19 ene. 2016

El Estado es muchas cosas, hay de todo. Esa frase impune dice la verdad. Por eso, el reduccionismo de quienes justifican o festejan los despidos es de mucha ignorancia. Trabajé tres años para el patrón más precarizador. Primero en La Matanza, en el Programa Envión. Ahí hay un grado de vaciamiento que excede al contexto o la campaña: es el programa para el descarte. Y el caballito de batalla que nadie chequea. Recuerdo, como movimientos extraños intra-estatales, que teníamos una zanja abierta en el medio de nuestra sede que largaba un olor a cloaca que te volteaba, pero nos llegaban pilas y pilas de sillas que no necesitábamos y nosotros nos preguntábamos quién carajo establecía esa prioridad. (Por Rosaura Barletta para La Retaguardia)

Foto: @despidometro

En Envión había operadores sociales y equipos técnicos. Entre 2011 y 2012, los operadores cobrábamos 1000 pesos en forma de beca. Los equipos cobraban 2000 y tenían que pagar monotributo. Unos no éramos trabajadores, los otros no eran estatales. Es difícil que en ese contexto se contraten "ñoquis" porque el trabajo no podía ser más adverso. Sin dar detalles innecesarios, practicábamos acompañamiento a jóvenes en diversas situaciones de vulnerabilidad. En la enorme mayoría de ellas, muy duras, no había una respuesta para dar que aportara a la resolución del problema de fondo con la intervención del Estado: CERO recursos. Chicas que seguían viviendo con sus abusadores o golpeadores, pibes que no podían salir del consumo o de la exclusión más severa. Algún que otro laburante habrá llegado por acomodo (¿qué es acomodo?, ¿que te recomienden?, a mí me recomendó una conocida de la militancia y, claro, tuve que mentirles mi procedencia), pero en última instancia todos laburábamos por igual.
Un pequeñísimo porcentaje sí la ñoqueaban. Una vez vino un abogado que alegó abiertamente ser amigo de Nicolás Fusca, uno de los funcionarios municipales a cargo de Envión, y haber llegado a la sede por eso. No tenía ninguna, lo juro, ninguna aptitud para relacionarse o empatizar con jóvenes en situación de vulnerabilidad, de hecho no estaba dispuesto a hacerlo. Duró poco porque en mi sede no se fantasmeaba; en otras sí, fuertemente. De esos había un par por cada lado. No creo que ese abogado tenga ahora problemas laborales.
Otros, de equipo técnico para arriba, trabajaban incansablemente y consideraban que eso les daba derecho a bajar línea a un grupo de pibes a los que el Estado sólo había interpelado con violencia y abandono. No es un ataque a la bajada de línea. Al fin y al cabo, nadie le escapa. Sí resultaba violento y perturbador ver bajar la línea del orden establecido, del gobierno, cuando nos acercábamos desde un programa cuyo ejecutor era ese y en el que había sedes sin baño, sin luz, sin gas,  otras sedes sin espacio físico, incluso laburantes sin cobrar durante meses, o pibes que durante meses no cobraron su "beca". No es leal, en ese contexto, sugerir que eso es lo mejor que el mejor Estado podría ofrecer y que deberían estar agradecidos.
Cuando los laburantes entendimos que no daba para más y decidimos organizarnos después de pasar tres meses sin cobrar y de que faltaran días para pasar las fiestas sin un mango, la extorsión fue obscena: no podíamos “involucrar a los pibes”, que tampoco cobraban, porque era utilizarlos. Claro que no era utilizarlos llevarlos a un acto del gobernador de la Provincia y someterlos a sumar para su foto-caballito de batalla sin siquiera poder hacerle llegar el conjunto de necesidades de cada lugar. Afortunadamente, la enorme mayoría de los operadores decidió no formar parte de esa humillación. A pesar de la doble moral con respecto al involucramiento o no de los jóvenes beneficiarios en la lucha por condiciones dignas, nosotros activamos la organización gremial. Queríamos obtener el reconocimiento de los operadores como trabajadores y no becarios, queríamos el pase de todos los laburantes a la órbita de la provincia de Buenos Aires. En mis años de trabajo allí no sólo formé parte del perverso sistema de la tercerización, sino que me llevé el amargo trago de descubrir, inocente, que se practica dentro del Estado con los mismos mecanismos que en una empresa. Scioli se llevaba el mérito de gestionar Envión, pero el presupuesto que se destinaba al programa bajaba a los municipios y éstos hacían la repartija como mejor les parecía, o como les era funcional. Exigíamos, también, claro, un aumento que nos permitiera salir de la miseria.
En aquella instancia, cuando empezamos a juntarnos entre nosotros en La Matanza y con otros municipios, y a conocer las condiciones de cada quien, las extorsiones, las presiones punteriles y la necesidad de todos, el asunto empezó a delimitarse. Algunos compañeros se inclinaron más a pensar que, aunque nuestra exigencia era al gobierno de la Provincia, el reclamo afectaba indefectiblemente a los municipios que sostenían la precarización sin chistar, y consideraron que no debíamos hacer planteos a nuestros jefes locales. Nuestro único planteo a los jefes locales, en realidad, estaba dirigido a su afán por defender la humillante política del Programa en otro nivel. A su conducta bufona. Algunos compañeros, pocos, se inclinaron a justificarla.
Los responsables de Envión a nivel municipal no tardaron en boicotear nuestras intenciones. Empezaron despidiendo a un compañero cuyo trabajo contaba con el respaldo total de todos los integrantes de su sede. Lo echaron por organizarse. Luego, la circulación de rumores disparados desde la propia unidad de coordinación de Envión en La Matanza: había un grupito de “marcados”. Nos tenían entre ceja y ceja y la única que nos quedaba para hacer llevadera nuestra práctica era bajar el perfil. Deslizaron, incluso, que ante nuestra disconformidad con las condiciones laborales, podrían responder asignándonos tareas exclusivamente administrativas. Salir del territorio. La frutilla del postre fue una patoteada de poca monta: todos los operadores tuvimos que firmar un intento de contrato en el que, no sólo nos reconocíamos como becarios en formación y no como trabajadores, sino que además nos comprometíamos a no llevar adelante ningún tipo de organización gremial. Firmábamos o nos íbamos.
El año que pudimos sostener la periodicidad de reunirnos y manifestarnos con el apoyo de ATE, fue el año en que nuestra eficacia como trabajadores y nuestra instancia con nuestros compañeros en las sedes alcanzó su punto máximo, su mejor momento. No nos era posible mirarnos a la cara sabiendo que no estábamos haciendo nada. Nos excedió la procedencia política, teníamos todos el mismo problema. Claro que para defender algunas políticas hay que ponerse una venda y darle para adelante, y algunos compañeros eligieron eso.
El problema moral era grave: ¿Cómo íbamos a mirar para abajo y seguir trabajando cuando venía un pibe con sensación de abstinencia y lo mejor que podíamos darle para calmarla era una torta bien dulce? Y cuando venía una chica harta de maltratos nos tomábamos un bondi a hacer escándalo a la comisaría de la mujer, que es uno de los lugares donde más se ejerce la violencia de género. Así funciona el Sistema de Promoción y Protección de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes. Son laburantes que van corriendo de acá para allá tratando de hacer malabares en alguna institución que más o menos ensaye una respuesta.
Como cada vez que hay que enfrentarse a un patrón, y sobre todo si sobre nuestras espaldas montó una cortina de humo para que nadie se atreva a dudar si las flamantes políticas públicas funcionan o no, la lucha se fue deteriorando. Se construyó un clima de trabajo hostil para quienes queríamos otra cosa y se multiplicó un fuerte abandono a las convicciones porque no teníamos un mango ni para defenderlas. Renunciaron grupos de trabajo enteros, hubo recambio en toda la Provincia y algunos se fueron no sin que antes el puntero pasara por la puerta de la sede con un fierro en la cintura. Así de corta la hicieron.
Como tantos en la misma situación, después de dos años, renuncié. Si no había ni una mísera esperanza de mejorar nuestras condiciones, de reconocernos trabajadores, de formar parte de la nómina de empleados de la Provincia, de dar algún tipo de respuesta a las problemáticas atroces que enfrentábamos que no fuera un mate o una palmada, de recibir siquiera leche y galletitas no vencidas para la merienda, todo se iba al carajo. Haciendo historia contrafáctica, me permito asegurar que si mi decisión hubiera sido continuar y si hubiera podido hacerlo hasta el fin de la gestión pasada, hoy estaría en la lista de los despedidos de Macri como cualquiera de mis compañeros y como deben estar los nuevos trabajadores.
En la Ciudad de Buenos Aires, desarrollé mi experiencia en el Programa Adolescencia. La Jefatura realiza convenios con distintas instituciones de formación para ofrecer a pibes y pibas talleres gratuitos de lo que les interese: artes pláticas, danzas, oficios, deportes, escritura, lo que sea. También mi rol era el de operadora, pero con características muy distintas. Como en Envión, teníamos un protocolo, manual de responsabilidades, o como se llame. Para Scioli, el operador era un militante, y eso está bárbaro. Sobre todo porque todos deberíamos ser militantes. El problema es que se use esa categoría para desfigurar la idea del trabajo y la remuneración, que era precisamente lo que buscaban. Para Macri, en cambio, el operador NO era un militante. Es decir, era un ciudadano común y silvestre con una sensibilidad marcada por los asuntos sociales. Una farsa. En Adolescencia progresé: pasé al monotributo. No era estatal pero al menos era trabajadora. También estaba tercerizada porque, como Provincia a los municipios, Ciudad bajaba presupuesto a las instituciones.
La extorsión tenía otro carácter: acá nos pagaban “por pibe”. Los operadores éramos la segunda pata de cada taller de jóvenes, la primera era el docente. Buscábamos articulación con otros grupos, organizábamos talleres sobre temáticas externas, tratábamos de resolver emergentes, entre otras acciones. Entonces, por cada pibe que asistía al taller, cobrábamos una cantidad de dinero. Si alguien se salía del programa, nuestro sueldo bajaba. La lógica macrista de forma explícita: cada beneficiario era un capital, y así nos lo teníamos que representar para contenerlos. El agotamiento me forzó, también, a irme. Pero, por el tiempo que uno permanece, lo adverso del trabajo en el Estado, lo supeditado que está a la conveniencia del mejor postor, la falta de posibilidades de traducir una línea paupérrima en algo más provechoso, la frustración de no poder ofrecer algo mejor, el deseo impetuoso de que tanto esté mejor, sentirse desahuciado por no poder unirse con otro y la decisión de seguir a pesar de todo o incluso de luchar contra ese todo es la prueba más cabal de que los ñoquis son otros. Son los que tienen la responsabilidad asignada de resolver la clase de problemas detallados, y no los trabajadores que sistemáticamente se dedican, desde adentro del Estado, a sacar las papas del fuego y a sostener en pie todas las políticas públicas.


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