4 jun. 2020



El violento ataque a la comunidad qom en Chaco fue, esta vez, registrado y atendido por los medios tradicionales de comunicación. Sin embargo, las persecuciones y la discriminación que sufren los pueblos originarios son cotidianas y se repiten en todos los gobiernos. Graciela Duarte, la tía de Alejandro Saravia, uno de los pibes torturados, dialogó con el programa radial La Retaguardia y contó el episodio de esta semana, pero también detalló descarnadamente el constante maltrato y humillación a la que su pueblo se ve sometido históricamente. (Por La Retaguardia)


🎤 Entrevista: Fernando Tebele/Pedro Ramírez Otero
✏ Redacción: Diego Adur
💻 Edición: Pedro Ramírez Otero
📷 Foto de portada: Revista Cítrica

El video y las imágenes de la crueldad con la que se manejó la policía para golpear y torturar a jóvenes qom del barrio Bandera Argentina de Fontana, en Chaco, expresan por sí solas la violencia y el desprecio que algunos sectores de la sociedad sienten por los pueblos originarios. Lamentablemente, no es un hecho aislado. Estas vejaciones se repiten continuamente con el pasar de los años y los gobiernos. La diferencia fue que esta vez las familias pudieron registrar el episodio y tuvieron el valor para compartirlo. Allí se observa claramente como efectivos de la policía de Chaco tiran una puerta abajo y golpean incansablemente a las personas presentes, para luego llevarlas a la comisaría para seguir siendo torturadas, tanto física como psicológicamente. En el caso de las mujeres, con abusos sexuales incluidos.
Graciela Duarte es la tía de uno de los chicos violentamente golpeado por la policía. Sus palabras transmiten dolor, pero no es un dolor nuevo. Ella y toda su comunidad están cruelmente habituados a sufrir estos castigos, solamente por ser parte de un pueblo originario. Sus palabras también transmiten esperanza de que se haga justicia: “Mi sobrino no está nada bien. Ninguno de los chicos. Tiene un ojo muy hinchado y no puede ni comer. Lo lastimaron muchísimo. No es, como dicen, que son chicos que andan robando. Mi sobrino es deportista y está estudiando psicología. Me encantaría que esto se investigue a fondo. Somos una comunidad perseguida desde hace muchísimo tiempo. El Estado y la Nación tienen una deuda con nuestros pueblos. No es por esta pandemia. Se dio a conocer porque lo grabaron, pero estas persecuciones vienen desde hace muchísimo tiempo. Somos un pueblo maltratado y discriminado. Las imágenes hablan por sí solas. Yo le pido al presidente, ya que solidarizó, que tome cartas en el asunto. En este barrio y en el barrio Cacique Pelayo se aumentaron las persecuciones. Necesitamos que nos escuche la justicia. Nosotros somos pacíficos. Si hubiésemos sido intolerantes, hace tiempo nos habríamos levantado para ir a Casa de Gobierno o a cortar rutas. No somos así. Somos un pueblo educado, muchas veces sumisos, para evitar que les peguen a nuestros hijos y a nuestros nietos”, expresó.

Duarte dio un ejemplo que grafica que la persecución a los pueblos originarios no es algo nuevo: “Yo me capacité en derechos humanos. Estuve en el Congreso nacional dos veces, contra la violencia institucional. En 2010, sufrí la muerte de un tío mío. Su hija también murió buscando justicia. Hasta el día de hoy, nosotros no encontramos un abogado que nos represente penalmente para investigar. Yo trabajaba con el juez de garantías, limpiándole la casa. Jamás me dijo que pasó con mi tío. Me lo entregaron en una bolsa negra, ni siquiera en un cajón. Hasta el día de hoy no sé qué le pasó. Quedó como muerte dudosa. Yo hablo con conocimiento. Tengo pruebas de lo que sucede en nuestra comunidad. Ya sucedió en el gobierno de (Jorge) Capitanich hace 10 años y ahora nuevamente. El gobernador tiene que ser investigado”, exigió.
Las torturas y humillaciones a los que sometieron a chicos y chicas tienen, además del dolor físico, un componente psicológico. “A una chica la encerraron en el calabozo, le tiraron alcohol y la amenazaron con que la iban a quemar con cigarrillos. La manosearon, le apretaron sus senos, le pegaron. Torturaron a dos jóvenes mujeres y a los chicos. A mi sobrino le sacaron la ropa. Le pasearon por toda resistencia en shorcito. Le tiraban la rueda de auxilio y se paraban arriba. Está totalmente torturado. No puede dormir de noche, se larga a llorar. Es una persona que se estaba instruyendo para aportar a esta sociedad. Necesitamos un abogado que represente a las familias y lleve esto hasta el fin, caiga quien caiga. Hay malos policías que actúan contra la comunidad. Yo pido justicia. Psicológicamente, las chicas están muy mal. A una de ellas el lunes tuvo que ir la ambulancia para ponerle un calmante porque le dolía en las partes donde ellos la lastimaron. Se le subieron encima y la pisaban. El otro chico tiene marcas en el rostro de no sé qué arma. El pueblo originario no tiene ayuda psicológica ni económica. No tiene nada, ninguna herramienta. Vivimos de artesanías. Yo soy empleada doméstica. Mi sobrino está intentado darles una mejor vida a sus hermanas más chicas. Por eso él se esmeraba en hacer deporte y estudiar. Estudiaba psicología porque quería saber qué pasa en la mente humana que nos tratan de esta manera. Nosotros jamás le enseñamos a odiar. Siempre ayudamos en todo lo que pudimos. La madre no puede hablar por el dolor que tiene. No solo en el cuerpo sino en el alma y el corazón. Está desgarrada”, dijo.

El reclamo histórico de la tierra

La tía del joven torturado por la policía hizo un repaso general sobre la situación actual que se vive en Chaco y la desidia a la que se enfrentan los pueblos originarios de la provincia: “Nosotros somos argentinos originarios. Somos dueños de esta tierra. El Estado tiene una deuda con nosotros. Nos están sacando todo. Lo que falta es que nos encierren y exterminen. Qué culpa tenemos nosotros de este flagelo que trajeron; la droga, la delincuencia. No podemos vivir entre las comunidades criollas. Ellos quieren que vivamos en un basural. Quieren seguir sacándonos de la ciudad. El Chaco está cada día peor. Es una desidia total de injusticia. Un abandono. En los centros de salud no hay medicamentos. No hay nada para la odontología. Se pasan todo el año diciendo que hicieron esto y lo otro, pero entregan las viviendas con todas las falencias que tienen. No tenemos derechos. Nos sacan el monte, nos sacan las tierras”, denunció.

Un grito por justicia

“En algún momento vamos a tener justicia. No nos vamos a manifestar. El pueblo nos apoya. Yo quiero creer que hay justicia y que Alejandro también lo crea. Lo que hicieron fue algo aberrante. Si la no nos escuchan entonces se va a levantar el pueblo originario en todo el territorio del Chaco. Pido al presidente que nos escuche y que nos de justicia. Nosotros no pensamos que toda la policía es mala ni que todo gobernante es malo. Quieren que nosotros seamos salvajes. No somos así. Nos estamos capacitando. Dentro de toda la falencia que tenemos, nuestros hijos van a la escuela. Las maestras de Chacho son extraordinarias. No todo es malo. Pero hay muchísima injusticia y discriminación para nuestro pueblo”, manifestó.

Ser originario y enfrentar la pandemia

Ya sabemos que no todas ni todos atravesamos la pandemia de COVID-19 con las mismas posibilidades. En esos sectores donde el Estado brilla por su ausencia es donde más golpea el contexto actual: “La violencia es hacia los pobres. Dan información falsa. Inventaron un brote de COVID-19 en el barrio toba. Los doctores habían dicho que tenían COVID sin haberles hecho el hisopado. Los dejaron en el hospital tres días sin comer y firmaron un acta de retiro voluntario para que volvieran a la casa. Al otro día vino el camión y las topadoras a tirar tierra para que no salgamos de las casas. Nos enterraron vivos en nuestro barrio. Empezaron a correr a la gente y les decían que se quedara en su casa. No es el mismo trato a los pueblos originarios que a las personas criollas. Esto no viene solo de esta pandemia. El virus está en la cabeza de los gobernantes. No les importa que la gente esté infectada. Se mueren por tuberculosis, por diabetes, por desnutrición”, denunció.

“La dignidad del aborigen”

Graciela Duarte habla de dignidad y la impotencia crece. Una persona a la que le quitaron todo lo que su pueblo tenía, una comunidad que es atacada sistemáticamente, discriminada y apartada. Habla de la dignidad de sostenerse sin pedir nada a cambio, del sacrificio como si sus oportunidades no fueran exponencialmente distantes de las del resto de la humanidad. Habla y hace tambalear hasta a los más retrógrados que pontifican la meritocracia como forma de ascenso social: “Yo tengo mucho dolor. No quiero que mis hijos odien. Tengo cinco hijos y ninguno tiene planes sociales. Todos terminaron sus estudios secundarios. Yo les enseñé el sacrificio del trabajo. Mi marido trabaja en el Mercado Central de frutas y hortalizas. Yo soy empleada doméstica desde los diez años. Me levanto a las seis de la mañana a pesar de mis problemas de salud. Mi marido es discapacitado y sigue trabajando. En esta pandemia no nos dieron nada ni pedimos nada. Jamás recibí un plan del gobierno. Aunque nos capacitemos, no hay lugar para nosotros. Tenemos que seguir limpiándole los pies y los baños a esta sociedad. Es para ellos nomás, no para estos aborígenes sucios, como nos llaman. Tengo dignidad como aborigen, como mi madre me enseñó. Ella murió descalcificada. Era de la etnia toba. Me decía ‘vas a tener que comer raíces, pero no toques lo que no es tuyo’. Yo voy a pelear por mí y por mi familia. El gobierno de turno te empieza a palmear y después se olvidan de sus promesas. Quiero creer que hay justicia”, finalizó.

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