9 mar. 2018



Es ambiguo. Te sentís liberada y destrozada. Sacarse una venda nunca es gratis, pero la hermandad entre mujeres tiene una característica elemental: mirar a la otra es verse al espejo. Y el espejo devuelve todo. Podés leer la angustia que metías debajo de la alfombra. Podés reconocer la vergüenza que te atormentó durante años. Podés ver a la niña que fuiste un día, diciéndote hoy que no te calles. (Por Rosaura Barletta La Retaguardia)

Fotos: Natalia Bernardes, Valen Maccarone y Agustina Salinas


Podés ver a la adulta que sos, preguntándose por qué le enseñaron a escarmentar a esa niña, a olvidarla. Pero también te encontrás con una fuerza inquebrantable. Porque te ves a vos misma, pero es otra. Y entendés que no podría ser de otra manera. Hasta ahí, es sólo algo que se mueve adentro tuyo. Algo que no podés explicar, pero tampoco necesitás explicar, porque a ella le está pasando lo mismo. Te vas, de esa mirada, de ese encuentro, fortalecida pero abrumada ¿Qué es lo que acabo de ver?


Nadie puede quitarse la venda si no hay dónde caerse a llorar un ratito. Lo aceptás, tomás coraje y transitás ese dolor, siempre con la certeza de que hay una hermana ahí. Lo que se te cruza es un caos: recuerdos, escenas, comentarios, caras, reflexiones de la que fuiste, justificaciones de la que fuiste, historias que ni siquiera llegaste a pasar por la razón ¿Esto realmente me pasó? Quizás aquello no estuvo bien, ¿por qué lo acepté? Debería haberme tomado más tiempo en aquel momento para pensar si realmente lo quería. Ese chico no me hacía chistes y ya: me desmoralizaba a diario. El docente que se paraba frente a mí agarrándose el cinturón no estaba haciendo un gesto corriente que a mí me incomodaba porque yo estaba equivocada.






También pasa a la inversa, cada tanto: esa vez que dije no y me fui a tiempo (o casi a tiempo) sin dar ninguna explicación más que “no quiero y me quiero ir”, no debí sentir culpa. Qué bueno que lo hice.
Ahí está. El acto que sigue es volver a la que miraste: acá estoy, somos la misma. Te creo, te escucho, te abrazo, estoy para vos. Hice mal cuando intenté olvidar eso, hice mal cuando lo negué, porque siempre vuelve. Pero ayer volvió en mi momento de mayor fortaleza: cuando me reconocí en los ojos de otra. Amiga, te doy la mano, el brazo, el codo, el hombro y el corazón.



Por el costado hay debates marginales, efectos colaterales y varones que piensan que todo este despliegue de poder femenino es algo así como una fiesta a la que no están invitados. Entonces, sea cual fuere la posición que adopte cada una, todas coincidimos en que nos tienen que escuchar, y empezar a reconocerse entre ustedes, con la misma sinceridad con que lo hacemos nosotras. No es una fiesta: es una reconstrucción, una reparación, una reconciliación interna.














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