2 abr. 2015

(Por Luis Angió y Carlos Morchio para La Retaguardia) Gustavo Pirich (*) estuvo en la Guerra de Malvinas como soldado conscripto, combatiendo a los británicos, pero principalmente, soportando junto a sus compañeros las violaciones, vejámenes, torturas y asesinatos cometidos por los oficiales y suboficiales de las FFAA de la dictadura. En una charla de una hora con Carlos Morchio y Luis Angió, Pirich transmitió su experiencia en el programa "Entrevistas" que se emite por www.elaprendizmedios.com.ar, la radio del Centro de Formación Profesional N° 24, del barrio de Flores, en la Ciudad de Buenos Aires.
En el trabajo de investigación que realizó para su libro "Hojas de Ruta. De la guerra en las islas a la guerra en el continente" denuncia las torturas, los malos tratos, las deserciones por parte de la mayoría de sus jefes, y también que muchos de ellos, en la actualidad, siguen cobrando pensiones “honoríficas”.

—El aprendiz: ¿Cómo recibiste el llamado?

—Gustavo Pirich: Tenía 19 años. Estaba realizando el servicio militar obligatorio. Estando incorporados, recibimos la noticia de que Argentina había tomado las Islas Malvinas ese 2 de abril. Estaba dividido el Regimiento: había oficiales muy eufóricos, contentos, también soldados; y algunos no tan contentos. Yo me crié como todos nosotros en Argentina sabiendo que Malvinas era una causa nacional, que era una usurpación histórica, pero una guerra me cayó como un balde de agua fría. Suelo ser bastante analítico en las cosas; lo que pensé hizo que no me pusiera contento. Recuerdo también a un oficial que rompía un poco el paisaje de algarabía, el subteniente Martín. Nos miramos, no nos dijimos nada, pero me parece que sintonizábamos para el mismo lado. Me pareció que darle un cachetazo a Inglaterra... Era un cachetazo a Inglaterra.

—EA: ¿Sentiste un poco de miedo? Ir a poner el cuerpo no era un tema menor.

—GP: Hasta ahí no sabíamos que íbamos, pero uno podía darse cuenta de que eso no iba a terminar ahí, de ninguna manera iba a terminar ahí. Nunca nos comentaron que íbamos a Malvinas, se decía oficial y extraoficialmente que íbamos a reemplazar a soldados de Comodoro Rivadavia, por el tema de que estaban acostumbrados al clima y ejercitados para ese tipo de terreno y demás. Se dio al revés. Hoy la historia dijo que nosotros fuimos a Malvinas desde La Plata, y ellos están peleando hoy en la carpa de Plaza de Mayo para ser reconocimos como excombatientes. Nos dimos cuenta que íbamos a Malvinas cuando llegamos.

—EA: ¿Fueron en vuelo directo desde Buenos Aires?

—GP: Fuimos desde La Plata a El Palomar, de ahí a Trelew y de ahí a Malvinas.

—EA: ¿Qué pasó cuando llegaste?

—GP: Las sensaciones eran encontradas. Yo te decía que sabemos que las  islas son nuestras, que las usurparon y demás, pero una vez que estás ahí, se te empieza a impregnar la piel de patriotismo aunque no quieras. Estás haciendo historia, empezás a hacer otra lectura; estás en las Islas Malvinas y no vas de joda.

—EA: ¿Cuántos soldados de tu compañía fueron a Malvinas?

—GP: Éramos trescientos cuarenta y pico. Muchos se estaban impregnando de esta cuestión nacional, que siempre habíamos hablado en la escuela, y estar ahí. Y no solo estar ahí, estar ahí yendo a reivindicar la soberanía es una cosa muy fuerte. Seas pacífico o no, te guste o no te guste la guerra, ahí había un común denominador. En esos primeros momentos, no te pesaba la mochila, tenías un arma y sabías para qué era. Empezaban esas sensaciones de "vinimos acá a cumplir una tarea" y dispuestos a cumplirla.

—EA: En ese momento ni siquiera se hablaba de que las tropas inglesas estaban yendo para Malvinas.

—GP: En mi caso, tenía claro que iba a un desastre, a una guerra. Había compañeros que decían "No, ¿vos te creés que van a venir?". Y medianamente conociendo a los ingleses, sin ser un experto en estas cosas, con un poco de sentido común... Yo discutí muchas veces con el jefe de mi sección —porque en momentos en los cuales no estaban maltratándonos había posibilidad de algún diálogo con alguno de ellos— y el principal eje del diálogo era "vienen o no vienen". Y yo afirmaba tajantemente que sí, que se prepararan, que hicieran el pozo lo más profundo posible, que pusiéramos latitas para escuchar cuando vengan.

—EA: En una nota con Bernardo Neustadt, el general Alcides López Aufranc decía que dudaba que vinieran, pero si llegaban a venir, con tantos días que iban a estar en el mar, iban a bajar reproduciendo el movimiento del agua, como tambaleándose, e iban a ser un blanco fácil de nuestras tropas.

—GP: No me cabe duda, porque eso es lo menos que pude escuchar en las Islas.

—EA: ¿Desde el primer día los mandaron al frente?

—GP: Los primeros días estuvimos más cerca de Puerto Argentino con carpas. No había combate, no había enemigo a la vista, reinaba el optimismo. Algunos decían que era un ejercicio. Llegaron a decir que era el ejercicio anual de cierre. En nuestro caso, ya se empezaba a avizorar que algo raro había. A diferencia de todos los años, mi unidad, junto con todas las unidades de las tres fuerzas, se movilizó a La Pampa. Estuvimos treinta y siete días en La Pampa, incluso con la existencia de un enemigo. A las tres de la mañana te levantaban porque venía y tenías que correrte cuatro kilómetros al oeste. Un simulacro de guerra con un enemigo real. Esto no se hacía nunca así en el cierre. Se iba a un determinado campo, se estaba una semana matando patos. A eso se llamaba cierre del año militar. Esto fue con todo: cañones, aviones.

—EA: El clima todavía no era tan adverso.

—GP: Yo llegué el martes 13 de abril —para mí no es de mala suerte— y todavía no nevaba. Nevó el 14 de junio, el 13 a la madrugada. La primera vez que vi un paisaje distinto fue cuando nos rendimos, después de haber estado toda la noche y después de los combates.

—EA: Estuviste en combate.

—GP: Sí, claro. Mi ubicación fue en un puesto de avanzada, yo estaba delante de la compañía. Como decía el manual, mi misión era la de dar la temprana alerta sobre la presencia del enemigo, y eso es lo que hice.

—EA: ¿En qué parte de las Islas?

—GP: En Wireless Ridge, uno de los tantos montes que hay, en las cercanías de Monte Longdon.

—EA: ¿Muchos días antes de la rendición estuvieron allí?

—GP: Conmigo se da una situación que está ligada a otro aspecto de Malvinas. Por una especie de sanción, yo estuve en todos los turnos en el puesto de avanzada. Cuando empecé a investigar para mi libro —era algo que me llamaba la atención, porque eso se renovaba semanalmente, y yo era número puesto—, un asistente de jefe de compañía me dijo: "Lo que pasa —y te va a servir para el libro; y si querés poné mi nombre— es que amenazaban, ante algún problema, con mandarlos a la avanzada de combate con Pirich". Hay dos versiones, pero a una le resto veracidad, nunca lo pude comprobar. Yo estaba como cafetero del jefe de Regimiento. Cuando terminó la instrucción en el campo, me había hecho bastante amigo de un soldado que era jefe de Regimiento. Dijo "Esto va a ser así: van a empezar a preguntar quién es chofer, quién sabe arreglar, quién sabe arreglar la máquina de escribir. Necesitan cubrir puestos". Yo venía de arreglar máquinas de escribir. Me dice "Te van a volver loco. Esperá que todos digan y después van a preguntar '¿Alguien más tiene otra función, sabe hacer otra cosa?', y vos levantá la mano. Le decís que sos cafetero". Pensé que me fusilaban. Y, efectivamente, terminan todos y el oficial a cargo del personal de mantenimiento pregunta si alguien sabe hacer otra cosa, y levanté la mano: "Soy cafetero", dije, con mi mejor cara de estúpido, hubiese pagado por una foto de ese momento. "¿Usted es cafetero?". "Sí. Mozo, cafetero", le amplié un poco. "¿Dónde es cafetero usted?". Yo tragué saliva y dije: "Trabajo en la costa, por temporada". "Cuando vayamos para el Regimiento, usted va a ser el cafetero del jefe de Regimiento". Me pasé los primeros seis meses siendo el cafetero del jefe de Regimiento y del segundo jefe de Regimiento, porque si venía el segundo, no podía decirle que no. Terminó siendo un represor, hoy está preso por delitos de lesa humanidad, a pesar de ser el bueno. Porque estaba el malo y el bueno. Terminó detenido por el asesinato de militantes a la vera de una ruta en Catamarca. De alguna manera, contribuí también, a partir de una pequeña investigación que ayudó a darle cara a ese personaje que no se sabía bien quién era. En el campo fui a la instrucción, ahí hicimos las prácticas de tiro. Hice cinco blancos de siete disparos. Jamás había tirado en mi vida. Pero además de eso yo era bastante loco y cumplimentaba las órdenes por locura que pareciera, pero no por cumplir con los militares, sino porque me gustaban esos desafíos: subirme al palo más alto, pasar un arroyo para llevar un mensaje. No sé si sumaron todas esas cosas. Los oficiales a cargo de los ejercicios lo registraron de alguna manera y eso pesaba luego. Además, no solo estaba en el puesto de avanzada, yo era el jefe del equipo A de la III Sección de Tiradores de la Compañía A.

—EA: Era una responsabilidad.

—GP: Claro que era una responsabilidad. No sé con qué tuvo que ver esa definición. Me gustaría preguntarle a alguien si tuvo que ver con eso o con mi lado contestatario o rebelde, que te puedo graficar con una pequeña anécdota. Cuando nos integraron, nos pusieron en un playón. En un momento se empezó a distribuir la ropa y pasamos por la peluquería. Yo tenía el pelo muy largo, enrulado, era mi orgullo. No me quería cortar el pelo. Se los cortaron a todos, quedaba yo solo y andaba con el pelo largo y vestido de verde y con borceguíes. Me preguntaban si era del ERP, y yo, que no tenía mucha noción del tema, y ahora se me pone la piel de gallina porque no sé qué pasaba si en algún momento decía "Sí, soy del ERP, ¿y qué?". Menos mal que me hacía el estúpido, miraba para otro lado y seguía escapándome. Hasta que finalmente me sentaron y me cortaron el pelo con una saña de aquellas. Eso también puede ser una parte del porqué. No sé qué pesó más.

—EA: Hasta hace muy pocos años fue un tema tabú para la población contar cómo llegaron y qué les pasó cuando llegaron. Porque no solamente llegaron con la rendición, sino un poco como que hubieran tenido que rendirse a los oficiales argentinos.

—GP: Yo llegué en el Canberra a Campo de Mayo con un sector bastante importante de las tropas. Los servicios de inteligencia comenzaron a hacernos preguntas y a firmar cartillas diciendo que no habíamos visto nada. Servicios de inteligencia que no nos dejaron hasta hoy, ni a sol ni a sombra. Tenemos pruebas de eso. Desde la asociación en la que estoy, estamos a punto de pedir un habeas data colectivo. De lo que pude rescatar de la Comisión Provincial por la Memoria, algo publico en el libro, un par de expedientes. Pero en mi casa tengo una pila importante de informes de los servicios de inteligencia sobre todas y cada una de las actividades que realizamos, tanto personal como colectivamente. La gran mayoría de ellas caratuladas como DS, delincuentes subversivos. Y descubrí estos días, a raíz de la discusión de los servicios de inteligencia, algo que no había visto, un detalle escalofriante. No solamente era la DIPBA, Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, sino que arriba dice "From to SIDE, SIFA", todas las siglas de todos los servicios de inteligencia de todas las fuerzas de seguridad de Argentina. En el libro hay fotos de cómo, ante cada una de las marchas, estamos rodeados de fuerzas especiales que parecen SWAT, grupos especiales armados, con binoculares. Esas fotos están sacadas por un compañero fotógrafo con teleobjetivo. Tiene cuarenta y cuatro fotos de ese tenor alrededor de la Plaza de Mayo, el Ministerio de Economía, la Casa Rosada, Banco Nación.

—EA: ¿Cuántos días estuvieron sin contacto con familiares?

—GP: En mi caso, tres días. Nos recauchutaron, nos dieron de comer, nos intentaron cambiar la cabeza, firmar que no íbamos a hablar.

—EA: El compromiso era no hablar. ¿Qué pensaban ellos que ustedes podían contar?

—GP: Todo lo que vimos en Malvinas: tortura, vejámenes, uno o dos asesinatos de soldados a manos de sus superiores; el maltrato permanente, la negligencia, la inutilidad; cuatro soldados, compañeros míos, a los cuales les permitieron ir a un determinado lugar a buscar comida sabiendo que estaba minado por nuestra propia tropa, que volaron y murieron. Casos que demostraban el comportamiento de las Fuerzas Armadas, cómo las FFAA —digo algo que a veces a algunos no les gusta— fueron a llevar lo que sabían hacer en el territorio. Tiempo después me puse a investigar a mis jefes; la gran mayoría de ellos había hecho cursos antisubversivos en la Escuela de las Américas. Eso eran los cursos que hacían y lo que fueron a hacer a Malvinas. Torturaron, estaquearon, hicieron lo que sabían hacer, y un día antes de los combates se fueron. Porque es para lo que los prepararon, es para lo cual el pueblo argentino invirtió en el Ministerio de Defensa cientos de miles de millones que utilizaron para el llamado enemigo interno. Nosotros fuimos una prolongación del enemigo interno en Malvinas.

—EA: Decís que cuando comienza el combate, se retiran.

—GP: Te pueblo hablar de mi unidad. En mi unidad, de los dieciocho oficiales y suboficiales, dieciséis se fueron en fila india. Es más —alguno podrá pensar que lo que estoy diciendo es una locura; no puse nada en el libro que sea una locura, sino que como periodista tomé las tres fuentes necesarias, y en algunos casos, muchas más, porque sabía lo que estaba diciendo—, en una marcha me encontré con el oficial que estaba el día que tomaron las Malvinas, subteniente Martín. Me dijo "Me llegó el libro, me lo mandó Julio Laluz", un amigo en común. "Te quedaste corto". Tomamos un café y me refrendó que exactamente fue así porque él estuvo frente a ellos cuando se retiraban y tuvo la duda de si cumplir con el reglamento militar y fusilarlos o dejarlos ir, como finalmente sucedió. El jefe de compañía, cuando Martín le dijo "Mi teniente primero, ¿qué está haciendo? Esto no es para lo que nos prepararon", le dijo "Tengo dos hijas que quiero ver crecer". Acto seguido, encabezó la marcha de los dieciséis oficiales y suboficiales que se retiraron del campo de batalla desertando. Hoy ellos cobran pensión honorífica del Estado, y además ascendieron y muchos de ellos llegaron a ser jefes de unidades para preparar a nuevos soldados por si tenemos una nueva guerra para realizar exactamente lo mismo.

—GP: El título del libro es Hojas de Ruta. De la guerra en las islas a la guerra en el continente. ¿Esta guerra en el continente sigue, quién es el enemigo?

—EA: Esta guerra en el continente sigue no porque no nosotros definamos un enemigo, ellos definieron un enemigo. Ponernos un servicio de inteligencia en cada una de las organizaciones y seguirnos a sol y a sombra. Nos pusieron el rótulo en plena democracia, porque los documentos que yo encontré llegan hasta el año 96 y si buscamos, creo que existen hoy también. Los Gobierno que sucedieron a la Dictadura nos definieron como enemigos, la Dictadura nos definió como enemigo interno.

—EA: En el libro están los nombres y apellidos de estos personajes que empezaste a investigar y supiste que desde el 76 fueron represores, parte del terrorismo de Estado. Dijiste que uno estaba preso.

—GP: Carlos Eduardo del Valle Carrizo Salvadores, mi segundo jefe de Regimiento. Hace varios años hubo una represión en Jujuy y hubo una muerte. El jefe de Policía era Carrizo, que había sido nombrado por la democracia. A raíz de eso, empiezo a indagar y tomó sentido un cuadrito que tenía colgado en su despacho que decía: "El pueblo y el Gobierno de la provincia de Catamarca al teniente Carlos Eduardo del Valle Carrizo Salvadores por los servicios prestados". Yo siempre me preguntaba cuáles son los servicios prestados de un teniente durante la Dictadura". Yo entraba, le servía café, miraba el cartelito, algo me hacía ruido. Empezó a cerrase el círculo cuando lo encuentro detrás del nombre de Carlos Carrizo como el jefe de Policía que había ordenado la represión que terminó con la muerte de una persona. Me comunico con los compañeros de allá del sindicato, cruzamos mails, y efectivamente se trataba de la misma persona. Les explico sobre el cartel, que era el bueno: si había que pedir un franco, era verlo a Carrizo, era un tipo que no te cagaba. Mirá qué bueno... Después, a raíz de lo que pasa en Jujuy, se me ocurre buscar en el listado de la CONADEP. Encuentro a cuatro Carrizos: tres que no podían ser y uno sobre el que nunca se habían conocido los datos concretos, al que le decían el Negro Carrizo; en la unidad, le decían el Negro Carrizo. Me comunico con los abogados que llevaban adelante la causa, les paso los datos, y lo citan como testigo. Sale airoso, pero, según lo que me dicen los abogados, pero ahí... Lo citan a indagatoria y se comprueba que era el responsable de los compañeros a la orilla de una ruta en esos años aciagos.

—EA: Hace pocos días la Corte Suprema de Justicia emitió un fallo en el que no reconoce como delitos de lesa humanidad todo esto que contaste.

—GP: No es que no los reconoce. Ojalá no los hubiera reconocido. Ni reconoce ni no reconoce. Se tomó tres años para decir que por una cuestión reglamentaria ellos no pueden tratar un tema que no tiene una sentencia definitiva.

—EA: ¿En instancias judiciales superiores ninguno falló diciendo que sí o que no hubo crímenes de lesa humanidad?

—GP: En primera y segunda instancia en Río Grande, jurisdicción que le corresponde, los jueces dijeron que son delitos de lesa humanidad, procesaron a los responsables y dijo que se investigara. El principal imputado en la causa, Jorge Taranto, fue a Casación. Casación dijo que no se trataba de delitos de lesa humanidad, lo desprocesó, los querellantes fueron a la Corte, la Corte se tomó tres años para decir que por una cuestión reglamentaria no podía tratar el tema porque no había una sentencia definitiva. ¿Qué es el fallo de Casación? Una sentencia definitiva. Vamos a ir a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

—GP: ¿Quiénes están impulsando esta causa?

—EA: El Centro de Excombatientes Islas Malvinas de La Plata, el centro de Chaco, el de Corrientes (donde hubo la mayor cantidad de estaqueos y demás), familiares, el abogado, la Comisión por la Memoria de Buenos Aires, Hijos. Nosotros no estábamos constituidos como organización, la venimos apoyando desde ahora. Ahora sí estamos constituidos y vamos a ver si existe una posibilidad de entrar en la causa y ser parte de los querellantes.

—EA: Ya se cerró la puerta en nuestra justicia.

—GP: Se hizo un pedido de reconsideración ahora, porque está la posibilidad de que la Corte reconsidere. Esto habitualmente no existe, pero lo hicimos. Hemos recibido algunos espaldarazos bastante fuertes, como el de la propia Presidenta de la Nación. El otro día en el inicio de las sesiones ordinarias dijo "Vayan a la CIDH, porque la Corte acá les está prohibiendo investigar qué está pasando". Le vamos a hacer caso, no porque lo dijo ella, sino que igual lo íbamos a hacer.

—EA: ¿Qué impulsa la Asociación?

—GP: Lo definimos como un organismo de derechos humanos más. Venimos a sumar junto al resto de los organismos de derechos humanos desde una visión de Malvinas, como ex-soldados conscriptos de Malvinas. Creemos que Malvinas nunca se abordó desde el tema de los derechos humanos, y debe hacérselo desde la conscripción, que es un sometimiento y una reducción a la servidumbre (donde la mayoría de los derechos humanos fueron vulnerados sistemáticamente), durante la guerra y posteriormente durante la democracia. Todavía seguimos luchando para que nos hagan una junta médica. El otro día recibimos otro cachetazo de la justicia. El juez Furnari dijo que no había verisimilitud del derecho y que no se daban los presupuestos para otorgaron la cautelar. Ahora fue a la Cámara, y esperemos que lo revoque.

—EA: ¿Qué es lo que piden?

—GP: Que el Estado nos ponga frente a médicos y diga cómo estamos treinta y dos años después, si hay secuelas, cuáles tratamientos. Esto no es un invento nuestro, es una ley. Dice que deben hacer una junta médica con convocatoria obligatoria. Se deben determinar las secuelas, se nos debe dar un tratamiento, hasta el alta definitiva. Si eso no es responsabilidad del Estado, ¿la responsabilidad del Estado dónde está?

—EA: Me quedo con la imagen terrible de los oficiales retirándose porque querían ver a sus hijas y mandando a los chicos de veinte años morir al frente. Muy duro.

(*) Gustavo Pirich. Ex Combatiente de Malvinas. Presidente de la Asociación de Combatientes de Malvinas por los Derechos Humanos. Periodista. Empleado (jubilado) del Banco de la Provincia de Buenos Aires.

3 comentarios:

  1. Excelente testimonio de Gustavo Pirich. Gracias!!! Nuevamente, vale insistir en el reclamo de que se abran y se publiquen todos los archivos secretos de todos los servicios de inteligencia.

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  2. Y lamentable el comentario final de EA: los "chicos de veinte años" eran HOMBRES de 20 años que enfrentaron HEROICAMENTE a la armada imperialista británica y sus gurkas.

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