24 abr. 2018



Ella decidió cambiarse el apellido. Quiere dejar de ser la hija de Etchecolatz, el feroz genocida que tuvo que regresar a la cárcel tras un veraneo con domiciliaria en el bosque. El colectivo de ex hijos y ex hijas que integra no solo rompe con sus progenitores sino que se suman a la lucha por Memoria, Verdad y Justicia, aunque se preocupan por aclarar de movida que ellas no son víctimas, como sí lo son aquellas personas que padecieron directamente el Terrorismo de Estado que, social y culturalmente, padecimos todos y todas. Dopazo estuvo en el programa Oral y Público que emite Radio La Retaguardia y conversó con Fernando Tebele, María Eugenia Otero y José Tcherkaski (invitado para la ocasión). Dialogaron acerca de la conformación del colectivo y el peso de haber sido la hija de uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia. (Por La Retaguardia)

Foto: de der. a izq. Dopazo, Tebele, Otero, Lance (otra ex hija), Éboli y Tcherkaski después del programa en La Retaguardia (Natalia Bernades). Video (Natalia Bernades)

El año pasado fue el momento del impacto. Algunos grupos de hijos e hijas de genocidas salieron a la luz para manifestar su postura y se sumaron al reclamo de Memoria, Verdad y Justicia. Mientras el grupo Historias Desobedientes se acercó al Congreso para presentar un proyecto de ley que les permitiera declarar contra sus progenitores; quienes integran Ex hijos e hijas de genocidas recorrieron el camino judicial (y político) de cambiarse el apellido. Además, este grupo en el que está integrada Mariana Dopazo, la ex hija de Miguel Etchecolatz, se presentó ante la justicia para solicitar que se le revocara al genocida el beneficio de la domiciliaria.
Cada ex hijo y cada ex hija tuvieron su tiempo y su momento para asimilar lo que estaba sucediendo alrededor de sus apariciones públicas. Para cada cual fue distinto. En el caso de Dopazo, fue el intento del 2x1, frustrado por el reclamo de un pueblo entero, el momento de quiebre para dar a conocer su historia y la del grupo que conforma. La Retaguardia había intentado charlar con ella hace meses. Pero el momento elegido por ella es este: “Es un momento de hablar ahora y no en otro momento porque para nosotros tampoco era fácil ponernos en juego. También estuvimos en silencio durante más de 40 años y hubo un momento de quiebre, un momento muy contundente. Nosotras, que teníamos nuestras vidas más allá de estos padres, dijimos 'hasta acá'. Ese día fue cuando se postuló ese fallido y pavoroso 2x1. En ese momento, muchos de nosotros dijimos hasta acá. No tenía que ver con lo que nos pasaba a nosotros sino con pensar el horror de que los genocidas vuelvan a estar entre los seres humanos, rozando sus cuerpos con familiares y víctimas del genocidio que cometieron enmarcado dentro del terror que impartió el Estado en esa época trágica de nuestro país. Ese momento de 'hasta acá' tuvo esa contundencia social. Nosotros nos permitimos romper con ese silencio que lleva todas nuestras vidas hasta ahora, repudiando no solo a los padres genocidas sino a la justicia, que ese día se tornó injusta porque fue en contra de toda una sociedad”, expresó.

Ser o no ser víctimas

Desde el movimiento de derechos humanos se advirtieron miradas diferentes acerca de ellas. Algunos salieron directamente a respaldarlas, como sucedió con el sobreviviente Víctor Basterra durante Oral y Público, pero quizá sea entendible que algunas víctimas directas del Terrorismo de Estado miren con cierta desconfianza el proceso de conformación de estos colectivos de ex hijos y ex hijas de genocidas; para ellas, todo lo que viene de un genocida, no puede ser nada bueno. Dopazo tiene todo el cuidado del mundo al hablar de las víctimas: “No salir a hablar antes tuvo que ver con ciertas cuestiones de equívocos que podían resonar como insalvables para nosotros. Tienen que ver con un intento de emparejamiento de los ex hijos de genocidas con las víctimas, que no lo somos. Tiene que ver con la posibilidad de pensar que venimos a colonizar lugares que no nos pertenecen y tienen un recorrido de más de 40 años de lucha y de construcción de memoria colectiva. Tiene que ver con que todo lo que los genocidas no dijeron solo lo supimos a través de los testimonios. No queríamos hacernos eco de las resonancias que nos quieran emparentar con semejante labor que no era la nuestra. Nuestra labor tenía que ver con romper con esa afiliación trágica y dramática que nos emparentaba con nuestras propias subjetividades”, clarificó.

Nunca más en el nombre del padre

Dopazo debió atravesar muchas barreras sociales, jurídicas y, sobretodo, personales para lograr denominarse como una ex hija. Consiguió que la justicia accediera a que se cambiara el apellido que la condenaba a estar ligada al horror: “El nombre de ex hija lo adopto yo. Es un neologismo, una figura muy rara denominarse como ex hijo, pero también tiene que ver no solo con querer sacarme el apellido sino que también es no permitirle a Etchecolatz ser más mi padre".

“No es que yo me estoy quitando algo. Yo no le permito a él que ocupe un lugar que, primeramente, jamás habitó. Segundo, ese ‘ex hija’ que yo pongo en juego tiene mucha contundencia simbólica. A mí soportar, portar y sostener el apellido de Etchecolatz me impidió llevar a cabo mi propia vida. Decir que sí, que ese era mi apellido, era consentir el horror de Etchecolatz”

Para lograr quitarse esa carga lingüística de encima debió recurrir a la justicia, que aceptó su pedido considerando de quién se trataba su progenitor: “La justicia enmarcó justos motivos para permitirme la supresión y la sustitución del apellido porque encuadra a Etchecolatz como un genocida dentro del Terrorismo de Estado. Esa es la razón por la que a mí me permitieron el cambio de apellido”, contó.

A la cárcel


El grupo que ella integra acompañó el pedido de la revocatoria de la prisión domiciliaria de Etchecolatz con un documento que fue de suma importancia en la resolución final de los jueces: “No sabía de la contundencia del escrito, pero sí de la contundencia de nuestro pensamiento y nuestras ideas. Claramente no somos víctimas, pero sí somos lo más íntimo. Estábamos en el interior de esas familias y somos quienes podemos dar cuenta".

“Hay dos tipos de personas que podemos decir quién es Etchecolatz. Sus víctimas, que tuvieron que mirarlo a los ojos y a quienes les sostuvo la mirada mientras los torturaba; y sus hijos. Hay algo en esa mirada que tiene que hiela la sangre. Es desde ese lugar que nosotros ponemos en juego algo de nuestras historias. La mayoría de las víctimas de Etchecolatz están desaparecidas y están muertas. Nosotros estamos, vivimos, y hemos podido armar nuestras propias vidas, más allá de estos padres”.

Dopazo es psicóloga. Se nota en su lenguaje. Busca y cuida cada palabra de su discurso. "Hay algo del relato que se enmarca dentro de esta historicidad del Terrorismo de Estado, de esta maquinaria de muerte, donde nuestro relato se inserta. Se inserta para dar cuenta de una vertiente más de todo el horror. Nosotros podemos testimoniar, no al modo de las víctimas, pero sí de la consecución del horror en esas historias de vida de los genocidas”, destacó.
La Retaguardia invitó a compartir la charla a José Tcherkaski. No se nos ocurrió pensar que íbamos a juntar al autor de Mi Viejo, el himno al padre, con pibas que se refieren a sí mismas como ex hijas. Lo descubrimos unos minutos antes de comenzar la charla. Les preguntamos si se permitían reirse de su propia historia, acostumbrados al humor que los y las sobrevivientes le imprimen a las suyas.Nos reimos juntos de eso, a pesar de todo. Dopazo retrató el significado de tener un genocida de su talla rondando en la casa de su infancia, donde se crió y creció: “En mi caso tiene que ver con un progenitor que fue muy consecuente con lo que él pensaba adentro y afuera del hogar. Ese terror era cotidiano para nosotros. Con la presencia de Etchecolatz, había una disfunción de lo que se podría pensar como una vida familiar en el orden de lo amoroso, de la contención y del cobijo. Eso lo teníamos y se mantuvo por el lado de mi madre y mis abuelos maternos. La sola presencia de Etchecolatz era desarmónica, disruptiva y rompía con toda posibilidad de transitar humanamente lo cotidiano. Esa era la contundencia de su presencia en nuestras vidas”, afirmó Dopazo en Radio La Retaguardia.

¿Pueden ellas romper el pacto de silencio de sus ex padres?

Uno de los interrogantes que se abre ante la aparición de estos grupos es si los ex hijos y las ex hijas pueden aportar datos sobre los desaparecidos y desaparecidas y romper así el cruel pacto de silencio que mantienen los genocidas aún hoy: “En mi caso, hay algo de no poder aportar por una cuestión de edad. A su vez, por algo que también es conocido y sale de la intimidad del hogar".

“Así como Etchecolatz no habló durante los juicios y mantiene el silencio, ese mismo silencio se mantuvo dentro del hogar. Fue un tipo consecuente absolutamente. El silencio por sobre encima de todo, aun de su familia. Lo que reinaba era el silencio. Vivíamos en una burbuja. No es una metáfora, es una realidad. Vivíamos en una burbuja policial, sin contacto con el mundo externo. Lo que sí puedo decir es que vivíamos rodeados de custodia y de seguridad. No teníamos contacto con otros niños porque nos cambiaban de colegio y no llegábamos a armar lazos. Éramos pequeños además. Tuvimos una vida cercenada de lo social. No es cuento. Fue así. Etchecolatz nunca habló en ningún lugar y menos con la familia. Para él, la familia no tenía valor. Estábamos degradados. Veníamos después del aparato represivo”

Rechazo de niñas

Ante todo este horror y miedo que vivía la ex hija de Etchecolatz, se encontraba también el desconcierto por no entender lo que pasaba, la negación de no querer aceptarlo y también la voluntad de querer romper con todo eso: “Muchas de nuestras historias tienen esa coloratura que, sin saber cuál era el universo que habitábamos, de pequeñas había algo que no funcionaba. Sin saber el horror que estos sujetos llevaban a cabo en contra del otro social, había algo de un repudio que no se podía nombrar. No sabíamos qué era, pero ya había en ese momento algo de ese rechazo y repudio a un padre. No solo descubrimos la muerte sino que era perpetuada por nuestros progenitores. Hay algo de una incomodidad subjetiva de lo que uno no quiere sostener. La voluntad no basta. Hay algo más que poder hacer. Uno puede renegar de un padre, pero no todos los días se cambia el apellido y dice hasta acá”, afirmó Dopazo.
La violencia de los genocidas era, en algunos casos, evidente también dentro de su propio hogar y se reflejaba de distintas maneras. “Etchecolatz era un ser violento en su propio ser. Ejercía la violencia con el silencio, con correr la mirada de lo familiar y también con violencia en lo físico. La mayor violencia es no sostener al otro y dejarlo caer todo el tiempo. Es una de las razones por las que pudo llevar a cabo esos actos aberrantes. Es muy difícil pensar cómo alguien puede llevar a cabo semejantes actos. Mi respuesta posible tiene que ver con eso. El otro tiene que no importarte para llevar a cabo la tortura y la vejación en esas prácticas en contra del pensamiento y la diferencia".

“Cuando él volvía de la Jefatura de Policía, nos encerrábamos en un placard con mi hermano a rezar para que por favor se muriera en el viaje y no llegara a casa. La sola presencia de Etchecolatz en la casa era del orden del horror y de lo siniestro. De lo antinatural. Él era igual adentro y afuera. La única forma de pensar que pueden operar de ese modo es pensar que el otro no existe. La estructura del horror. Fuera de límites. De un goce irrestricto. Sentirse por fuera de la ley. Él ha dicho en algunos de sus alegatos que a él lo va a juzgar la justicia divina. La degradación de lo humano es una constante en Etchecolatz. No hay duda. Ha manejado 21 centros clandestinos, los ha manejado él. Ha sido el cerebro. Manejarlos implica algo de lo psíquico que te permita llevarlo a cabo. Etchecolatz se pinta a sí mismo”

Dopazo también habló acerca de la prisión domiciliaria que recibió el genocida y le permitió pasar el verano en su casa del Bosque Peralta Ramos en Mar del Plata y de la revocatoria conseguida con escrache, lucha e insistencia de los organismos de derechos humanos: “Pasó algo que no debería haber pasado porque no son crímenes comunes. Hay algo de la justicia que descarta un poco lo humano en el sentido de apelar a algo justo que pacifique las relaciones entre los sujetos. La justicia lo que hizo fue alienar a los sujetos sociales. En el empuje y la potencia que tuvo el pedido de revocatoria de Etchecolatz hubo cierta rectificación de que no todo está perdido. Lo popular y lo colectivo tiene fuerza. Hizo que Etchecolatz vuelva al lugar del que nunca debería ni debe salir hasta su muerte”, sentenció.
El otorgamiento de las prisiones domiciliarias para las genocidas otorgadas por la justicia y avaladas por el Estado no significa solamente el beneficio de concluir su condena en un lugar más tranquilo, sino que nos expone a un peligro general por la libertad de acción de los seres más peligrosos y nefastos de la historia del país, ya sea por sus propios medios o mediante vinculaciones: “Creo que hay sobradas pruebas de que son capaces de lo peor y eso ya es suficiente. No sabemos con qué, pero sabemos eso. Hay un intento bastante inhumano impartido por el Estado y los medios hegemónicos de la igualación de todos los sujetos. Lo que no se tolera es la diferencia. En la época de la maquinaria de matanza, justamente, con lo que se quiso romper es con el pensamiento de las personas”, expresó.

Mujeres

La ex hija también se refirió al emparentamiento del colectivo que integra con el movimiento feminista. Son casi todas mujeres: “Es un intento de un colectivo. Nosotras nos cruzamos en un momento particular, con lo del 2x1. Nos fuimos conociendo y fue fuerte. Cada una pensó que su historia era única y no. Estamos intentando encontrarle un sentido y empezar a caminar como un colectivo. Hacemos lo que podemos y aprendemos en la marcha. Somos todas mujeres, menos uno. No es por casualidad. Hay algo de la fuerza y la potencia de lo femenino que en nuestros casos tiene que ver con pensar que lo imposible se puede tornar posible por un acto, individual o colectivo. Ese pasaje de lo posible, romper todo lazo de filiación trágica, no de un modo caprichoso, como tampoco son los movimientos que se están poniendo en juego, tienen que ver con eso. Hay algo que atraviesa lo femenino”, remarcó.
Por último, Dopazo intentó dejar en claro que sus apariciones como actrices sociales no debe correr el foco de que los genocidas son seres que, además de padres ausentes, violentos y desamorados, son los personajes más terribles de la historia de nuestro país. Para ella, el contexto y sus responsabilidades están claras y no deben ser olvidadas.

“Sería interesante que nuestras historias no resuman que los genocidas además eran padres, sino que los genocidas responden a algo mayor, que es el Estado. Los genocidas son producto de la maquinaria del Estado siniestro que perpetró y profanó cuerpos, ideologías e identidades. Esos no fueron Etchecolatz, Camps, Videla, Videz. No fueron sujetos individuales. Fue la maquinaria de matar del Estado y estos sujetos eran obedientes de esas órdenes. Si no, quedaría como un reduccionismo de decir que además de genocidas eran malos padres y sus hijos los reconocen como unos hijos de puta. Eso sería un reduccionismo. El sufrimiento de lo individual pasa. A mí lo que me atravesó siempre fue el sufrimiento del otro”

Antes de irse, cuenta que "este 24 de marzo fue mi primera Plaza, la primera Plaza a la que pude asistir”. Seguramente no será la última. Mariana Dopazo y el resto de sus compañeras están comenzando a alzar su voz. En tiempos de relanzamiento de la teoría de los dos demonios, en los que el gobierno pretende explícitamente discutir cifras de personas desaparecidas, o que los genocidas vuelvan a sus hogares, ellas aparecieron para sumarse al repudio. Son un golpe a la mandíbula de un gobierno negacionista. Conviene escucharlas. Ellas también dicen: Memoria, Verdad y Justicia.


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