8 oct. 2016


En la producción cotidiana de La Retaguardia muchas notas de valor han quedado postergadas sin la debida atención de nuestra parte. Con algo de culpa pero fundalmente con ganas de compartir estos testimonios, desempolvaremos historias como la de Mario Villani, que pasó por cinco Centros Clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio durante el Terrorismo de Estado: Club Atlético, El Banco, El Olimpo, el Pozo de Quilmes y la ESMA. En aquella oportunidad, en Radio La Retaguardia, Villani dialogó con el programa Oral y Público sobre los juicios a los genocidas. Mario Villani y Fernando Reati presentaron en noviembre de 2011 un libro basado en el paso de Mario por esos lugares tenebrosos, con anécdotas que dan cuenta de los actos de resistencia que los secuestrados solían tener. (Por La Retaguardia)

"La necesidad de contar esta historia radica en que cuando yo salí pensé que era mi deber contar lo que me pasó para que no se olvide y no se bajen los brazos. Más que para que los responsables sufrieran la condena que merecen, por supuesto que apoyo eso, para que la gente no baje los brazos frente a la posibilidad de que esto vuelva a suceder que nunca va a desaparecer", sentenció Villani. El ex detenido desaparecido mencionó las recientes sentencias en los juicios del circuito ABO y de ESMA: "Son pasos importantes que se han dado pero eso no implica que se terminó todo. Eso implica simplemente que se ganó una batalla pero la historia nos demuestra que lo que pasó en Argentina es lo que ha pasado en tantos otros países y sigue pasando y volverá a pasar en tanto estén dadas las condiciones y existan regímenes que necesitan de la tortura y la opresión para subsistir".

La picana debilitada


"Yo estuve en Atlético, Banco, Olimpo, División Cuatrerismo de Quilmes y ESMA, la particularidad de que fuera más de un circuito tiene que ver con circunstancias fortuitas. En todos los centros aprovecharon que yo tenía la capacidad de reparar. Yo soy físico y tengo conocimiento de electrónica y además tengo mi posición para el bricolaje, o sea, en la reparación improvisaba. Cada vez que llegaba el momento de un traslado, no me incluían entre las personas a ser trasladadas, como todo el mundo sabe que la palabra traslado en este contexto es un eufemismo por la muerte", aclaró. "Me necesitaban porque yo estaba reparando cosas, haciendo instalaciones eléctricas, reparando la cocina, qué sé yo. Me necesitaban para el mantenimiento. Así yo fui pasando los traslados y mientras pasaba los traslados pasaba la historia. Llega un momento en el que toman la decisión de que al campo había que cerrarlo porque ya estaba usado, demasiado conocido, por las razones que fuere, se cerraba y se pasaba todo a otro campo", explicó. En esos momentos, todos los presos eran 'trasladados' "pero las herramientas entre las cuales yo estaba incluido, eran llevadas a otro campo". Así pasó Villani desde septiembre de 1977 hasta recuperar la libertad en agosto de 1981.
"Cuando escribí el libro, aparte de tener la necesidad de contar y denunciar lo que había pasado, una necesidad incluso más fuerte es compartir con los demás, con la sociedad, con los lectores, compartir mis reflexiones. No porque piense que son la verdad, sino porque esas reflexiones son las que me sirvieron para sobrevivir, tanto dentro como fuera de los campos. La sobrevivencia es dura también, hay que convivir con uno, con los demás y con lo que los demás ven en uno. Las reflexiones que me ayudaron en los campos y después a mí me fueron muy útiles y me consideré con obligación de compartirlas porque a los demás también les pueden ser útiles", consideró.

Una postal de la desaparición

"En el segundo campo de concentración donde estuve que es El Banco, un día se descompuso la picana que usaban que era la picana personal de un torturador al que le decían 'Colores', Juan Antonio del Cerro, hoy fallecido. Todos los torturadores usaban su picana y Colores me la trajo al taller que yo tenía armado. En todos los campos me hacían armar uno para reparaciones y me pidió que la repare y yo le dije que no podía", explicó Villani. "'Has reparado cosas más difíciles que esta', me respondió. 'No se trata de un problema técnico o de conocimiento, se trata de que yo no puedo reparar un instrumento de tortura'. Cuando hablé así, adentro sentí: 'Listo, perdí, acá me deschavé'. Colores estuvo bastante más sutil de lo que hubiera esperado: '¿No querés reparar la picana? No la repares. A partir de ahora vamos a torturar con un transformador variable que puede entregar una tensión alta, 280 o algo así, de corriente alterna, pero no tan alto como una picana. Pero no tiene limitación de corriente, entrega la corriente que le pidan, de manera que entre los torturados se empezaron a producir grandes quemaduras y lesiones y entraban en coma con mucha mayor frecuencia", contó. Además, Colores había ordenado que, "cuando el torturado entraba en coma y lo llevaban a la enfermería para revivirlo y seguir torturándolo lo hacían pasar por delante de la puerta del taller donde yo estaba trabajando de manera que yo viera en qué estado salía la gente torturada. No soporté eso más de una semana. En un momento lo llamé a Colores y le pedí que me lleve la picana para reparar porque vi que si seguían torturando así iba a ser mucho más terrible. Había más muertes y más estados de coma", recordó Villani. "Me trajo la picana y yo dije, bueno, ya que la tengo que reparar, le voy a cambiar un capacitor. El problema era otro y lo reparé, pero yo le dije que se había arruinado un capacitor, que es el que determina la energía de la chispa. Le pedí que me compre uno de menor valor, con lo cual quedó la picana debilitada, entregaba menos energía y era menos sufrimiento para el torturado. Ellos hubieran podido darse cuenta de que yo hubiera hecho eso si hubieran estado en condiciones de reparar la picana", explicó.
Sobre el final de la entrevista, se sumó Víctor Basterra al diálogo, bromeando: "Yo no quiero saludar a este tipo". Luego de cruzar fraternalmente cariños, se despidieron: "Es una orden, cuidate", le dijo Villani a Basterra.

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