4 sept 2020



Martín Toledo, hijo de Vicente, un trabajador del Astillero Agustín Cadenazzi detenido desaparecido el 25 de septiembre de 1976, planteó este interrogante al Tribunal Oral Federal en lo Criminal N° 1 de San Martín. Las audiencias que investigan los crímenes de lesa humanidad de la Megacausa Campo de Mayo se desarrollan todos los miércoles de manera virtual. Allí, familiares de las víctimas dan su testimonio en busca de justicia. (Por La Retaguardia)


✍️ Redacción y crónica de la audiencia: Diego Adur 
💻 Edición: Pedro Ramírez Otero
🖍️ Ilustraciones: Paula Doberti/Eugenia Bekeris (Dibujos Urgentes)


En la audiencia del miércoles 26 de agosto declararon familiares de Martín Vicente Toledo, detenido desaparecido el 25 de septiembre de 1976, en Rincón de Milberg, Tigre. Dieron testimonio su hijo, Martín Adrián Toledo; su esposa y su hija, cuyos nombres resguardaremos por pedido familiar.

Relataron cómo fue el operativo esa madrugada, cuando las piedras lanzadas por los militares despertaron a la familia, y los gritos buscando a Vicente les inundaron los oídos. Al domicilio de la calle Gutiérrez y Segurola, partido de Tigre, subieron tres personas vestidas de civil. La esposa de Vicente recordó en detalle a dos de ellas: “El primero era un muchacho joven, de 40 años, pelito corto, pantalón marrón y chomba beige. El segundo era flaquito, no muy alto, vestía jean y camisa escocesa y tenía pelo con rulos”, describió. Luego, por medio de los vecinos y vecinas, se enteraron de que Toledo fue subido al baúl de un Ford Falcon. Al día de hoy continúa desaparecido. Marta también nombró al “Oficial Plaza”, quien la atendía cuando ella visitaba la Comisaría de Tigre para preguntar por Vicente. “Él me recomendó que me vaya a dormir a lo de algún familiar porque volvían y me llevaban un chico”, dijo.
De la casa de Toledo se llevaron ropa de Vicente y suya, una plancha, una licuadora y “hasta una espadita de San Martín de la Revista Billiken se robaron esas ratas”, mencionó Martín en su declaración testimonial. Todos esos efectos personales aparecieron algunos días después. A la casa donde vivía la familia, llegó una citación de Prefectura para Toledo. La esposa de Toledo fue con su cuñado y la persona que la recibió le entregó una “bolsa de arpillera, con verdín” que tenía todo lo que se habían robado de su casa. Le dijeron que la habían encontrado en el Puente de Rocha, después de un llamado anónimo. También le afirmaron que la desaparición de Toledo debía ser obra de sus compañeros, algún tipo de venganza. Repasando los hechos, Martín, que al momento del secuestro de su padre tenía casi 8 años, argumentó: “En 10 días esa bolsa no pudo haber juntado verdín. Una bolsa con una licuadora y una plancha se hunde”.
Martín Vicente Toledo trabajaba en el Astillero Agustín Cadenazzi. Era delegado gremial y junto a sus compañeros habían conseguido muchos derechos para los trabajadores de los Astilleros Astarsa (Astilleros Argentinos Río de la Plata S.A.). Habían conformado la Agrupación Alesia, de la que formaban parte decenas de trabajadores desaparecidos.


La esposa de Vicente Toledo




Cerca del final de la comparecencia de la esposa de la víctima, el abogado defensor oficial, Juan Carlos Tripaldi, intervino con intenciones de desacreditar la declaración de la testigo. Ante la pregunta de la fiscal Gabriela Sosti acerca de la edad de su marido al momento de su desaparición. Ella dijo estar convencida de que tenía 33 años, pero que “ayer alguien le había dicho que tenía 34”. Tripaldi inquirió a la testigo sobre quién era la persona con la que había hablado el día anterior a su declaración con intención de manifestar que su testimonio podría haber sido preparado. Pablo Llonto, querellante por familiares de las víctimas, intervino y le respondió al defensor que la testigo era una víctima y podía hablar con quien ella quisiera antes de la declaración. Sosti reforzó el mismo argumento ante el Tribunal. A pesar de que no tenía que continuar con su respuesta, la testigo aseguró que todo lo que ella estaba declarando era porque lo recordaba a la perfección, a excepción de algunas fechas precisas o direcciones. 

El hija y la hija de Vicente y su esposa, relataron al Tribunal las consecuencias que ha tenido en sus vidas la desaparición de su papá y aseguraron que no buscan venganza sino justicia. 


Marcela Alejandra Toledo, hija de Vicente Toledo



“Al menos encontrar sus cuerpos”

Es lo que pretendía Marcos Andrés Testa, que en la audiencia del 19 de agosto declaró por las desapariciones de su padre, Anibal Testa, apodado Marcos, quien trabajaba en los Tribunales de Córdoba; y su madre, Elena “la Gringa” Barberis, estudiante de medicina. El secuestro se produjo el 11 de septiembre de 1976. Tenían 21 y 22 años. Marcos no había cumplido los 2 años de vida.
El hijo de Anibal Testa contó acerca de la búsqueda incansable de sus abuelos y las secuelas que dejaron en él la desaparición de su papá y de su mamá: “Mis dos abuelos están fallecidos. Cuando perdieron la esperanza de encontrarlos al menos pretendían encontrar sus cuerpos. Yo recurrí al alcohol para entender y pasar todo esto. Recién a los 40 años pude rearmar mi vida y hacer una familia. Tengo 2 hijos”, compartió con el Tribunal.

“¿Usted no sabía en qué cosas andaba su hija?”

Con esa pregunta, el militar que comandó el operativo de secuestro de María Teresa Álvarez increpó a la familia. Quien lo testimonió en la audiencia virtual del 19 de agosto fue María Aurora Álvarez, hermana de Teresa: “Éramos 5 hermanos. Teresa era la tercera. Éramos militantes activos de las parroquias y los grupos juveniles”, declaró. Tenía 21 años al momento de su secuestro, el 17 de noviembre de 1976. Estudiaba sociología y trabajaba en una fábrica textil. La búsqueda de la familia Álvarez dio en algún momento con el cura Emilio Grasselli, secretario del Vicariato Castrense de la dictadura. Como a todas las familias que iban en busca de su ayuda, el sacerdote los ignoró, les dijo: “vayan a cuidar a sus otros hijos”.

Tita, como la apodaban sus compañeros y compañeras de militancia, llamó a su casa días después del secuestro. “Decía que estaba bien, que se iba a ir con una monja a la provincia. Yo no le creí nada”, aseguró Aurora. Y agregó: “Es necesario que se haga justicia. Que no se juzgue solamente a los que dieron las órdenes sino también a las manos ejecutoras. Agradezco a los sobrevivientes por el coraje y la valentía. Los valores de mi hermana siguen moviendo a la familia”. Por último, citó a Vincent Van Gogh: “El molino ya no está, pero el viento sigue todavía”.

El operativo que invadió la casa de Ayacucho 1164 en San Fernando, partido de Tigre, para llevarse a Teresita, se repitió días después con mucha más violencia: “Durante todo el tiempo tuve un revólver en la cabeza. Quedé inmóvil por temor a que me dispararan”, declaró Javier Ignacio Álvarez, siguiente testigo y hermano de la víctima. Habló también del dolor por la impunidad y los años sin justicia: ”Duele el silencio. Hoy duele la ignorancia. Si bien hay un nunca más, mucha gente parece haberse olvidado de lo que pasó”, expresó.

Luego fue el turno de Cristina Aldini, militante de Montoneros Zona Norte, quien estuvo secuestrada en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), para hablar de su amiga María Teresa Álvarez. Cristina hizo un relato muy detallado del clima político y social de la época, y contó acerca de los sueños e ideales de la juventud militante de ese momento: “Tere y yo fuimos parte de miles y miles de jóvenes. Era un momento histórico privilegiado, a pesar de los momentos posteriores y las perdidas del genocidio. Ese momento fue el sentido de esas luchas y la entrega de sus vidas. Tere tenía 21 años cuando la secuestraron. En esos 21 años entregó mucho. La gente estaba muy esperanzada”, fue una parte de la extensa declaración, en la que también aprovechó para agradecer el desarrollo de estos juicios por crímenes de lesa humanidad: “Estas declaraciones son una gota de tiempo que vale mucho. Los familiares y las organizaciones han debido desenterrar las informaciones. Estos juicios son únicos en el mundo. Memoria, Verdad y Justicia nos salvan de un futuro de impunidad”, destacó.
Aldini se despidió con un extracto del poema Elegía, de Miguel Hernández, que “le encantaba” a su amiga.


Cristina Inés Aldini, amiga de María Teresa Álvarez

 


Pedido de incorporación de prueba y testigo por parte de la Fiscalía y las querellas

Ese miércoles declaró también Jorge Enrique López Calvo, hermano de María Eugenia López, detenida desaparecida el 13 de septiembre de 1976. Si bien el testigo no pudo aportar demasiados datos sobre el secuestro de su hermana, sí contó de un libro escrito por un exfiscal italiano, Pino Narducci, que relata los hechos ocurridos en un tiroteo en las calles Segurola y Nueva York, de la Ciudad de Buenos Aires, donde murieron militantes de la Juventud Guevarista.
La doctora Gabriela Sosti, en representación del Ministerio Público Fiscal, con el acuerdo de las querellas intervinientes en el juicio, pidió incorporar como nueva prueba el libro El minuto, de Pino Narducci y convocar al autor como testigo en este tramo de la megacausa.

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