17 nov 2020



En las audiencias del 28 de octubre y el 4 de noviembre, declararon Juan Eduardo y Laura Carolina, hijo e hija de Juan Aristóbulo Hidalgo Pereyra, secuestrado el 12 de abril de 1977, y de Elba Inés Fresno, detenida una semana después, en Munro. También brindaron testimonio René Horacio Flores por la desaparición de sus hermanos, Jorge Antonio y José; y Dolores Araya, por el secuestro y la desaparición de su padre, Carlos María Araya, y su mamá, Catalina Fleming, el 9 de junio de 1977. (Por La Retaguardia)


✍️ Texto y cobertura del juicio: Diego Adur
💻 Edición: Pedro Ramírez Otero
🖍️ Ilustración: Paula Doberti/Eugenia Bekeris (Dibujos Urgentes)


Eran apenas unos bebés cuando secuestraron a su padre y a su madre. Los dejaron solos, tirados en una cama, con sus documentos encima. Fueron criados por sus abuelos, a quienes durante muchos años consideraron sus progenitores. Se trata de Juan Eduardo y de Laura Carolina, el hijo y la hija de Juan Aristóbulo Hidalgo Pereyra, secuestrado el 12 de abril de 1977, y de Elba Inés Fresno, detenida una semana después, el 20 de abril de 1977, en Munro, donde vivía la familia. 

Entre los relatos de Juan, primero, y de Laura a continuación, pudimos conocer la historia de Juan Aristóbulo Hidalgo y de Elba Inés Fresno. Se conocieron en la facultad. Cursaban Ingeniería en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), en la provincia de Mendoza. Juan había optado por Ingeniería Electrónica. Elba estudiaba Ingeniería Civil. Militaban en el Partido Comunista. En 1975 se mudaron a Buenos Aires y comenzaron a trabajar en Laboratorios Lazar, en Munro. Juan renunció en diciembre del 76 y, a la semana, empezó a trabajar en la Ford. Elba siguió en Lazar hasta que nacieron Juan y Laura, en marzo del 76. No esperaba mellizos. Por algún efecto adverso, su hijo nació con un problema congénito y tuvo problemas para caminar durante toda su infancia. Se sometió a 17 operaciones, pero ni su papá ni su mamá pudieron acompañarlo en ninguna de ellas.

El secuestro de Hidalgo fue el 12 de abril de 1977. Ese día estaba en su casa porque tenía franco en su trabajo en la fábrica. “Se lo llevó gente del Ejército en un furgón”, contó Laura. Días antes, habían preguntado por él en un comercio cercano y el dueño respondió que no lo conocía. Cuando Juan pasó por allí, el dueño del local, que sí sabía quién era, le preguntó: “¿En qué andás Hidalgo? Porque te están buscando”.

Después del secuestro de su marido, Elba se dirigió a Campo de Mayo. Llevaba documentación que acreditaba que Hidalgo no tenía antecedentes penales y también medicación, porque padecía de asma.” Ese día que se llevaron a mi papá de casa, secuestraron a muchísima gente de la Comisión Interna de Lazar. Hubo persecución”, denunció Laura y después mencionó algunos de los apodos que recordaba de esa caída, “La Negra” y “Pichi”.

El 20 de abril del 77, a la madrugada, forzaron la puerta del domicilio de Cerrito 2915, en Munro, donde la familia Hidalgo-Fresno alquilaba su vivienda. Encapucharon al dueño de la casa, quien vivía en la planta baja y se dirigieron al primer piso a buscar a Fresno. “Se la llevaron en camisón y descalza. Nos dejaron solos. Se llevaron todo. Y a mi mamá también”, relató la hija de Elba. Juan lamentó que “no dejaron ni los recuerdos”. Los dejaron arriba de una cama, con sus documentos de identidad tirados encima.

Juan Hidalgo, hijo de Juan Hidalgo Pereyra y Elba Fresno (Eugenia Bekeris)


Elba, “La Negra” por su apodo de militancia, fue vista en Campo de Mayo por Cacho Scarpati y por Serafín Barreira García.

Juan y Laura se criaron con sus abuelos, al sur de la provincia de Mendoza. Recién a los cuatro años, Laura se dio cuenta que no eran su papá y su mamá porque “eran más viejitos que los otros papás”. Durante su infancia, fueron discriminados por ser “los hijitos de los montoneros”.

Antes de concluir sus declaraciones, relataron las consecuencias de la desaparición de su papá y de su mamá, y ambos testigos solicitaron que se les quite la prisión domiciliaria a los imputados que acceden a ese beneficio: “No ha sido fácil vivir sin ellos. Tengamos el derecho a la justicia. Las personas que realizaron estos actos no pueden vivir como si no hubiesen pasado. Tienen que responder por lo que hicieron. Pido que ninguna de esas personas tenga el beneficio que no tuvieron mis padres. Que no sigan cobrando, que el embargo se efectivice. Mientras no les cambiemos el nivel de vida no van a decir qué pasó. Solicito que no tengan más prisión domiciliaria. Que no disfruten de sus ingresos como si no hubiera pasado nada. Aún trato de explicarle a mi hija dónde están mis papás”, dijo Juan Eduardo Hidalgo Fresno. Su hermana, Laura Carolina Hidalgo Fresno, expresó: “Solicito que se revoque la prisión domiciliaria de los imputados. Nos ha costado muchos años, mucha soledad y mucho dolor. No están presentes para los cumpleaños, para cuando me recibí, para cuando nació mi sobrina.  Nos costó mucho caminar con cinco o seis añitos por las calles de General Alvear y que nos dijeran que éramos los hijos de los montoneros y no nos invitaran a los cumpleaños. La sentencia no nos va a devolver a nuestros padres. Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, concluyó.

“Solo quedé yo de toda mi familia”

René Horacio Flores testimonió por la desaparición de su hermano mayor, Jorge Antonio; También tiene otro hermano desaparecido, José, el del medio. Su madre, Luz del Valle Alarcón, murió después del secuestro de su primer hijo. Su padre, Bernabé Antonio Flores, falleció hace algunos años, resignado por no poder encontrar a ninguno de los dos.

René Flores, hermano de Jorge y José (Eugenia Bekeris)


En una habitación de su casa y conectado por videoconferencia con el TOF 1 de San Martín, René fue mostrando algunos de los cuadros que hizo su hermano: “Jorge dibujaba y pintaba. Como no había trabajo con el arte, pintaba casas. Después armó un taller de dibujo”, describió el testigo. En la casa de los hermanos Flores se respiraba un clima político. Jorge estaba en la columna norte de Montoneros y José militaba en la FADU (Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo). “Había reuniones en casa. Mi hermano me decía que no me contaba nada para preservarme. Se debatían cosas que yo pude enterarme parcialmente después de su desaparición. Imprimían fotos. Intuía que mi hermano estaba en prensa y propaganda de Montoneros. ‘Alejandro’ era su nombre de guerra”, contó el testigo.

El 9 de septiembre de 1976, camino a la facultad desaparecieron a su hermano mediano, José. Jorge hizo muchas gestiones para encontrarlo, pero no tuvo éxito. En abril del 77 falleció la mamá del testigo. “Quizá por la tristeza de mi hermano desaparecido”, supuso. Después de eso, se mudó con los Flores la novia de Jorge, Paty. 

Flores tenía 29 años cuando lo secuestraron en su casa el 7 de septiembre de 1977. “Paula” y “Martín” eran los responsables del grupo donde militaban Jorge y Paty. Ese día, cerca del mediodía, “Paula llamó a casa y habló con Paty. Habían combinado una reunión en casa”, mencionó. René recordó que Paty dijo en aquel momento que había algo raro en la voz de Paula: “A las dos horas, hombres muy fuertemente armados entraron a mi casa a los gritos. Me pusieron de espaldas a la pared. Uno me dijo ‘mirá al piso y no nos mirés a la cara porque si no te va a ir mal’. Ataron a Jorge. Se llevaron a Paty al baño. Le dijeron que querían confirmar datos y en función de eso iban a dejar libre a mi hermano. Encontraron papeles de propaganda. Ella les dijo que sabía que no lo iba a volver a ver, que la dejaran despedirse. Se dieron un beso. A nosotros nos encerraron en el baño. Tiraron la llave y nos dijeron que saliéramos después de un rato. Los civiles que entraron eran una patota grande. Se identificaron como que venían de la Regional de La Plata, pero cuando mi padre fue a preguntar le dijeron que no sabía nada del operativo. Por los vecinos, sabemos que afuera había tres autos. En uno de los autos había una mujer. Suponemos que era Laura”, contó René y agregó que “Laura” podría tratarse de Patricia Dixon, quien desapareció dos días antes, el 5 de septiembre de 1977. Dixon era militante religiosa de la parroquia Nuestra Señora de la Unidad, de Olivos, grupo del que desaparecieron a la mayoría de sus integrantes. 

El testigo reclamó: “Las obras de arte de mi hermano habían desaparecido”. Se llevaron “los cuadros más lindos” de Jorge. “En mi búsqueda, reclamo estas obras de arte que para mí son un recuerdo y quiero tener”, manifestó Flores.

Una semana después del secuestro, fue hacia la casa de los Flores un militante montonero a buscar una moto que pertenecía a la organización: “Mi padre lo encaró. Ya tenía dos hijos desaparecidos. ‘¿Dónde está Jorge?’”, le preguntó su padre. Aquella persona no supo responder, pero le dijo que había podido “soportar la tortura porque no confesó”. El testigo destacó que su hermano “pudo soportar el dolor a pesar de que era asmático”.

René Flores cerró su declaración leyendo una carta que escribió para sus hermanos desaparecidos en ocasión de este testimonio: “Venir aquí es una obligación moral. Sólo quedé yo de toda mi familia. A la vez, es mi derecho. Esta justicia, sea lo que condenen, llega tarde. Y una justicia que llega tarde, no es justicia. Deja un manto de impunidad. Si no investigo yo, nadie lo hará. Si el Estado no es el gran responsable de averiguar la verdad, quién lo va a ser. Cómo se compensa el tiempo perdido con mis hermanos. No hay un resarcimiento posible a la vida sesgada. Lo peor es que están desaparecidos, porque nunca fueron encontrados sus cuerpos. Pensar es peligroso, y más para los que quieren que todo quede igual”, terminó.

“Ellos torturaban y nosotros pedimos justicia”

Dolores Araya declaró por el secuestro y la desaparición de su padre, Carlos María Araya, y su mamá, Catalina Fleming, el 9 de junio de 1977: “Tenía dos años la última vez que los vi. Tengo muy pocos recuerdos propios. He podido acordarme del color de ojos de mi madre. Era hija de irlandeses, tenía un color turquesa con algo de gris. Lo que me acuerdo de mi papá es que me hacía reír mucho”, comenzó describiendo la testigo en la audiencia virtual del 28 de octubre.

Dolores Araya, hija de Carlos María Araya y Catalina Fleming (Paula Doberti)


Tanto Araya como Fleming comenzaron a militar dentro del Cristianismo en Opción por los Pobres. Venían de familias adineradas y decidieron volcar su militancia al servicio de quienes más lo necesitaban: “Mi papá era ingeniero civil y mi mamá era actriz y modelo. Tenían una vida resuelta, económica y socialmente. Tenían familias muy sólidas”, compartió la testigo, y agregó: “La opción por los pobres era jugarse a poner a los pobres en otro lugar del que estaban. Así comenzaron su militancia política y salieron de la vida que venían llevando. Participaron en la construcción de viviendas en Salta”, contó.

La vida de Dolores junto a su mamá y su papá fue muy nómade. Se trasladaban de una casa a otra. En 1975, el papá de la testigo fue detenido en Rosario, Santa Fe. Su mamá, embarazada de siete meses, fue a rescatarlo a la cárcel. Fue un escándalo para la policía de Rosario “que una mujer embarazada libere a un hombre”.

Las persecuciones se intensificaron y fueron extensivas al resto de su familia. A su tío, Jorge Araya, hermano menor de Carlos, lo asesinó la Triple A en 1975: “Fue muy cruel. Le sumergieron las piernas en una batea de cemento y lo tiraron a un río. Mi familia pudo rastrillar ese río y encontraron el cuerpo. Lo habían fusilado con más de 70 tiros”, relató conmocionada. La esposa de su tío Jorge también fue asesinada. En su velorio aparecieron personas armadas que, claramente, buscaban seguir amedrentando a la familia.
A partir de allí, la familia Araya-Fleming comenzó a huir. Fueron a Concordia, Entre Ríos, donde nació el hermano de Dolores, Jorge Araya. Luego escaparon hacia Zárate-Campana, donde tuvieron su última residencia fija. Un día, cuando volvían de tomar un helado junto a una amiguita de Dolores, vieron que estaban allanando la casa. A la niña la dejaron en un sanatorio y le avisaron a su madre. La familia se fue a Buenos Aires. Comenzaron a vivir en diferentes hoteles. La testigo contó: “Las personas allegadas a mis padres les sugerían que se exilien, pero a pesar de que tenían todos los recursos decidieron no hacerlo”.

A fines de mayo de 1977, Dolores y Jorge fueron entregados a una compañera de militancia de su mamá. Las caídas de Araya y Fleming eran inminentes y decidieron proteger a su hija y a su hijo. Después del cumpleaños de Dolores, la primera semana de junio, la familia había quedado para encontrarse en la estación de Morón, pero Carlos y Catalina nunca llegaron. Por intermedio de un cura, se enteraron que la abuela buscaba a sus nietos y pudieron contactarla. Dolores y Jorge se reencontraron así con sus tíos en el Parque Lezama, de la Ciudad de Buenos Aires. 

En Campo de Mayo, fueron vistos por el sobreviviente Cacho Scarpati y por un oficial que dice haber visto a su padre en un techo, “creo se llamaba Ibañez”, rememoró.

Al momento de su desaparición, el 9 de junio de 1977, Carlos María Araya tenía 37 años. Catalina Fleming era diez años menor. A él le decían “Cacho”, en su militancia, y “Araña” por las redes que tejió para conquistar a Fleming. Catalina, “La Polaca”, era una mujer muy hermosa: “Había unas niñas que se juntaban en unas escalinatas a esperar que pasara mi mamá para poder verla”.

Las consecuencias que tuvo para Dolores Araya la desaparición de su papá y su mamá fueron notorias: “Mi familia quedó totalmente destruida. Era muy sólida y fue detonada por los exilios, fusilamientos y suicidios. Hubo una destrucción masiva”, relató. También habló del dolor y la impotencia de no poder enterrar a su madre ni a su padre: “Esta historia se repite, sobretodo la falta de sepultura. Es lo que más me perturba.  La ley de la dictadura militar decidió que los cuerpos de sus oponentes no iban a tener sepultura. Ese dolor que imponían a las familias era lo más terrible. Este pacto de silencio de no decir dónde están los cuerpos, qué pasó con ellos, dónde están los niños, es lo más terrible. Todas las torturas tenían que ver con que las personas hablen. Ellos torturaban y nosotros pedimos justicia. Todo hijo tiene derecho a sepultar a sus padres. Es una herida muy difícil de decir. Es algo que una carga para siempre”, concluyó.

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