18 jul 2021




Liliana Moreno tenía 16 años cuando fue secuestrada de su hogar junto a su madre, su padre y su hermana. Carlos Osvaldo Moreno y María Aurora Bustos, papá y mamá, continúan desaparecidos. En la jornada 88 de la Megacausa Campo de Mayo, Liliana relató cómo fue aquel desgarro familiar y las consecuencias que dejó en su vida el hecho de haber pasado varios días en cautiverio en un galpón de El Campito. (Por La Retaguardia)


✍️ Redacción: Noelia Laudisi de Sa
💻 Edición: Diego Adur
📷 Foto de portada: Captura de pantalla transmisión LR
✍️ Cobertura del juicio: Fernando Tebele


El 7 de Julio se llevó a cabo la jornada 88 por la Megacausa Campo de Mayo a cargo del TOF N°1 de San Martín. Dos de los testimonios presentados durante la audiencia fueron los de las hijas menores de María Aurora Bustos y Carlos Osvaldo Moreno. Cuatro miembros de esa familia fueron víctimas del secuestro que dejó solo dos sobrevivientes, las entonces menores Liliana Moreno y su hermana. La familia permaneció en cautiverio en El Campito, el Centro de Detención, Tortura y Exterminio que funcionó en Campo de Mayo, donde fueron objeto de maltrato psicológico y físico por parte de las autoridades del Ejército que operaban allí. 

La jornada para el público comenzó con el testimonio de Liliana Moreno, la hija menor. Antes, había prestado declaración su hermana, quien pidió que su testimonio no fuera difundido. Carolina Villella, representante de la querella de Abuelas de Plaza de Mayo, fue la primera en tomar la palabra y pidió a la testigo que describiera la historia de su familia y relatara lo sucedido. 

Los padres 

María Aurora Bustos y Carlos Osvaldo Moreno conformaban una familia de cinco integrantes junto a su hijo e hijas, quienes para 1977 tenían 22, 17 y 16 años respectivamente. María Aurora trabajaba como portera en un colegio. Su marido era empleado en los talleres del Ferrocarril Belgrano ubicado en la zona norte del Gran Buenos Aires, más específicamente en la localidad de Boulogne. “En mi casa no se hablaba de política. No había nada, no se tocaban temas, nosotros vivíamos en otro mundo. No se hablaba de nada”, explica Liliana Moreno ante la pregunta por el historial militante de sus padres. Y revive el sentimiento de perplejidad al recordar lo sucedido: “Por eso todo lo que pasó nos sorprendió, porque nosotros no sabíamos nada”, asegura. 

La información mencionada sitúa a los secuestros de la familia Moreno en el marco de la “Caída de los ferroviarios”. Esta denominación se le otorgó a los sucesos ocurridos entre el 31 de agosto y el 6 de septiembre de 1977, cuando trabajadores ferroviarios fueron secuestrados, muchos de ellosjunto a sus familias, lo que a incluyó varias mujeres embarazadas. En la actualidad se busca a los bebés nacidos en el Hospital General de Campo de Mayo durante el cautierio de sus madres: los hijos o hijas de Juana Matilde Colayago, de Leonor Rosario Landaburu de Catnich y Rosa Ana Irmina Nusbaum. Ya otras víctimas han declarado en este tramo específico de la Megacausa.

La mañana del secuestro

A las 5:45 del 1 de septiembre de 1977, apenas iniciada la jornada laboral del día, la familia Moreno se vio sacudida y arrastrada a una pesadilla hasta entonces inimaginable. Cuenta la sobreviviente: “Estábamos durmiendo, mi hermano (Oscar Alfredo Sauco) se había ido a trabajar. De repente escuché como una explosión y movimientos. Nos levantamos. Papá quería abrir la puerta y se escuchaba de afuera que gritaban: ‘Coordinación Federal’. Cuando abrió la puerta entró gente armada. Fue todo violento, contra mi papá, contra nosotros, que nos tiramos al piso y un montón de cosas que pasaron.” Luego de esto, sigue el traslado: “Nos llevaron en una camioneta, que para mí era como una ambulancia. Nos habían puesto capuchas, eran las fundas de las almohadas que nunca nos las sacaron, y a través del tejido veía las ventanas que estaban como tapadas, pero con una rajita en el medio abierta”, menciona.

La testigo también cuenta lo que fue la llegada a El Campito. Después de detenerse en una casilla de color verde, la familia fue llevada hacia un galpón. Los recuerdos de la situación parecen brotar de la mente de la testigo, de manera involuntaria y luchando en contra de su emotividad: “Me hicieron sacar la ropa para ver si tenía no sé qué y nos dieron un número. Lo único que me dijeron es: ‘a partir de ahora ustedes son un número''', recapitula.

Muerta en vida

Después de narrar el traslado, la testigo detalla la pesadilla vivida dentro de ese galpón en el que permanecieron encerrados ella, su hermana, su mamá y su papá junto a otras muchas personas cuya identidad no pudo reconstruir: “Los días que pasamos ahí, estábamos sentadas sobre… creo que eran colchones. Mi mamá, yo y mi hermana. En el piso había cadenas, que a nosotros no nos habían puesto. Todo el tiempo observaba porque tuve la misma capucha. O sea que podía observar cosas y vi mucha gente ahí adentro. Gente que estaba agarrada con cadenas, gente muy chica de 14 o 15 años, no les daba más. Al lado mío teníamos una señora muy mayor que preguntaba por qué estaba ahí. Había gente joven que preguntaba y los mandaban a callar”, agrega casi con repulsión. Hace referencia a las prácticas violentas que se llevaban a cabo dentro de Campo de Mayo: “El maltrato psicológico era venir, no sé con que golpeaban, y me golpeaban así adelante y me gritaban”, precisa, al tiempo que hace un ademán como ejemplo de haber sido golpeada en la cabeza y agrega que los oficiales que los mantenían allí todo el tiempo preguntaban por su “nombre de guerra” a lo que ella respondía con el nombre de pila.

Respecto a su padre, Carlos Osvaldo Moreno, la testigo recuerda que vivió una situación muy diferente a la del resto de la familia. Explica que no tenía contacto con él, pero que sin embargo podía verlo a cierta distancia de donde ella se encontraba con su mamá y su hermana. Uno de los días durante los cuales la familia permaneció cautiva ”lo trajeron porque lo habían torturado, yo lo pude ver. Lo habían dejado atrás de nosotros y yo me di vuelta y por la parte de abajo de la capucha lo vi tirado ahí. Es la última imagen que tengo de él, de mi papá”, señala con dolor inocultable. A continuación, Carolina Villella le consulta sobre cómo pudo saber que su padre había sido torturado. La sobreviviente contesta, visiblemente afectada, que lo sabe debido al estado en que lo traían de vuelta: “Se lo llevaron caminando y lo trajeron arrastrando. Lo trajeron dos personas. Se lo llevaron mucho tiempo”, rememora.

Liliana vivió sus días de encierro en un estado de “muerta en vida”. La razón la expone ella misma en su declaración y caracteriza la experiencia como dentro de un tiempo interminable: “No tenés días, no tenés horas, no tenés horario, no sabés nada. El tiempo pasa y vos no sabés, no vivís. Como ellos definían, sos un ente, estás sentado te dormís, despertás, dormís, despertás. No sé nada, no me acuerdo que comía, no me acuerdo ni que tomaba”, enfatiza.   

“Por la parte de abajo de la capucha”

Además de lo ocurrido, Liliana describe el predio donde había permanecido secuestrada con su familia. En primer lugar pudo percibir que se trataba de un espacio al aire libre ya que oía pájaros, veía árboles y hasta recuerda que “todo el tiempo escuchaba aviones y trenes”. En segundo lugar, reiteradas veces había solicitado ir al baño. Por este motivo fue capaz de vislumbrar la disposición espacial durante los recorridos que la obligaban a realizar hasta el baño de lona localizado “al fondo” del terreno. En esas circunstancias, dice, “pude observar que había muchos galpones como el nuestro. Era lo que yo escuchaba de noche, escuchaba gritos y eso. Obviamente se ve que eran de esa gente que estaba ahí”. Luego especifica la disposición de las personas que veía mientras pasaba por los diferentes galpones: “En los costados eran como filas, después había otras doble filas y había gente con grilletes agarrada a las paredes de los galpones. Mucha gente”, expresa. A modo de ilustración, Liliana utiliza sus dos manos para señalar las filas de personas que se extendían paralelamente a sus dos costados.


Inclusive estos recorridos por fuera del galpón le permitieron, años más tarde, realizar un croquis del espacio. Moreno recuerda haber entrado por la denominada “Puerta 4” en Campo de Mayo (que fue capaz de ubicar con la forma de pequeño triángulo entre los dos árboles en el borde superior de la página) y haber salido por el lado contrario, es decir hacia la ruta. De igual manera, localiza el galpón en el que estuvo cautiva a un lado de la casilla verde en la que se detuvo al momento de la entrada. El primer rectángulo contando de arriba hacia abajo en el croquis, corresponde al galpón en el que estuvo cautiva. Este diseño bosquejado por la misma sobreviviente es exhibido durante la audiencia a pedido de Carolina Villella para que pueda ser reconocido por la testigo. Lo que en él se presenta coincide con los planos realizados de la zona d El Campito en Campo de Mayo, como pudimos ver en este juicio en la audiencia en la que se exhibió una reconstrucción digital del Centro Clandestino presentado por la antropóloga Virginia Vecchioli. Es así que Liliana Moreno dice reconocer a dicha zona como su lugar de cautiverio a pesar de no haber tenido la información al momento del secuestro.


Otras identidades 

En determinado momento de la audiencia, la querellante por Abuelas de Plaza de Mayo solicita a la testigo que proporcione, en la medida de lo posible, algún nombre que hubiera podido registrar durante su periodo como cautiva.Liliana logra brindar una identidad: una joven que se presentó a ella como “la hija de Parra”. Así narra su encuentro: “Una de las veces que yo pedí salir al baño, que me llevaron al que estaba afuera que nos hacían hacer fila, a mi me habló una persona. Me dijo: ‘yo soy la hija de Parra’. La referencia parece ser a Carlos Raúl Parra, secuestrado junto a su compañera Georgina del Valle Acevedo. Las dos hijas de la pareja, que permanece desaparecida, declararon en este juicio.

También hace referencia a “El Puma”, un oficial a cargo: “Esa persona era muy violenta. Era siempre muy violenta. Siempre tuvo actitudes violentas”, y luego detalla: “gritaba y aparte yo escuchaba cuando maltrataba a otras personas”. También lo relaciona como el que preguntaba por los apodos de militancia: “Era la persona que venía y preguntaba ‘tu nombre de guerra’ y que permanentemente lo preguntaba”. Sin embargo, más tarde, ante la pregunta de Ciro Annicchiarico, representante de la Secretaría de Derechos Humanos de Nación, explica que nunca lo vio pero que sí lo oyó: “Tenía una tonada como misionera o correntina”, menciona. 

“Nunca más tuvimos noticias”

En su relato, Liliana Moreno incluye de qué manera se llevó a cabo su liberación y el traslado a su casa: “Cuando me sacaron del lugar donde estaba sentada me llevaron hacia afuera y me pararon, yo no sabia que era lo que iban a hacer. Subiendo a la camioneta tampoco sabíamos a dónde nos iban a llevar. No sabíamos nada. Nos subieron con mi mamá también. Mi mamá, mi hermana y yo subimos, mi papá no. Después, de repente, la bajaron a mi mamá y la única frase que me quedó grabada hasta el día de hoy es que la iban a mandar en un próximo viaje. Nunca más tuvimos noticias de mi mamá”, lamenta. Es posible pensar que la referencia al “viaje” fuera por los Vuelos de la Muerte que partían desde el Batallón de Aviación 601, en el mismo predio de Campo de Mayo, hechos que se están develando en otro juicio específico. Respecto de la desaparición de sus padres en circunstancias que desconoce, agrega: “Yo he estado desde los 16 años en la Secretaría de Derechos Humanos, seguí en todos lados. Nunca supimos qué pasó”. A su vez reconoce que “confirmar su desaparición era como matarlos”.

Durante la recapitulación de su salida de Campo de Mayo también hace referencia a Sandra Missori, quien fue liberada con su madre junto a las hermanas Moreno. Dice Liliana: “Era una chica con su mamá, que las bajaron con nosotros”. Sandra Missouri también ha prestado testimonio para esta causa en julio del año pasado. 

Episodios posteriores 

A pesar de haber sido liberadas, la tortura psicologica no acabó para Liliana y lo que quedaba de su familia. Dice la testigo que al poco tiempo “recibimos en mi casa un anónimo donde decían que nos iban a volver a buscar. Después, durante mucho tiempo, estuvieron los famosos (Ford) Falcon parados. Yo los veía como a dos cuadras de casa, de un lado al otro. Como que nos estaban vigilando permanentemente”. 

También presenciaron el secuestro de una familia vecina: “En el mes de enero se llevaron una familia de la vuelta de mi casa en circunstancias muy parecidas. Rodearon la manzana y se metieron por el pasillo de mi casa. Fue terrible para nosotros, porque era como que nos habían vuelto a buscar”. Expresa la sensación de acorralamiento que vivió junto a sus hermanos: “Yo lo único que quería era que si venían a buscarnos, que nos mataran”, expresa.

Desear justicia 

El testimonio finaliza con un deseo expreso por parte de Liliana Moreno: “Que se haga justicia y podamos dar por terminado una etapa muy dolorosa. Y poder seguir nuestra vida pensando que nuestros padres puedan descansar en paz y nosotras podamos seguir adelante con una etapa terminada. Porque ni siquiera contándolo, nadie se puede imaginar y suponer cómo nos arruinaron la vida y lo que nos costó salir y seguir adelante”. Y concluye: “Por nosotras y nuestro padre pido que esto llegue a un buen fin. Que se haga justicia”.




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