6 dic. 2012

(Por La Retaguardia) Entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977, un grupo de tareas, comandado por Alfredo Astiz, secuestró a doce personas que se habían empezado a reunir en esta iglesia del barrio de San Cristóbal para organizarse durante la última dictadura cívico militar, entre las que se encontraban las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo y las monjas francesas. Al cumplirse un nuevo aniversario, recordamos este doloroso hecho y compartimos unas palabras de Ana María Careaga, dedicadas a su mamá Esther Ballestrino, una de las madres secuestradas, torturadas y arrojadas al mar.

“Volviste, un día de diciembre, seguramente extenuada, a la costa. Te habían desaparecido apenas unos días antes y habrían de desaparecerte 28 años más. Mientras tanto, nosotros te buscamos, como había que buscar entonces, como se buscaba en esa época funesta de nuestra historia, como ustedes nos buscaban a nosotros, golpeando puertas, recorriendo, denunciando. Todo era inútil, fueron cartas, presentaciones, viajes, habeas corpus, un gran interrogante sin respuesta; todo era inútil, eso era la desaparición, parecía como si se los hubiese tragado la tierra, pero no era así, eran las fuerzas de seguridad las que secuestraban, torturaban y asesinaban, por eso ustedes pasaron a ser, también ustedes, detenidas desaparecidas como los hijos que buscaban. Las madres buscaban a sus hijos, y los hijos buscaban a sus madres, en el país de lo indecible”, comienza el texto dedicado a su madre, que Ana María Careaga leyó y compartió en Oral y Público, en el momento que los familiares y amigos tienen en el programa para homenajear a los suyos.
Su mamá es Esther Ballestrino de Careaga y es considerada, junto a María Ponce de Bianco y Azucena Villaflor de De Vincenti, fundadora de Madres de Plaza de Mayo. Ellas comenzaron a reunirse en la Iglesia de la Santa Cruz, ubicada en la calle Estados Unidos 3150 de la Ciudad de Buenos Aires, cuando sus hijos fueron secuestrados y desaparecidos. Allí se encontraron con otros familiares que también buscaban a sus seres queridos, y con las monjas francesas Leonie Duquet y Alice Domon, que se solidarizaron con lo que sucedía.
En este marco, se intercambiaban datos, informaciones, armaban campañas de búsqueda y también de denuncia de lo que estaba ocurriendo en el país. Además, desde abril de 1977, marchaban semanalmente alrededor de la Pirámide de la Plaza de Mayo.
En el caso de Esther, dos de sus yernos (Manuel Carlos Cuevas e Ives Domergue) habían desaparecido en 1976, y su hija Ana María había sido secuestrada en 1977 a los 16 años y embarazada de cuatro meses. Cuando Ana María fue liberada tras meses de cautiverio en el Centro Clandestino de Detención Exterminio y Tortura El Atlético, Esther decidió continuar luchando por la aparición de los hijos de sus compañeras.
A este grupo de personas se sumó un tal Gustavo Niño, que decía buscar a un hermano desaparecido. Este joven rubio resultó ser Alfredo Astiz, quien una vez infiltrado marcó a los familiares para que el Grupo de Tareas 3.3.2 de la Armada Argentina los secuestrara al salir de la Iglesia. Otras personas de este grupo también fueron detenidas en La Boca, Morón y Avellaneda. Todos señalados por Astiz, que asistía a las reuniones obligando a una detenida en la ESMA a acompañarlo sin delatarlo.
Doce personas de este grupo de familiares desaparecieron entre el 8 y 10 de diciembre. Además de las fundadoras de Madres y de las monjas francesas, fueron secuestrados Ángela Auad, Remo Berardo, Raquel Bulit, Horacio Elbert, Julio Fondovila, Gabriel Horane y Patricia Oviedo.
La Iglesia de la Santa Cruz, que pertenecía a la Comunidad Pasionista y tenía orientación progresista, ya había sido marcada por la Triple A como “la de los curas rojos”. Adherido al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, apoyó la llamada Teología de la Liberación. Los pasionistas trabajaron en conjunto con el sacerdote Enrique Angelelli en La Rioja, y con Carlos Mujica en villas de la Ciudad de Buenos Aires.
“Después buscamos la justicia, tampoco llegó, también estaba desaparecida. Buscamos como había que buscar, y buscamos también de otras maneras, tratando de contrarrestar desde nuestra condición de hijas la falta de ese afecto enorme que nos había sido arrancado de nuestras vidas. Cómo, dónde, en cada referencia de la vida de todos los días, en donde tu recuerdo se convertía todo el tiempo en la presencia de una ausencia. Buscamos en las miradas de otras madres, en sus abrazos, en la letra de algunas canciones”, continúa Ana María Careaga en su homenaje.
El grupo que se reunía en la Iglesia de la Santa Cruz estuvo secuestrado en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Algunos fueron víctimas, a los pocos días, de los llamados “vuelos de la muerte”. Los subieron a aviones de la Fuerza Aérea que sobrevolaron el Río de la Plata y desde allí fueron arrojados con vida al agua. Alrededor del 20 de diciembre de ese año, comenzaron a aparecer cuerpos en la costa del Océano Atlántico, entre Santa Teresita y Mar del Tuyú, que fueron enterrados como NN en el cementerio de General Lavalle.
“Nunca nos dijeron a dónde y nosotros seguimos buscando, te buscamos en una plaza con tu nombre, en un árbol plantado en la Avenida San Juan, te buscamos en el río cuando en un acto simbólico, la pucha, tan bien intencionado, esparcimos las cenizas de papá para juntarte simbólicamente con él, y vos ya no estabas. Desencuentro trágico que da cuenta, una vez más, de la desaparición, un equívoco permanente, un no-lugar. El problema no es si la cita es en una plaza, en un árbol, en el río, el problema es cuando uno de los dos no puede asistir a esa cita. El problema no es si la tumba o el epitafio, el problema es la tumba sin el epitafio o el epitafio sin tumba. Y así estuviste vos, recluida en los confines de lo siniestro, de lo innombrable durante 28 años, mientras nosotros te buscábamos a ciegas. Y así tuvimos que aprender duramente, muy duramente, a encontrarte, en abrazos ajenos, fantaseando llenar las páginas de algún libro de los abrazos, para encontrar allí tal vez  felizmente los abrazos perdidos (…) Es inútil mirar para arriba si no es para el cielo, nos decías cuando la realidad te contrariaba y no podías encontrar la salida, y nosotros te buscamos como se dice en estos casos por cielo y tierra, y también en el mar, y resultó que estabas en el mar, y resultó también que no estabas en el mar”, recita Ana María en el micrófono de Oral y Público.
En julio de 2005, el Equipo Argentino de Antropología Forense informó que había podido identificar los restos de las tres fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, de la monja Duquet, y de Ángela Auad. Los cuerpos presentaban signos de haber caído desde gran altura, lo que confirmaba que habían sido víctimas de los vuelos de la muerte.
Hoy, los restos de Villaflor, Careaga, Bianco, Duquet y Auad descansan en los jardines de la Iglesia de la Santa Cruz.
Los casos de las doce personas secuestradas en la Iglesia de la Santa Cruz fueron incluidos en el segundo tramo de la Causa ESMA, en el que se condenó a dieciséis represores. El 28 de noviembre comenzó el tercer tramo, y allí figuran nuevamente estas doce víctimas. Entre los 68 represores imputados se encuentran ocho pilotos de los “vuelos de la muerte”.
“Cada uno construye en ese intento de remiendo permanente distintas formas de respuesta a una pregunta que jamás nos contestaron, que nos digan a dónde, a dónde, y esa pregunta cuya respuesta era del orden de la fatalidad fue el puntapié para la única forma de respuesta posible, una respuesta construida desde las madres, los luchadores, los consecuentes, los incansables, las organizaciones que supieron que esa respuesta debía construirse como una alternativa ética, de dignidad inquebrantable, frente a lo siniestro y lo ignominioso. Una respuesta que encontrara la tan anhelada justicia. Y hoy estás aquí, con tus compañeras, con las que te llevaron y con las que siguieron, con los pañuelos blancos, los generosos pañuelos de quienes como vos tienen el corazón generoso que solo los grandes saben tener. En esa iglesia que en un ejercicio permanente de la memoria se convirtió también para nosotros en un lugar donde encontrarlos. En esas paredes, en esas imágenes, donde los hijos que ustedes buscaban, madres de todos, las abrazan con sus miradas eternas”, cierra el texto de Ana María Careaga en memoria de su mamá, Esther Ballestrino.

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