22 sept. 2020






Ramona Esther Gastiazoro y Carlos María Brontes tuvieron 4 hijas mujeres y 2 hijos varones. A Ramona la secuestraron el 9 de marzo de 1977 y Carlos falleció nueve meses después, el 24 de diciembre de ese año. Sus hijos e hijas brindaron testimonio de manera virtual frente al TOF 5 de San Martín, contaron sus historias y recordaron a su mamá y a su papá. (Por La Retaguardia)

✍️ Texto y cobertura en juicio 👉 Diego Adur
💻 Edición  👉 Fernando Tebele
🖍️ Ilustraciones: Paula Doberti/Dibujos Urgentes


En la audiencia del miércoles 16 declararon familiares de Ramona Esther Gastiazoro de Brontes, detenida-desaparecida el 9 de marzo de 1977 en su casa de Asunción 3320, Ciudadela, Provincia de Buenos Aires; y de Carlos María Brontes, que murió tiempo después del secuestro de su compañera.
Dieron testimonio sus hijas, Adriana Delfina y María Esther Brontes, que estuvieron presentes en el momento del secuestro de su mamá; y sus hijos, Carlos Miguel y José Emilio Brontes, quien para marzo del ‘77 estaba preso en la Unidad Nº 9 de La Plata. A partir de sus declaraciones, sabemos que Ramona “era bajita, de tez blanca y ojos marrones. Tenía sobrepeso. Era enérgica, sargentona”.
Del operativo participó “gente con pantalones verdes y botas negras”. Contó Adriana que despertaron a la familia a los gritos y entraron con sus armas. “Eran entre 10 y 15 personas”, dijo María Esther. En la casa, además de ellas dos y Ramona, había dos hermanas más, Nora y Graciela, y el tío de las testigos, Pedro José Brontes, quien también fue secuestrado y recuperó su libertad. 
Los militares buscaban a su papá, Carlos María Brontes, que no había regresado esa noche a dormir a su casa porque sufrió un accidente y quedó internado. También preguntaban por Carlos Miguel. Durante el interrogatorio, a Adriana y a María Esther las acosaron y torturaron de formas horribles. Vendadas como estaban, las 4 hermanas pidieron, una a una, permiso para ir al baño. Así lograron identificar quiénes se encontraban en la casa. También se dieron cuenta que su mamá y su tío ya no estaban: “Una vecina vio coches Falcon, pero no vio cuando se llevaron a mi mamá y a mi tío. Ella después nos acobijó”, le contó Adriana al Tribunal.

Los secuestradores pasaron todo el día en la casa de las testigos. Las obligaron a cocinarles, todo en un absoluto silencio: “No tienen que hablar ni respirar porque las vamos a matar a todas”, las amenazaron. 
Más tarde llegó un primo del papá de las jóvenes, Santiago Esnel, que venía a avisarles sobre el accidente de Pedro. A él también lo golpearon. Cuando se fue de la casa, Esnel se encontró en el colectivo con Carlos Miguel, quien había pasado por la casa, pero al ver la persiana baja —un código que tenía con su madre para avisarle si podía entrar o si “en la casa había visitas raras”, contó Carlos— siguió de largo y se marchó sin ingresar al domicilio: “Me contó que en casa habían estado los militares y se habían llevado a mi mamá y a mi tío Pedro. Mis hermanas estaban en lo de una vecina. La persiana baja era una contraseña, había pasado algo”, declaró.






Después de la liberación de su tío, las hijas y los hijos de Ramona pudieron concluir dónde estuvo secuestrada su mamá: “Él pensó que estuvo en Campo de Mayo. Por el olor a bosta era una caballeriza, nos dijo. Escuchaba un tren que pasaba a cada rato, un tren eléctrico. Escuchaba que hablaban de ‘la gorda’. Él presumía que hablaban de mi mamá. Estuvo todo el tiempo vendado y encapuchado. Lo liberaron cerca de Moreno. Se fue caminando y se tomó el tren para Ciudadela”, contó Carlos.
El papá de las y los testigos falleció tiempo después de la desaparición de su esposa: “Yo estaba detenido en La Plata. A fines del ‘77 me visitó mi padre. Estaba desconsolado, muy triste —contó José Emilio en su declaración testimonial—.  Me pidió que me cuidara y cuidara a mis hermanas. Me comentó que había ido a la Iglesia Stella Maris (frente al edificio de la justicia federal en Comodoro Py) a preguntar por mi mamá. Le habían dicho que no buscara más porque iba a tener malas noticias. Se sintió muy mal e impotente. Vino a avisarme eso, me dijo que era un golpe muy fuerte para él. Al poco tiempo, en diciembre del ’77, tuvo un derrame cerebral y murió”.

En el año 2000, gracias a la gestión de Juan Carlos ‘Cacho’ Scarpati, quien consiguió fugarse de Campo de Mayo, los hermanos Brontes se contactaron con Beatriz Castiglione de Covarrubias, quien también estuvo secuestrada allí junto a Ramona. Beatriz estuvo prisionera en ese centro clandestino desde su secuestro, el 17 de abril del ’77, hasta su liberación, el 3 de mayo de ese año. “Ella calculaba que para el 25 o 26 de abril hicieron un traslado en el que estaba mi mamá”, declaró Carlos Miguel. Traslado siempre fue el eufemismo más frecuente para maquillar a la muerte y la desaparición dentro de la burocracia del genocidio.

Al finalizar la audiencia, el abogado defensor oficial de los genocidas, Juan Carlos Tripaldi, aceptó incorporar la prueba del libro ‘El Minuto’, de Pino Narducci, tal cual había solicitado la fiscal Gabriela Sosti, pero sí a la citación del autor para su declaración testimonial. El miércoles que viene el Tribunal deberá dar una respuesta.

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