2 ene. 2015

Foto: Gonzalez Ve
(Por Jorge Garaventa* para La Retaguardia) La sociedad, sobre todo la porteña, tiene con Cromañón una relación lacunar compuesta de amores y distancias aunque nunca de odios sino más bien de indiferencias. Lo que pone coto a cualquier afirmación pesimista o crítica es la realidad de que todas las marchas o concentraciones en relación a fechas importantes, fueron masivas.
El movimiento realizó movilizaciones durante más de cinco años, los 30 de cada mes, desde el santuario de Once hasta Plaza de Mayo y nunca dejó de sostener una importante convocatoria. Las marchas por el aniversario del incendio han sido siempre muy concurridas. Así ha sido en las más de cien marchas y concentraciones convocadas. Muy pocos movimientos sociales pueden jactarse de ello. Tampoco lo hacen familiares y sobrevivientes que más que jactancia arrastran el dolor incomprensible de las 194 muertes que vomitó la masacre del 30 de diciembre de 2004.
A riesgo de ponernos estadísticos, pero necesariamente, es menester aclarar que la cifra de 194 muertos responde lejanamente hoy a las víctimas del incendio. La cincuentena de madres y padres que han perdido la vida en el camino, los abuelos que se fueron vencidos por el dolor y los sobrevivientes que se suicidaron porque no soportaron que Cromañón se repita todo el tiempo en sus pensamientos nos permiten afirmar, sin exageraciones que la masacre de Cromañón arrastró a la muerte a más de 300 personas.

Los distintos actos por el 10º aniversario fueron de una dureza inusual como lo fue el documento consensuado que se leyó en la plaza. Pero nada de eso restó generosidad. Los distintos grupos que conforman el Movimiento Cromañón insisten en el reclamo de Justicia pero a su vez ponen el eje en denunciar que después de las sobreactuadas medidas que siguieron a la muerte de los chicos, se han restablecido las condiciones para que todo se repita.
El documento también sirvió para denunciar aquello que arteramente la política hace en nombre de Cromañón, como es el caso de la persecución y clausura de centros culturales barriales y populares, con el pretexto de no cumplir con las normas de seguridad y requisitos de habilitación, cuando en realidad constitucionalmente los gobiernos deberían arbitrar las medidas y facilitar recursos para que estos movimientos puedan desarrollarse, sostenerse y sustentarse.
Porque si algo está claro, 10 años después del fatídico recital es que ningún grupo allegado a Cromañón está en contra de la música. De hecho, el gran acuerdo consensuado fue aquella primera consigna que sobrevivió a la época: Ni una bengala, ni el rock and roll; a los chicos los mató la corrupción.
El actual Papa, santo ajeno a mi devoción por aquello de que Francisco es Bergoglio, bueno es reconocer que acompañó sin reparos el dolor de los familiares desde el primer momento.
En la última misa que dio por Cromañón en la Catedral Metropolitana, denunció que “la ciudad de Buenos Aires no ha llorado lo suficiente por Cromañón”, agregando que “no ha tomado plena conciencia de lo ocurrido”
No sé si podría suscribir a pleno las palabras de la santidad de los católicos. Decía al principio que los porteños tienen con Cromañón una relación de amores y distancias. Agregaría que es una relación defensiva alimentada de culpa y miedo y regada con el horror de la identificación. Cuando las circunstancias, como una fecha tan contundente impiden desentenderse, el clima de duelo invade masivamente la epidermis social, luego, la distancia y el alivio de que les  pasó a otros y a su vez la culpa por el alivio que establece el círculo del eterno retorno. Claramente quienes han demostrado no haber tomado conciencia de lo ocurrido y del daño social concomitante, han sido los jueces y los políticos.
La Justicia y los gobiernos tienen amplia responsabilidad en la salud social y en este caso no han estado ni están a la altura de las circunstancias. De los actores directos de aquel 30 de diciembre, hoy hay solo dos personas presas con condena firme. Entendemos y compartimos que los imputados tienen derecho al pleno ejercicio de su defensa, pero también que una década es un montón de tiempo y que no ha traído ni Justicia ni arrepentimiento.
El fallo absolutorio al ex Jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra, contiene en sus considerandos una habilitación perversa a toda la clase política ya que lejos de negar la corrupción existente en el gobierno de entonces, sostiene que los gobernantes no son responsables de la conducta delictual de los funcionarios que han escogido. Pavada de vía libre, recordando aquello de robo para la corona.
A 10 años de la masacre, ninguno de los imputados ni de los “eximidos” ha tenido la grandeza de admitir algo de su responsabilidad en lo ocurrido mientras que el país sigue sembrado de potenciales cromañones.
Mientras tanto, el destituido jefe de gobierno pretendiendo retornar al cargo en las elecciones de 2015, y el jefe de la “banda” musical, posando con un cartel donde pide su absolución, justo el día en que se recuerdan las muertes de las víctimas, son una postal de aquello a lo que la impunidad habilita…

*Jorge Garaventa es psicólogo, y parte del movimiento Cromañón

3 comentarios:

  1. Estupenda reflexión, Jorge. Lamentablemente los ciudadanos estamos desmovilizados y estamos confundiendo delegar el poder con tercerizarlo en cabeza de los políticos. Es por esta razón entre otras, por la que todo está, como bien decís, preparado para que Cromañón vuelva a repetirse. En mi opinión. Un abrazo

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  2. Extraordinaria nota
    Graciela Scorzo

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  3. Extraordinaria nota
    Graciela Scorzo

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