30 may 2021



La sobreviviente uruguaya relató en su declaración los delitos sexuales que fueron cotidianos en El Campito. Con crudeza, dolor y entereza, Fernández declaró desde Uruguay, país en el que nació y al que regresó después de Campo de Mayo pero aún bajo sometimiento. También reconoció al imputado Villanova después de ver una foto de Gustavo Molfino publicada por Página 12. (Por La Retaguardia)


✍️ Redacción: Diego Adur

💻 Edición: Fernando Tebele

✍️ Textuales: Mónica Mexicano / Noelía Laudisi de Sa / Agustina Sandoval Lerner

📺  Cobertura del juicio: Fernando Tebele / Diego Adur

📷 Foto de portada: Transmisión de La Retaguardia



Griselda Fernández vive en Uruguay. Allí debió regresar después de haber estado detenida-desaparecida durante el Terrorismo de Estado en la Argentina. Tiene pelo corto, lleva gafas rojas y un abrigo de lana turquesa. Está tranquila y decidida. La experiencia de otras declaraciones anteriores —demasiadas, dirá después Griselda— ya la han preparado para lo que vendrá.

Luego de los primeros formalismos y del juramento de decir verdad que le toma el presidente del Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº1 de San Martín, Daniel Omar Gutiérrez, es la representante del Ministerio Público Fiscal, Gabriela Sosti, quien inicia las consultas. De movida se nota que será una jornada dura. Le avisa a Griselda que no va a pedirle que vuelva a contar todos los detalles de su secuestro, sino que quiere centrarse específicamente en lo que fueron las agresiones sexuales que sufrió durante su cautiverio ilegal en El Campito, uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio más tenebrosos del país. Otro de los puntos que le importará a la fiscal Sosti es la participación de los gendarmes en esos delitos y la responsabilidad que tenían en la custodia de los y las prisioneras del centro clandestino.












 
Fernández fue secuestrada el 24 de noviembre de 1976 en la casa donde vivía con su esposo, su madre y sus hijos, en el partido bonaerense de Tres de Febrero. Después de sufrir un simulacro de fusilamiento en una zanja, la llevaron a Campo de Mayo: “En ese momento me llevan a El Campito y ahí primero estuve en una barraca más chica, que es donde estaban las carpitas, y luego paso a una de las barracas. Mientras tanto se da, obviamente, el tema de la tortura psicológica, la tortura física, el abuso sexual”, asevera. Durante su cautiverio, Griselda pudo identificar a varios de los represores que cumplían funciones en Campo de Mayo y por eso es tan importante su testimonio en este juicio. Uno de ellos, Néstor León López, alias “El Alemán”, la mantuvo en cautiverio, obligándola a sostener una relación bajo terror que se extendió hasta 1982, incluso en Uruguay... López era el “responsable” de las personas del PRT-ERP que estaban secuestradas en Campo de Mayo.

Al poco tiempo de su secuestro, se produjo la primera situación de abuso sexual: “Una noche se mete alguien adentro de mi carpa con la intención de violarme. Entonces, se mete adentro de mi carpa, yo ahí reacciono y me empieza a manosear, pero mi reacción fue de rechazo y de grito. Yo en ese momento empecé a los gritos, a las patadas, a armar un ruido importante hasta que esa persona no puede consumar la violación y se va. Yo sé que muchas de las compañeras que pasaron por allí no tuvieron esa suerte. Tuve la posibilidad que de alguna manera el tipo, el violador, se asustó y se fue. Era una persona a la que yo no puedo identificar con nombre pero era una persona baja, tenía mi altura, flaco, morocho, pelo negro; y se fue. Obviamente que ahí hubo complicidad de la guardia porque nosotros siempre teníamos guardias de gendarmes”, relata. Este último dato es el que despierta el interés de las próximas preguntas de la fiscal, que intenta desentramar la participación y responsabilidad de algunos gendarmes en las torturas a las personas secuestradas. Griselda dice que “no era un gendarme de la guardia de la barraca donde yo estaba. Obviamente que los gendarmes eran los que mantenían la seguridad limítrofe, la guardia en ese sentido. Pero no era del lugar donde yo estaba, del galpón donde yo estaba”. Quienes sí custodiaban la barraca donde estaba Griselda, “le permitieron entrar, obviamente” y después de la huida del violador “nadie se acercó a preguntar nada y a decir absolutamente nada”. 

“El momento ideal”

Griselda cuenta que la ocasión elegida por los abusadores para cometer los delitos sexuales era cuando las prisioneras estaban recién llegadas al centro clandestino, y de noche: “Se decía que muchas veces las violaciones se realizaban cuando las mujeres recién llegaban a El Campito. Era el momento en el que, generalmente, había menos gente, porque llegaban de noche, y era donde se producían muchas veces las violaciones. No significa que no se produjeran durante el día y eso es lo que se decía. Hubo, en una oportunidad, un jefe de gendarmes que le decían ‘El Alpinista’. No sé con qué sentido, llamó una por una a las mujeres que estábamos ahí en la carpa, y no sé si llamó a las de las barracas, para preguntar si habían sido violadas porque estaban haciendo una investigación. Realmente me pareció absurdo por el hecho de que eso era como moneda corriente”, se lamenta. No se trataba solo de convivir con el terror a ser abusada, sino que esa situación era común a todas las mujeres cautivas en ese lugar: “Había un gendarme al que le decían ‘Napoleón’, que pude verlo porque pude levantarme la capucha. Él siempre venía. Una de las chicas, que no sé el nombre, estaba detenida por montonera. Cada vez que ella volvía decía que la tenían parada, la desnudaban y la violaban reiteradamente. Eso fue lo que yo vi, ahora, lo que se decía de él es que era una persona totalmente desagradable, obviamente no tenía moral. A ese hombre no le importaba ni guardar las apariencias”, escupe Griselda y demuestra el asco en el crudo relato. 

Como en cada lugar en el que las fuerzas genocidas se hacían implacables y repugnantes, las agresiones sexuales dentro del centro clandestino de detención que funcionó en Campo de Mayo eran habituales y las mujeres estaban continuamente expuestas a padecerlas: “Cuando nos llevaban a bañarnos teníamos que soportar no solo improperios sino que se pusieran en las puertas y se quedaran mirándonos. Eso también es abuso sexual”, señala.

Luz verde para las violaciones

Fernández le pone nombre al responsable de permitir los abusos y las violaciones reiteradas contra las mujeres detenidas: “Era muy permisivo en eso y como que lo permitía y avalaba; era el responsable, el represor de los compañeros y compañeras de Montoneros, que en ese momento se le decía “El Tordo", dice. ‘El Tordo’, también conocido como ‘Gordo Uno’ y ‘Capitán Federico’, es Carlos Francisco Villanova, uno de los 20 imputados en este juicio: “Yo lo identifiqué en una de las fotos, en uno de mis testimonios. En 2014, yo me entero a través de un artículo de Página 12 que a esta persona ‘El Tordo’ también le decían el ‘Gordo Uno’. En ese artículo cuando él ya es detenido, porque por lo que leí estuvo muchos años como cualquier ciudadano haciendo una vida totalmente normal, lo identifican con tres alias: ‘El Tordo’, ‘Gordo Uno’ y no me acuerdo qué otro, pero a mí con eso ya me alcanzó porque ‘Gordo Uno’ en los juicios se mencionaba el nombre. Yo vinculo ahí el nombre con su fisionomía”, explica. La foto que le devolvió esos recuerdos del Gordo Uno fueron tomadas por Gustavo Molfino cuando Villanova fue detenido. Ya el año pasado y en este mismo juicio, Patricia Escofet aseguró que también le había puesto nombre y apellido a través de aquella foto de Molfino en una nota de la periodista Ailín Bullentini. En el caso de Escofet, lo reconoció como quien comandó el operativo de secuestro de su compañero Raúl Osvaldo Plaul, quien permanece desaparecido.




Por eso no sorprende que a Griselda le hubiera sucedido lo mismo; aunque sí impacta  su descripción del torturador y cómo la foto de Molfino se mezcló con la que ella tenía guardada en su memoria. “Una de las cosas que decían era, yo creo que utilicé esa palabra cuando hice mi testimonio, que él era como un carnicero porque era una persona que se moría cualquiera y... O sea, él torturaba hasta que se muriera alguien. Así era como lo manifestaban. Y en una de las veces que a mí me llevan a interrogarme a la oficina, porque había dos oficinas; la de Montoneros y la del PRT-ERP y como yo estaba vinculada al PRT-ERP, me llevan ahí. En ese caminito por el que yo voy, escucho voces fuertes y ahí es cuando yo me levanto un poco la capucha y veo a esta persona, persona gorda de bigotes. Me quedó grabada, hay cosas que te quedan muy grabadas. Y ahí fue donde yo después pude reconocer. Tenía una voz muy...mandona. Era muy histriónico, le gustaba mostrarse”, describe la testigo. Villanova era, además de un sádico torturador, uno de los encargados de realizar los interrogatorios a los integrantes de Montoneros secuestrados en Campo de Mayo.

Maternidad clandestina en Campo de Mayo

La doctora Carolina Villella, en representación de la querella de Abuelas de Plaza de Mayo, quiere saber si durante su cautiverio la testigo Fernández vio a alguna mujer embarazada dentro del centro clandestino: “Vi dos. Una chica que estaba embarazada que cayó con su pareja, pero no sé quién es. O sea, la vi porque le vi su panza cuando yo estaba en las carpitas, en el primer lugar donde estuve. Ella no estaba ahí, pero la vi pasar y me comentaron que había caído con su compañero. Recuerdo que tenía tez blanca, era de pelo largo, medio rubia, andaba con una colita... lamentablemente no puedo definir el detalle de su rostro, pero bueno... cayó con su compañero y sé que les permitían estar juntos mientras ella estuvo embarazada”, responde y agrega que el embarazo de esa mujer era avanzado. Y sigue: “Después sí, tuve el contacto con Susana Stritzler. Susana sí dio a luz en Campo de Mayo. Estaba embarazada y se nos pidió a María Adelaida Viñas y a mí que la acompañáramos a la piecita a donde la doctora detenida-desaparecida, Graciela Eiroa, atendía a todos los secuestrados que caían ahí o que tenían algo. En esa pieza había solo un tipo mesa, una cosa así de madera”, describe y acompaña con sus manos cada palabra. “La acompañábamos hasta ahí y tuvo su hijo, un varón. Estuvo un rato en los brazos de ella y se lo sacaron. Le dijeron que se lo iban a llevar a sus abuelos, pero yo sé que es un niño que no ha aparecido”, afirma. Stritzler llevaba ocho meses de embarazo cuando fue secuestrada el 21 de diciembre de 1976. En ese mismo operativo habría sido asesinado su compañero, Carlos Armando Castro. Griselda fue testigo del nacimiento del hijo de Susana y de Carlos en enero del ’77. Después del parto, “ella volvió a su barraca y yo no supe más nada”. Toda esa familia permanece desaparecida.

“Mi hija busca a su padre”

José Pedro Callaba Piriz, el compañero de Griselda, fue visto dentro de Campo de Mayo por, al menos, dos personas: Ruben Atienza Ortiz lo vio en El Campito en febrero de 1977 y Oscar Comba en mayo de ese año. A ella la sacaron del centro clandestino —“no me liberaron, me sacaron de El Campito”— el 18 de febrero de 1977, día en el que cae Callaba. La testigo le solicita al Tribunal que el caso de Pedro, quien permanece desaparecido, sea incluido en esta causa: “En 2016, tratando de averiguar y poder reconstruir dónde y qué fue lo que pasó con Pedro, estuvimos en contacto con distintas organizaciones y antropólogos. Ahí nos plantean que hay una persona, un compañero que estuvo en Campo de Mayo y que por los datos que da, había visto a mi esposo. Nos ponemos en contacto, y sí, obviamente, el que vio a mi esposo en mayo del ’77 fue Oscar Comba. Por lo que él cuenta, estaban en la misma barraca”, relata la testigo y aporta un dato que obtuvo hace poco más de un año: “Pedro había estado buscando un lugar, no sé si fue por enero o febrero (del ’77). Buscaba un lugar donde quedarse y donde no fuera capturado. Se quedó en la casa de una persona paraguaya, que se llama Rubén Atienza Ortiz. Esta persona fue detenida-desaparecida también en Campo de Mayo, en el Campito, y le comenta al abogado que lo vio a Pedro el 18 de febrero del ‘77 en el baño de Campo de Mayo. Como vio también a un conocido de él, que es Enrique Rolón. Aparentemente por lo que yo sé, por los dichos de mi hija, él estuvo muy poquito tiempo. Entonces esa es una cosa que es nueva, porque es otro testigo que lo vio en Campo de Mayo, es una comprobación que él estuvo ahí. Tenemos dos personas que lo vieron. A esto le quiero agregar un documento del 8 de febrero del ‘77 que indica que antes de ser llevado a Campo de Mayo, donde lo ven estos compañeros, él habría sido secuestrado en una Comisaría de la Federal. Ese documento está. Por lo tanto, con esta nueva información, yo lo que solicito es que sean tomado por el Tribunal estos nuevos datos que yo estoy planteando para seguir investigando qué pasó, dónde está y para poder llegar también a la verdad. Incluirlo en la causa de Campo de Mayo. Creo que es una comprobación importante, ustedes dirán, yo me tomo el atrevimiento, porque bueno, ya con dos personas que lo vieron en el lugar me parecía que era importante que se pudiera tomar e incluir”, les pide Griselda a las juezas y al juez del TOF 1 de San Martín. Esa solicitud involucra a su hija Martina y a su hijo Celso Callaba; seguramente también será acompañado por las partes acusadoras de este juicio durante lo que queda del debate.

“Esto es genocidio”

Una vez terminadas las preguntas a la testigo, el Presidente del Tribunal le pregunta si le gustaría manifestar algo más antes de concluir su declaración testimonial. Griselda dice que sí, que no le interesa dar un discurso, pero hay cosas que le gustaría aclarar: “Me parece injusto que nosotros siendo primero víctimas y después sobrevivientes, tengamos que hacernos cargo durante todos estos años. Cuarenta y cinco años que pasaron, y seguimos haciéndonos cargo. Yo creo que lo que pasó, el golpe cívico-militar-eclesiástico, todo el mundo sabe que fue una violación a los derechos humanos a nivel nacional y a nivel internacional. Eso nadie lo puede desconocer de ninguna manera. Y el mecanismo que usaron fue el Terrorismo de Estado. O sea ¿qué derechos violaron? El derecho a la vida porque hubo persecución, hubo secuestro, hubo asesinato, hubo desaparición forzada y apropiación de niños y niñas que todavía no sabemos. Hay 20 imputados y acá tenemos 12 sin condena, por ejemplo. Muchos niños faltan, muchos. Yo lo que quiero solicitar, humildemente, pero como una voz más y una voz con derecho, es que se abran los archivos. Sabemos que hay archivos que se abrieron y se está trabajando, yo no lo niego. Pero creo que hay que abrir más archivos, porque existen. Además, no solo abrir, hay que buscar los archivos tanto en Argentina y Uruguay. Como en cualquier país que estuvo el Plan Cóndor, los archivos están. Acá en Uruguay siguen apareciendo archivos. Entonces, a buscar los archivos en las casas de los genocidas, en los batallones, en el Batallón 601 para ser más específico, en las empresas. El tema de las empresas es increíble. Yo les transmito lo que ustedes ya saben pero es mi voz y mi declaración. Creo que hubo muchos civiles con cargos jerárquicos en las empresas que fueron cómplices de la desaparición y asesinato de trabajadores, y de la apropiación de niños y niñas que todavía no se sabe. Entonces, en lo emocional y en lo personal es muy difícil ponerse en el lugar de uno. Después de 45 años de democracia, el no saber dónde está tu familiar, dónde está tu esposo, dónde está tu padre, tu hijo, y no poder hacer un duelo… Pero no solo duelo, hacer justicia como se hace justicia cuando alguien roba un comercio o asesina a alguien. Se hace justicia enseguida. Entiendo que esto es más complicado, pero esto es asesinato. Esto es genocidio. Hace mucho, mucho tiempo que seguimos esperando, seguimos haciéndonos cargo y simplemente hago una exhortación a que se busque en los archivos porque hay mucho todavía. Y bueno agradezco que me hayan dejado decir estas palabras”, termina Fernández. 

Los pedidos de Griselda son concretos: Tratar de evitar la revictimización de los y las sobrevivientes; la apertura de los archivos de la dictadura para saber dónde están los y las desaparecidas y los niños y niñas nacidas en cautiverio; investigar la responsabilidad y complicidad de las empresas en la entrega y la desaparición de trabajadores/as. El testimonio de Fernández, como el de tantas  personas que estuvieron secuestradas y hoy pueden contar sus historias, son fundamentales en la reconstrucción de la historia, y resultan, además, el sostén esencial para que estas causas puedan ser juzgadas.


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