7 abr. 2015

(Por La Retaguardia) No es fácil leer o escuchar alguna entrevista con Carlos Mathus. Es de esos personajes a los que muchos periodistas holgazanes descartan como posible nota, no porque carezca de atractivos, sino porque se la juegan por un No tajante. Sin embargo, Oíd Mortales, que se emite por Radio La Retaguardia, hizo el intento y lo consiguió. Mathus es un mito viviente, podría decirse. Creó y dirigió La lección de anatomía, ya un clásico del teatro argentino que se representó en cinco países. Ahora está dirigiendo, en el Teatro Empire, una obra que tiene como protagonista a un niño autista. Niño en Azul no perseguirá seguramente el objetivo de permanecer tanto tiempo en cartel como La lección de anatomía, pero sí el de conmover al público. Además, Mathus se refirió al derecho o no del director a emocionarse con su obra. Se reconoce poco sociable y se sorprendió cuando Cristina Varela y Luis Angió le señalaron que el azul es el color que identifica al Día de la Concientización del Autismo, que se celebró el 2 de abril.

—Oíd... mortales: ¿Qué es Niño en azul?

—Carlos Mathus: Se les dice niño en azul, especialmente en colonias británicas, a herederos para la Corona o descendientes de familias especiales, pero que son herederos de grandes fortunas o de gobiernos. Muchos pintores han hecho muchos cuadros con un chico con una chaqueta o una camisa azul. Muchos se llaman Niño en azul, Niño azul, El azul del niño. Hay un pequeño cambio, pero siempre es un niño azul. Ahora, esos niños están como mal educados, porque los preparan para una corona, y ellos no saben ni siquiera qué es una corona. Me llama mucho la atención que todos en los cuadros tienen una carita desdichada, de sufridos y martirizados, pero al mismo tiempo felices. Es muy raro. Y siempre vestidos con ropas que, o les queda grande, o no les corresponde a un chico. No son cosas correspondientes a la figura de un chico. A raíz de eso, se me ocurrió cómo hacer para hablar de un niño diferente, cómo es el mundo a través de la mirada de un niño. Y luego pensé que todos tenemos un niño adentro y que me fije yo, que necesitaba fijarme en cómo veía yo al mundo como niño, era lo mismo. Empecé a tomar recuerdos propios. Un perrito que tenía cuando era chico que para mí era una especie de bestia feroz que me defendía de los peligros. Me di cuenta de la importancia que tiene la imaginación de ese chico. Estudiando ese tipo de cosas me fue naciendo, viviendo dentro de mí, pero desde afuera, qué pasaría con la gente que tratase con este niño. Lo trasladé a la época actual, lo puse con una señora que lo tenía que cuidar. También recordé cosas mías, que también era cuidado por una niñera. Mi madre era soprano, no estaba habitualmente conmigo, entonces yo era cuidado, protegido, por una señora que era mi segunda madre, te diría. En ese momento, se me ocurre plantear esa relación: la relación de un chico que no tiene conocimiento del mundo con una persona que solamente recuerda su vida de adulta. En el mismo momento, me desperté sobresaltado, fui a mi computadora, y escribí la obra de un solo tirón. Por supuesto, terminé a las diez de la mañana y me fui a dormir. Al día siguiente pensé que era una pesadilla, que no había sucedido, pero cuando voy a la computadora, estaba escrito. La leí y me gustó muchísimo. Me pareció que era demasiado para que yo lo hubiera escrito, como si fuese una inspiración externa que necesitaba la obra. Me llamó tanto la atención la sensación que me causaba, de tristeza y de amor, sensaciones muy raras. Y así como pintores famosos han desarrollado sus problemas pintando, yo pensé en por qué no hacer lo mismo. Con esa obra, me di cuenta de que me salvaba de complicarme con esa historia. Esa cosa que sentí la puse en el escenario, pensando que era más un ejercicio para los actores que una obra real. Cuando la empecé a ver, me gustó muchísimo. Llamé a amigos que miraron lo que estaba haciendo y les gustó mucho, estaban asombrados por el tipo de forma que le estaba dando a la obra. Y me hicieron la pregunta terrible de siempre: ¿por qué no la estrenás? Como no tenía la respuesta para eso, la estrené, el jueves 26. Estoy asombrado porque la obra tiene una repercusión fuera de lo común. He visto cosas que me hacen sentir raro. La gente se conmueve muchísimo con la obra, entra dentro de ellos y eso hace que la obra les toque muchísimo.

—OM: A los 16 años fui a ver La lección de anatomía con una amiga y ella, desde que entró hasta que salió, lloró. Es algo que pasa con tus obras.

—CM: Eso pasaba muchísimo con La lección de anatomía. Tendré que acostumbrarme a ese comentario. Pero no lo hago a propósito. Trato de evitar esta obra tanto como evité La lección de anatomía porque me conmueve. Eso es para el público, yo no tengo derecho. Tengo la obligación de fijarme si el actor dice su texto en el momento oportuno, si hizo el gesto que le indiqué, pero no tengo derecho a emocionarme. El rey del espectáculo es el espectador.

—OM: Esto que fue tan rápido en la computadora, ¿costó mucho trabajarlo para poder ponerlo en escena, con los actores?

—CM: No. Trabajo habitualmente con un grupo de actores que me conocen desde hace mucho. Con Antonio Leiva, por ejemplo, desde hace cuarenta años, y ha trabajado conmigo en casi todas las obras que hecho, en una forma u otra. Ya saben mi forma de trabajar. En general, me llevo muy bien con los actores, a pesar de que todos los directores se quejan de ellos. Yo los amo, amo como amo mi lengua y mis manos, son los que me comunican con los demás. El hecho de estar hablando por teléfono ahora para mí es una rareza porque no soy muy sociable, te diría.

—OM: En la obra, ¿actúa un niño o es un adulto representando a un niño?

—EA: Es un niño, un quinceañero.

—OM: Tus actores te conocen desde hace muchos años, pero él no.

—CM: No, pero la actriz que está con él, Ruby Gattari, tiene una cantidad mayor de años que todos nosotros [risas] y una experiencia y una sabiduría que muchos más que nosotros. Me he dado el gusto de trabajar con ella porque es una actriz de primera línea, que trabaja toda la obra al lado de este chico. Lo cubre complemente, en el sentido de que él se siente protegido.

—OM: La idea sería que este Niño en azul tiene que ver con el autismo.

—CM: Exactamente.

—OM: El color del autismo, el día que va a ser la conmemoración del autismo, es el azul. Convocan ir con una remera azul.

—CM: No lo sabía. Es una cosa que me surgió naturalmente, me pareció que era lo lógico. Me deja tranquilo. Podría haber dicho cualquier otro color, pero me pareció tan lógico en este caso.

Mathus dice que "la gente se emociona mucho con la obra. No me choca, al contrario, me hace sentir bien. Yo soy una especie de perro rabioso, todo el mundo me grita porque tengo mal carácter. Se me caen las lágrimas cuando veo la función. ¿Cómo puedo estar triste por una cosa que yo escribí y que sé que es una cosa literaria? Y sin embargo, estos actores son un premio.
Los actores son: Ruby Gattari, Thomas Escobar, Antonio Leiva Pablo Cabé, Nonnel Nhoj, Patricia Galotta y Charlos Distéfano, que son los que manejan este asunto. "La obra tiene una particularidad: son dos obras, no una sola. La obra real se produce con un encuentro de esas dos obras. Se produce el efecto emocional fuerte que pretendía. Así como yo me critico llorar frente a mi obra, me encanta que mi público lo haga porque me siento amigo de ellos".
"Me han tenido que atar con un cinturón", dice, cuando le recuerdan las pocas entrevistas que da. Ríe sonoramente y se va. Niño en azul espera para volver a emocionar y emocionarlo.


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