeza?’... ¡estaba en un centro clandestino de detención, habían asesinado a su suegra, a su hermano, a su marido, se habían quedado con sus propiedades, qué otra violencia necesitaba para entender que su cuerpo era propiedad de estos tipos que lo tomaron como botín de guerra!; nos costó muchísimo entender eso, nos costó años y muchos y muchas de nosotros todavía no lo comprendemos. Y por eso hay muchas mujeres que no denuncian porque sienten culpa, sienten vergüenza, y haber hablado y entrevistado a muchas víctimas de abuso sexual infantil contribuyó a que yo entendiera cuál es la raíz de la culpa, por qué por ejemplo en la ESMA los represores privilegiaban a una secuestrada, hacían circular la versión de que era delatora, una traidora, que había que tenerle miedo, esta mujer no tenía entonces a quién recurrir, y cuando estaba debilitada por el duelo que traía del exterior, por la tortura, porque no tenía a quien recurrir, ahí avanzaba el abusador y la hacía sentir que la privilegiaba, de manera que hasta muchos años después esa persona vivió confundida pensando que había dado su consentimiento para ser violada o abusada”, aseveró Lewin.
En este punto, la periodista se refirió no solo a las experiencias de las mujeres secuestradas durante la dictadura cívico militar, sino también a casos más recientes, como el que ella misma investigó sobre los abusos sexuales del Padre César Grassi contra chicos de su Fundación Felices Los Niños: “en general cuando los chicos denuncian abuso sexual después de diez, quince, veinte años, la gente dice ‘pero por qué recién ahora, por qué se lo calló durante tanto tiempo’, es esto lo que sucede. Chicos de diez años que son iniciados en el sexo por sacerdotes, que como recibían un celular, una salida por la noche, dormían en una cama mejor, los llevaban a un programa de televisión, te dicen ‘yo le tendría que haber dicho que no con mayor firmeza, si yo hubiera dicho que no seguramente él no hubiera avanzado’, y esto mismo lo escuché hace muy poco de una compañera, como justificando la situación, y yo le dije ‘si vos le hubieras dicho que no con mayor firmeza, probablemente no hubiera pasado nada, pero a la semana te hubieras ido en un vuelo de la muerte’.
Suponemos que ya sabemos todo acerca del Terrorismo de Estado. Que ya hubo debate suficiente sobre aquellos años infernales. Sin embargo, quienes hacemos La Retaguardia entendemos que no es así, que no sabemos muchas cosas, y que nos incomoda hablar de otras. La de los delitos sexuales en los ex centros clandestinos, sin duda alguna, es uno de esos temas que incomodan. Va siendo tiempo de abordarlos, porque así lo han decidido quienes más lo sufrieron, las sobrevivientes.

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