29 ago. 2017



Se realizó en varias provincias la 3ª Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil. En Buenos Aires, miles de personas llegaron a la Plaza de Mayo desde la Plaza de los dos Congresos. Aquí compartimos una crónica de Fernando Tebele y un fotoinforme de Agustina Salinas. (Por La Retaguardia)

Empecemos por el final. El acto se hace interminable y es obvio que así sea; quienes rondamos a las familias que podemos, conocemos la necesidad de decir al menos el nombre de quién no está. Son muchos, nos resultan inabarcables todos los casos; no hay manera de dar cobertura a todos, son demasiados. ¿Cómo hacer para que hablen solo dos o tres en la Plaza de Mayo? Imposible. Llegaron hasta allí, no sin esfuerzo y con un empuje claro y visible de Emilia Vasallo, la mamá de Pablo Paly Alcorta, asesinado en 2013 tras meses de agonía. ¿Cómo no darles voz a todas? Imposible. O, en todo caso, difícil de llevar adelante cuando están en plena coordinación, en el inicio latente de algo que no sabemos aún qué forma tendrá. Hablan todas. Mayoría de madres angustiadas. Algunos papás que alzan su voz. Otra vez las madres.


Son varias las personas que en el uso del micrófono marcan dos referencias además de la de Vasallo. Una, la primera, la inevitable, la de Nora Cortiñas, que por supuesto está allí. No puedo dejar de preguntarme qué pensarán al verla, ¿verán su futuro? ¿será que cuándo sean grandes quieren ser sabias como ella? En esas miradas húmedas de todo el día que se vuelven sonrisas cuando la miran a ella, además de admiración, se ve, también, la búsqueda de la respuesta más difícil, la que no se puede responder: ¿Cómo se hace para sobrevivir al asesinato de un hijo? ¿Cómo Norita?, decinos, parecen decirle.


La otra referencia que aparece es la de Mónica Alegre, la mamá de Luciano Arruga. Es arriesgado plantearlo, quizá hasta una torpeza, pero me resulta difícil pensar en esta coordinación naciente si no hubiese existido la historia de Luciano. Sin dudas su familia abrió un camino. Mientras Mónica no pudo, apareció Vanesa, su hermana; pero, sobre todo, apareció el grupo de Familiares y Amigos de Luciano Arruga. 


Ese es el camino que hoy probablemente muchas otras familias vean. Quizá, -sigue la teoría incomprobable- haya quedado registrada en esta historia la necesidad de agrandar la familia, de conformarse como grupo, con todas las dificultades que ese camino implica, pero con el respaldo necesario de otros corazones. Ahora que Mónica puede, su voz se vuelve grito y muestra el camino: “a estas madres, les digo: ¡no derramen ni una lágrima! Si los tienen que llorar a sus hijos llórenlos todos los días de su vida, pero a solas. Acá tienen que estar de frente, con la mirada altiva, que no las vean llorar ni bajar los brazos. Luchen, porque esta es la única manera de buscar justicia. No esperen la justicia del hombre, porque a veces no la tenemos. Nosotras hacemos justicia pero no con balas; eso es lo que ellos quieren. Acá estamos haciendo justicia y eso, a los de arriba, les duele, les lastima”. Y siguió, musicalizada por aplausos, reconociendo también la tarea de abogados y abogadas militantes como Eduardo Soares y Gabriela Conder.


La entrada a la Plaza de Mayo

Las Madres se enfervorizan como la hinchada que está a punto de salir a la tribuna. Es probable que no sea la mejor metáfora, pero es la que me apareció en ese momento. Dos o tres arengan. Otras se abrazan porque no lo pueden creer: está dicho, no fue fácil llegar hasta ahí. Todas lloran, casi sin excepción. Pero hay en esos rostros también algo de lugar para cierta alegría. Parece como si esta marcha, y el hecho de ser muchas más que en las dos anteriores, las revitalizara. Esperan antes de subir el cordón para entrar a la Plaza. Gritan. Saltan. Todo entre lágrimas y euforia. Y emprenden el camino hacia la pirámide de Mayo que rondan las Madres cada jueves. Sobre la reja que impide acercarse a la Casa de Gobierno, otra voz se levanta. Abelardo Martín, trovador popular, canta y les da la bienvenida para que comience el acto. El locutor oficial, que intercala la lista de adhesiones con las voces de las madres, grita demasiado. Duele en los oídos. Nadie se anima a decirle que bajen el volumen, que nos está dejando sordos. Todos queremos escucharlas, pero nos duele escucharlas. Quizá por eso dejemos que nuestros oídos estallen.


Antes que Mónica hablan las mamás de Tomás Vallejos, Omar Cigarán y Ezequiel Palacios; el padre de la China Cuellar; las madres de Hugo Arce y amiga de Carlos Vázquez (“tengo a toda la familia muerta por Adrián Bobadilla”); la mamá de Nicolás Bustamante; las madres de los 7 muertos en la comisaría de Pergamino; el papá de Matías Casas; la madre de Nahuel Hormaechea; la hermana de Lucas Carrasco; la madre de Walter Mauro Miguel Rodríguez; también pasan por el micrófono las tías de Nicolás Romero y Víctor Damian Ávila; la hermana de Pichón Escobar; la madre de Diego Chávez (preso por una causa armada); la mamá de Alejandro Vargas y la hermana de Carlos Painevil, entre otras personas que contaron brevemente sus historias. Familiares que llegaron desde Misiones, Tucumán, Santiago del Estero, Mendoza o el conurbano. También participa Paolo Menghini, padre de Lucas Menghini Rey, muerto en la Masacre de Once.


La tarde en el Congreso

El comienzo de la jornada fue en la Plaza de los dos Congresos, al lado de la carpa de los y las trabajadoras de Pepsico (¿te acordás?). Las columnas de las organizaciones sociales y políticas se acomodaron detrás de las familias que se abrazaron a una bandera con la consigna: Marcha Nacional contra el gatillo fácil – Ni un pibe Ni una piba menos – Ni una bala más – El Estado es responsable.
La gente suelta que llegaba a participar lo hacía a las apuradas. Incluso vimos pibas que se cambiaban el calzado con tacos laborales por unas zapatillas estilo Topper. 
Todo está por comenzar. Desde el más profundo de los dolores inimaginables, da sus primeros pasos algo más que una simple marcha.  























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