21 ago. 2018



Hace frío en la noche de Catamarca. Las lágrimas, sin embargo, no llegan a congelarse. Era esperable que llegara la noticia de la partida de Chicha Mariani. Pero la muerte siempre es malvenida cuando se trata de buscar a personas como ella. (Por Fernando Tebele para La Retaguardia)

Foto: Chicha Mariani con Mirtha Baravalle (Karina Díaz)

Estamos en el encuentro de la Red Nacional de Medios Alternativos. Aquí, el sábado, pudimos abrazar a Nicolás Berardi. Nos emocionamos los tres, Euge, Nico y yo. Para nosotros haber contado su historia fue fuerte, pero recién ahora pudimos encontrarnos.
Dos días antes de los asesinatos de Diana Teruggi y Daniel Mariani, y del secuestro de Clara Anahí, la nieta de Chicha, que tenía tres meses y aún hoy permanece sin saber quién es realmente, cayeron las otras dos casas operativas de Montoneros en La Plata. El papá y la mamá de Nico, Adolfo Berardi y María Isabel Gau, fueron el primer blanco de una redada implacable. Adolfo, cuando supo que perdía, envolvió en un colchón al Nico de apenas nueve meses y lo arrojó por encima de la medianera mientras le entraban las balas. María Isabel estaba embarazada de nueve meses y la exhumación de su cadáver arrojó un dato impactante: tenía un disparo en la panza. Seguramente sus asesinos están a favor de las dos vidas… Resumiendo una historia que no merece ser achicada, el bebé fue apropiado. Su familia pudo, tiempo después, llegar hasta Miguel Etchecolatz, el señor de la vida y la muerte. Iba a demostrar en esa reunión que él era quien decidía. Con una pistola y toda su perversidad sobre la mesa, sometió a los abuelos de Nico a la peor de las pruebas: si lo llamaban y el pibe respondía, se iría con ambos; si no, se quedaba con sus secuestradores y con quienes asesinaron a su padre y su madre. Bichicuí, le dijeron. Apenas consiguieron recordar que en alguna llamada telefónica les habían contado que aquel chico al que solo habían visto dos veces al nacer, por la clandestinidad de sus viejos, le decían Bichicuí. Y el pequeño Nico fue.
No tuvieron la misma suerte Clara Anahí y su abuela Chicha. Ellas sí se conocían, porque Chicha la cuidaba hasta el momento del secuestro. Etchecolatz decidió callar. Todo este tiempo decidió callar. Otra vez toda su perversidad encima de la mesa. Chicha se fue sin poder abrazarla de nuevo.
Hablamos de Chicha con Nico, que vive hace unos quince años en Andalgalá y lucha contra el Estado que tiene como política indiscutible la minería a cielo abierto que arrasó su lugar elegido. Entre la emoción, hay lugar para saber que la noticia está por llegar. Cuenta que la vio hace poco. Da más detalles increíbles acerca de cómo cree que sus abuelos llegaron a esa cita con Etchecolatz.
Hoy nos resuena la voz de Chicha en los oídos. En aquella primera emisión de Oral Y Público del que la hicimos madrina inconsulta, hasta otras de hace años dónde la desesperanza se le hizo ineludible. Más cerca en el tiempo solo la foto, ya no su voz, del reencuentro con Mirta Baravalle, ambas fundadoras de Abuela de Plaza de Mayo, que nuestros compañeros Luis Angió, Susana Zaldúa y Karina Díaz pudieron registrar. En su etapa en Abuelas hasta 1989 encontraron 60 nietas y nietas, casi la mitad de los que recuperarían la identidad en los casi 30 años posteriores. Sin embargo, sufren la propia tristeza de ver pasar el tiempo sin llegar a saldar en sus historias la deuda que el Terrorismo de Estado nunca pagará por su cuenta. Se acabó el tiempo de Chicha, pero no la búsqueda de su nieta.
Queda la casa que siempre se puede visitar y recorrer con la gente que la acompañó hasta el último instante como guía. Esa visita que intentamos hacer radial junto a Paulo Giacobbe.
Chicha sufrió, además de todo esto, la inundación. Dicen que fue difícil sacarla de su casa llena de archivos y recuerdos. Parece que el agua no consiguió aniquilar la memoria, porque no pudieron aniquilar la historia aún con la peor de las derrotas.
Hace frío en la noche de Catamarca y ya no estamos con Nico para abrazarnos como anoche. Ahora es el whatsapp la desoladora manera de darnos la noticia más temida y esperada. Se murió Chicha, y se murió sin volver a encontrarse con su nieta.
“Seguro la encontrará cuando sus ojos se cierren y duerma, y deje de ser esa identidad que le clausuró la felicidad”, le escribe Nico a Euge, ya de regreso en Andalgalá y con la triste noticia revolviendo su propia historia.
Mientras tanto, en Marcos Paz, Etchecolatz sonríe; es, en la prisión que le supimos conseguir, el mismo ser malvado que guarda silencio.

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