15 sept. 2014

(Por RNMA) Alguien podría pensar que los papás de Ernesto no se esmeraron demasiado antes de darle ese nombre a su hijo; a principios de los '70, que alguien se llamara Ernesto era tan común como lo fue llamarse Diego tras el '86. Tampoco fueron originales cuando se enamoraron del proceso social chileno que llevó a Salvador Allende a la presidencia del país para construir el socialismo por la vía electoral. Sin embargo, luego, cada historia, más allá de los datos coincidentes con tantas otras, se individualizan cuando alguien la vive, cuando alguien la cuenta. En este caso, el que la vivió nos la contó: Ernesto Lejderman Ávalos pasó por Enredando Las Mañanas en el 41º aniversario del golpe contra Allende para hablar de su historia, que no es más que una parte individual de la historia de muchos otros. Y uno de sus entrevistadores fue testigo directo de los diferentes momentos de su vida.

"Mi papá y mi mamá estaban enamorados del proceso que encabezaba el compañero Salvador Allende en 1971. Mi papá era argentino, mi mamá, mexicana. Ellos eligieron Chile para recibir, militar y apoyar ese proceso revolucionario. Mi padre, en realidad, un poco obligado porque era militante en la Argentina de uno de los dos grupos que después conformó el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y a raíz de la represión que había con el dictador Onganía tuvo que escaparse. Vio en peligro su vida y se fue a México. Allí conoció a mi mamá. Se casaron, mi mamá quedó embarazada y eligieron Chile como el país donde ellos soñaban vivir y donde querían aportar, apoyar a un proceso que era único en el mundo en ese momento. Viajaron y lamentablemente vino el golpe militar.
El 8 de diciembre de 1973 una patrulla compuesta por más de veinte militares primero mató a mi mamá en mi presencia y después, a mi papá; yo tenía dos años y medio de edad. Y luego, por continuas presiones y gestiones, mi abuela me logró recuperar en el año '74". Así comenzó el relato de Lejderman Ávalos.

—Enredando Las Mañanas: En ese hecho te llevaron.

—Ernesto Lejderman Ávalos: Sí. Cuando los militares matan a mis padres estábamos en el medio de la montaña. Me llevan a una casa de monjas. Primero me llevan al regimiento militar, pero después no sabían qué hacer conmigo y el jefe del regimiento da la orden para que me lleven a una casa de monjas. Y el que fue jefe del Ejército hasta hace seis, siete años, Juan Emilio Cheyre, en persona, fue quien me llevó a una casa de monjas. Le dan la orden a la madre superiora que yo, con dos años y medio de edad, no podía salir a la calle, nadie podía saber de mi existencia y ellas no podían hablar absolutamente nada de mí.
Mi abuela, con gestiones desesperadas, después de un mes, consiguió que el estado argentino iniciara gestiones antes Augusto Pinochet por mi persona. Fue una gestión muy difícil, muy complicada, mi abuelo quería viajar, pero no lo dejaban. Es así que mi abuela me recuperó.

—ELM: ¿Estuviste en esa casa de monjas cuánto tiempo?

—ELA: Un mes aproximadamente y algunos días en el regimiento.

—ELM: Y después de eso, a intentar crecer normalmente...

—ELA: Sí, muy difícil, porque mis abuelos eran dos personas grandes que me dieron todo su cariño, su amor. Luis Angió (uno de los integrantes del ELM) conoce un poco más de cerca mi historia y mi infancia. Fui creciendo pero siempre con el silencio y el ocultamiento de lo que había pasado. No se olviden de que en el '76 hubo una dictadura en la Argentina hasta el '82, entonces era complicado también que yo, un niño, ande contando qué había pasado con mi familia.
La opción de mis abuelos fue contarme, relatarme que mis padres habían muerto en un accidente y yo crecí con ese accidente de tren. A veces era de tren, a veces era de autos. Entonces, yo con mis dudas y mis inquietudes, buscando en los cajones de mis abuelos, en la avenida Corrientes, donde vivía, encontré una nota periodística que decía que mis padres habían sido asesinados por los militares. Yo tenía doce o trece años, no supe cómo manejar esa situación y recién a los dieciséis años de edad la encaré a mi abuela y le pregunté. Mi abuela me dijo que sí, pero no fue más que un sí, no hubo un proceso de la información, no tuve una terapia adecuada. Seguí creciendo con el manto de silencio hasta los veintinueve años de edad, en el año 2000, cuando salió una nota muy grande en uno de los diarios que más se leían en ese momento, en donde contaban la historia de mis padres, por un relato de un militar.

En este caso, uno de los entrevistadores, Luis Angió, fue testigo de ese proceso personal tan particular de Ernesto. Luis le aseguró, con la voz naufragando en la emoción que: "el amor de tus abuelos hacia vos durante todo ese tiempo yo lo pude sentir, porque ellos todos los días te acompañaron, y al final de su vida vos fuiste quien acompañó a tu abuela y después hiciste tu vida. Pero a veces la familia no sabe cómo encarar, y uno tiene que buscar solo su historia y vos lo pudiste hacer. Yo me enteré muchos años después cuando se dieron a publicidad esas notas y éramos vecinos y nos cruzábamos. Vos eras chiquito, yo ya era una persona grande, y, sin embargo, nunca pudimos charlar de esto, lo pudimos hacer muchos años después".
En ese doble rol que en realidad es uno solo: el de preguntar pero a la vez conmoverse con la historia que se está contando, retomamos las preguntas.

—ELM: Estás en juicio, a través de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos,  buscando justicia, como quizás en Chile no se pudo conseguir.

—ELA: En Chile se ha avanzado muy poco en comparación con la Argentina. En Argentina no solo que tenemos verdad, sino también que estamos logrando —paso a paso, es un camino difícil— que haya justicia como los familiares esperamos. Nosotros no esperamos que haya justicia a la medida de nuestra necesidad, lo que planteamos no es justicia para nosotros, sino por nuestros familiares y por todas las víctimas, que haya juicios justos que estén a la altura de las circunstancias de los actos que se han cometido.
En Argentina hay un proceso muy interesante y muy positivo. En Chile se ha logrado mucho respecto a aclarar los hechos, a la verdad. Ahora, respecto a las sanciones, a las condenas a los responsables, se ha avanzado muy poco. Tanto es así que por ejemplo en el caso de mis padres, de más de veinte militares, solamente se han condenado a tres, que eran subalternos, dicho en criollo, los más perejiles; se les ha dado solamente una condena de cinco años de prisión. Me enteré de que en algunos casos que hasta fueron solo dos o tres años nada más de presidio.
Y, los que están presos en Chile, que son pocos y a pocos años, están en un country más que en una cárcel. Y además de eso, ha habido denuncias el año pasado de que a esta gente que está presa se las ha visto en shoppings, en restoranes. Ni siquiera cumplen a rajatabla la pena. Entonces se podría decir que en Chile se ha avanzado en temas de verdad, pero en tema de justicia, muy poco.

—ELM: ¿Y cuando tenés que encontrar diferencias sobre por qué en Argentina avanzamos y en Chile no tenés respuestas?

—ELA: Sí, yo creo que hay dos realidades. Una es que el proceso chileno fue muy diferente, porque ahí hubo un acuerdo entre la Concertación en su momento con Pinochet, nada más y nada menos... Fue un pacto. En ese pacto quedó un Pinochet vitalicio, los militares se quedaron con todo el cobre, con mucho poder económico y político, porque tenían muchos senadores. Un pacto binominal, en el cual la derecha tenía el 50% de la Concertación. Una trampa jurídica legislativa, en la que ni el PC ni ningún grupo de izquierda podía asomar la cabeza. Y el pacto incluye la impunidad, lo que se vive hoy en Chile, la imposibilidad de nosotros los familiares y las víctimas de tener una justicia.
La otra razón fundamental es que aquí, en el año 2003, Néstor Kirchner se puso al hombro el planteo de las organizaciones de derechos humanos. Si bien acá hubo un fuerte trabajo de las Madres y de las Abuelas, yo en ese momento integraba HIJOS, hicimos un trabajo muy fuerte y con un reconocimiento de cierto sector de la sociedad que era fuerte también, éramos muchos miles en la Plaza de Mayo. Pero lo que sí es cierto que lo que ayudó muchísimo fue lo que se puso al hombro Kirchner con todo el coraje, con toda la energía, cuando hizo bajarle el cuadro a Bendini en la ESMA. Fue un acto simbólico de mucha fuerza. Y además que desde 2003 el tema de los derechos humanos está en la agenda de la presidenta, del Estado argentino en primera instancia. Eso fue un impulso, una energía muy fuerte que empujó y obligó a la justicia a avanzar.

—ELM: En cuanto a la organización de los organismos de derechos humanos, ¿qué diferencias encontrás? Porque nosotros solemos pensar que si hubo un gobierno que pudo tomar esto para que sea política de Estado, es porque las organizaciones sociales —en este caso, los organismos— no es que no dejaban otra opción, porque, de hecho, hubo impunidad durante mucho tiempo, pero sí que eran un bloque fuerte de poder desde la sociedad. Tal vez en Chile se dio este mismo proceso de los familiares.

—ELA: Lo que sucede es que en Chile se vivió un proceso muy similar de resistencia y de fuerza. Es más, fue tres años antes del Golpe, son más antiguas las organizaciones sociales de derechos humanos de Chile. Lo que pasa es que la dictadura fue muy larga en Chile, fue muy terrible. El proceso que vino después de democracia también fue difícil para las organizaciones poder plantear sus demandas porque había un pacto.
Entonces, ¿qué pasa? El reclamo y la movilización estaban invisibilizados, los medios de comunicación en Chile son dos, La Tercera y El Mercurio, dos diarios de derecha. El espacio que le dan a la agenda de derechos humanos es mínimo. En Argentina tuvimos medios de prensa como Página/12, radios alternativas como ustedes. Creo que hubo más aire fresco como para que se puedan reproducir voces distintas. En Chile es muy acotado el margen.
El año pasado me preguntaban de Página/12 quién es el referente de los derechos humanos en Chile como para poder hacerle una entrevista, poder traerlo a la Argentina. Referentes hay muchos, pero son desconocidos en la sociedad Chilena, porque los medios no les dan ningún tipo de referencia. En la sociedad de hoy, si no te hacen una nota en una radio, en la tele o en el diario, la sociedad no te conoce, entonces no conoce la lucha, no conoce la historia. Es muy difícil en un país que le da la espalda a los reclamos por los derechos humanos, por las historias que estamos contando.

—ELM: ¿Qué es hoy el proceso social que comandó Salvador Allende para vos? Y qué estás haciendo voy hoy, ¿sos militante?

—ELA: En principio, creo que sí, cada vez que recuerdo, no solo por el proceso que encabezó Salvador Allende, sino porque mis padres participaron en él siento mucha emoción y mucho orgullo por esos compañeros que se animaron, que se plantaron frente al capitalismo, a todo el poder económico en su momento y empezaron a avanzar en políticas de distribución de la riqueza y de justicia.
Siento emoción, admiro ese proceso. Creo que fue un proceso como en la Argentina pero distinto. Fue un proceso que estaba siendo muy visto el de Chile por toda Europa, por todo el mundo, porque se había logrado el poder con los votos. Más allá de que uno esté a favor o en contra o que sea la mejor o la peor opción, creo que fue un proceso real que vivió la sociedad chilena de que el socialismo llegue con los votos al poder. Fue una experiencia importante en el mundo. Esa experiencia queda en la historia para siempre. Ese legado es muy fuerte y hay que aprovecharlo para construir un futuro mejor. Con las leyes, que las podemos mejorar, con el respeto a los derechos humanos y la sociedad organizada, puede llegar a poder tener herramientas para ir transformando la realidad día a día.
Respecto a hoy, en el año 2003 voté a Alfredo Bravo, un compañero del Partido Socialista. Siempre me sentí socialista, no era militante político ni mucho menos, pero tenía ese sentimiento. Y me sorprendió mucho un hombre que se la jugó toda, Néstor Kirchner. Creo que él, consciente o inconscientemente, abrió un camino nuevo en este país, en esta sociedad, con sus virtudes y sus defectos. Creo que lo que tenía era mucha convicción y mucha fuerza, y a los codazos logró armar un camino nuevo, distinto, dentro de un peronismo que ya estaba olvidado y casi caduco. Logró recuperar las banderas históricas del peronismo de la justicia social de Eva Perón.
Y después vino Cristina, que continuó y profundizó algunas cuestiones. Pero le costó y le cuesta una barbaridad. Es un país muy difícil, en donde las corporaciones son muy fuertes —lo sabemos todos nosotros—, el capitalismo tiene trampas por todos lados.
Creo que el objetivo que construyó Néstor y sigue Cristina es un poco esa sociedad justa, con un espíritu socialista, solidario, en el cual los pobres puedan estar cada día mejor y los ricos tengan que reconocer que hay pobres y que tienen que vivir bien y que tiene que haber igualdad.
Es muy difícil, porque estamos en un mundo en donde ya no se discuten en profundidad estos temas, en otras épocas sí. Pero sí está en crisis permanente el modelo neoliberal. Creo que hay una crisis muy fuerte, la misma sociedad se está preguntando qué pasa con estos problemas que no los podemos resolver, como el narcotráfico, la violencia social. Hay problemas estructurales en toda Latinoamérica y en el mundo que no tienen que ver con un gobierno u otro, sino que hay un problema estructural del sistema.

—ELM: Si nos permitís una chicana... avísenle a Capitanich que todavía hay problemas.

(Risas de todos)

—ELM: Es interesante que en otro momento nos tomemos el tiempo para discutir estas cosas. Nosotros creemos que el camino que de alguna manera transitaron Néstor y Cristina en materia de derechos humanos lo vienen marcando desde hace muchos años movimientos sociales. Tal vez tiene que ver más con eso que con la voluntad de una persona o dos. Cosas del modelo que nos gustaría discutir largo y tendido.

—ELA: Es corto el tiempo. Lo que quiero plantear es que Néstor inició un camino. Obviamente el camino se construye entre todos.

—ELM: Claro. Nosotros creemos que el camino estaba iniciado por la gente que luchó tantos años.

—ELA: Desde ya.

—ELM: Pero hay mucha gente que, con inocencia quizás, cree que esto salió de la voluntad de una persona o dos.

—ELA: No, una persona no puede hacer nada en ningún lado. Uno quizás pone mucho el acento en Néstor y Cristina, pero en realidad es toda una sociedad, las distintas y miles de organizaciones que han puesto el hombro, los millones de compañeros que todos los días, con la diversidad de opiniones y de ideas, van construyendo un país distinto todos los días. Pero los problemas son muchos. Hay problemas estructurales y el poder fáctico lo tienen las corporaciones lamentablemente, son las que ponen trabas. Los mismos medios de comunicación, los grandes grupos empresarios que nos dificultan la vida día a día.
Es difícil y creo que la gente se pregunta todo el tiempo, con este paradigma neoliberal se nos complica a todo el mundo.

El final fue para el recuerdo de Luis acerca de dónde lo encontró el golpe que derrocó al gobierno de la Unidad Popular: "yo estaba en la Patagonia trabajando cuando en un lugar muy chiquitito, Sierra Grande, una mina de hierro, con muchos trabajadores chilenos. Lo vivimos como si hubiera pasado en Argentina en ese momento, y lamentablemente lo sufrimos después. Lo que está diciendo Ernesto respecto a esta lucha que sigue, es la de su papá Bernardo, su madre María del Rosario y tantos militantes políticos y sociales latinoamericanos. Es la continuidad en esta lucha, en la que tantas organizaciones sociales y políticas no nos resistimos a vivir en esta sociedad tan injusta. Y más allá de las diferencias o los matices, lo que nosotros queremos, como tu papá y tu mamá, es una sociedad más justa, por eso se fueron de aquí, a ver si la podían construir en otro país hermano como Chile.

Nos despedimos todos. Ernesto y Luis lo hicieron con más cariño, claro. Han sido tan vecinos de edificio como de sueños de revolución.

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