9 jun. 2017


El movimiento de mujeres, lesbianas, trans, travestis, se expresó nuevamente en las calles el sábado 3 de junio. Algunas reflexiones sobre el efecto, los debates dentro del propio colectivo y el rol social. (Por Rosaura Barletta La Retaguardia)

El feminismo es un movimiento que ni por las tapas alcanzó un techo. Sin embargo, es indispensable que, para no hacerlo, siga profundizando la introducción de debates no saldados en cada oportunidad.
Sin dudas, el más candente hoy es uno que va ganando terreno en medios de comunicación como nunca antes, aquel que tiene de un lado a quienes buscan reglamentar la prostitución como trabajo sexual y quienes quieren profundizar con políticas públicas inclusivas el perfil abolicionista de nuestro país. Esta discusión está inmersa dentro de una más profunda y abarcativa, que está ligada al poder de decisión que tenemos las mujeres sobre nuestros cuerpos en términos políticos, más allá de nuestras percepciones individuales. Es un planteo que busca escapar a la idea liberal que contempla las iniciativas particulares como despojadas de mandatos sociales condicionantes. La disyuntiva se suscitó, por ejemplo, cuando el municipio de Mar del Plata decidió, por los reiterados cuestionamientos, suspender el concurso Cola Reef. En términos éticos, lo dijo Alika Kinan en la primera emisión de Ni Putas Ni sumisas por Radio La Retaguardia: “Las abolicionistas abrazamos a las putas, pero nunca a las fiolas, a los proxenetas, a las que quieren sindicalizar a nuestras hijas”.
La clase también constituye un debate insoslayable dentro del movimiento feminista de Argentina. Un día antes del último Paro Internacional de Mujeres realizado el 8 de marzo, en el programa Otras Voces, Otras Propuestas, también en La Retaguardia, fue entrevistada una integrante del Colectivo Ni Una Menos con motivo de las detenciones arbitrarias del día previo a la jornada. En esa oportunidad, afirmó que para su organización ‘todas las mujeres son trabajadoras’. Este es un aspecto en el que no todas están de acuerdo, y hay un equilibrio que falta encontrar para todas entre la cuestión de clase y de género. De acuerdo a mis propias construcciones, son dos factores indivisibles, imposibles de medir o comparar, dos caras de una misma moneda, dos elementos que no podrían existir separados, son un fenómeno social único. Es absurdo pensar que, por ejemplo, Juliana Awada o la Reina Máxima son trabajadoras por el hecho único de ser mujeres. Vale resaltar lo sucedido en el juicio contra Fernando Farré, donde las fiscales pidieron la pena máxima. Carolina Carballido Calatayud, sin embargo, actuó de forma contraria con dos mujeres pobres a las que sus parejas violentas les asesinaron a sus hijos. Son Celina Benítez y Yanina González, a quienes encarceló y acusó. La fiscal, sin dudas, pero también todo el sistema, se comportan de acuerdo a la clase social de las víctimas.
Luego del femicidio de Micaela García, la militante del Movimiento Evita, puede considerarse el movimiento feminista selló un acuerdo inapelable: no es punitivo y no es represivo. Los medios de comunicación reiteraron como eje del problema que el asesino había obtenido el beneficio de la libertad condicional a pesar de que el informe del Servicio Penitenciario fuera negativo. Este aspecto representa sin dudas un problema grueso del sistema judicial patriarcal en nuestro país, pero bajo ningún punto de vista permitiría nuestro movimiento que sea utilizado para una salida policial que, por otro lado, no serviría para absolutamente nada. El movimiento feminista, en definitiva, no duda que no puede tratarse al problema de la violencia contra las mujeres, trans, lesbianas, bisexuales, travestis y todas las identidades oprimidas posibles, como un problema de inseguridad, como ataques a la propiedad privada.
Con estas y muchísimas otras diferencias, y unos cuantos pisos de acuerdo, es que se colma el escenario de lucha de cada manifestación del movimiento feminista de nuestro país. Una síntesis indudable fue la lectura del documento en boca de Liliana Daunes y Nora Cortiñas, la Madre de Plaza de Mayo que se subió decidida, orgullosa y sin vuelta atrás al tren de la causa. En esta oportunidad, las organizaciones acordaron cada punto del comunicado, como hicieron ya en la preparación del Paro Internacional de Mujeres. Nueve páginas de contenido que abarcó las aristas de la opresión de género: económica, laboral, sindical, doméstica, internacional, política, territorial, representativa, identitaria. Se reivindicó el logro de haber obtenido la libertad de Belén y se exigió libertad para Higui y Milagro Sala. Se acusó de femicidas a los Estados de América Latina que sostienen la prohibición absoluta del aborto y se exigió la legalización en Argentina. Se interponen en la lectura de cada parte los debates que el movimiento no saldó, y eso no se puede soslayar, pero el carácter emocional de la convocatoria tiene una razón de ser arraigada en la identificación de cada una con todas las demás, por eso lo resume la expresión: “Se lo debemos a todas las pibas que nunca volvieron”


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