28 sept. 2014

Los vecinos desalojados en las primeras
horas después.
(Foto: Los ojos de Anita-RNMA)
(Por La Retaguardia) Volvimos a dialogar con María Ríos, una de las personas desalojadas el 23 de agosto pasado del predio de Villa Lugano, que estuvo acampando unas semanas sobre la Avenida Cruz y ahora vive junto a cuatro familias en una casa que le prestan temporalmente. Con los 3600 pesos que en dos cuotas le pagó el gobierno porteño no le alcanza para alquilar en alguna de las villas de la ciudad de Buenos Aires donde le piden más de 10.000 pesos para entrar en una vivienda. Además repasamos las palabras del psicoanalista y psiquiatra Alfredo Grande en Enredando las Mañanas, sobre los hábitat indignos y la cultura represora; y reflexionamos acerca de cómo a las villas miseria o de emergencia ahora les decimos simplemente villa o incluso barrio, como si algo hubiera cambiado allí.

“Estamos viviendo como podemos, en lo que nos dejó el gobierno”, dice María Ríos en diálogo con La Retaguardia. 
A pesar de que el tema ya no aparece en los medios de comunicación, la situación de las familias desalojadas del predio donde se encontraba la Villa Papa Francisco está lejos de estar solucionado: “la verdad que nos dejaron con el sueño de nuestros hijos por el suelo, con la alegría de todo lo que nosotros fuimos edificando ahí día a día, la lluvia, el frío, todo lo que se pasó ahí. Ellos creen que no hicieron nada, pero la verdad que nos mataron en vida. No tenemos la posibilidad de decir que vamos a alquilar porque no hay alquileres, ellos creen que el gobierno nos dio una plata grandísima porque nos quieren cobrar 2500 de alquiler y 10.000 pesos de depósito. La verdad que nuestros hijos van a seguir creciendo en lo que el gobierno le hace crecer que es muy triste, los pibes van a decir que ‘si no tenemos una mesa, una casa, qué vamos a hacer, nuestros padres siempre sufrieron, a dónde vamos a ir’”, señaló Ríos.
2500 más 10.000 pesos son las cifras con las que se manejan en el trato directo entre inquilino y dueño, sin intermediación de inmobiliarias, y es para una habitación de 4x4, con baño compartido: “por supuesto ninguno de los que estábamos en la toma podemos pagar ese dinero. El gobierno lo único que supo dar con tal de que salgamos de ahí (del acampe) fue dos cuotas de 1800 pesos, o sea 3600, y nada más. Tenés que salir de ahí con la plata para el alquiler. ¿Qué vamos a hacer? Si tenés hijos, ¿qué le vas a dar?”, aseveró Ríos.

El capitalismo en las villas

Sobre esta problemática fue consultado el psicoanalista y psiquiatra Alfredo Grande en una emisión de Enredando las mañanas (ELM), el programa de radio de la Red Nacional de Medios Alternativos. Al respecto, señaló: “la villa miseria es un profundo analizador de la pobreza, y ni siquiera de la pobreza, sino de la miseria. La miseria tiene más que ver con lo que se llamaría hoy la exclusión, los marginales, esto que desmiente la propaganda (del gobierno nacional) de ‘Argentina nos incluye’. La villa miseria muestra que Argentina a muchos no los incluye. Por supuesto que es necesario mostrar que uno elige: ‘¿Querés un penthouse, un ph, un hp, una villa? Elegí. Acá tengo un tercer piso que podríamos llamar loft porque estamos todos juntos, endulza un montón, llamalo loft villero’. Ahora, ¿qué pasa? En la villa se reproducen los mecanismos de la sociedad de consumo y, de hecho, hay capitalistas en la villa, lo cual le quita a la villa más dignidad todavía”.

Las organizaciones sociales supliendo al Estado

Algunas de las familias que fueron desalojadas el 23 de agosto viven en centros de día, que pertenecen a organizaciones sociales, y muchos están en la casa de alguna persona que les da albergue temporario: “pero también están diciendo que traten de buscar el alquiler lo antes posible. Ellos no te cobran pero vos tenés que buscar tu alquiler para que esa plata que te dio el gobierno lo puedas dar en alquiler, pero no hay alquiler, por más que vos quieras buscarlo, todas las villas donde vos vayas te piden una plata que no la tenés”, explicó Ríos.
En una entrevista anterior con La Retaguardia, la joven había contado que tiene una hija de cuatro años y un bebé que nació durante la toma del predio en Lugano, que se extendió desde el 24 de febrero hasta el 28 de agosto de este año hasta que un operativo conjunto de los gobiernos nacional y de la ciudad los desalojó, utilizando topadoras que destruyeron lo que durante tantos meses las familias habían construido.
Actualmente, Ríos está con su familia y su hermana en la casa de una amiga: “pero es lo mismo, nos tenemos que ir sí o sí, porque no es lo mismo que estar alquilando. Yo antes cuidaba chicos y los padres me pagaban, pero ahora no puedo hacer nada, tengo que esperar para ver quién me cobra menos”, afirmó.
En esa casa viven en total cuatro familias, y cada una tiene de dos a tres chicos: “la casa es una pieza grande donde tenemos colchones de una plaza que los tiramos y compartimos todos juntos. No somos exquisitos, nosotros tenemos que vivir donde nos dan una posibilidad”, describió.

Dignidad y merecimiento

Tanto en la charla con Ríos como en la de Grande se retomaron las declaraciones del periodista Víctor Hugo Morales respecto a la dignidad de vivir en las villas.
En diálogo con ELM, Grande expresó: “Bernardo Verbitsky escribió hace décadas ‘Villa Miseria también es América’. Ya en el título queda muy claro, la miseria organizada como una villa. Y la miseria no es digna, al contrario. ‘Dignidad’ viene de ‘merecimiento’, el digno es aquel que tiene lo que merece como sujeto, sujeto de derecho, sujeto de deseo, sujeto de necesidad. Uno es digno cuando esas necesidades básicas están satisfechas, cuando sus deseos están satisfechos y cuando el derecho protege, cuida. Entonces, uno no es digno, es merecedor. Y nadie merece vivir en una villa. Pero acá la cultura represora, que tiene un funcionamiento absolutamente perverso y psicótico, confunde, y no casualmente, la dignidad del villero con la dignidad de la villa. El que vive en una villa es digno en tanto él sostiene sus condiciones de vida de la manera más adecuada que pueda. Merecer no es, en el sentido de la cultura represora, ‘Te lo merecés’, el castigo. No,  vos te merecés vivir en la villa en las mejores condiciones que puedas. De hecho, hay un programa que se llama Esta villa es mía, proponiendo algo parecido a la lectura de Víctor Hugo Morales. Entonces, merecimiento es que vos estás en una villa, pero merecés, aunque vivas en una villa, condiciones de habitabilidad digna. Dignas en ese sentido, de merecer. Merecés no embarrarte, electricidad. En ese sentido, el villero es digno. La urbanización de la villa es algo digno, el villero necesita que la villa sea urbanizada”.
En este punto, Grande remarcó que lo que hace la cultura represora es un salto para decir que lo que es digno es la villa: “pero no, la villa es indigna. Nadie merece estar en una villa porque, si fuera algo que uno buscara, los precios en Puerto Madero estarían mucho más bajos. Nadie quiere estar en una villa. Lo cual no significa que una vez que estás no merezcas vivir lo más dignamente posible. Entonces, confundir la dignidad del villero con la dignidad de la villa es una operación, consciente o inconsciente, muy tramposa”.

Permuto pieza en la Villa 20 por piso en Av. del Libertador

En el mismo sentido, María Ríos dijo a La Retaguardia: “no, no es digno vivir en una villa, vos tenés que ver a tus hijos dónde están, tenés que ver si van a trabajar que no les roben en la esquina, tenés que ver que entre una ambulancia cuando vos la necesités, tenés que saber con quiénes están tus hijos, porque salen y van a la escuela pero realmente no sabés si llegan, si vos vas caminando no sabés si te matan en la calle, o si en tu propia casa”.
Respecto a las declaraciones de Víctor Hugo Morales, agregó: “que venga a vivir conmigo, yo lo traigo a vivir donde me están prestando la pieza, que venga a vivir una semana y que vea lo que pasa en una villa, a ver si es digno. Y que me cambie por el piso en Libertador. No es lindo criar a nuestros hijos en una villa, porque ellos pasan y ven a los chicos fumando, ven muchas cosas. Él no sabe lo que es vivir en una villa así que está hablando al pedo”.
En el diálogo con ELM, Grande recordó un panel que compartió hace unos años con el padre Luis Farinello: “él trató de volver a vivir en la villa, y ya no pudo porque era otra villa. Esa villa que es del que viene y del que prospera. La vieja película ‘Feos, sucios y malos’ de Ettore Scola, mostraba claramente que los feos, los sucios y los malos eran los que estaban en situación de marginalidad; los lindos, los buenos y los limpios eran los que vivían en las grandes torres. Esta polaridad, en vez de soportar la verdad—porque la cultura represora no la soporta, la odia; también odia la belleza, el placer, odia todo—,  soportá la tensión, bancátela, bancate que en treinta años de democracia no logramos transformar las villas en verdaderos barrios, no logramos urbanizar nada, tenemos que hacer murallones. Porque, en definitiva, muchas villas están en Capital Federal y no hablan muy bien del jefe de Gobierno ni de la administración Macri, ¿entonces por qué hay que embellecerlas?”
En este sentido, Grande se refirió a lo que llamó “el famoso programa de reducción de daños”: “la cultura represora sabe que los daños son inevitables, llámense colaterales, frontales, de arriba o de abajo. El modelo represor no cierra sin daños. Lo que se hacen son programas de reducción de daños que nada tiene que ver con la bienaventuranza ni nada de eso. Por qué gente se viene para acá es la pregunta, porque no creo que todo el mundo que va a la villa sea porque quiere ir al cine Gaumont. No es digno de Víctor Hugo, sería más digno de Mirtha Legrand. Él está para mucho más que ese análisis simplista. ¿Por qué la gente se viene del conurbano para acá? ¿Por el campo es simple máquinas y soja, ya no trabaja gente? ¿Por qué no se hacen polos industriales en el interior? Es la famosa doctrina del mal menor que ha podrido la mente de varias generaciones. O sea, no se busca el bien mayor, sino el mal menor. En esa lógica represora - de la necesidad, del deseo, del derecho- es inobjetable. Si vos te ubicás en la lógica del mal menor, del programa de reducción de daños, es inobjetable. Ahora, yo no me ubico en esa lógica, ese es el punto, porque esa es una discusión ideológica y política. Pero la trampa, si querés semántica, la trampa cultural, es confundir la dignidad del villero con la dignidad de la villa, no deliberadamente, porque el inconsciente habla a veces mucho más que las planificaciones de escritorio. Eso es fundamental. La villa como pésima respuesta a un terrible problema ni tiene dignidad, nadie merece eso. Tampoco nadie merece vivir en el conurbano y viajar tres horas. Hay muchas cosas que nadie merece, a ver si soy claro. Nadie merece que cambien los trenes después de la masacre de Once. Ahora, decir que como hay villeros dignos la villa es digna, eso es un salto  casi diría  epistemológico o lógico, que es típico de la cultura represora”, concluyó Grande.

Los vecinos de la Villa miseria Papa Francisco ya no son noticia en los medios tradicionales. Lejos de estar solucionados sus problemas de vivienda, podría decirse que están peor que antes. Eso sí, se han vuelto invisibles, y eso tranquiliza a muchos y muchas.



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