18 may 2021


En una larga jornada, declaró un grupo de gendarmes que cumplieron funciones de guardia en el regimiento durante la última dictadura cívico militar eclesiástica. Describieron al Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio El Campito. Ubicaron al represor Roberto Julio Fusco, alias Pajarito, en el lugar. Pablo Llonto, abogado querellante, dio su opinión sobre estos testimonios en otra jornada intensa en la megacausa. 
(Por La Retaguardia)


✍️ Redacción: Paulo Giacobbe

✍️ Textuales: Valentina Maccarone/ Noelia Laudisi De Sa/ Agustina Sandoval Lerner/ Mónica Mexicano

💻 Edición: Fernando Tebele

📷 Fotos: Capturas de la transmisión en vivo de La Retaguardia



Feliciano Cabana comenzó su testimonio con un breve traspié tecnológico que fue resuelto rápidamente por una mujer que lo asistía en esas cuestiones; el problema eran los auriculares. Cabana dijo que se estaba recuperando después de haberse contagiado con Covid—19, que había estado internado, muy mal, y que algunas cosas, por tal motivo, no las recordaba. Pero, con mucha dificultad y la ayuda por las preguntas de la fiscal Gabriela Sosti, pudo declarar. Era el segundo gendarme del día en hablar. Antes había pasado frente al Tribunal Oral Federal N°1 de San Martín Orlando Maza, quien en un momento pareció estar interesado en hablar solamente de instrumentos musicales.

Maza, como Cabana, había integrado la banda de música de Gendarmería, estuvo destinado en Campo de Mayo y se consideró amigo de Roberto Fusco, otro músico de la misma banda, acusado en este juicio. “Es un señor músico, es un amante de la música”, dijo Maza sobre el represor. La relación de amistad entre ambos perduró en el tiempo hasta el punto que se juntan todos los 22 de noviembre, el “día de la música, a festejar”, explicó el testigo con naturalidad. Pero, justamente por conocerlo tanto, pudo describir características físicas de Fusco que resultaron coincidentes con la descripción que algunos sobrevivientes hacen de “Pajarito”. Fuera de eso, el tono de Maza, con algunas respuestas escurridizas, pareció estar embargado por el espíritu y la vocación de servicio gendarme. Por eso, cuando Cabana empezó con los problemas de auriculares, se podía creer que la jornada se tornaría agotadora. Pero el testimonio de Cabana será sustancialmente distinto al de Maza.   

Pajarito Fusco entraba y salía de “interrogatorios”

Feliciano había sido trompetista en la banda de música de Gendarmería. Durante algunos meses de 1976 o 1977, que no pudo precisar exactamente, había sido designado al puesto de entrada en Campo de Mayo alrededor de tres meses. 

Como le pasó a muchas bandas por esa época, la banda de música de gendarmería se disolvió y sus integrantes tuvieron que cumplir otras funciones. “Nos cargaron a un camión, sin motivo adonde íbamos y fuimos a parar a ese lugar”, señaló. 

En el puesto de guardia debía estar veinticuatro horas parado, solo o acompañado. Por el paso de los años no podía recordar el nombre de sus compañeros de guardia, “De día y de noche, por veinticuatro horas”.  

En esa guardia no pedían identificación a quienes entraban. “Abrir el portón, entrar y cerrar, no sabíamos qué personas entraban”. Los vehículos que entraban eran autos de civil con personas de civil. “Nosotros teníamos orden de no allegarnos al vehículo, ni tampoco identificarlos, ni nada, nada”, explicó Feliciano Cabana.  

“Cuando llegábamos no sabíamos nada, nos sorprendimos, éramos jóvenes y nos asustamos. Nos repartieron las órdenes de cada uno, la misión que cada uno tenía que hacer”. Después les dijeron que había “gente detenida” en el lugar. “Se escuchaban gritos (de personas) de lejos y después había silencio”. 

—¿Y ustedes supieron, pudieron darse cuenta de qué se trataban esos gritos? —preguntó Gabriela Sosti.
—Claro, después del portón, no cierto (sic), sabíamos a mirar y sacaban, no cierto, gente del lugar donde era el interrogatorio, y… y... y... sabíamos mirar nada más nosotros... nosotros no teníamos acceso a tocar ni acercarnos ni nada por el estilo.
—¿Qué significa eso que lo sacaban del lugar del interrogatorio, qué era eso? ¿Dónde estaba el lugar de los interrogatorios?
—Después nos dimos cuenta de que eran detenidos que traían de afuera.
—¿Y por qué dice lo del interrogatorio? ¿Qué supo de los interrogatorios?
—Después nos dijeron que era un lugar de los interrogatorios de los detenidos que traían de afuera —declaró Feliciano y reconoció que se comía en un quincho abierto a media cuadra del “interrogatorio”.  
Sucede que durante las extensas guardias que realizaban en algún momento, tenían que comer. “Era un lugar que no tenía un comedor de cuatro paredes, era como un quincho, comíamos ahí, del interrogatorio estaba a treinta, cuarenta metros”. Yendo a comer fue que vio dos o tres galpones en ese lugar. 

El trompetista de gendarmería señaló a Roberto Fusco como su superior, recordó que le decían “Pajarito” y que fue designado al “lugar de interrogatorio”. Entraba y salía de ahí. 

El abogado querellante, Pablo Llonto, le preguntó si vio alguna construcción cuando comían en el quincho. “El interrogatorio estaba vacío, no había nadie cada vez que hubimos (sic)”, fue su primera respuesta y al principio no pudo ni describir el lugar. Sin embargo, con la lectura de su declaración anterior, pudo recordar una “pileta vacía, tapada de yuyos, no tenía agua”. Pero no supo decir cómo le decían entre ellos al lugar donde hacían guardias, ni siquiera cuando Llonto insistió con “¿Los Tordos le dice algo?”. 

En etapa de instrucción, Cabana se había referido a la presencia de mujeres embarazadas en El Campito; frente al tribunal no pudo recordarlo. “Cuando nos juntábamos a comer en el quincho yo escuchaba conversaciones de que había mujeres embarazadas y se las veía pasar entre los galpones, estaban sueltas pero vigiladas”, fue su declaración anterior en el año 2014, que para esta oportunidad se le borró. 

Concepción Atienza

En total declararon cinco gendarmes. El caso de Enrique Berozuk fue particular, no tanto por lo que dijo sino porque apareció vestido con un camperón oscuro que tenía una pequeña bandera argentina en un brazo. El último en declarar fue Concepción Atienza, quien dijo haber estado en “Campo de Mayo dos años, de octubre del 76 hasta abril del 78. En el Escuadrón San Miguel”. Tenía menos de 24 años y hacía guardias en los límites de la guarnición y supo después que en Campo de Mayo hubo un centro clandestino. 

—¿Usted supo si dentro de Campo de Mayo hubo un centro de detención de personas? —preguntó la fiscal Sosti.
—Sí. Después supe, en el momento no. 

“En el campo de concentración que usted dice, cuando nos nombraron para que vayamos ahí, nos llevaron, recién nos enteramos a que nos llevaban”. Tenían que cubrir los lugares “que ellos nos decían que estaban los zurdos, los guerrilleros, eso es lo que decían, más no sabíamos. Nunca tuve conocimiento de qué y para qué, sólo cumplíamos órdenes de hacer el servicio de guardia externo”, contó el testigo. 

Maza había dicho que no tenían apodos, pero Atienza dijo lo contrario, que solo se nombraban por alias. Tenían prohibido nombrarse por apellido bajo sanción. "Osito", "Leoncito", "Conejo", "el Perro", “Surubí” o “el Alemán”. A este último en una oportunidad lo vio salir de una casa blanca que estaba cerca de “los galpones”. 

—¿Supo qué pasaba dentro de esos galpones?
—Y... ahí decían que estaban los detenidos, por eso no nos dejaban aproximar ahí. 
Concepción Atienza recordó el ataque de un perro del ejército a “el Chavo” Ortiz, otro gendarme, que le tiró con el FAL pero no lo mató. Entonces apareció el “dueño” del perro, el represor “Galo”, y amenazó de muerte al gendarme: “si tocan al perro se van a ver conmigo”. 

Los perros

En diálogo con La Retaguardia, Pablo Llonto explicó la importancia de este último testimonio: “Uno de los imputados es responsable de los perros, de apellidos Rojas Galo. Este último testimonio ubica a Galo con mucha precisión ahí adentro”. Rojas Galo era uno de los que controlaba a los perros, había otros que aún no pudieron ser identificados. “Pero Rojas, que era Galo, en este último testimonio quedó muy claro el rol que cumplía”. 
—La Retaguardia: ¿La referencia a los perros tiene que ver únicamente con que estaban cercanos al lugar donde estaban los gendarmes o hay registros de que los perros también fueran utilizados como elemento de tortura o amenaza?
—Pablo Llonto: Sí, hay testimonios que hablan de los perros entrando con alguien a los propios galpones y hay testimonios de los perros afuera de los galpones. En ambos casos amenazando o directamente soltándolos un poco para que mordieran a alguno de los compañeros o compañeras. Así que fue elemento de custodia y de tortura. Fue un elemento clave en El Campito. Ya no se trata de un colimba haciendo la guardia externa, se trata de alguien adentro con un mando muy particular respecto de los perros.




El rol de Gendarmería

Para Pablo Llonto, Gendarmería tuvo una doble función en Campo de Mayo. “Por un lado, las tareas habituales de Gendarmería que las cumplía ahí en Campo de Mayo, en una unidad, en un cuartel que tenían, que sigue existiendo, y luego, como parte de lo que fue el plan de exterminio y el rol que cumplía cada fuerza”.

Desde la "Agrupación Buenos Aires" aportaron personal a la custodia de “distintos centros clandestinos en Campo de Mayo y en la Capital. Por lo tanto, es una agrupación con altísima participación en el rol de guardias”. Por eso Llonto sostuvo que los integrantes de la agrupación conocieron la ubicación de los centros clandestinos y otras cuestiones relativas al funcionamiento. La ausencia de memoria de Orlando Maza, que además se declaró amigo de Fusco, es una pintura del aporte que pueden no dar. 
—¿Por qué son testigos y no imputados? ¿Sólo porque no hubo pruebas en la instrucción o podemos considerar que por ser parte de una fuerza que cumplía estas funciones, como vos decías, no son parte del genocidio? –preguntó La Retaguardia a Llonto. 
—Al no existir una especie de protocolo para imputaciones, es decir, que trace la línea de acá para allá, se imputa a todos, hay que ir situación por situación. Entonces nosotros necesitamos, obviamente, testigos que hagan su aporte en la medida que su accionar durante los años 76, 77, 78, 79 no lo involucre en un hecho directo de secuestro, tortura o exterminio. Entonces, los conscriptos, los gendarmes hasta determinada situación, algunos suboficiales del Ejército y algunos oficiales del Ejército, hasta determinada situación, declararán como testigos, y en cuanto se observe, por testimonio del algún sobreviviente, que han estado involucrados en una acción directa, tendremos que hablar con las familias y con la fiscalía para dar el salto de transformar a un testigo en un imputado. Pero por eso hay testimonios de gendarmes y de suboficiales del ejército que están sirviendo para probar y condenar —dijo Llonto. 

“Obviamente que si uno los citara a todos como imputados, línea que en algún momento se pensó en los 80 expresando que si estuviste ahí, fuiste parte, entonces, por ejemplo, el tema de los soldados conscriptos era todo un tema porque, ¿hasta dónde se avanzaba contra los soldados? Y yo creo que a partir del 2004, 2005, se fue entendiendo, lo fuimos hablando y luego pegamos el gran salto que fue avanzar con una línea de convocatoria a los colimbas. Se hizo un plan nacional de convocatoria y se sobreentiende que estamos aceptando en todo el país que los conscriptos estaban haciendo el servicio Militar Obligatorio y que con ellos hay, sin duda, otra contemplación jurídica alrededor de este tema. Es difícil explicarlo en una discusión o debate como los que podemos tener con esta instancia, pero tenemos que poner también esta especie de reglas en el recorrido porque si no no es posible obtener testimonios y mucho más ahora que estamos en la última etapa de los juicios. No sé cuántos años más vamos a tener para conseguir testimonios porque ya toda la gente es gente grande y hablar con gendarmes y conscriptos que tienen sesenta y pico o están cerca de los setenta años, es también un límite etario para la tarea de la reconstrucción”, concluyó el abogado querellante.  

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