20 jun. 2017


 Un día como hoy partía hacia la eternidad quien fuera nuestra abuela fraterna, por elección amorosa, por experiencias compartidas en noches llenas de insomnio y confesiones desoladas. (Por Néstor Elías para La Retaguardia)

Elsa, Elsita o Lala, como le decíamos en la intimidad de nuestra amistad fecunda, era una mujer fuerte, firme y delicada. Ella fue para mi familia el sendero del coraje y la resistencia intensa. Ella, que había sufrido a manos de la última dictadura cívico-militar la mayor cantidad de desapariciones que puede soportar una familia. Ella que perdió a sus cuatro hijas, sus cuatro yernos, su marido y dos de sus nietos. Ella, que salió adelante sola, por Martín, uno de sus nietos recuperados prontamente cuando era apenas un niño; por Fernando, recuperado más adelante; por sus bisnietos esos que le llenaban la sonrisa, los días y el alma, y por la búsqueda incansable de esos nietitos que nunca conoció.  Esa señora elegante y coqueta que tenía “adoquín”, como solía decir por haber nacido en una familia de barrio humilde en los arrabales de Buenos Aires, nunca se entregó. La misma que soñó alguna vez  con ser bailarina y que nunca imaginó, cuando joven, que por su casa de clase acomodada iban a pasar grandes personalidades de la cultura nacional y que ella iba a tener que sacar chapa de su feminismo anticipado a la época para poder ser algo más que parte de esas tertulias.
Mil historias vivimos juntos. Todas ellas forman parte de mi acerbo emocional cuando miro sus fotos en mi casa, en su casa, en centenares de lugares públicos donde nos solíamos encontrar, antes o después de una marcha, una conferencia o simplemente un paseo.
Ella esperaba mis llamados semanales que nunca bajaban de una hora de charla en el teléfono. No había hora ni día, sólo había necesidad de sentirnos y recorrer las novedades de nuestras familias, los viajes y los proyectos. Solía llamarme Carlos desde el primer día porque decía que yo “tenía cara de Carlos”. Era una broma nuestra de intimidad absoluta, cuando ella llamaba a casa y preguntaba por Carlos.  Siempre nos reímos de eso. Nunca supe si ese andar lúdico que ella establecía conmigo y con mi compañera no fue el indicio de una enfermedad que vino con el tiempo. Tampoco importaba. Nos gustaba reírnos a sonrisa plena junto a ella, con ella. Nos encantaba verla reír con los ojitos chispeantes y pícaros siempre recordando cosas. El cierre de las charlas casi siempre era igual, solía decirme "pórtate bien nene y no hagas renegar a esa bella mujer que te acompaña. Si te portás bien, te preparo esas milanesas que tanto te gustan”. Con el tiempo llegó “El bollito de carne” como ella lo llamaba a nuestro hijo Tupac y le permitía gatear en pañales por toda la sala tocando todo, incluso recuerdos de Héctor y Solano López que siempre traía para compartir.  Nosotros temblábamos viéndolo, pero ella habilitaba todo para ese bisnietito adoptado. Verla entrar por el pasillo de casa con un vino en la mano significaba saber que la madrugada volvería a encontrarnos ensimismados en viejas y nuevas historias que todos necesitábamos conocer mejor. Iba a haber quiebres, enojos y chistes. En fin, vida. Eso derrochaba Elsa: vida.

Ella siempre nos contaba que solían invitarla a hablar en “nombre de Héctor”, por “la obra de Héctor” y hasta querían que les firmara libros del gran trabajo de su marido Héctor Germán Oesterheld. Se enojaba a menudo porque sentía que su mirada y sus opiniones como persona, como individuo, estaban condicionadas por la gran obra de su compañero de la vida. Un día decidí que ella hiciera un prólogo para mi libro. Ella me dijo “¿pero que puedo escribir yo sobre los Qom si todo lo que se, lo aprendí de vos?”. Le dije: “No  Lala querida, no quiero que hables de los Qom, quiero que hables del derecho arrebatado a la identidad y de eso nadie mejor que vos para hacerlo”.  Entonces vi otra vez ese brillo en los ojos que calaba profundo en mí,  y supe que estábamos uniendo nuestros andares para siempre.  Un 1 de mayo a las doce de la noche llegué a su casa del barrio de Belgrano para corregir y darle forma a ese manuscrito que guardo como un tesoro familiar. Milanesas caseras mediante, pusimos en papel otro color en nuestro arco iris del amor.
Lala fue una mujer sin par. Tenía una agenda que metía miedo a sus casi nueve décadas de andar. A menudo solía pensar que con varias décadas menos, yo no estaba seguro de poder cumplir ni con la mitad de dicha agenda, pero a Lala no había noche, ni frío, ni lluvia que la detuviera. La invitaban de todas partes, encuentros, embajadas, barriadas del conurbano, casa de gobierno…de todas partes,  y ella iba. Ojalá hoy muchos de aquellos anfitriones la recordaran recíprocamente. Era una mujer cabal, íntegra, maravillosa. Su fragilidad aparente no impedía descubrir la potencia de esa “madraza gallinezca” que lo dio todo por su familia y de quien tuvimos la fortuna vital de recibir un poquito de amor en la nuestra. Lala partió físicamente un 20 de junio, horas antes de tener yo que salir al aire por los viejos Andares que hacíamos en la destratada Radio América. Fue una dura madrugada esa. Hoy como siempre hay una flor en aquel lugar que ella ocupaba cuando venía a nuestro hogar, en nombre de la “abuela Elsa” como la llama el Tupac, en su breve memoria de haber trepado sus faldas cual montañas y acariciado su experiencia a través de sus rugosas manos repletas de afecto.
Si existe el coraje sin límite, sin dudas debería llamarse Elsa Sánchez de Oesterheld.  A su memoria.


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