15 abr. 2020



Betania Álvarez Aráoz nos invita a reflexionar acerca de las personas que, en plena cuarentena por la pandemia del COVID-19, tienen que salir a trabajar. En muchos casos, para facilitar que otros y otras puedan quedarse a resguardo en sus casas. (Por La Retaguardia)

✏ Texto: Betania Álvarez Aráoz 
💻 Edición: Pedro Ramírez Otero

La cuarentena obligatoria sembró el miedo en las calles, en especial en quienes se ven obligados a romper el aislamiento para ir a trabajar. Por un lado, están los empleados y empleadas de la salud, comerciantes o integrantes de algún otro eslabón del rubro productivo, totalmente amparados por el Decreto firmado por presidencia. Pero otra es la realidad de las y los trabajadores informales o de los deliverys, quienes paradójicamente se encargan de preparar, llevar y traer pedidos a las personas que le temen al afuera, que sí se pueden quedar en casa.
La precarización laboral es uno de los síntomas que ha aflorado con la propagación del COVID-19 en Argentina, no porque haya surgido ahora, sino que el coronavirus y sus medidas de reclusión estricta fueron un chispazo de luz en la cueva de la informalidad. Nunca hubo interés de parte de los gobiernos en ponerle fin a estas prácticas laborales inhumanas que para muchos/as son la clave de su enriquecimiento. La pandemia laboral abarca desde monotributistas hasta trabajadoras y trabajadores directamente no registrados.
Matías, quien pidió ser rebautizado para evitar represalias, trabaja desde los 17 años frente a la terminal vieja de Mar del Plata. Hace 10 veranos que cocina, limpia y atiende al público en un local que lo mantiene “en negro”. Dice que con lo que gana le alcanza y que el jefe es bueno: “Como soy separado y tengo una nena, cuando cobro voy al mayorista y hago una compra grande para que dure, este mes se le sumó lo de la escuela. Ahora, no sé qué va a pasar”.
El local que atiende Matías hace días que está vació, con el estallido de la pandemia no hubo turistas, ni locales que se acercaran a comprar. A él la situación lo preocupa, tanto que sale a la vereda a intentar convencer a las pocas personas curiosas que miran las exhibidoras repletas de comida. “El jefe me dijo que por lo pronto sólo termináramos el stock, que se suspendían los pedidos a los proveedores. Y que cuando se acabe lo que tenemos veremos cómo seguir”. Desde la vereda, Matías dice que cree que va estar todo bien, porque hace años que trabaja ahí. “Espero”.

Preso por trabajar

Pero, ¿qué pasa cuando trabajar también obliga a circular? Ese es el caso de quienes trabajan para  aplicaciones de delivery como Rappi, PedidosYa y Glovo. Arriba de una bicicleta y con un cubo de color naranja, amarillo o rojo colgado a los hombros, recorren las ciudades llevando comida y medicamentos a otras personas que no quieren romper su aislamiento. En su mayoría son monotributistas de la categoría mínima, aunque otro tanto son trabajadores/as informales que buscan atajos ya que emigraron desde otros lados del mundo y se suman a la tarea de los mandados para sobrevivir hasta contar con la documentación necesaria que les permita buscar un “empleo digno”.
Un video viral prendió la alerta. En plena cuarentena obligatoria uno de ellos fue parado por la Policía de la Ciudad que patrullaba el barrio de Villa Crespo. Lo hicieron bajar de la bicicleta a la fuerza, le rompieron la mochila de trabajo, lo maltrataron y se lo llevaron detenido. Frente a la mirada de los vecinos, el trabajador de Rappi gritaba sin consuelo: “Tengo que seguir laburando. No me pueden hacer esto”.
“Tengo acá el barbijo y los guantes”, fue la última suplica que pronunció el trabajador. Quería convencer a los uniformados que cumplía con las medidas sanitarias para prevenir y cuidar a los otros del coronavirus, pero nada sirvió a la hora de convencer a las fuerzas que hoy dominan la calles.

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