2 ene. 2016

Alcohólicos Anónimos (A.A.) se autodefine como una comunidad de personas que comparten experiencias para resolver un problema común que es alcoholismo. El acceso a los grupos es absolutamente gratuito. “Nuestro objetivo primordial es mantenernos sobrios y ayudar a otros alcohólicos a alcanzar el estado de sobriedad”, explican en su página web. El teléfono de contacto para asesorarse es 15 5888 2948 o a través de aa.org.ar. A.A tiene un convenio con el hospital Fernández y sus integrantes son atendidos gratuitamente. Oíd Mortales, programa conducido por Cristina Varela y Luis Angió y transmitido por La Retaguardia, recibió la visita de dos integrantes de A.A., Andrés y Ana, que relataron diversas instancias del proceso de recuperación de la adicción y las señales que pueden servir de alerta para identificarla. (Por La Retaguardia)

Cómo se llega a A.A.

"Mi nombre es Ana, soy una alcohólica en recuperación y estoy aquí para responder todas las preguntas que quieran hacer y también para contarles de qué se trata el programa Alcohólicos Anónimos, cómo funciona y hablar de esta enfermedad que está en boca de todos, pero de la que nadie habla mucho”, comenzó la mujer. “Soy Andrés y también soy miembro de Alcohólicos Anónimos y en mi caso además de Narcóticos Anónimos que es un programa paralelo con los mismos doce pasos pero que comprende otras adicciones. Entré a los grupos en 1980. Era joven, tenía 30 años y estuve cuatro años en lo que llamamos la puerta giratoria: entrar, salir, recaer”, explicó, y detalló que en un principio consideraba suficiente participar de los grupos durante unos pocos días, lo que le impedía sostener la sobriedad. “Conocí a Alcohólicos Anónimos en una época en que no se podía hablar de otras sustancias. Te sacaban, te echaban, te despedían. Iba al grupo y allí proponían el no al primer trago, ese es el objetivo de Narcóticos Anónimos. No sabía bien cuál era el problema, si era el alcohol u otras sustancias”, Andrés explicó que intentan no mencionar las sustancias para evitar generar curiosidad en quienes escuchan. “Finalmente, después de mi última recaída, el 5 de julio de 1984, extendí el no al primer trago a todas las sustancias. A partir de allí no recaí más, llevo 31 años en recuperación. Esto no se cura, se detiene. Se detuvo en 1984”.

Sostener la sobriedad

El hombre explicó que comprende que es indispensable no abandonar las reuniones periódicas para sostener en pie su recuperación: “Voy avanzando, progresando en mis vínculos, en mi trabajo. La adicción queda instaurada en el pasado y pasa a ser una anécdota. El alcohol no me interesa más. El otro día vino una compañera nueva a la que invité a mi casa porque la veía muy sola, y le expliqué que ella me parecía una voz en el desierto”. Para Andrés, todos somos una voz en el desierto. Relató que el inicio de las adicciones tiene como sentimiento a “la euforia; todo es festejo, algarabía, bebida, excesos. Los pibes con las previas, por ejemplo. Hasta que no te das cuenta de que te hace daño, que no lo podés dejar, que corrés peligro de un coma alcohólico, hasta ese momento no podés hacer nada. Hasta que no tocás fondo, no accionás”.

Cómo evitar la copa sin retorno

Para Ana, el momento clave para reaccionar ante una adicción es cuando se toma conciencia de que no se puede parar de consumir: “Te levantás y ese es tu primer pensamiento. Uno siempre busca el efecto de las primeras veces, y ese efecto no se vuelve a repetir. Eso te lleva a consumir cada vez más y después bebés en cantidad y prácticamente no se produce. Lo que queda es la resaca, el malestar, las lagunas mentales, el deterioro del cuerpo”. Esos síntomas, explicó, son la ilustración de problema: “Las personas que beben mucho son muy negadoras. Se tiende a minimizar los síntomas, a mentirse a sí mismo y a los demás, y eso crea un estado de confusión en el entorno: los demás no saben si es o no es, si realmente está el problema. La familia tiene codependientes que perdonan al alcohólico y creen en lo que éste les dice y así se conforma un ambiente de confusión, de negación, de miedo”. Ana destacó que las mujeres suelen beber a escondidas sin presencia familiar pero que el autocontrol es cada vez menor.

La copa sin retorno

“Hay una copa que no tiene retorno. Si vas al Borda te vas a encontrar con personas que están ahí, chapas, por el alcoholismo. Le llamamos la copa sin retorno. Sucede... Nosotros decimos que no hay dos alcohólicos iguales ni dos recuperaciones iguales. Es lo más heterogéneo que hay: viene gente de la calle, profesionales, de todo, con algo en común, que es no poder dejar de tomar”, explicó Andrés, que volvió sobre el punto de la idealización del comienzo al deterioro absoluto: “De golpe se pone pesado y de golpe es patético. Llega un momento en que sos patético y sos consciente de que te está haciendo mal, pero la abstinencia te hace volver y la situación se repite sin salida. No podemos dejar de tomar solos, necesitamos del grupo. Yo lo intenté solo y dejé montones de veces, pero no puedo sostenerlo”. El integrante de A.A. destacó el problema identitario: cuando se decide dejar una adicción no sólo se pierde el grupo de pertenencia sino que se vuelve difícil encontrar uno nuevo: “Necesitamos un lugar donde identificarnos; yo ahora juego con la camiseta de los que no toman más y necesito un equipo. No somos antialcohol ni antidrogas, el que quiere seguir, que siga, a nosotros nos interesa el que quiere parar. Si querés seguir, es asunto tuyo, si querés parar, nuestro. Ahí, cuando está la intención de parar, se hace una red de solidaridad y teléfonos para ayudar a la persona”.

Las chicas y los chicos

Tanto Andrés como Ana relataron el fenómeno que las mujeres jóvenes suelen consumir más alcohol que los varones: “Pasa también en los pueblos. Ahí hay una cuestión importante, porque el anonimato es fundamental para evitar el estigma, y aquí se puede lograr, pero en los pueblos es muy difícil. En el caso de las mujeres, antes de que se integren a los grupos ya lo saben todos”.
Ana señaló que los jóvenes reciben estímulos de los medios y la publicidad: “Muestran que basta una copa para ser feliz, y con varias copas se es más feliz... Ninguno de los comerciales muestra cómo quedás después de consumir tanto o cómo afecta el alcohol al organismo”. Los daños al organismo son múltiples: problemas traumatológicos por golpes y caídas reiteradas, problemas con el sistema urinario, hígado, la resaca, las lagunas mentales que al principio el alcohólico no reconoce pero sí su entorno. “A esta altura de mi vida prefiero ser una alcohólica anónima que una borracha conocida”, aseguró Ana con orgullo.

Desear dejar, la única condición

Andrés aclaró que comprenden que no todos los que toman son alcohólicos: “A veces voy a colegios a hablar, supongamos que de 200 chicos hay 80 que son abstemios y los otros 120 han tomado, no todos van a ser alcohólicos o adictos. Yo les hablo pensando en los que tienen un factor constitucional, los que toman, consumen y no pueden parar”. A.A. considera que el alcohol muchas veces es entendido como un atajo para acercarse a alguien con desinhibición, avanzar en una decisión o simplemente ser aceptado: “En un primer momento se logran un montón de cosas, pero luego te lleva a un lugar de confusión, de pérdida, de negación, de peligro para vos y tus seres queridos. Muchas veces tocar fondo es terminar en la calle. En mi caso la cuestión fue más espiritual: un vacío total, un dolor y una impotencia... desconexión, tristeza...”, contó Andrés, y realizó una salvedad: no todos los que se acercan desean, necesariamente, dejar de tomar, y no todos los deseos perduran. “Dos cosas hacen falta: la concurrencia a los grupos y las ganas de dejar. Mucha gente deja de ir a los grupos porque en realidad quiere continuar consumiendo. Cuando recaen y vuelven los recibimos, de mil amores. Siempre decimos: Cuando todo le falle, siga las instrucciones”, explicó. Según Andrés, las estadísticas están a favor de las estrategias de A.A. Está demostrado que funcionan: “Decimos: no es para inteligentes, sino para obedientes. No estoy del todo de acuerdo con esa frase, porque creo que ser obediente es ser inteligente. Nosotros somos reaccionarios que no nos adaptamos a las pautas sociales”.
Ana ofreció a todos los que quisieran comunicarse el ingreso a la página web. “Allí están todos los grupos de la Ciudad de Buenos Aires que son muchos porque hay varios en cada barrio y también están los del resto del país. Con respecto al asunto de los grupos en lugares pequeños donde a las personas les asusta ir, les cuento que se está trabajando la idea de aggiornar Alcohólicos Anónimos a la era digital: hay muchas otras maneras de poder hablar: grupos online, blogs, whatsapp”, contó.
Sobre quien se acercan por primera vez, Andrés explicó: “Se lo mima y se le hace notar que es la persona más importante de esa reunión y se le dedica casi todo el encuentro. Todos hemos pasado por ahí y todos tenemos el deseo de que luego de la primera vez, las personas vuelvan. Por eso decimos que es más importante la segunda que la primera”. El integrante de A.A. define su llegada a la comunidad como el momento en que se subió al último vagón del tren: “Así empezás a florecer. Es importante el lugar de los que recaen y vuelven y de los que hemos podido quedarnos y dejar de tomar, que estamos en el paso doce, contagiar el mensaje. De donde nosotros venimos, la esperanza es una necesidad. Estando en el programa, yendo a los grupos y con una actitud positiva podemos mantenernos sin tomar”.
Ana explicó que los grupos se reúnen todos los días y que cada integrante decide con qué frecuencia ir e incluso se puede asistir a varios grupos en simultáneo.

El entorno también se enferma

Con respecto a la familia, la integrante de A.A. desarrolló un análisis de los vínculos: “Se genera un estado de confusión grande. Los padres a veces están bien y a veces mal; los chicos nunca terminan de entender por qué el padre cambia de humor repentinamente y la madre llora o porque el padre llora y la madre lo consuela y le dice que no se preocupe. Se crea una codependencia familiar en la que todos tratan de tapar a la persona que tiene el problema”. Para el alcohólico, explicó Ana, existe Alcohólicos Anónimos y, para la familia, están Al-Anon y Alateen. Al-Anon es para los adultos, y Alateen es para los chicos, para los hijos, hasta los 18 años. “Los chicos, cuando saben que el papá o la mamá están enfermos y se dan cuenta qué motiva estas reacciones, se relajan, entienden que ellos no son culpables de nada, porque la culpa es el sentimiento que está presente todo el tiempo en la casa. Ahí tienen tres opciones que son libres, gratuitas, anónimas y están en todos lados”, dijo.

Según Andrés, en el círculo familiar no hay una predisposición a repetir la adicción, sino “cierta licencia, porque con qué autoridad uno podría decirle a un hijo que no tome. Una cuestión interesante en nuestro caso, que llevamos mucho tiempo sin tomar y sin consumir es que cuando ves que un hijo está tomando te afecta. En realidad, es muy poco lo que se puede hacer”. Andrés planteó que entrometerse no es la mejor opción: “Nosotros compartimos nuestra experiencia en primera persona, no generalizamos, no necesariamente porque yo soy alcohólico va a serlo mi hijo. No todos los que toman son alcohólicos. Hay un vínculo especial entre el sujeto y la sustancia que lo lleva a engancharse en una situación que crece: el uso, el abuso y la dependencia”.

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