5 dic. 2018



En una nueva audiencia del juicio ESMA IV, declararon dos testigos clave. Se trata de Alfredo Ayala y Víctor Basterra, ambos sometidos a trabajo esclavo durante su secuestro en la ESMA. Ayala, restaurando muebles e inmuebles robados a los detenidos-desaparecidos. Basterra, en su labor como fotógrafo y obrero gráfico para la confección de documentos falsos para los genocidas.
(Por Fernando Tebele para La Retaguardia)

Fotos: Luis Angió (Foto 1: Víctor Basterra, foto 2: Guillermo Fanego)

El IV tramo de la ESMA camina a paso lento. Con solo un día de audiencia por semana, los lunes, los testigos pasan de a tres en las jornadas más extensas. Este lunes hubo solo dos, muy esperados por cierto: Alfredo Ayala y Víctor Basterra, el testigo esencial de esta megacausa.
Cerca de la 10:30, el TOF 5 de Comodoro Py enciende sus luces. La sala esta vez es pequeña, demasiado para tantos oídos. Abre el juego Alfredo Ayala, “Mantecol”, secuestrado el 7 de septiembre de 1977 por un grupo de tareas a cargo de Jorge “Tigre” Acosta. Como ocurre con casi todos los testimonios de sobrevivientes que ya pasaron varias veces por la tarea de recordar y contar el genocidio, en este tramo solo se amplían las testimoniales vinculadas a los imputados nuevos de este juicio. Los testimonios son más cortos, la crudeza es la misma: “Entre las secuelas que tengo, la primera es haber perdido a mi padre por un tumor, que fue de tristeza, eso me afectó mucho como hijo. Después, secuelas físicas: perdí el oído izquierdo, por la primera trompada que me dieron. También se me agudizó el problema de la voz”. Mantecol habla con un tono sumamente agudo, esforzado, como si estuviera imitando a un niño; sin embargo le alcanza para contar que estuvo obligado a realizar tareas como mano de obra esclava restaurando muebles e inmuebles robados a las personas secuestradas. “No sé si usted sabe que además robaban las propiedades”, le dijo con cierta ironía al abogado defensor de genocidas Guillermo Fanego, que siempre juega un rol central intentando fastidiar a quienes dan testimonio. En realidad, Fanego consigue contrariar a todos y todas en la sala, incluyendo muchas veces al tribunal que preside Daniel Obligado. En su testimonio del lunes, Ayala reconstruyó la ida a una de las casaquintas que los genocidas de la ESMA usaban para trasladar allí prisioneros/as. “Estuvimos dos días en la quinta de Del Viso”, dijo acerca del lugar que todavía no han podido señalar exactamente. Ubicó en el lugar a “Tiburón”, Raúl Armando Cabral, un ex agente de la policía y parte del grupo de tareas 3.3.2. “Ahí un día trajeron a mi compañera Norma Mansilla. A ella la secuestraron conmigo. No tenía nada que ver, pero vivía conmigo. Estuvo un mes y medio secuestrada. La violaban todos los días hasta que se cansaron y la dejaron ir a Santiago del Estero donde estaba su familia. Después se ve que volvió a buscarme. Ellos se enteraron y la llevaron a la quinta para que viera que yo comía y estaba bien”. Mantecol supera la prueba a la que siempre somete Fanego a los y las testigos. Cuando le preguntan si quiere agregar algo más, aporta con seguridad: “Quiero decir que tengo bronca porque pasan los años y no sé dónde están mis compañeros desaparecidos. Yo vengo y presto mi colaboración en cada juicio, trato de aportar mi memoria y no veo que haya mucho avance”. Se va rodeado de aplausos.
Después de un cuarto intermedio aparece Víctor Melchor Basterra, sin dudas el testigo esencial de esta megacausa, calificación que no pretende de ningún modo quitarles mérito al resto. “Esta construcción de memoria, verdad y justicia es colectiva”, dice intentando disimular con poca suerte el rol central en el que lo puso la historia, una tarea que aceptó y lleva adelante con una entereza que no le resulta gratuita. Su voz habitualmente gruesa, de cantor afinado, está percudida. Habla con una disfonía que le demanda esfuerzos. Igual que Mantecol, se sobrepone para que cada palabra vuele lejos. Sus recuerdos son exactos. Tiene una memoria privilegiada, forzada quizá por aquel mandato que el “Gordo” Enrique Ardeti le supo dar en los laberintos inextricables de la ESMA: “Negro, si zafás, que no se la lleven de arriba”. Basterra zafó con una astucia sin igual, y dedicó su vida a cumplir con ese mensaje que Ardeti cargó en su mochila ya pesada por su propio sufrimiento, que entre otras cosas implica convivir con brutales dolores de espalda que suelen inmovilizarlo, y que le recuerdan cada vez a sus verdugos, hoy genocidas condenados o en camino a serlo.
La megacausa no sería lo que es sin su aporte. El informe que lleva su nombre es un formidable álbum de fotografías de genocidas que consiguió sacar de a poco del cautiverio y que han servido para que más sobrevivientes reconocieran a sus captores. Hoy volvió a contar cómo era la mecánica que lo llevó a idear el Informe Basterra. Sometido a trabajo esclavo, los genocidas utilizaron su excelencia como obrero gráfico y fotógrafo para falsificar documentos. En ese esquema, les tomaba fotografías. Una para el documento, otra para el pasaporte, una más para el registro de conducir y otra para la cédula de identidad. Cuatro fotos para todo el mundo, menos para él, que clickeaba cinco veces y se guardaba la sobrante. Lejos de sobrar, esa sería en realidad la foto que les costaría a los genocidas ser reconocibles, ni más ni menos. Basterra es un genio de un coraje sin igual, “la persona más valiente que conocí en mi vida”, según la mirada de su hermano Carlos “Sueco” Lordkipanidse, a quien conoció en el planeta del terror que fue la ESMA, y de quien aprendió algunos de los trucos de la falsificación.
Esta vez sus esfuerzos de memoria se enfocan en un par de ñatos, como les llama, que están acusados en este juicio, no tienen condenas anteriores y a los que él ayudó a identificar. Uno es Carlos Mario Castelvi, “Lucas” dentro de la ESMA. El otro es Néstor Carlos Carrillo, a quien llamaban “Cari” o “el salteño”. El aporte de Basterra es tan grande que hasta puede recordar fechas precisas. “A Cari lo conocí el 1 de diciembre de 1979. Lo recuerdo porque cumplía 35 años. Unas horas antes me habían dado una paliza. En un momento determinado me levantan, me llevan a los empujones hasta una puerta. Se abre la puerta, yo todavía estaba esposado, me levantan la capucha y me ofrecen un mate… yo me quedé sorprendido. Y alguien que dice: ‘Feliz cumpleaños’, más sorprendido todavía... Tomé el mate, casi sin mirar, y entonces se asoma un tipo y me dice: ‘Qué hacés, yo soy Cari”. Y me bajaron la capucha. Me quedó esa imagen de un flaco que el día de mi cumpleaños me ofrece un mate en un centro clandestino, donde yo estaba secuestrado, y que me dio una especie de percepción de humanidad en un lugar donde lo que primaba era la inhumanidad”.
Basterra sabe que cuando terminen las preguntas del Fiscal Félix Crous, será el turno de Fanego. Lo sabe pero lo aguarda con tranquilidad. En el tramo anterior de la megacausa, en una declaración de cerca de tres horas, el abogado defensor intentó colocarlo en el lugar de asalariado de la ESMA. Basterra atravesó aquel temporal con toda su dignidad como estandarte, pero conoce bien esas desconfianzas, que todos y todas las sobrevivientes sufrieron en carne propia alguna vez, muchas veces de parte de sus mismos compañeros/as, que tardaron en entender que la vida y la muerte durante el genocidio no se decidían según la información que se entregara o no bajo tortura. Era más bien un capricho. El poder y la impunidad están llenos de caprichos y en ciertos casos suelen ser injusticias dolorosas. “Las identidades que usaban para los documentos falsos eran en realidad de personas reales. Por eso decimos que usaban un sosías. Ellos buscaban antecedentes de esa persona. Si no los tenían, usaban ese sosías”. En esas circunstancias le tocó fotografiar a Castelvi. “Era un enlace entre el Ejército y la Armada. Me pidieron que le hiciera una Tarjeta de Identificación Naval. Habrá sido entre mayo y septiembre de 1980”, intenta precisar.
En algún momento le hacen reconocer visualmente la foto que sacó y que aportó a la causa. Mientras el secretario del juzgado Martín Schwab busca en los frondosos cuerpos del expediente, Basterra reparte sonrisas y gestos a quienes han venido para escucharlo y apoyarlo. Termina Crous y llega Fanego. Ni siquiera guarda la formalidad de un “buen día”. Va directo a las preguntas. Con tono casi imperativo exige respuestas. Fanego se concentra en lo que cree es una contradicción porque Víctor recuerda haber falsificado una TIN y en el expediente figura que aportó una credencial de la Policía aduanera. El testigo no se perturba. Es una declaración mucho más rápida y menos exigida para su memoria que cualquiera de las anteriores. “Que se haga justicia. Que no se abandone esta idea de la memoria, la verdad y la justicia. Esto ha sido una masacre planificada”, dice cuando le preguntan si quiere agregar algo. Los aplausos que acompañan su despedida se convierten casi en ovación de estadio, aunque esto sea tanto más que un partido de fútbol.

Guillermo Fanego, abogado de genocidas.

Fanego también se mantiene imperturbable y solicita tanto un careo como que se llame a declarar a quien aparece firmando la credencial aduanera de Castelvi. Pero lo peor está por llegar. En medio de sus pedidos al tribunal, suelta su enésimo intento de desacreditar al testigo esencial:

-Voy a demostrar la falsedad del testigo Basterra –anuncia con grandilocuencia-. Salvo que el tribunal, como lo ha tomado como testigo estrella para justificar sentencias, se oponga.
-Ya lo voy a escuchar muy atentamente cuando alegue –lo interrumpió con visible molestia Daniel Obligado desde el estrado.

En esa acusación de Fanego al tribunal hay un par de verdades inocultables. La primera: Fanego, apenas es un hábil abogado defensor, impertinente con quienes dan su testimonio, que no ha conseguido evitar que se demuestre que el Terrorismo de Estado en la ESMA fue bestial y perverso y que los genocidas merecen una y mil condenas.
La segunda es la más importante: Basterra es, efectivamente, un testigo estrella cuyo aporte para las sentencias es insustituible. Por eso intentan desacreditarlo con inútil perseverancia. Víctor es un héroe de nuestros tiempos, tanto por su aporte maravilloso a la reconstrucción de lo ocurrido en la ESMA, como por esa humildad que lo hace moverse todo el tiempo de ese lugar heroico.

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