14 jun. 2020



La médica generalista Charo Blasco, en su columna Destrozando la Salud del programa radial A mi no me importa, compartió algunos relatos que dan cuenta de cómo se vive la pandemia de COVID-19 desde la perspectiva de los y las trabajadoras de la salud. El último de estos escritos es de Belén Brizuela, también médica, reformulado con su autorización y con los nombres cambiados para preservar la identidad de las personas. Mientras los medios tradicionales muestran números y hablan de casos, aquí elegimos ponerles nombres y contar sus historias, aunque nos embargue la tristeza. (Por La Retaguardia)


✏ Redacción: Charo Blasco/Belén Brizuela
💻 Edición: Pedro Ramírez Otero/Fernando Tebele
🖍️ Ilustración: Lorenzo Dibiase


De un tiempo a esta parte, el grupo de whatsapp que comparto con mis amigas, el que usábamos para arreglar cómo ir a los partidos del Argeñero o en la casa de quien tocaba juntarse en la semana, se llenó de estos mensajes:

🔔 Me mandó un mensaje, me dijo que no sabía dónde estaba, que le habían hecho el hisopado. La subieron a un remís y la llevaron a un predio pero nadie le dijo dónde era. Le pedí que me mande la ubicación por whatsapp, le explique como hacerlo... 

🔔 Estuve hasta las ocho esperando la ambulancia con él ahogándose. Un código rojo de SAME tardó más de cinco horas. Todo después de haberlo mandado a la guardia el día anterior y que sin más le dijeran que mejor volviera a su casa.

🔔 Che, Charo, se fue Inés. Se la llevó el COVID… 
Y yo pensé: eso y haber vivido la vida entera con las necesidades básicas insatisfechas y subiendo la escalera caracol de su casa de rodillas los últimos diez años, porque ya no podía hacerlo de otra manera por la artrosis.

🔔 Nos reunimos antes de empezar el operativo, nos hicieron entrar en calor, mover las articulaciones, bailar el carnavalito, y respirar mientras una persona tocaba un cuenco y otra la flauta. Había que estar energéticamente listas y lindas para la foto, para salir a buscar personas con contacto estrecho de otras personas con hisopado positivo en el barrio.

🔔 Che, amiga, te queria contar que ayer falleció Teresa...  
Yo la conocía de haberla atendido algunas veces en la salita, para ella yo era “esa la que está toda escrachada”, porque tengo tatuajes. Tenía 30 años y cáncer de cuello de útero, alcanzó a despedirse de uno de sus hijos por teléfono, estaba sola en el hospital, por esto del COVID-19.

Ayer a la mañana, una de mis amigas nos mandó un mensaje, decía algo como “creo que acabo de presenciar el récord de las desgracias en tiempos de COVID”. Después no supimos nada más de ella hasta la noche, cuando nos compartió un relato que hoy me gustaría compartir con ustedes.

🔔 Como todos los días, abrimos la pantalla y vemos cómo se va alargando la lista de las personas con COVID. ¿Cómo que lo mandaron a la casa y era positivo? ¿Cómo que no saben que vive con diez personas y comparte el baño con otras veinte? ¿Cómo que le empezó a faltar el aire y el SAME no fue? ¿Cómo que no sabes dónde está tu familia? ¿Cómo no te comunicaron nada? ¿Como que te echaron del trabajo porque tenes COVID?
Hoy, a las 9.24 me senté para llamar a Juan. Él vive con su papa Severo, su hermana Ana y su mamá Rosa. Este es el llamado que hago a diario desde que internaron a Severo y a  Ana en distintos hospitales, por diagnóstico de COVID. ¿Cómo estás Juan? ¿Cómo está Rosa? ¿Hoy tuvieron algún síntoma? ‘Doctora’, dijo con la voz entrecortada. ‘Paso una tragedia’. La angustia que tengo, ya habitual, se transformó en una presión en el pecho, bien fuerte. No podía imaginar qué cosa empeoraría su situación. Ya sabía que Severo empezaba a necesitar oxígeno, nos lo habían comunicado desde el hospital; y Rosa, con muchas enfermedades crónicas, dependía de que Juan no enferme.
‘Mi mamá falleció anoche’, dijo. Fue a levantar Rosa, a la hora de la cena y ella no respondió. Llamó al SAME. La ambulancia la llevó al hospital y él no puedo ir porque ambos estaban haciendo aislamiento por contacto estrecho con personas con diagnóstico de COVID-19. Lo llamaron horas después, para comunicarle que la madre había fallecido de un probable ACV sin más explicación, y le pidieron que se acerque a la mañana siguiente a retirar el certificado de defunción.
Juan no sabía cómo ni cuándo comunicarle a Ana, su hermana, sobre el fallecimiento. Y mucho menos a Severo, ya que sabía que su estado de salud estaba empeorando. Él, en aislamiento, se acercó al hospital donde está Severo, su papá, para llevarle algo de ropa. Habló con lxs medicxs y les pidió que no se le diga nada, tenía miedo que la noticia lo empeore.
Le pregunté cómo le parecía hacer con Ana, si necesitaba algo del equipo de salud. Él prefirió que seamos nosotras quienes le contemos la noticia.
Conocí a la familia en el 2019, cuando abrió la salita. Rosa entró al consultorio en una silla de ruedas empujada por Juan. Ella, una mujer adulta mayor, hablaba con firmeza y mirada profunda. Sabía su medicación, las dosis exactas y los horarios de toma. Me pidió explicaciones sobre las múltiples intervenciones que le había hecho en el último año, no confiaba.
Vuelvo a llamar a Juan para avisarle que van a ir a ver Ana y comunicarle la noticia. Me atiende y me dice que está en la entrada del Hospital, donde la policía lo retiene: ‘No me dejan irme’. Le habían avisado por teléfono que su madre era COVID positivo. ‘Me retienen porque quieren que me hisope doctora’. Le pido que me pase con las fuerzas de seguridad, escucho que se niegan a hablar. Llamo a una conocida que está en el hospital, ella avisa a la guardia para que alguien se acerque a ver qué pasa con Juan, él solamente quiere despedirse de su madre. El médico de la guardia le comenta que en la madrugada, la ambulancia dejó ‘tirada’ -cito textual- en una camilla a una señora que no podía hablar ni identificarse. Que llamaron a la policía notificando una NN y ausencia de familiar de la misma. Entonces me llaman y la historia de Rosa coincidía con la señora NN que permanecía aún sin poder ser identificada.  Juan seguía retenido en la puerta del hospital, entonces el médico de la guardia decidió sacarle una foto a la señora y mostrarsela a ese ‘tal Juan’ que estaba buscando el cuerpo de su madre. Duelandola, desesperado y sin poder irse a su casa ni ser escuchado por quienes lo retenían. Juan reconoce que efectivamente la señora era Rosa.
¿Diagnóstico? Traumatismo de cráneo por una caída con sangrado intracraneal que la dejó sin habla, pero en la guardia lo único que se hizo fue hisoparla para ver si tenía COVID-19.
Rosa no puede hablar, no puede preguntar qué le pasa, no puede ni decir su nombre. Pero está viva”.

Al momento de publicar estas líneas, Rosa había fallecido.


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