30 jul. 2014

(Por La Retaguardia) “Delia era la que nos marcaba el camino con esa tripa de orgullo proletario que no se equivocaba nunca”. Así recordó María del Carmen Verdú a Delia Garcilazo, su compañera de la Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional (Correpi), que falleció el pasado 23 de julio. En diálogo con el programa radial Sueños Posibles, Verdú recordó la fuerza y entereza de Delia y relató dos encuentros que mantuvo con Hebe de Bonafini y Raúl Zaffaroni que la muestran tal cual era.



“No alcanzarían varios programas radio o páginas enteras para desarrollar todo lo que significa la figura de Delia en la lucha antirrepresiva en la Argentina. Delia era una mujer de barrio, una trabajadora, una compañera que siendo muy joven sufrió la amputación de una pierna por una enfermedad en sus huesos, y que a pesar de eso trabajó toda su vida, crió a sus hijos, acompañó a su marido hasta su muy prematura muerte, y cuando uno de sus hijos fue encarcelado y asesinado en la tortura en la Cárcel de Caseros empezó en el camino de la militancia antirrepresiva”, describió la abogada María del Carmen Verdú a Delia Garcilazo.
En noviembre de 1992, uno de los hijos de Delia, Rodolfo “Fito” Ríos de 23 años, fue apaleado hasta la muerte por el cuerpo de requisa de la Cárcel de Caseros donde se encontraba detenido. “Su crimen –contó Verdú– había sido demorarse unos minutos en el reintegro al pabellón durante el recreo, porque se había encontrado con un vecino del barrio y querían charlar un momentito más, establecer la forma de ponerse en contacto de pabellón a pabellón. Esto fue sancionado con esa tremenda paliza que le dieron a ambos, donde Fito llevó la peor parte y falleció tres días después. Tres días durante los que Delia no lo pudo ver, estuvo yendo y viniendo de oficinas, despachos, hablando con los funcionarios del servicio penitenciario federal, con las autoridades del hospital para que la dejaran entrar a la habitación a despedirse de su hijo, y lo único que logró fue que tres días después la dejaran ver el cadáver. Cuádruple fractura de la base del cráneo, fractura del etmoide, del esfenoide, son huesos que están en el centro de la cabeza, por lo que podemos imaginar lo que fue la brutalidad de ese ataque. ¿Y quién era el imputado por semejante hecho aberrante? El otro preso, el que sobrevivió, que recibió la misma paliza pero tuvo la suerte de no morir”.
Tras el asesinato de su hijo en la Cárcel de Caseros, Garcilazo recorrió organismos y organizaciones buscando ayuda en su búsqueda de justicia. Finalmente se acercó a la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, que le proveyó un abogado para representarla en el trámite penal: “pero la compañera necesitaba más, sentía que con la batalla judicial no le alcanzaba y un día se enteró de que había un grupo nuevo, que hacía poquito tiempo venía organizándose, denunciando las políticas represivas del Estado, gatillo fácil, detenciones arbitrarias, defendiendo presos políticos, denunciando la muy incipiente -en aquella época- criminalización de la protesta y el conflicto social, y así fue como a fines de 1994 Delia apareció en una reunión de Correpi y no se fue nunca más. Se convirtió en una de nuestras referentes más claras, en la compañera que reivindicaba el odio bien entendido, el odio de clase, el odio que nos permite distinguir al que es amigo del que es enemigo; cuando había alguna situación un poco confusa, que requería definir para dónde ir, Delia era la que nos marcaba el camino con esa tripa de orgullo proletario que no se equivocaba nunca. Yo creo que todos los que alguna vez vieron alguna movilización de Correpi o vieron una foto de la cabecera de una marcha tienen esa imagen de esa mujer poderosa, con sus brazos apoyados en las muletas, con una sola pierna, negra como ella se reivindicaba, la negra del barrio de San Pepe, San Alberto, después de Virrey del Pino, que decía las cosas como son, que ponía toda su fuerza en cada palabra”, aseguró Verdú en diálogo con Sueños Posibles.

La voz de la tripa proletaria
La referente de Correpi afirmó que a Delia Garcilazo no le temblaba la voz al momento de discutir con las diputadas Diana Conti y Patricia Bullrich o con Hebe de Bonafini y Raúl Zaffaroni: “con quien fuera que tuviese que discutir para defender sus posiciones, y con esa sabiduría del pueblo, de esa tripa proletaria que nunca le falló, nos acompañó hasta que hace unos días su corazón dijo basta y ahora empieza una nueva etapa para Correpi, la etapa de Correpi sin Delia”, agregó.
En relación al encuentro entre Garcilazo y el ministro de la Corte Suprema de Justicia, Raúl Eugenio Zaffaroni, Verdú recordó: “en el programa (de radio) Leña al Fuego de nuestro amigo y compañero Herman Schiller, se armó un debate con esa estructura que él solía dar a su programa con tanta efectividad para el disfrute del oyente, donde el otro invitado era ni más ni menos que Zaffaroni, ya juez de la Corte kirchnerista. Delia estaba en el público, vino a acompañarnos, sabía que íbamos a tener ese programa donde íbamos a discutir Zaffaroni y yo, y en un momento se acercó a la mesa, Herman con su generosidad habitual le abrió el micrófono y Delia le dijo a Zaffaroni lo que pensaba de él, de su pretendido progresismo y de la enorme cantidad de casos en los que la Corte había avalado las políticas represivas del Estado, como en el fallo donde el propio Zaffaroni dijo, escribió y firmó de su puño y letra que en democracia no se puede hablar de tortura porque según él el Estado allí no es una máquina para aplastar la voluntad del pueblo. Terminó de hablar Delia y Zaffaroni no pudo volver a levantar la vista y a partir de allí contestó todas las preguntas de Herman con monosílabos”.
Sin duda, una de las situaciones que quedó fuertemente grabada en la memoria de Verdú fue un diálogo entre Delia y Hebe de Bonafini, titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo: “no era la Bonafini de hoy que es tan fácil retrucar y señalar, sino la de 1996. Correpi participaba como todos los años de las reuniones preparatorias de las marchas de la resistencia, que en aquel entonces eran el momento del año en que todas las luchas aparecían en la Plaza de Mayo, durante esas 24 horas se manifestaban allí. Por primera vez habíamos logrado que los asesinados con posterioridad a 1983, los fusilados por el gatillo fácil, los muertos en la tortura, los desaparecidos que ya teníamos entonces pudiesen tener un lugar junto con los compañeros desaparecidos y asesinados durante la dictadura. Fue aquel año en que colgamos centenares, miles de fotos de los desaparecidos desde la Plaza de Mayo hasta Congreso, una especie de guirnaldas dobles que iban y venían con las fotos de los desaparecidos. Nuestra propuesta desde Correpi era que como teníamos registrados en ese momento 282 chicos asesinados, jóvenes en su enorme mayoría, fusilados por el gatillo fácil, muertos en las tortura, desaparecidos en democracia, pedíamos permiso para que entre esas 30.000 fotos estuviesen las 282 fotos de los asesinados en democracia. La discusión vino porque nosotros decíamos que queríamos poner el nombre, la fuerza que los mató, la fecha, porque si no se diluían en esos 30.000 nombres y salvo algún rostro muy característico o reconocido mediáticamente como el de Walter Bulacio, los otros 281 nadie los iba a distinguir. Hebe nos decía ‘nosotros no ponemos los nombres de nuestros muertos, no ponemos la fuerza, ni la fecha’; y entonces Delia se paró, se apoyó en su muleta, y le dijo a Hebe con tanta tranquilidad y claridad, y a la vez con tanta firmeza, ‘yo te explico cuál es la diferencia entre vos y yo, vos empezaste a caminar alrededor de la pirámide de Mayo desde la esperanza de la aparición con vida de tus hijos, en cambio yo me sumé a la militancia al día siguiente de tapar con la última palada de tierra la tumba de mi hijo, sabiendo que nunca más iba a volver. Y porque la represión contra las jóvenes en democracia es invisibilizada, nosotros necesitamos visibilizarla y por eso tenemos que poner todos y cada uno de los nombres y eso no significa que sea una lucha individual, sino todo lo contrario, es una lucha colectiva pero necesitamos que esos 282 nombres se vean’. Y por primera y única vez en mi vida la vi a  Hebe Pastor de Bonafini no retrucar, no replicar lo que le dijo la compañera Delia y allí estuvieron los nombres de esos primeros integrantes de nuestro archivo de casos”.

4300 nombres

Actualmente el archivo que elabora la Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional llega a los 4300 casos de gatillo fácil, torturas, desapariciones, asesinatos en movilizaciones y manifestaciones: “nuestro archivo ha ido creciendo de un incipiente listado de aquel momento de muertes en los barrios por el gatillo fácil y de muertes en lugares de detención por la tortura, ha ido abarcando poco a poco todas las distintas modalidades represivas que aplican los gobiernos democráticos”, explicó Verdu.
El 50% de esos 4300 casos corresponde a fusilamientos de gatillo fácil, alrededor del 40% a muertes en lugares de detención: “estar preso es la segunda causa de muerte a manos del estado. Caminar por las calles de un barrio y ser joven y pobre es la primera”, aseguró María del Carmen Verdú.

María del Carmen Verdú y su recuerdo y reconocimiento a Delia Garcilazo, una luchadora incansable contra la represión policial e institucional, esa violencia que asesinó a su hijo Fito y que ella convirtió en fuerza para emprender el camino de la lucha y la militancia hasta el último día de su vida.

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