17 oct. 2018




Este último fin de semana se realizó un nuevo Encuentro Nacional de Mujeres. La sede elegida fue la ciudad de Trelew. La marea verde por el derecho al aborto bien vigente copó las calles de la ciudad. Además de reunirse entre los más de 70 talleres de debate e intercambio durante dos días, la marcha contó con más de 65 mil personas a lo largo de 40 cuadras. Aquí un fotoinforme y crónica. (Por Agustina Salinas para La Retaguardia)

Con tierra entre las uñas, polvillo en las orejas, con las zapas todas sucias, la mirada ojerosa y los cachetes quemados por el sol, me pongo a pensar qué escribir para esta crónica. Si arranco con el micro yendo hacia Trelew, o con la feria autogestiva feminista, o con la marcha gigante de más de 40 cuadras de extensión, o con las vecinas de Trelew abrazándonos y sonriéndonos, o el remisero diciendo "Gracias por todo, ojalá vuelvan pronto".



El Encuentro empezó con las pibas arriba del micro leyendo el contenido de los talleres. "Mujeres - Relación con su cuerpo y políticas del cuerpo". Todas las presentes coincidimos en que en mayor o menor medida teníamos algún disgusto o molestia sobre el cuerpo que habitamos. Una de ellas dijo "tenemos que mirarnos y querernos  como queremos a nuestras amigas" y largó unas lágrimas que atravesaron sus lentes de marco grueso. Otra contó que una vez le tiraron petardos desde un camión y le gritaron gorda. Otra dijo que un día se cansó de que le toquen el orto y le pegó una píña al chabón que lo hizo. Y así pasamos un largo rato debatiendo, contando experiencias, riendo, siendo cómplices, reflejándonos en la otra. Porque el encuentro es eso: espejarnos. Entre miles de otras cosas, claro.



Bajamos del micro, y por arte solidario un habitante de Trelew se ofreció a llevarnos al centro en su camioneta. La primera reacción fue desconfianza. Los medios conservadores hegemónicos y locales no se cansaron de preparar el terreno para el miedo: que iban a llegar miles de violentas, que las personas no salgan de sus casa, que se iban a quedar sin alimentos. No podíamos creer tanta amabilidad. No sabíamos con qué nos ibamos a encontrar en Trelew, y ese fue el primer gesto de bienvenida de muchos otros que seguirían a lo largo de los tres días.


Estuvimos en la feria feminista, otro de los brazos empoderantes. La economía autogestiva feminista se nutre en los encuentros. Con libros, fanzines, ropa, artesanías que son sostén de muchos grupos de mujeres y disidencias. Trocamos, nos recomendamos, nos apoyamos. La feria es momento de conocernos, de admirar la creatividad y la diversidad de las feriantes. En la plaza Centenario se armaron los puestos con perchero, mesita o paño. En el parlante sonaban artistas feministas como Sara Hebe, la Negra Liyah, Bomba Estereo. También escuchamos a las trabajadoras despedidas de Télam, a Soraya Maicoño pidiendo la libertad del Lonko Facundo Jones Huala, a los feminismos del Abya Yala demostrando que Latinoamérica es toda feminista, levantando el reclamo por la visibilidad y el reconocimiento de las existencias originarias. La Comisión Organizadora fue denunciada por racista, al negarse al cambio del nombre del Encuentro por la propuesta de las Mujeres Originarias por el Buen Vivir: dejar de borrar la historia y nombrar la Plurinacionalidad. Además de incluir este pedido, también se reclama la necesidad de visibilizar las diversas identidades de género. Y aunque burocraticen e intenten silenciarlas muchas de nosotras ya empezamos a llamar al encuentro así: Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans. 




Y llegó el domingo. El sol quemaba un poco más pero el viento lo apaciguaba y con la tierra que arrastraba nos rozaba los cuerpos palpitando la marcha. Las trenzas cosidas, los brillos verdes, violetas, rosas. La intervención artística en su esplendor: los rostros, las panzas, los cuellos, las manos. Todos los cuerpos politizados: se expresan con el pañuelo, las remeras, las banderas sobre los hombros, los pelos pintados.




Aún no sabíamos el recorrido pero encaramos adonde iban todas. La marcha tuvo una extensión de 40 cuadras. Las vecinas de 2, 3, 4 años mirándonos marchar. Escuchándonos cantar. Miraban con sonrisa gigante, con ojos abiertos así de grandes. Aplaudiendo mientras pasábamos agitando el pañuelo. Mirando de lejos, en patas, sobre el techo de sus casas, niñas, niños, señores, señoras, pibitos. Doñas de 50, 60, 70 años siendo felices con nosotras. Diciéndonos "Esto es histórico. Estoy muy contenta, ustedes son muy buenas, muy respetuosas. En mi vida imaginé ver algo así, todas me saludan, todas contentas. Las quiero". Familias enteras mirando desde el techo, o por la ventana, corriendo la cortina tímidamente. Niñas agitando los brazos, saltando, festejando detrás de las rejas. La señora y el perrito mirando sobre la vereda hacia el tumulto de pibas, tortas, negras, sudacas, originarias, travas, no binaries, trans que se acercaba colorido, brillante, diverso, inmenso, casi infinito. Todas ellas: las niñas de 2, 3, 4 años y las doñas de 50, 60, 70 años. Todas reconociéndonos en los feminismos. Empoderándonos.




Seguimos avanzando por las veredas del barrio de Trelew, por calle de tierra, cuesta arriba y cuesta abajo, nos resbalamos con las veredas llenas de piedras, con escaleras, con pastito. "Mujer, escucha, únete a la lucha", invitábamos a las vecinas. Agitamos el pañuelo verde del aborto legal en el hospital y en cualquier lugar. El objeto que ya no es pañuelo, es símbolo, es posición política, es molestia, porque rompe estructuras y es nuestro porque nos identifica.  Las murgueras tocando el bombo, saltando hacia el cielo, con más colores que la primavera. Las mujeres originarias vociferan: Estado fascista vos sos el terrorista. Veo caras conocidas, veo abrazos por todos lados, veo pintadas de lo más lindas. Por nosotras pero también por el Brujo, el Lonko y por Rafa.




Me río, lloro, me río de nuevo, me abrazan, abrazo. Lloro mucho por la emoción que tengo. Abrazo fuerte a mi amiga que llora igual que yo al ver la alegría de las abuelas que nos miran. Les decimos que se sumen, les damos la mano, invitándolas, las miramos a los ojos, igual de cristalizados que los nuestros. Una responde: "sí! ya voy, recién me cambié para salir!". Otra levanta un pañuelo en la puerta de su casa. Hay una doble bienvenida. De parte de ella que nos recibe contentas en su barrio y de parte nuestra que hermanadas y en manada la recibimos abrazándola al feminismo. 


Reivindico el amor como sentimiento político. Y amo. Amo profundamente esta revolución. Amo la historia que estamos viviendo, amo el futuro que están sembrando las niñas, les niñes. Amo de nuevo, a mis hermanas, a mis amigues, a mis compañeres. Sí, es eso: amor... amo a las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar, eh!











































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