1 oct. 2016



El sábado pasado Familiares y Amigos de Luciano Arruga inauguraron la Biblioteca Jorge Julio López emplazada en el ex destacamento policial donde Luciano fue torturado. Aquí la crónica de una larga jornada con energías cruzadas. (Por Fernando Tebele para La Retaguardia)

Foto: Nilda Eloy frente al mural de López en la Biblioteca con su nombre.





22 de septiembre de 2008


Luciano Arruga fue detenido poco antes del mediodía. Según pudo reconstruirse en el juicio celebrado en mayo de 2015, en el que el policía Julio Diego Torales fue condenado a 10 años de prisión por haberlo torturado, los luego exonerados policías Olmos y Sorayre lo levantaron en la calle para conducirlo al destacamento de la calle Indart 106, que se había abierto dos años atrás por un insistente pedido de un grupo de vecinos del barrio agrupados en VALOMI (Vecinos en Alerta de Lomas del Mirador). Pasó todo el día allí, hasta que la noche golpeó las puertas de ese infierno y su mamá y su hermana consiguieron acreditar su identidad (como si los policías no lo conocieran) y liberarlo.
El joven de 16 años fue mantenido en la cocina del lugar, esposado a las rejas de una ventana. Sus gritos aún retumban en los oídos perturbados de Vanesa Orieta, su hermana: "¡Vane, sacame de acá que me están matando a golpes!", relató una y mil veces haber escuchado. Quienes no conocimos a Luciano, aunque no sepamos cuál era su tono de voz, lo escuchamos gritar a través de los testimonios de Vanesa y de Mónica Alegre, su mamá.

24 de septiembre de 2016

8 años y 2 días después lo primero que uno ve al entrar en ese mismo lugar, hoy llamado Espacio Luciano Arruga, es la flamante biblioteca Jorge Julio López, en la que un centenar de libros se miran de frente con un mural donde sobresale el rostro del testigo desaparecido que fue pintado por el grupo de muralistas Chuño Padilla. La cocina permanece inalterable por decisión del grupo de Familiares y Amigos de Luciano Arruga, que realizaron una ronda de consultas con los “viejos” para escuchar opiniones acerca de qué hacer y qué no en ese tenebroso lugar. Los “viejos” son algunos militantes de derechos humanos a los que reconocen especialmente, entre ellos Nilda Eloy –presente en la jornada y participante de una de las mesas-, la Madre de Plaza de Mayo Nora Cortiñas y Enrique “Cachito” Fukman, que falleció hace algunos meses y nos hace llorar su ausencia también este día. Es muy difícil permanecer allí en esa cocina-centro de torturas. Por suerte, y por decisión colectiva también, la jornada se desarrolla en el fondo: un gran espacio verde con una construcción que podría haberse convertido en los “nuevos calabozos” si el destacamento permaneciera abierto. Hoy es el corazón del proyecto del Espacio. Allí funcionará la radio que los Familiares y Amigos planean montar para que los pibes y pibas del barrio tengan un lugar donde hablar y ser escuchados. En esa construcción, un cartel dice Aire; está manuscrito pero dice mucho más que esas cuatro letras. Allí hay un sueño conviviendo con el dolor.
Una consola de sonido amplifica las voces de Nilda Eloy, de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos; Miguel Graziano, autor del libro En el cielo nos vemos, la historia de Jorge Julio López; y Julio Avinceto, de Hijos La Plata. Entre los tres recuperaron momentos del testigo desaparecido y pusieron en contexto adecuado qué implica su desaparición, pero Eloy, con el recuerdo preciso, conmovedor y reflexivo a la vez, consigue que sea imposible distraerse; solo cabe escucharla, aunque se tome su tiempo con largos silencios que dicen sin palabras.
La jornada es extensa. Fue citada a las 12 y hubiese sido de comienzo puntual si el micro que llega desde La Plata no se hubiera retrasado. Pero no cuesta esperar, conseguirse algunas de las empanadas caseras y alguna gaseosa para seguir charlando mientras tanto. En el futuro estudio de radio, el sonido se convierte en transmisión especial de Radio Zona Libre y La Retaguardia.

Olivera presenta a Ana
López (centro) y a Verdú (detrás)
La segunda mesa deja un debate abierto acerca de las palabras. Es que la socióloga Ana López decide compartir la incomodidad que le viene generando hablar de “violencia institucional”. “Es una suerte de categoría vedette que nos ha hecho olvidar de otra palabra también importante que es la de torturas. Y si vamos a perder una palabra que tiene un valor político trascendente en la historia argentina, como tortura, estamos perdiendo una batalla. En democracia se tortura, como se torturó durante el Terrorismo de Estado. Si dejamos que la remplace una palabra que tiene cierta laxitud, ambigüedad y corte en el tiempo, estaremos perdiendo una batalla. Si creemos que Luciano y Julio tienen algo que ver, habrá que ver más críticamente las palabras”. María del Carmen Verdú festeja que Correpi no sea la única organización que plantea esa crítica. “Le pusimos Institucional a Correpi porque fue la única manera que encontramos en aquel momento para decir que el problema policial no era un problema de la policía sino del sistema en que vivimos”, asegura a su turno. “La consigna violencia institucional desapareció de nuestros materiales hace mucho”, dice y explica un largo por qué que se lleva casi toda su exposición.
Luego aparece la mesa de cierre, que si bien no estaba anunciada era esperable. Vanesa y Mónica toman su lugar, pero la palabra es de Laura Olivera, una de las integrantes del grupo que puso mano tras mano en ese espacio, como todos los demás. "Esta biblioteca va a tener una especialización en derechos humanos, no solo en las cuestiones de lesa humanidad, sino también otro tipo de violaciones a los derechos humanos. La idea es que sea un marco teórico que invite a quienes se quieran acercar a hacer consultas e investigaciones", dice con tanta calma como entusiasmo. Y presenta a Vanesa, que con crudeza relata lo que significa ese lugar para ellas. Arranca con la esperanza por venir: "El objetivo es lograr que además de estar nosotros acá es que estén los pibes de los barrios de la zona: Santos Vega, 12 de octubre, Las Antenas. Que tengan participación activa. Escucharlos a ellos en los paneles. Seguramente lo primero que necesitan de nosotros es que los empecemos a escuchar". Sentada con sus piernas arriba de la silla, cómoda en un espacio en el que tantas otras veces pasó todo tipo de incomodidades, dedicó buena parte de su intervención a poner en palabras las problemáticas que genera la pobreza en la juventud. La mala alimentación, los cortes con materiales contaminantes, la falta de intimidad en sus hogares. Y luego, dijo, "viene una forma de violencia que es letal: la policial. El gatillo fácil, las desapariciones forzadas".

Olivera presenta a la mamá y la hermana de Luciano Arruga.
Se hizo inevitable volver atrás en el tiempo para, con crudeza, dar cuenta de lo que significó el destacamento en sus vidas: "Este lugar para nosotros representa muchísimo. En la historia de Luciano que nosotras contamos está siempre el destacamento. Ustedes están en este barrio que es hermoso y residencial. A pocas cuadras están el Barrio 12 de octubre y el Santos Vega. Este lugar fue creado para controlar esos barrios. Nuestros pibes sufren todo tipo de abandono por parte del Estado pero hay una institución del Estado que está presente 100% en la vida de nuestros pibes y es la Policía. El primer funcionario del Estado que aparece en las vidas de estos pibes no es una asistente social, es el policía, que no tiene los mejores modales para tratar la situación que atraviesan esos jóvenes. En la vida de mi hermano aparecieron estos sujetos que estaban acá. Este lugar se inauguró en el 2007. En el 2009 ya estábamos denunciando la desaparición de Lu". Orieta recordó que también aquí "hicimos la primera denuncia, que nunca fue entregada a mi mamá y que cuando vinimos a buscarla unas horas después tenía cosas agregadas como que Luciano tenía una adicción a la marihuana. Eso no fue declarado por nosotras, pero sirve para que eso pudiera justificar que el tipo tenía algún tipo de conducta incorrecta que fuera la que a él le haya significado una huída… porque los primeros meses de su desaparición se investigaba una posible huída de Luciano de su hogar", recordó con tristeza y tranquilidad a la vez.
"Acá veníamos en los meses posteriores a la desaparición de Luciano a sacar a sus amigos. Esos pibes eran testigos en la causa y estaban acá detenidos. Y acá volvían a sufrir las amenazas que había sufrido Luciano pero ahora se les agregaba otro condimento: 'Vas a terminar como Luciano'. Entonces para nosotros la presión de la policía era muy fuerte para que dejáramos de hablar, pero no lo hicimos, no dejamos de hablar. Vinimos también con una amiga cuando supimos que Luciano había pasado por acá y le dijimos al teniente primero Díaz, en su oficina, -nos enfrentamos a esos policías, bien de pendejas que creen que no va a pasar nada- y le dijimos que sabíamos que habían detenido a Luciano. Ese día Díaz vio que yo tenía una pulsera de Luciano en la mano, una pulsera de Jamaica. Y me dijo: 'esa pulsera es de tu hermano', y le dijimos: cómo sabía eso... bueno... no importa lo que yo piense ahora, seguramente ustedes pensarán lo mismo que creo yo de cómo sabía eso. Esas son las historias que se nos vienen a la cabeza en todo momento cada vez que entramos en este lugar. Por eso es necesario que esté cargado con otra energía. Ahora ya no es la misma energía. Está atravesada por la esperanza, por la lucha, por la fortaleza, la constancia, la creencia en nosotros mismos, entendernos como sujetos con capacidades enormes como para apropiarnos de este espacio y que hoy podamos estar haciendo esta actividad acá con todos ustedes". Y sigue. Cada palabra tiene una intensidad difícil de obviar en una crónica, salvo que se pretenda reflejar toda una jornada que se estira para escuchar a Mónica, que no tiene el mismo modo de afrontar su entrada al lugar que su hija. Sucede algo parecido con los sobrevivientes del Terrorismo de Estado y los centros clandestinos donde fueron torturados: hay quienes van allí todos los días a cumplir alguna función laboral; están también aquellos que nunca regresaron o lo hicieron contadas veces. No deberíamos calificar lo que les pasa a unos u otros, cada cual sobrelleva estas situaciones traumáticas como puede, que no siempre es como se quisiera.
"Hoy cuando entré ahí... me cuesta estar acá, creo que a todos nos cuesta, pero acá arrancamos y acá tengo que estar, firme. Hoy cuando entré a la biblioteca y vi a uno de los chicos de la 12 de octubre entrar y reírse con total libertad, totalmente opuesto a hace un tiempo atrás cuando Luciano pedía auxilio desesperadamente cerrando la puerta por detrás. Esa silla negra, el conmutador, la policía, el escritorio de Torales, pensé que no se iban a ir nunca... pero vi esos colores, todo cambiado y las risas de los pibes y pibas, era otra la postal que yo miro ahora y quiero que sea eso y estoy muy contenta, porque tiene que ser así; es lo que los pibes de Familiares quieren, que sea un lugar de contención, que se sientan seguros, que sepan que acá los vamos a proteger", expresa entre lágrimas, "que acá los van a escuchar como no escuchamos a Luciano en su momento".
Queda el cierre, a cargo del trovador popular Abelardo Martín, que canta con furia contagiosa.
La jornada estuvo cruzada por una alegría que no le quitó profundidad, reflexión o dolor. Pero lo que prevaleció fue esa energía de la que hablaba Vanesa. Esa que no se consigue enchufando un cable en la pared, sino poniéndole el cuerpo a la vida, a pesar de las peores adversidades.


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