29 abr. 2018



Mirta Baravalle habló de la infiltración de Alfredo Astiz en los grupos de Madres que se juntaban en la Iglesia de la Santa Cruz, y en la primera Ronda de Plaza de Mayo, de la que se cumplen 41 años este 30 de abril. Relató sus sospechas y desconfianza hacia el genocida que llevaba a una secuestrada de la ESMA a esos encuentros y simulaba buscar a su hermano desaparecido. Fue por La Retaguardia en el programa Oral y Público que conduce Fernando Tebele. La Retaguardia acompañará la Ronda de las Madres Línea Fundadora que se hará mañana desde las 15 (Por La Retaguardia)

Baravalle contó acerca de esos primeros encuentros en la Iglesia de la Santa Cruz, antes de la primera ronda en Plaza de Mayo, cuando todavía no eran un grupo definido como Madres sino familiares que se juntaban a compartir la información que iban recopilando individualmente de sus familiares desaparecidos. Allí ya estaba infiltrado Alfredo Astiz, el genocida que se hacía llamar Gustavo Niño y decía que tenía un hermano desaparecido: “Yo lo conocí a Astiz antes del 30 de abril, en la Santa Cruz. Todavía no estábamos organizadas. Se dio en el mes de marzo, mucho antes de reunirnos con las Madres. Ya nos conocíamos como familiares y como madres que buscábamos a nuestros hijos. Cada una iba a los lugares que creía posible de tener información. Fue una historia que se fue dando de encuentros. Con Astiz, yo tuve la suerte de poder escapar de ese círculo donde nos encerró. En la primera reunión, en ese mes de marzo cuando nos reunimos por primera vez en la Iglesia Santa Cruz, todavía no estaba Abuelas ni Madres. Fue después de una misa que se había realizado porque se había recuperado una beba. Las situaciones que se vivían eran diversas. Ahí conocimos a Astiz. A la tercera reunión, yo dije que no iba más porque no tenía confianza en ese muchacho cuando nos hablaba en la salita esa que nos habían cedido para reunirnos. Yo le decía a Mary (Ponce de Bianco) que no iba a ir más y que yo que ellas no iría tampoco. Mary me decía 'No Mirta, pero mira este muchachito, que hermano más bueno que busca a su hermano'. Él nos había dicho que la mamá estaba muy enferma y que él buscaba a su hermano. Fue una intuición. Yo me alejé y las Madres siguieron”, relató Mirta.

La primera Ronda

El llamado a la ronda y la voluntad de ser muchas para hacerse escuchar discrepaba con la cautela que aquellas familiares pretendían tener al momento de convocar personas a la Plaza: “Mientras tanto, nos encontramos ese 30 de abril cuando se fue generando ese conocimiento de que nos íbamos a encontrar para esa fecha en la Plaza. Se tenía cierta prevención. No se le decía a cualquiera que íbamos a ir a la Plaza. Ese 30 de abril estuvimos ahí ese grupito de 14 mujeres. Cuando Azucena (Villaflor) convocaba, no era que decía las Madres. Ella nos decía que si venía mucha gente y si éramos muchas, Videla a lo mejor nos escuchaba. No dijo ‘vengan las madres’. Se dio que cuando estábamos ahí empezamos a preguntarnos quiénes nos faltaban y éramos todas madres. Nos habían llevado a nuestros hijos. No había una esposa, no había una hermana ni otro familiar. Éramos nosotras nomás. Cuando vimos que éramos todas mujeres tomó otro cariz ese llamado. No planificamos nada. Jamás imaginamos tampoco que íbamos a seguir en el tiempo. Creíamos que iban a haber respuestas. Cómo íbamos a imaginar semejante atrocidad…”, rememoró una de las primeras Madres de Plaza de Mayo, también fundadora de Abuelas.
Las sospechas y la desconfianza de Mirta hacia el genocida infiltrado comenzaron casi de inmediato y se sustentaron en cierta “experiencia” que había recopilado Baravalle entre tantas recorridas por lugares buscando a sus familiares desaparecidos, su hija Ana María Baravalle y su yerno Julio César Galizzi. Astiz quería acceder a cierta información que no era compartida en esos encuentros y pretendía que las madres dieran los nombres de los amigos de sus hijos desaparecidos: “A mi hija Ana María y a Julio César se los llevaron el 27 de agosto del '76. A esa altura, mes de marzo, yo ya había caminado mucho yendo a los distintos lugares que iba todos los días donde podía recabar alguna información. Iba sabiendo cosas, me iba enterando de cosas. Mi mente iba trabajando. Cuando este muchachito, que parecía una criatura, parecía un pibe muy jovencito, nos decía cosas... yo sabía que teníamos que ser prudentes porque ya preveía la clase de situación que se estaba viniendo. Con las cosas que nos decía nos estaba dando la evidencia de que quería información. Nos decía que nosotras teníamos que saber si tenían amigos, que por ahí alguno de los amigos daba alguna información y cosas de ese estilo. Sabíamos que teníamos que ser lo más discretas posible. Cómo nosotras íbamos a estar manejando una situación así, buscando todos los amigos de nuestros hijos. Eran cosas así, muy sutiles. Yo pensaba que había que tener reserva en muchas cosas y cuidado de con quién uno podía estar hablando. En la segunda reunión ya no me gustaba y en la tercera dije que no voy más. No fui más. Él se olvidó de mí. Después él empezó también a ir a la Plaza y ahí se infiltró, cuando comenzamos. Yo después no lo vi más. Ni sabía que andaba dando vueltas por ahí tampoco. Cuando nosotras íbamos a la Ronda tratábamos de hacerlo de forma discreta. Cuando entregó a los familiares y a las Madres, él después desapareció”, expresó Mirta Baravalle en Radio La Retaguardia.
Alfredo Astiz entregó y marcó a las Madres y los familiares que luego el grupo de tareas secuestró e hizo desaparecer. La misma suerte corrieron las monjas francesas, Alice Domon y Leonie Duquet, parte del grupo de los 12 de la Sabta Cruz. Baravalle contó cómo fue ese momento de incertidumbre hasta que se enteró de la desaparición de sus compañeras: “El 8 de diciembre, un jueves, cuando terminó la Ronda, Mary me dijo que vayamos a la Santa Cruz a firmar esa planilla donde el sábado iba a salir la solicitada con todos los familiares que teníamos desaparecidos. Yo había ido el día antes, el miércoles, a la Iglesia Betania y había firmado esa solicitada, así que no fui. Quedamos con Mary en encontrarnos en tal iglesia de Devoto. Al otro día, me fui a esperarla enfrente de la iglesia. Eran las 19:00 y Mary no venía. Yo iba de esquina a esquina caminando, esperando que viniera. Se hicieron las 19:30 y Mary no venía. Se estaba haciendo de noche. No llegó. Pensé que no pudo venir. Al otro día nos teníamos que encontrar en Castelar, en una misa. Cuando salimos de ahí nos enteramos de que se habían llevado a Mary y a Azucena. Ahí me enteré”, dijo.
Astiz llevaba con él a una secuestrada de la ESMA a esos encuentros con las Madres, a quien obligaba a simular que era su hermana menor. Se trataba de Silvia Labayrú, secuestrada el 29 de diciembre de 1976. Labayrú sobrevivió y vive fuera del país. Fue testigo en la causa ESMA. Mirta, como las demás, no pudieron imaginar aquella situación: “¡Qué íbamos a saber nosotras! Esas cosas nos las enteramos después, desde luego que después nos enteramos. No en esos momentos. Teníamos precaución, pero no tanta. Me acuerdo de una joven con muchos rulitos. De todas esas personas que yo conocí allí no quedó ninguna. Qué maldito Astiz. Terrible”, concluyó la integrante de Madres y de Abuelas de Plaza de Mayo, Mirta Baravalle.

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