30 abr. 2016


“Cuando aquel 30 de abril de 1977 nos juntamos estas mujeres jamás pensamos que íbamos a tener que seguir buscando y reclamando durante casi 40 años; ¡qué íbamos a pensar en esa dimensión de tiempos y no respuesta!”, dijo Mirta Baravalle, una de las 14 mujeres que se reunieron ese día por primera vez en Plaza de Mayo, en una acción más de búsqueda de sus hijos e hijas desaparecidos. Con ella repasamos los días previos a aquel encuentro fundacional, además de las sensaciones de esperanza e incertidumbre que las acompañaban en esos difíciles y oscuros momentos. (Por La Retaguardia)
“Es muy fuerte para las que hemos estado ahí, para las que todavía podemos acordarnos, a veces con tanto tiempo lo sentimos de otra manera, pero en realidad se siente como el primer día, no es fácil recordarlo porque significa que han pasado 40 años sin respuestas, sin saber qué pasó con nuestros hijos, nuestras hijas, con nuestros nietos nacidos en cautiverio, los que fueron llevados con sus padres y también los que fueron llevados solitos”, afirmó Mirta Baravalle, integrante de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora.
Quizás sin saberlo o sin recordar las caras, las 14 mujeres que se reunieron aquel 30 de abril de 1977 en Plaza de Mayo, se venían cruzando desde hacía días: “al principio íbamos a la Casa de Gobierno, donde estaba el Ministerio del Interior, y había un coronel que habían puesto como personaje para dar información a los familiares que ya estaban reclamando desde hacía meses; desde el 24 de marzo de 1976 cuando empezaron las desapariciones sistemáticas, los familiares buscando información se acercaban a lugares donde supuestamente tenían que brindarla, y estaba ese personaje que había sido puesto para paliar un poco la desesperación de los familiares”, recordó Baravalle.
Así fue como un pequeño grupo de mujeres había sido citado para el mismo día, a la misma hora: “nosotros íbamos a preguntar, a pedir información y teníamos una tarjeta donde se anotaban las citas con el día que teníamos que ir para recibir alguna información, y se dio que a fines de febrero o principios de marzo yo tenía que ir a la Casa de Gobierno, a las 11 de la mañana, para tener información, y así como tenía que ir yo había otras señoras también. Cuando llegué ya estaban ahí, eran 2 o 3 mujeres, y cada una esperaba a la otra que salía y se preguntaban, como lo hicieron conmigo, qué nos había dicho ese coronel. Yo les contesté que la respuesta que me había dado era todavía más dolorosa de pensar, porque de alguna manera nos estaba falseando porque se expresaba algo socarrón, nos daba respuestas muy feas y ahí comprendimos, al preguntarnos entre nosotras lo que le había contestado a unas y otras, que todo era falso”.
En diálogo con Oral y Público, Baravalle hizo algunas referencias especiales respecto a las mujeres que solían encontrarse en ese camino de búsqueda: “éramos todas madres las que nos encontramos ahí, todas madres preguntándonos quién nos faltaba. ‘¿Quién te falta? ¿A quién te llevaron?, ¿a tu hijo?’ Y dio la casualidad de que todas éramos madres y hay un caso que siempre lo menciono que es el hijo de María Adela Antokoletz, porque sus 3 tías fueron como madres y reclamaban también por su sobrino. Y desde luego recuerdo a Azucena (Villaflor) que fue la inspiradora de ese reclamo cuando nos dijo a las poquitas que éramos en ese momento que había que juntarse y reclamar juntas para ver si así quizás (Jorge Rafael) Videla nos contestaba algo”.
“Recuerdo la firmeza de Azucena cuando nos decía esas cosas en ese principio, sin conocernos, a ese montoncito de mujeres frente a Casa de Gobierno –continuó Baravalle su relato, sin necesidad de responder preguntas–; honestamente a la única que recuerdo es a Azucena porque las otras señoras quizás después no fueron ese 30 de abril, no lo sé, cómo nos íbamos a imaginar que iba a pasar tanto tiempo. Nosotros no teníamos en cuenta esas cosas, pensábamos que era de un momento a otro que íbamos a tener alguna respuesta”.

Los primeros encuentros

Durante la charla con Oral y Público, Mirta recordó detalladamente una mañana en especial, como tantas otras que transitaron en esa época oscura: “nos encontramos en Plaza de Mayo y como estuvimos un poco más de tiempo se cruzaron desde la Casa de Gobierno soldados con sus armas, en posición de hacernos ir, nos decían que en ese lugar no podíamos estar, que teníamos que caminar, que nos fuéramos de ahí, entonces nosotras lógicamente empezamos a irnos y un grupito nos sentamos en un banco frente al Monumento a Belgrano; yo cuento esta parte porque para mí es mi historia y es la historia de esas mujeres que estuvimos esa mañana; éramos 3 mujeres sentadas en un banco redondo y enfrente 2 señoras y ahí tuvimos esa pequeña y rápida conversación donde Azucena hizo el comentario de que teníamos que juntarnos, hasta que en un momento dado ella dice ‘allá vienen de vuelta’. Y los que venían de vuelta eran los soldados con las itakas amenazándonos para que nos fuéramos y nos fuimos, pero ya teníamos el previo acuerdo de ir a la Iglesia de la Stella Maris, que está en la calle Cabildo, y al Tedeum, porque se cumplía un año del golpe de Estado. Ahí estaban los 3 milicos estos, nosotros entramos a la Iglesia, fuimos hasta el fondo, y ahí estaban los 3 genocidas cada uno en un reclinatorio, tomando la comunión. No pudimos estar mucho tiempo ahí porque nos dio tanta indignación, dijimos de esperarlos a que salgan para poder decirles algo, pero no nos dejaron porque cuando estábamos esperando afuera ellos se fueron por otro lado, tampoco es que supieran que nosotros estábamos ahí para reclamarles”.
Fue en ese momento que Azucena Villaflor les dijo a las otras madres que tenían que juntarse: “yo no sabía que era ella, era una de las señoras con las que estábamos, y nos dijo ‘tenemos que juntarnos, tenemos que convocar para que seamos muchos, insistamos, y Videla nos conteste algo’, porque seguían sin darnos información...”, relató Baravalle.

Aquel primer 30 de abril

Así fue como quedaron en encontrarse el sábado 30 de abril de 1977 en Plaza de Mayo: “decíamos que se estaba convocando para ese día para estar ahí frente a la Casa de Gobierno, pero también teníamos discreción porque no sabíamos quiénes podían ser las personas a las que nos estábamos dirigiendo, porque cuando hacíamos fila en Devoto o en lugares donde íbamos a pedir información si bien sabíamos que eran familiares de desaparecidos. tampoco estábamos seguras de quién era quién, en ese aspecto teníamos mucho cuidado, pero no convocábamos solo a las madres sino a familiares. Sin embargo, cuando llegamos el 30 de abril a ese lugar nos dimos cuenta, preguntando, que a una le faltaba el hijo, a la otra la hija, todas éramos madres, no había hermanas, esposas, éramos todas madres, se dio esa casualidad porque no es que se hizo una discriminación de ir solo las madres, se convocó a los familiares, pero de todos los que tuvimos esa información fuimos 14 Madres”, detalló Mirta Baravalle, en su recuerdo personal de cómo pasaron de ser simples madres desesperadas, a ser las Madres.
“Ahí nos dimos cuenta de que era un sábado, no pasaba nadie, era una soledad...; entonces dijimos que la próxima vez íbamos a ir un viernes, que hay movimiento, porque era lo que queríamos, que la gente nos viera y ese era uno de los motivos también de hacer presencia. De todos modos, al poco tiempo que estábamos, se cruzaron de nuevo los soldados a atacarnos, y si nos resistíamos nos amenazaban con la itaka, así que nos íbamos de a dos; yo salí con otra madre que no sabía quién era, siempre con los soldados al lado para estar seguros que nosotras nos íbamos, fueron días, épocas muy difíciles”, agregó.
Con el tiempo las 14 mujeres comenzaron a ser más: “de alguna manera ya se estaba estableciendo ese encuentro de las Madres, si bien es cierto que no éramos muchas ya después de 1 o 2 semanas más se animaban a acercarse o se enteraban, la gente pasaba, empleados, los que cruzaban la calle veían a ese grupo de mujeres y llamábamos un poco la atención. Yo recuerdo que cada una de nosotras tenía la idea, la esperanza, de que la semana siguiente íbamos a tener información o nos iban a llamar, o a aceptar lo que reclamábamos. Ese comienzo también fue esperanzador respecto a que íbamos a tener alguna respuesta, la posibilidad de saber algo de nuestros hijos e hijas y eso nos impulsó también a seguir, con incertidumbre pero también con esperanza. Tampoco teníamos idea de la terrible dimensión de tanta criminalidad, creo que la mayoría éramos ingenuas, quizás algunas no, pero pensábamos que se los habían llevado y que estarían detenidos en algún lugar, en alguna comisaría, en una celda y eso nos empujaba a seguir y seguir para sacarlos lo antes posible de ese infierno, porque si hubiéramos sabido lo que realmente estaba pasando muchas no hubiéramos podido soportar siquiera pensarlo”.
Mirta Baravalle se acuerda punto por punto todo de lo que fue pasando en aquellos días: “siempre digo que si hubiera tenido la habilidad de dibujar, los lugares, el caminar, todo esos recuerdos... fue algo causal porque las otras señoras también tenían su cita y alguna a lo mejor habrá ido ese día 30 creyendo que daban información por primera vez, no sé”.
No hace falta que sepa dibujar, ya con sus propias palabras convertidas en trazos de historia, Baravalle describe lo que fueron aquellos primeros encuentros fundacionales de este grupo de pequeñas grandes mujeres que desde hace 39 años recorren este infinito camino de búsqueda de memoria, verdad y justicia, buscando saber qué pasó con sus hijos e hijas. Nosotros no necesitamos una tarjeta para saber cuál es nuestra próxima cita: estaremos este sábado 30 de abril a partir de las 15.30, frente al Monumento a Belgrano, en la Plaza de Mayo, un sábado, como aquella vez, acompañándolas.

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