15 ago. 2019



En la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires se realizó un debate sobre la sanción de una Ley de Semillas. Con argumentos en contra y a favor, muchos especialistas expusieron sus puntos de vista. Gustavo Schrauf, profesor titular de la Cátedra de Genética en esa facultad, dialogó con Pedro Ramírez Otero en La Retaguardia, contó sobre la actividad y dio su opinión acerca del modelo agroindustrial que hoy tiene la Argentina. (Por La Retaguardia)

El debate sobre la Ley de Semillas se pregunta básicamente cómo se produce y qué alimento se genera. Esos puntos son la esencia del interés de las empresas extranjeras en que el proyecto se lleve adelante, lo que dejaría atrás al derecho de la resiembra de pequeños y medianos productores.
Gustavo Schrauf fue uno de los especialistas que participó del debate en la Facultad de Agronomía: “La actividad surgió porque hubo una agrupación estudiantil que presentó un proyecto de declaración en contra del proyecto de Ley de Semillas. La Comisión decidió hacer una reunión abierta y que fueran los consejeros, además del público en general, a escuchar las distintas posiciones respecto a la Ley de Semillas. El aula estuvo repleta, se demostró que había muchas ganas de escuchar. Además se filmó y va a estar en la web de la Facultad para poder escucharlo”, contó, y dio detalles de las exposiciones: “Hubo una presentación de Fernando Villela, titular de Agronegocios, defendiendo la Ley de Semillas aunque también le hizo alguna crítica. También estuvo un profesor de la Universidad Austral que estuvo un 50-50 a favor y en contra del proyecto de ley. Tamara Perelmuter no pudo estar y su exposición, muy antagónica al proyecto y con una visión de la agricultura familiar, fue grabada. Estuvo Javier Rodríguez, un economista, que analizó los números de lo que estaba en juego. Después estuvo mi posición respecto al proyecto de ley, que es muy negativa”, manifestó Schrauf y compartió por qué: “El mercado de semillas es muy monopólico. La libertad que puede tener el productor de comprar o no comprar una semilla, ese derecho de guardar la semilla y volver a sembrar, es casi la única barrera que existe para que el monopolio no sea completo. Sino, el productor estaría obligado a comprar todos los años las semillas a las empresas y no tendría libertad de guardarlas. Más allá de eso, tiene un montón de defectos y todos se enumeraron. El eje de la discusión está en el derecho al uso propio que sería quitado a los productores”, remarcó el profesor en Radio La Retaguardia.
Gustavo explicó el peligro que significa dejar en manos de empresas privadas la soberanía alimentaria, así como también la seguridad y salubridad de los alimentos que consumimos cada día: “El gobierno ha desfinanciado a todos los organismos de investigación, el INTA e universidades. El INTA, desde hace tiempo atrás, está reduciendo su incidencia en la generación de cultivares y su desfinanciación es total. Eso hace que el desarrollo tecnológico quede todo en manos de empresas privadas y es confiar en que esas empresas van a tener un beneficio para el país. La mayoría de las empresas están vinculadas a un agrotóxico ya utilizado. Las empresas siguen con el mismo juego de darte una semilla que necesita un agroquímico para que exprese su potencial productivo. Es un doble negocio. La empresa te da la semilla y te obliga a comprar un agroquímico. En este caso, son agroquímicos mucho más cuestionados que el glifosato: El glufosinato de amonio tiene evidencias de producir daños a la salud. El 2,4 D está muy comprobado que es cancerígeno. ¿Esta alternativa es la que queremos? Tenemos que discutir qué agricultura queremos, cómo queremos producir, cómo queremos alentar a nuestra industria semillera con sus nuevos productos. Como país tenemos que pensar una solución parecida a la de Uruguay de extremar las rotaciones. Si hacemos monocultivos estamos seleccionando malezas resistentes también, lo que implica que se ponga otro nuevo herbicida. Estamos usando el mismo remedio al problema cuando podemos tener una rotación de cultivos que sería mucho mejor para conservar el suelo y tener un ambiente mucho más saludable y sustentable”, aseguró.
Estas empresas monopólicas de semillas, terminan juntándose con otras de agroquímicos y farmacéuticas por lo que terminan fusionándose en un monopolio aún más grande que solo responde a sus intereses comerciales sin preocupación por la calidad de los alimentos y si su consumo es más o menos tóxicos para quienes los ingerimos: “Su modelo de negocio está basado en generar muchas patentes. Ha implicado también una monopolización. Fueron reduciéndose la cantidad de empresas, hasta ahora que tenemos tres empresas a nivel mundial que monopolizan el mercado de semillas. El negocio de las empresas químicas, también unidas a farmacéuticas, es venderte el agroquímico. Estamos muy atados, más aún si no favorecemos una investigación alternativa”, señaló; y agregó: “El doctor Aldo Casella es un especialista en Ley de Semillas y dio un montón de argumentaciones sobre qué intereses están detrás de cada reclamo de mayor beneficio de las grandes empresas.

“No hay una respuesta a ciertas demandas”

"Nos preguntaron bastante por el modelo de tomate y su modelo alternativo de mejoramiento participativo. Arcor, que es La Campagnola, nos llamó y nos dijo que ellos querían poner un tomate de calidad, pero que su demanda a las empresas no les movía la aguja. Entonces tenía que poner dentro de la lata lo que la empresa semillera les daba, como que no tenían alternativa. La Campagnola es la empresa más importante en la Argentina de producción de tomate, es el 1% de tomate del mundo. Si esa empresa no puede exigir un tomate con gusto, qué nos queda al resto de los productores agropecuarios”, lamentó.

¿Son tan necesarios los agroquímicos?

Scharauf explicó que existen maneras de producir alimentos más sanos y seguros, pero que al no haber una conveniencia económica para las empresas esos métodos no se desarrollan: “Hay un montón de genes de las plantas que se saben que dan resistencia a ciertos hongos. Uno podría con línea genética o con otras herramientas moleculares mejorar esa expresión de los genes y que las plantas se defiendan de esa enfermedad. Eso implica no tirar un fungicida. Seguramente, si la empresa que vende el fungicida es la que hace la genética no lo va a hacer. Va a hacer lo que más le convenga, no lo que más nos conviene a nosotros. No incluimos el parámetro salud dentro de las decisiones sino solamente la decisión de producir más. Tenemos que replantearnos algunas cosas como agrónomos. La explotación de la tierra no es la manera de producir. La contaminación que estamos generando no es sustentable”, afirmó.
Por último, el profesor de la Facultad de Agronomía de la UBA dijo esperar que la institución emita un comunicado en contra de la sanción de la Ley de Semillas: “Con este insumo del debate, el Consejo tiene que tomar la decisión de si saca una declaración en contra de la Ley de Semillas o no la saca. Yo creo que va a sacarlo. No sé cuánto peso tiene que una universidad diga que está en contra de una ley, pero es lo que se puede hacer. Es nuestro deber tratar de argumentar con fundamentos”, concluyó.

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