25 abr. 2020



Durante la madrugada del viernes, casi la totalidad de los internos de Devoto comenzaron una batucada para exigir medidas de prevención y cuidado de la salud frente a la pandemia de Covid-19. La respuesta del Servicio Penitenciario Federal (SPF) fue la represión, como suele suceder. Finalmente,  quienes están privados de su libertad tomaron el edificio durante diez horas y consiguieron que se firme un acta que les garantizaría  un relevamiento de la situación en la que se encuentran. Las negociaciones continuarán hoy. Aquí una crónica y fotos de una jornada larga y dolorosa. (Por La Retaguardia)


✍️ Texto: Andres Masotto
💻 Edición: Fernando Tebele/Rodrigo Ferreiro
📷 Fotos: Andres Masotto
🎙️ Entrevistas: Andrés Masotto
🎛️ Edición de audios: Natacha Bianchi


Subidos al techo de un pabellón, los internos del Complejo Penitenciario de la CABA colgaron una bandera que explicita su reclamo “Nos negamos a morir en la cárcel”, escribieron con aerosol verde sobre una sábana.


Desde temprano, la televisión, la radio y las redes sociales hablan de motín, de fuga, de presos armados con facas y lanzas. Ningún periodista, ninguna persona, se detuvo a leer el trapo que cuelga en lo más alto. “Nos negamos a morir en la cárcel” es una consigna fácil de interpretar, pero aceptarla sería humanizar a las personas privadas de su libertad y eso  podría resultar algo incómodo.
Las calles aledañas a la cárcel desbordan de fuerzas de seguridad, bomberos, camiones blindados y ambulancias. Policía de la Ciudad, Infantería, Motorizada, Federal, Antidisturbios, Servicio Penitenciario y agentes de civil con escopetas en sus manos, conforman una escenografía de película. Más móviles, camionetas, camiones y un ariete listo para entrar en acción. Cada miembro de las fuerzas está armado y alerta. La mayoría, incluso, con su arma reglamentaria al alcance de la mano.

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A cien metros de los muros perimetrales se juntan familiares y amigos de los internos. Les gritan palabras de ánimo, les piden que sigan resistiendo. Pocas escenas son tan desoladoras como los gritos a distancia entre los presos y sus familiares; el afuera y el adentro quedan en evidencia cruel; el muro sólo puede ser traspasado por dos cosas: los gritos y la angustia, de ida y de vuelta. El cordón de infantería que armaron frente a quienes esperan novedades afuera, murmura, provoca. En algún momento alguien ordenará que las familias sean reprimidas. Porque sí. Por estar ahí. O quizá para que sus hijos, esposos, hermanos y amigos vean desde arriba que las fuerzas de seguridad pueden hacer lo que quieren; las familias se convierten en rehenes: “si la siguen ahí, reprimimos acá”, podría ser el mensaje para los presos. En esa redada, detienen a tres mujeres.



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Lo que está pasando de los  muros para adentro es incierto. Para hacer un relato preciso, hay que unir los gritos con los sonidos diversos que se escuchan. “¡Tirá, tirá, dale!”. Estruendos de armas de fuego. Una piedra que estalla contra el suelo. El gas lacrimógeno que se empieza a filtrar hacia afuera y  hace difícil respirar. A los balazos que el Servicio Penitenciario Federal apunta hacia arriba, un preso responde: “nosotros también somos seres humanos”.
Cerca de las familias, también están los móviles de los principales noticieros, pero pocos eligen hablar con ellas. Las cámaras apuntan, fijas, hacia el techo del complejo, mientras que los movileros crean su propia versión de los hechos. “En este momento los presos están arriba del techo, armados, y hay riesgo de fuga”, inventa el periodista del canal que, alguna vez, dijo estar firme junto al pueblo. Quizás imagine que un avión se posará frente a ellos y los sacará del lugar, pero no lo dice.


Durante toda la tarde, una angustia extra sacude a las familias a modo de rumor: dicen que habría tres muertos. Nadie puede confirmarlo, pero suena verosímil; eso es lo peor de todo. Esta vez no los hubo. En sus teléfonos circulan videos en los que se ven cuerpos repletos de marcas de impactos de bala; muchos heridos y golpeados.
Hay un video en particular que genera rabia: un interno yace acostado en un colchón con toda la gomaespuma raída; él también está roto. Hay sangre por todos lados, una pierna evidentemente fracturada. Sus compañeros comentan que cayó desde el techo. El pibe llora. Las lágrimas se mezclan con la sangre que tiene en la cara. Muestra fotos de su hijo a la cámara y grita “todo esto es por vos, hijo. Te amo”. El miedo es lógico si se añade a los videos la conocida historia de crímenes estatales que se perpetúan intramuros. Sólo esta semana fueron asesinados Federico Rey, en la Unidad 23 de Florencio Varela, y José María Candia, en un Penal de Corrientes.


Mientras cae la tarde, llega la noticia que se firmó un acta que compromete a las autoridades judiciales y penitenciarias a relevar la situación dentro de la cárcel. Habrá una reunión entre varias autoridades para intentar empezar a otorgar prisiones domiciliarias. Si esa fuera finalmente la situación, lo que muchos genocidas han ido consiguiendo con lobby en las últimas semanas, los presos comunes tal vez lo consigan con manifestaciones de este estilo. Cada cual pelea por sus derechos como puede. Fueron casi diez horas de protesta y resistencia.


Villa Devoto es uno de los barrios más caros de la ciudad más cara del país. El vecindario, que claramente preferiría que allí hubiera un shopping o unas torres de edificios, tiene miedo. La pandemia, en algún sentido, los iguala con los presos. Ese adentro cruel, tanto como el desprecio que llega desde afuera, se hace uno solo. El miedo a la muerte se instala entre los vecinos y vecinas. Aunque no puedan pensarlo siquiera, es el mismo miedo que sienten adentro. Todos son seres humanos, aunque no tengan los mismos derechos.






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