23 ene. 2018



Luciano Nahuel Arruga tenía 16 años. Desapareció en 2009. Casi 6 años después su familia lo halló enterrado en Chacarita. No hay ningún imputado en la causa, aunque hay 8 policías señalados como sospechosos. Murió la misma noche de su desaparición escapando de algo o de alguien, atropellado por un vehículo sobre la Av. Gral. Paz. La Retaguardia charló con su hermana y su mamá, que se convirtieron en dos referentes de lucha. Esta entrevista se encuentra completa en La Retaguardia Papel de enero, nuestra revista de distribución gratuita. (Por La Retaguardia)

Foto: Agustina Salinas

Mónica Alegre y Vanesa Orieta son hoy, seguramente, mucho más fuertes que aquel 31 de enero de 2009, cuando recorrían desesperadas los hospitales intentando encontrar a Luciano. Es probable que sean incluso mejores personas, más solidarias que antes, más lúcidas. La desaparición de Luciano, podríamos pensar, las hizo crecer como mujeres, pero ambas son muy claras: preferirían ser las de antes si pudieran volver a tener a Luciano. No es responsabilidad de ellas cambiar esa parte de sus vidas. Es de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, que lo hostigaba desde que el pibe de 16 años había respondido NO a la propuesta de que robara para ellos. Es culpa del Estado, que lo mantuvo desaparecido durante 5 años y 8 meses, enterrado como N.N. en el cementerio de Chacarita.
Moni y Vane nos reciben juntas. Están a full preparando la Jornada cultural por los derechos humanos, a 9 años de su desaparición, en la Plaza de la 12 de Octubre, que hoy se llama Luciano Arruga. Llega otra vez la fecha, y algo de lo que se mueve todos los días con la ausencia atroz se pone más denso: “Cada fecha que recuerda algún hecho particular de la causa de nuestros familiares es una revolución. Pasan un montón de cosas, anímicamente hablando. Cuando uno labura organizadamente y en conjunto con otros, ese estar en movimiento y activos hace que el dolor se suavice un poco. También hay algo que tiene que ver con el paso del tiempo. Con el correr de los años, la bronca aparece cada vez que nos damos cuenta de que ha pasado un año más y no hemos podido avanzar en algo fundamental que es el proceso de verdad y de justicia. Ahí, tanto mi vieja, yo y toda la familia, tenemos una gran frustración. Es un eje fundamental de la historia de Luciano poder saber qué pasó esa madrugada del 31 de enero y poder condenar a quienes nosotros consideramos los responsables materiales, políticos e intelectuales de la desaparición de Lu.”, dice Vanesa Orieta en el arranque.

Luciano como emblema de una problemática

Algunas cosas no se eligen, pero se construyen. Si Luciano Arruga es hoy un nombre que se repite en los barrios pobres de cualquier ciudad del país, es porque lo que él vivió en la etapa previa a su asesinato, lo viven muchos otros pibes. Moni sabe que su hijo es importante para mucha gente, aunque la carga a veces encorve la espalda: “ Yo me doy cuenta de lo que es Luciano para muchas familias. Si esa familia pudo, ¿por qué nosotros no? A veces, ser la mamá de Vanesa y de Luciano es una mochila pesada. Muchas veces es un orgullo. Soy consciente de lo mucho que Familiares y Amigos hizo. Aprendí mucho de eso. Luciano a mí me enseñó muchísimas cosas. Lamentablemente, tomé conciencia de eso después de que él ya no estaba. Valorar la vida, compartir y ver a mi prójimo. Estoy consciente y orgullosa de ser 'la mamá de'”. Orgullo y carga a la vez. Vane asiente y agrega la frase del título: “Es saludable pensar que mi vieja no trajo al mundo a Luciano para que sea una bandera y un ejemplo de una problemática”.

Simplemente Lu

Vanesa se nos adelanta. Sabe que queremos hablar de ellas, pero también de su hermano. Se lo comentamos antes de comenzar a charlar. Luego, cuando la pregunta se haga concreta, no podrá, pero ahora, sin pregunta,  se lanza hacia el dolor de pensar lo que no puede ser: “Si me preguntaran qué extraño de Luciano, seguramente lo que no me voy a cansar de repetir es que lo que extraño de mi hermano es lo que me robaron de mi hermano. Es todo lo que él me decía que iba a hacer en un futuro conmigo, con los hijos que tuviera, con sus hermanos. Esas cosas que yo no pude ver hacer a mi hermano son las cosas por las que siento dolor que no sucedan y que extraño. Cuando uno piensa en eso, aparece esa emoción tan genuina que tiene que ver con la bronca y el odio a aquellos que han decidido que hay vidas humanas que no merecen más que la muerte, la tortura y la desaparición. A nosotras nos han robado años junto a Luciano y eso es imperdonable. Es la pata que más nos cuesta poder transmitir. Fuera de lo que se hizo y lo que hemos logrado, Luciano no está. Si pudiésemos elegir y volver mucho tiempo atrás de que suceda lo que sucedió con Luciano, elegiríamos que no sea bandera de ninguna problemática, que no sea el ejemplo. Elegiríamos que Luciano estuviera acá, disfrutando de la vida junto con nosotros, y no extrañar aquello que no se pudo dar porque la Policía y el Estado en su conjunto decidieron que mi hermano era un pibe potencialmente peligroso y digno de ser disciplinado por las fuerzas de inseguridad de nuestro país”.

La jornada de cada enero

Ambas tienen ganas de hablar de la jornada que se estará realizando el día que está edición de La Retaguardia Papel vea la luz: “No vamos a recordar solamente a Luciano sino a todos los pibes. Una vez Vanesa me dijo, y es muy doloroso para una madre, 'Mamá, quizás nunca tengamos justicia'. Eso duele muchísimo. Acompañar a otras madres y sacando aliento para abrazarlas y darles fuerza que vos no tenés; después, que esa madre te diga 'Gracias, me hicieron mucho bien tus palabras', vos no sabés lo que eso significa. Es como que aplaca un poquito tu dolor. Estar con otras madres, acompañarlas y estar con ellas. Dejar de lado la tristeza, por un momentito saber que estamos vivas y que tenemos que aprender a vivir con el dolor. El dolor nunca nos va a dejar. El 27 vamos a hacer eso. Eso también me lo enseñó Luciano”. Vanesa resalta sin dudas el hecho más relevante, que es la juntada de familiares de víctimas de las fuerzas de seguridad que llegan desde todo el país: “Vamos a hacer ejercicio de algo que es importante: tener una palabra. Se dicen muchas palabras sin sentido. Generalmente escuchamos muchos idiotas. Hay una voz legítima que hay que escuchar. Hay que entender la importancia de esa palabra. Los familiares tenemos que adueñarnos de la palabra y no tener miedo de expresar nuestro pensamiento. Es mucho más importante la palabra que tienen los familiares que la que puede tener un intelectual. Tenemos sobradas pruebas de que hay una lógica, y que la problemática nos toca a nosotros por algo bien particular: porque pertenecemos a un sector social determinado; porque nuestros hermanos, los hijos de esa madre, tienen determinadas características que lo ponen en un lugar de peligro”.

La mochila repartida en muchas espaldas

Durante la larga charla, varias veces ambas hablaron acerca del peso de la referencia que ellas mismas fueron construyendo, apuntaladas siempre por ese grupo con una potencia arrolladora. Mónica Alegre afirma que ser la “madre de” pesa. “No por eso deja de ser una mochila con un montón de orgullo. Orgullo cuando te paran y te saludan personas que nunca viste en tu vida... Eso es orgullo. Quiere decir que los pibes hicieron las cosas bien. Hablo de Familiares y Amigos. Cuando a mí me dicen que soy referente de lucha yo me río. Durante casi 4 años de mi vida no hice nada. Mi vida pasó a través de una ventana, mirando, esperando. Después empecé. Soy consciente y agradecida porque no empecé sola. Siempre tuve alguien que me apoyó, al caminar muchas veces me caí y estuvieron ahí para levantarme y para seguir conmigo.. Somos repoquitos, pero no los cambio ni por un millón, ¿sabés lo que valen esos? Un montón. Gracias a ellos hoy Luciano es lo que es. Vanesa es la referente, ella me enseñó, me fui sacando el miedo y dejando un poco las lágrimas. Yo antes lloraba nomás. Quería a mi hijo. No quería una casa, no quería un coche, no quería viajes caros, no quería ser millonaria, quería a mi hijo. Pero todos me cerraron las puertas. Gracias a esta pibita yo aprendí a seguir adelante”, asegura ahora con toda su fuerza.
Vanesa Orieta la protege: “Para mí es totalmente imprudente pensar que una mamá que parió un hijo pueda estar inmediatamente en una lucha peleando contra la justicia y los funcionarios. Ese era el rol que me tocaba a mí. Yo era la hermana, yo no lo parí a Luciano. El dolor de una madre es el dolor de una madre. No considero que no haya hecho nada en 4 años, no estoy de acuerdo. Era el camino que tenía que hacer hasta darse cuenta de que algo había que activar para poder salir de ese lugar de infinita espera. Mi vieja estuvo cuando recién pasó lo de Luciano en el lugar que tenía que estar, que era el de esperar a su hijo. Yo actué como me lo marcó mi impulso, mi bronca. Hice lo que tenía que hacer y lo hice siempre en compañía de otros. Podía estar a la cabeza, ser la voz cantante, pero había todo un grupo que me estaba sosteniendo, observando y acompañando.Somos un colectivo en acción. No somos personas individuales en un rol de referentes. No somos nada si estamos solas”, sostiene resaltando ella también lo colectivo.

La esperanza

Ambas mujeres transitan la vida con alegría, a pesar de todo. No se nota eso cuando hablamos de la causa. No es para menos. Por eso quisimos cerrar la larga charla tirándoles una sola palabra: Esperanza. Arranca Mónica: “La lucha me da esperanza. Si no tuviésemos esperanza, diríamos hasta acá llegamos. A mis hijos les enseñé a tener ilusión y esperanza. Soñá. Yo siempre le decía: soñá, negro, soñá, que un pibe sin sueños y sin esperanza es un hombre sin futuro. No sé de dónde la saqué a esa, pero yo le decía. Y Luciano me sabía decir: ‘Ma, no tenemos ni para comer’. ‘No importa, papá, soñá... soñá’. Tengo esperanza en mis hijos. Tengo esperanza en mi nieto. Hace 6 años que tengo esperanza, yo creo que mi nieto vino en el momento que más lo necesitamos, él sí que llevaba una mochila y repesada, con su cuerpito tan chiquitito. Nada menos que darnos esperanza. A una familia que estaba totalmente destruida, y vaya si lo logró. Me hizo sonreir, me hizo tener esperanza de vuelta. Me hizo querer seguir viviendo, querer seguir proyectando. Yo tengo esperanza de que un día esto se revierta, de que la otra parte de la sociedad se de cuenta, de que nosotros dejemos de estar dormidos, de que nos demos cuenta que somos demasiados y que somos muchos más que ellos y podemos tener el cambio en nuestras manos. Tengo esperanza de que un día nos juntemos todos. Tengo mucha Fe, aun sin mi hijo, tengo Fe. Fe en la gente, no en la justicia.
Vanesa se resiste un poco más, pero también muestra la suya. “Por ahí la palabra esperanza no es una palabra con la que pueda expresar algo.  Me ponen bien las acciones de las personas de carne y hueso, que uno puede ver en el cotidiano. La solidaridad que podemos demostrar como seres humanos, los actos de compañerismo, de hermandad, de lealtad. Creo mucho en la amistad, intento cada vez ser mejor amiga y mejor compañera. Reconocerme también en mis lugares más débiles para poder mejorarlos. Estamos vivos, estamos vivas y me parece que eso no es un detalle menor. Es recontra importante en estos momentos donde tenemos muchas personas que están vivas pero están muertas, tienen el cerebro en stand-by para meterles información necesaria y justa para seguir manteniéndolos adoctrinados. Afortunadamente a nosotros nos ha tocado estar rodeados de un montón de gente que en el día a día lleva adelante acciones y tiene mensajes que son coherentes con sus acciones, eso me pone bien. Yo considero que la buena acción es contagiosa, pero no en términos católicos de la buena acción del día, sino realmente romper con lo que nos dicen que es correcto y que en definitiva no es más que egoísta, me preocupo por mi familia, por mi pequeña cosecha y me chupa un huevo lo que pase al lado. Cuando veo que hay personas que se salen de esa norma y se preocupan por lo que pasa al lado. Ahí es donde hay un motor esperanzador para todos, cuando nos animamos a cuestionar.  Me resulta importante que haya gente que se anime a cuestionar, a denunciar. Podríamos decir que ahí es donde la esperanza me empieza a picar un poco. Es todo muy oscuro pero hay personas que irradian una luz que en esa oscuridad tan oscura se puede visibilizar claramente. Hoy somos varios los que intentamos subvertir ese orden que se nos quiere imponer. A mí la palabra subversión es una palabra que me cae muy bien, y que me parece que la tenemos que utilizar mucho más, porque es una palabra que molesta mucho. Todo el tiempo tenemos que proponernos correr los parámetros que nos quieren imponer, desde las acciones más mínimas a las más grandes. Todo lo que hagamos provoca un cambio, mínimo pero lo provoca. Somos una lucecita muy clara en el medio de la oscuridad”.
Más que lucecita, son un faro que ilumina el paso de muchas otras personas. Aunque les pese, son dos seres luminosos. Tres, contando a Luciano Nahuel Arruga.

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