3 abr. 2020




En Villa Fiorito funciona un comedor comunitario. 60 familias reciben allí su vianda diaria, que muchas veces es la única comida del día. Visitamos el espacio para charlar con las referentes del espacio y compartir un fotoinforme. (Por La Retaguardia)

✏ Texto: Agustina Salinas
📷 Fotos: Agustina Salinas
💻 Edición: Fernando Tebele


“Acá hay de todo: gatos, perros, un chancho, mis hijos…”, dice entre risas Patricia Iñiguez, referente del MTE (Movimiento de Trabajadores Excluidos), mientras nos invita a entrar a su casa, transformada en el comedor popular 10 Patitos para que sus vecinas y vecinos de Fiorito accedan a su vianda de comida. En distintos barrios del Gran Buenos Aires, donde los balcones no existen, y no se aplaude a las 21 horas ni se puede cumplir el encierro, la rutina no cambió demasiado. Quienes sobreviven con changas, con cartoneo, con la comida justa para el día, no pueden hacer cuarentena por un hecho vital: tienen que salir a buscar el mango para comer. A las 10 de la mañana, los vecinos y vecinas acercan las bolsas con tuppers que se amontonan en la cocina de la casa. En Fiorito, el comedor funcionaba tres veces por semana y desde el decreto de aislamiento social obligatorio se fusionó con el Centro De Día Uniendo Fuerzas y extendieron a 5 los días para repartir comida.
Sí, en la casa de Pato hay gatos, gatitos bebés y perros durmiendo, caminando por la casa y en la terraza vive el chancho. Se lo regalaron hace un año: “mi hijo lo hace dormir, le gustan las caricias”, dice. El chancho se asoma cuando nos escucha y se para en dos patas para que lo acariciemos. Patricia vive con sus 6 hijos y con Tamara, referente del Barrial Uniendo Fuerzas Vientos de Libertad-MTE, en el que es la única mujer. También habitan la casa sus nietas y nietos; el último nació hace una semana. Toda la familia aporta sus manos en el comedor para que la porción de comida les llegue a las 60 familias, o a veces a más, porque algunas instituciones de la zona donde se repartían viandas cerraron sus puertas. La familia pone a disposición su casa para dar a las familias del barrio la que quizás sea la única comida del día. Tanto Patricia como sus hijas e hijos cocinan con los insumos que les destinan desde el Ministerio de Desarrollo Social. Allí también aportan los pibes que trabajan en el Barrido del barrio, pero para no estar expuestos en la calle colaboran cocinando y sirviendo la comida. En la mesa hay una pila de folletos informativos sobre los cuidados y prevenciones contra el coronavirus para que repartan en el vecindario quienes hacen lo que pueden con los pocos recursos que tienen. Fiorito es un barrio que carece de servicios básicos: no hay cloacas ni agua potable; junto al hacinamiento, esas condiciones de vida preexistentes a la pandemia potencian el riesgo de contagio. En el comedor respetan las distancias entre personas. A las 13 horas, se van acercando para retirar su vianda desde la puerta y evitan que se generen aglomeraciones. Hoy tocó arroz con salsa y carne, mañana no sabremos si alcanzarán las porciones cocinadas, o si habrá que reforzar con algo más. La única certeza en ese lugar es que Patricia se encargará de que ningún pibe se quede sin comer.
















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