31 oct. 2017


El feminismo vuelve una y otra vez sobre sus pasos para revisar absolutamente todo. En medio de grandes debates, cada vez más acuerdos establecidos y prácticas tradicionales se ponen en cuestión. La forma en que actuamos, las raíces de los problemas, lo que se viene, para qué sirve lo que hacemos, qué efectos tuvo lo que hicimos. Un análisis para sumar a la construcción de lo que nos falta. (Por Rosaura Barletta para La Retaguardia)

¿Qué importancia tiene separar abuso de acoso, de violación, de manipulación, de maltrato, de misoginia y de discriminación? ¿Es distinta la respuesta a dar frente a cada tipo de agresión machista? ¿Para qué sirven los escraches? ¿En qué casos sirven? ¿De qué otras intervenciones deben estar acompañados para no ser estériles? ¿Qué se hace con los violentos? ¿Debemos las feministas ‘hacernos cargo’ de buscar esa salida? ¿Y los varones? ¿Qué construcción de sentido necesitamos? ¿Qué grado de pragmatismo amerita nuestro movimiento? ¿Cómo respondemos a todas estas preguntas?
La decisión de mujeres, lesbianas, travestis y trans de levantar la voz parió un proceso que sigue en curso y que recién ahora está volviendo sobre sus propios pasos en pos de un análisis. Para comprender sus razones hay que poner los puntos sobre las íes: estamos actuando en defensa propia. La campaña por la libertad de Belén, la campaña por la libertad de Higui –con las lesbianas a la cabeza, que no es un dato menor– , las masivas convocatorias de Ni Una Menos, el paro nacional e internacional de mujeres, la pelea de Diana Sacayán y todo el colectivo de travestis y trans por el cupo laboral, las inéditas denuncias de abusos en el rock y la música en general –que desencadenaron como un dominó denuncias por abusos en los medios y hasta en los colegios secundarios, donde los jóvenes se organizaron para exigir protocolos de actuación y aplicación de la ley de educación sexual integral-, son algunas de las peleas que a diario da nuestro movimiento. Las denuncias se han volcado, incluso, al plano de las organizaciones sociales y políticas, entre ellas las nuestras, las de izquierda. En este punto hay que revisar una cantidad enorme de posiciones, porque las respuestas han sido deficientes y en muchos casos más que eso: han sido revictimizantes y represivas de las víctimas, y apañadoras y excesiva e irresponsablemente consideradas para los acusados.
Para analizar al escrache como herramienta política hay que partir de analizar qué problemas lo suscitan. Incluso podemos retomar la esencia de otro tipo de escraches (salvando las distancias): los de H.I.J.O.S, escraches por excelencia. Son respuesta a la impunidad, al silencio, al encubrimiento. Son respuesta a la complicidad del Estado. Son respuesta a la invisibilización de los medios de comunicación hegemónicos. Son, incluso, en lo que derivan años y años de opresión, de condena y vergüenza. “Las pibas que violaste ya crecimos”, esgrimieron las denunciantes de Cristian Aldana, que guardaron durante 10 años su secreto a voces.
El centro de la cuestión dice otras cosas que nos dejan a todos como el rey desnudo: ya sabíamos. El público de El Otro Yo sabía; el de Salta La Banca también; los y las cercanos a las organizaciones sociales o políticas denunciadas, sabíamos; lo sabían de Ari Paluch; lo sé de otros sobre los que no se habló en público aún; lo sabían de Cordera todos los del ambiente y hasta lo dijo Enrique Symns en El Señor de los Venenos hace unos cuantos años: “(…) Walter era un auténtico caballero con las damas, era elegante en su juego erótico y no se las trincaba bestialmente como el Pelado de la Bersuit Vergarabat y sus adláteres que en los camarines de la disco Cemento se han apoderado del culo de pendejas vírgenes como si fueran lechones que carneaban sin esfuerzo antes de salir a tocar”.
¿Qué implica saber? ¿Qué debimos haber hecho? ¿Qué sabemos aún hoy? ¿Qué hacemos por las víctimas? Un buen piso de acuerdo debería ser, indudablemente, que las víctimas deben prestar consentimiento para que, lo que hoy puede ser un secreto a voces, ridiculizado, encubierto, silenciado, reprimido, mañana sea una proclama. El escrache como respuesta al traumático silencio es para muchas víctimas liberador, por eso también podemos acordar que, en el camino que fuera que ellas decidan, sin imponer soluciones ni pasar por encima de sus deseos, podemos estar ahí, como movimiento, para ayudarlas a salir a la superficie. Sin embargo, para comprender nuestras posiciones y dejar de señalarnos entre compañeros y compañeras, es necesario aclarar algo: ninguna de las premisas recién puntualizadas implica que, por saber, tenemos que hacer público. Sobre todo porque es sólo una decisión de la víctima. Pongámonos de acuerdo en que por saber tenemos que hacer algo, tenemos que estar, y comencemos por ahí. Pongámonos de acuerdo en que no podemos tomar decisiones por otras personas, por más beneficiosas que las creamos para ellas. Revisemos si lo hicimos, aún con buenas intenciones.
¿Y con los violentos qué? No sabemos qué. Aún no sabemos siquiera si pueden salir de ahí. Pero pensemos algunas cosas que nosotras no somos. No somos ninguna clase de redentoras, tampoco somos lo contrario. No seguimos los pasos de ninguna Iglesia para perdonar o no, no somos juezas de ningún sistema imperante –sí, claro, recurrimos a él por nuestra seguridad y reparación, aunque fuera parcial-, no somos liberales ¿A qué viene esto? A la necesidad de puntualizar nuestros objetivos mediatos e inmediatos. Repararnos, alzar la voz, que nos escuchen, producir cambios profundos, hacer crecer a nuestro fenómeno de masas, terminar con el patriarcado y la opresión de las mujeres, lesbianas, travestis, trans y todas las identidades que nuestro movimiento contiene, liberarnos y, al menos una parte importante de nosotras, terminar con el capitalismo. No solamente creemos que nuestros compañeros varones merecen ser parte, sino que lo necesitamos. No voy a proponer en este punto qué hacer con los que nos violan, nos matan, nos abusan, nos pegan o nos destruyen mentalmente. Sería actuar con la irresponsabilidad de la que reniego. Tampoco voy a negar que no creo que todo sea lo mismo, y por eso creo que algunas prácticas ameritan transformación y deconstrucción urgente pero son absolutamente reversibles, mientras que para otras aún no hemos encontrado vuelta atrás, lo que no quiere decir que no la haya. No podría pedirle a nadie que ofrezca el perdón, porque nosotras no somos curas, y el perdón no es algo colectivo, tampoco algo sobre lo que podamos opinar o señalarnos, si hiciéramos eso estaríamos atravesando a la moral en nuestro debate y eso es nocivo y peligroso. Lo que sí debo señalar es que tenemos que asumir que la deconstrucción es necesaria, y que quienes demuestren que son capaces de hacerla y tienen voluntad para ello podrán hacer su camino. Quienes no lo demuestren y no tengan voluntad, independientemente de las individualidades, tendrán respuestas a las que atenerse, por eso es tan importante la primera expresión del o los acusados luego de un escrache, que nunca podría ser sólo una enunciación, sino un acto político con causas y consecuencias. El escrache es una medida de alto impacto, y amerita responsabilidad. Curiosamente, en general contiene responsabilidad cuando es empuñado por víctimas o con su aval, y suele no contenerla cuando lo emprenden terceros o terceras sin consentimiento. El escrache no es una herramienta para dirimir discusiones políticas de otra índole, y tampoco es un escarnio. El escrache es una reacción legítima, y también un impulso necesario. Pero nunca una silla eléctrica.

0 comentarios:

Publicar un comentario