30 mar. 2015

Añazco extiende su reclamo a Francisco y
a Mons. Aguer, Arzobispo de La Plata, que
aquí se saludan afectuosamente.
(Por La Retaguardia) En estas páginas hemos abordado el tema del abuso sexual infantil más de una vez. En esta oportunidad lo hacemos reflejando el testimonio en primera persona de Julieta Añazco, que fue abusada por el cura de La Plata Ricardo Giménez. A pesar de que durante años negó y bloqueó lo sucedido, las vivencias se manifestaban en distintas conductas y sensaciones a las que Añazco no les encontraba explicación. El nacimiento de su nieto, y el miedo a que le pasara algo a él, hicieron que los recuerdos de aquel abuso terminaran de salir del escondite de su memoria, y el dolor y la bronca se convirtieron en palabras y lucha. Hoy, Julieta Añazco es la cara visible, en tanto coordinadora, de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina. En esta entrevista con La Retaguardia cuenta su historia.

Conocimos a Julieta Añazco hace unos meses a partir de un mensaje que dejó en nuestro sitio. En el comentario daba cuenta de su recuerdo, siendo niña, de lo sucedido en la hoy Casa Abierta Bichicuí de La Plata, por entonces una de las tres casas operativas de Montoneros en esa ciudad, cuando el 22 de noviembre de 1976 un grupo de tareas ingresó a los tiros llevándose secuestradas a las personas que se encontraban allí. Desde aquel momento, Añazco se preguntó qué había pasado con el bebé que -sabía- vivía en esa casa. Gracias a una entrevista al bebé de esta historia, Nicolás Berardi, Julieta supo que antes de que entraran los militares, Adolfo Berardi envolvió a su bebé en una frazada y lo pasó a través de la medianera a la casa del vecino. Que aquel bebé cuyo destino probable la atormentaba, hoy vive en Andalgalá, Catamarca. 
Esta vez la volvimos a buscar, pero no para juntarla con Nicolás, como aquella vez, sino para hablar de otra parte de su historia personal.
Ella pasó de hacer silencio, de no decir nada de las cosas que le pasaban o sentía, a expresarse a viva voz; a denunciar, a gritar. Hoy está muy contenta de hablar y así lo hizo saber al inicio de la charla con La Retaguardia.

Hablar como nunca

Añazco explicó que en el camino para pasar de un estado al otro aparecieron “una serie de acontecimientos que se fueron sucediendo”. Lo dice en referencia a un nacimiento muy particular: “creo que la llegada de mi nieto tiene mucho que ver. Nació hace dos años pero ya hace tres años que yo venía como recuperando la memoria, todo muy relacionado con Malvinas, con un soldado que murió en Malvinas, armando esa historia, y a partir de ahí mi cabeza empezó a trabajar y a recordar cosas de mi infancia que estaban ahí dormidas, y a partir de ahí nació mi nieto y se me instaló en el cuerpo una sensación de angustia y miedo de que le pase algo a él, y creo que ese fue el disparador para que yo pueda recordar todo lo que sucedió en mi infancia. Y a partir de ahí empecé a hablar como nunca”.
“Yo fui abusada por varias personas –relató en diálogo con La Retaguardia–,  por un tío materno, por mi padre adoptivo y por un cura. Lo de mi tío y lo de mi padre yo siempre lo supe... estuvo ahí, pero lo del cura lo olvidé, como que lo bloqueé en mi mente y nunca más lo pude hablar con nadie, ni en terapia. El recordar el hecho de los abusos del cura me hizo sentir miedo otra vez, yo sentía como que algo no estaba bien, sentí que ese hombre había hecho una masacre, empecé a hacer cuentas, a recordar y sé que somos un montón de personas, de hecho hasta ahora somos 26 los que pudimos hablar. Pero desde el año 1960 que él viene abusando sistemáticamente de niños. Hoy tiene alrededor de 82 años”.
El cura al que Julieta Añazco hace referencia es Ricardo Giménez, un sacerdote católico que hasta hace muy poco tiempo estaba dando misa en el Hospital San Juan de Dios de La Plata.
Respecto a dónde se producían los abusos, Añazco detalló: “Él daba catequesis, preparaba a los niños para la comunión, la confirmación, y en las escuelas religiosas, en la iglesia. En mi caso fue en los campamentos que organizaba a través de la iglesia. Él estuvo en la iglesia Madre de la Divina Gracia de Gonnet, en el Sagrado Corazón de Jesús de City Bell, estamos hablando de los años ’79, ’80, ’81 más o menos. Para mí lo más perverso, y lo que cuando yo recordé más bronca y dolor me dio, es que era en el momento de la confesión. Nos hacía entrar de a uno en una carpa donde él confesaba, nos hacía hacer una fila larga de nenes y nenas, y entrábamos de a uno y él se sentaba en un banquito y nos apoyaba sobre su cuerpo particularmente a mí, pero me imagino que seremos muchos... y mientras nosotros les decíamos nuestros pecados en su oído, él nos tocaba. Cuando digo nos tocaba, no es que nos acariciaba, nos tocaba nuestros genitales. No eran caricias afectivas. A partir de esto que pude empezar a contar, se me acercaron muchísimas personas, hombres que han ido a colegios religiosos de varones en la Ciudad de La Plata, hoy hombres grandes y no tan grandes, que me han contado que cuando los confesaba el cura, por ejemplo, los hacía sentar en las rodillas, y hoy ellos lo ven y no pueden creer que hayan tenido que pasar por esa situación. Para nosotros era casi como Dios, entonces es una confusión muy grande que genera en el niño. Cuando un niño es abusado, el miedo que te genera hace que te paralices. Yo tenía entre siete y diez años”.

Denuncias y complicidades

“Antes de todo esto, yo era muy introvertida, muy tímida, muy como encerrada en mí, casi no hablaba. Hubo muchísima gente que me ayudó, hay por ejemplo un chico que se llama Javier García que él fue la persona que lo encontró a Giménez, si él no lo hubiese encontrado yo no sé si hubiese llegado. Esta persona se involucró tanto que empezó a preguntar y lo encontró. Yo pensé que ya estaba muerto. Y cuando vino Javier y me dice que estaba vivo y dónde estaba, yo no lo podía creer hasta que lo vi, pensaba que a lo mejor era otra persona, y cuando fuimos a la iglesia a sacarle las fotos, que las saqué yo, no lo podía creer; pero sí, era él, y escuchar su voz de vuelta después de 30 años fue terrible”, contó Julieta Añazco.
A partir del hallazgo de esta persona, una de las acciones que la propia Añazco organizó fue un escrache.
“Giménez no sigue celebrando misa, pero sigue siendo sacerdote. En Argentina hay hasta 20 años para hacer una denuncia penal, en mi caso pasaron más entonces pareciera ser que no se me permitiría denunciarlo, pero estamos intentando llegar a hacer la denuncia. Como no se permite denunciar, lo que hicimos junto a mi abogado fue presentar un pedido de informes sobre Giménez en el Arzobispado de La Plata, a ver si los datos que ellos tienen coinciden con lo que yo digo, y a ver qué hicieron, porque ante cada denuncia penal la iglesia debe iniciar el debido proceso canónico, entonces queremos saber si eso se hizo. Porque hubo otras denuncias, en el año ’85 y en el año ’96 en Magdalena, y con la mía ya son tres las denuncias penales, y siempre protegido, trasladado, nunca estuvo preso, la complicidad que existe está a la vista”.
Añazco además se contactó con otras personas que también habían sido abusadas por Giménez: “hablé con 26, pero les cuesta mucho a ellos hablar de esto, pero lo han hablado conmigo. Hemos denunciado muy pocos, pero ellos están ahí siguiendo todo”.

Una vez más abusada

Lamentablemente cada vez que aparecen este tipo de denuncias contra algún integrante de la Iglesia Católica, la institución actúa protegiendo a los denunciados en lugar de escuchar y ayudar a las víctimas: “yo pertenezco a la Iglesia, creía en la Iglesia y en Dios, y encontrarme con esto para mí fue muy fuerte, muy triste, me siento decepcionada, me siento una vez más abusada. Empecé a investigar, a ver muchos documentales y a verme reflejada en esos documentales de otras víctimas de todo el mundo, que hace más de 25 años que vienen luchando... para mí fue terrible, muy doloroso, estuve totalmente encerrada, con mi primera crisis aparte. Yo había tenido otras crisis pero no sabía de qué se trataba porque no lo asociaba con el abuso, y ahora ya sé lo que es”, señaló Añazco.
Julieta dice que aún se siente abusada, ya que las consecuencias del abuso en las personas continúa presente de diversas maneras para toda la vida: “ahora me cierran un montón de cosas: yo he pensado en el suicidio, he tenido problemas alimenticios, yo me lastimaba, y uno no sabe por qué hace esas cosas. Ahora empecé terapia de vuelta, y gracias a mi terapeuta, que entre las dos estamos haciendo un trabajo enorme, puedo ver todo lo que estamos logrando y es un poco volver a ser esa niña y sufrir lo que estaba sufriendo esa niña y abrazarla”.

Ponerse la camiseta

Hoy, la relación de Añazco con la Iglesia, con Dios, ha cambiado: “hubo personas que me han dicho por ejemplo ‘¿cómo no vas a tener más fe?’, y no sé... yo puedo tener fe en mi hijo y en mi familia, en mi nieto, en mí, en muchas otras cosas que no tienen que ver con Dios; también quiero creer en la justicia, no sé... hay un montón de cosas en las cuales creer y es difícil. Me pasa con mi nieto, yo siento que ahora tengo un radar, estoy alerta todo el tiempo, pero aprendiendo a vivir con esto y también transformar este dolor tan grande en lucha, que también es algo que no estaba en mis planes porque la verdad yo no tenía pensado ponerme a militar con esta causa. Pero estoy feliz, y también en Argentina nos estamos organizando los sobrevivientes de abuso sexual eclesiástico y estamos trabajando. Hay muchos que son varones, que les cuesta tanto hablar, así que es como que me puse la camiseta y estamos ahí todos trabajando juntos, por ahí hay muchos chicos que no se animan a dar su nombre, y estoy ahí yo poniéndome la camiseta de ellos, y tratando de que conozcan sus causas porque somos muchísimos en Argentina”, reflexionó.
Tal es el caso de la denuncia que la propia Añazco ha acompañado contra el sacerdote Luis Brizzio de la localidad Esperanza de Santa Fe: “ocurrió hace 20 años, en los tiempos de Monseñor (Edgardo) Storni, que también fue denunciado por abuso (falleció en 2012), es un caso complicado”.

Medios y familia

En relación a los integrantes de su familia que también abusaron de ella, Añazco inició acciones legales contra su tío, pero contra su padre adoptivo todavía no: “él tiene relación con mi hijo, entonces se me complica un poco. Pero se lo pude decir a mi hijo, a mi familia, incluso a mi hijo pude decirle que tenga cuidado con su hijo, que esté atento, y por supuesto no los veo más”.
Al ser la cara visible de esta Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina, Añazco comenzó a tener cada vez más contacto con los medios de comunicación: “por suerte hay periodistas como Mariana Carbajal, que ella con estas causas se involucra y no tiene pelos en la lengua, también Milva Benítez de Infojus La Plata, pero cuesta que los medios se involucren, igual yo trato de llegar”.
Hacia el final de la charla con La Retaguardia, Julieta hizo una última e imprescindible solicitud: “quisiera pedir a los padres que por favor les crean a los niños, que los niños no mienten cuando dicen que fueron abusados porque no pueden inventar una situación de abuso, créanles”, dice, casi como pidiendo por favor..
Quienes quieran y/o necesiten contactarse con la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina, pueden hacerlo a través del blog o escribiéndoles [email protected]
La historia de Julieta Añazco demuestra que el camino desde el silencio puede ser complejo y largo, pero en algún lugar de la ruta, aparece la ayuda necesaria para escapar del silencio y comenzar a hablar. Y ese es el mejor destino posible.

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2 comentarios:

  1. Los admiro profundamente, y les agradezco de corazón... Por supuesto los abrazo fuerte! Espero que en poco tiempo los pueda abrazar personalmente! Como lo abracé a Nicolás! <3

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  2. como siempre uds ocupándose de lo necesario

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