4 jun 2020



Continúan las audiencias en el tramo que investiga la desaparición de trabajadores ferroviarios dentro de la Megacausa Campo de Mayo. El juicio se reanudó la semana pasada y tendrá audiencias todos los miércoles de manera virtual y con testigos por teleconferencia. Declararon familiares de Juan Carlos Catnich y Enrique Montarcé, trabajadores de la Línea Mitre del ferrocarril, secuestrados en los talleres de José León Suarez el 31 de agosto de 1977. Ese mismo día, se llevaron de sus casas a sus compañeras, Leonor Landaburu y Beatriz Iris Pereyra.
Adecuándose a su nueva rutina, el juicio por uno de los tramos de la Megacausa Campo de Mayo que había recomenzado la semana pasada, tuvo ayer una nueva audiencia. (Por La Retaguardia)


✏ Redacción y crónica de la audiencia: Diego Adur
💻 Edición: Fernando Tebele
📷 Foto de portada: Así es la audiencia virtual

Este miércoles declaró en primer turno Jorge Ricardo Catnich. Lo hizo por el secuestro y desaparición de su hermano Juan Carlos, ocurrido el 31 de agosto de 1977 en los talleres ferroviarios de José León Suárez donde trabajaba. La noticia de la desaparición de Juan Carlos llegó a la familia Catnich, que vivía en San Juan, a través de un trabajador  que estuvo en José León Suarez y regresó a la provincia: “Dispusimos viajar a Buenos Aires para averiguar algo. Nos encontramos con el padre de mi cuñada, Landaburu, y sus hijos. Vivimos un clima de absoluta hostilidad”, comenzó a contar Catnich.
El testigo relató los hechos ocurridos en la mañana del 31 de agosto de 1977 que terminaron con la desaparición de Catnich: “Mi hermano estaba en horario de trabajo. Se presentaron dos personas de civil diciendo que necesitaban llevarlos a mi hermano y a un compañero suyo, de apellido Montarcé. Nada grave, le dijeron. Estimaban que en dos horas estaban de vuelta. Nunca más regresaron”, recordó con tristeza.
Después de la desaparición de su hermano, Jorge visitó en varias oportunidades Buenos Aires para hacer averiguaciones sobre el paradero de Juan Carlos. “Regresé a Buenos Aires. Parecía una ciudad tomada. De las gestiones que yo hice di con un compañero de mi hermano. La persona que nos avisó de la desaparición de Juan Carlos me dio un nombre, Carlos Zamora. Era dirigente del gremio de la Fraternidad, el gremio de los conductores. Lo fui a ver a una casa en el Tigre. Me dijo que había estado con mi hermano unos días atrás. Tenían una militancia gremial juntos. Él pudo esconderse. Mi hermano militaba junto a Montarcé en la Unión Ferroviaria”, recordó. Luego de llevarse a Catnich, fueron por su compañera, Leonor Landaburu: “Con las llaves de mi hermano entraron a la casa de mi cuñada en la calle Carabobo, del barrio de Flores. María Ester Landaburu -su hermana-, llegó alrededor de las 20 horas y estaba todo desordenado. Faltaban algunas cosas. Una compañera de docencia de Leonor había estado antes con ella en esa casa”, relató. Sobre su destino, expresó que “todo indica que fueron llevados a Campo de Mayo. Hubo reconocimientos posteriores. El lugar donde estuvieron los ferroviarios lo llamaban El Campito”, dijo.
Leonor Landaburu estaba embarazada de siete meses y medio. Sobre ese sobrino o sobrina que las familias siguen buscando, Jorge contó una historia de “una mujer, Virginia se llamaba”, que llevaba un niño en brazos. Era mediados de octubre, la probable fecha de parto de Leonor. Esta mujer, Virginia, había sido nombrada durante los testimonios de la semana pasada del hermano de Landaburu. Estuvo en Campo de Mayo, internada con lesiones por un accidente de moto. Allí estuvo con “una asistente social que vio al bebé.Le llamó la atención ver un bebé en ese lugar. Esa asistente le dijo que el bebé era de una presa. Ese bebé se llamaba Federico. Mi hermano y Leonor le iban a poner ese nombre a su hijo”, explicó Jorge.
Catnich y Landaburu fueron vistos en Campo de Mayo por algunos sobrevivientes. Ema Battistiol fue una de ellas y describió a Leonor con las mismas ropas que la había visto la compañera docente que estuvo en su casa antes del secuestro: “Un gamulán, pantalón negro y botas de cuero negro”, contó Jorge.
Otro de los intentos por dar con su hermano y su cuñada lo llevaron a un hombre, de alto rango de la Policía Federal: “Felipe Jalil. El tipo vivía en Caballito, cerca de la cancha de Ferrocarril Oeste. Supuestamente la mujer de él era prima de mi mamá. Le pedí ayuda a este hombre. Me dijo que volviera a la mañana siguiente. Fui al día siguiente. Vino un auto a buscarnos. Fuimos hacia el centro, no recuerdo dónde, pero era la parte céntrica de Buenos Aires. Él iba mofándose de todo el mundo, celebrando una victoria de Boca. Llegamos a una sala, donde me dijo que lo espere. Ahí estuve un buen rato. Desde allí yo veía un playón de estacionamiento, que era donde habíamos llegado nosotros. A ese lugar entraban camionetas, cargaban armas y salían. Imagínense el pánico mío. Me dijo que de mi hermano no sabían nada y me aconsejó irme a San Juan, que cualquier cosa me avisaba. Me fui de ahí llorando”, recordó Catnich.

La reparación

“En el año 2016 nos entregaron el legajo reparado de mi hermano. Fue en un acto en la Ex ESMA. En el legajo de mi hermano dice que como el 1 de septiembre Juan Carlos no se presentó a trabajar, lo cesanteaban. Fue importante que el Estado argentino reconociera que esos tipos no fueron a trabajar no porque se robaron una rueda o porque no se levantaron sino porque hubo una persecución sistemática de trabajadores ferroviarios por su actividad gremial. Mi mamá se murió esperando a mi hermano”, expresó Jorge.

El hijo o hija del matrimonio Catnich-Landaburu

Durante su relato, Jorge contó la incansable búsqueda -que continúa hasta hoy- de su sobrino o sobrina: “Nosotros hicimos la denuncia de ausencia forzada y la presunción del nacimiento de mi sobrino. Dejamos muestras de sangre en el banco de datos genéticos del Hospital Durán”. En 1988, “nos llamaron del hospital porque había una persona de sexo femenino con histocompatibilidad, es decir, un alto grado de compatibilidad de que esa niña era hija del matrimonio Catnich-Landaburu”. La niña, Clarisa, tenía un hermano llamado Javier. Ambos habían sido apropiados por un policía de apellido Iglesias. El policía murió y “decidimos hacernos cargo de Clarisa. El juez Ramos Padilla me pidió si podía llevarme también al chico. Los dos tenían documentación falsa y una partida de nacimiento firmada por (Jorge) Bergés”. La mujer de Jorge estaba embarazada y no pudieron continuar con la crianza del joven: “Javier terminó en La Plata, fue adoptado por una mujer, luchadora por los derechos humanos”.
Años más tarde, después de otros análisis genéticos, se enteraron de que Clarisa no era la hija de Leonor y Juan Carlos: “(La genetista) Mary-Claire King tiene un método que se llama ADN mitocondrial. Nos pidieron hacer los análisis con Clarisa. Fueron analizados en Estados Unidos y nos dijeron que esa persona no era hija de mi hermano. Clarisa quedó con nosotros. Nuestro sobrino o sobrina sigue desaparecido”, anunció Catnich.
Antes de dar por finalizado su testimonio, y notablemente conmovido, Jorge Catnich dijo “bienvenidas sean estas causas, aunque sea de esta manera tan irregular”.

La búsqueda incansable de una abuela y su nieta

Luego de un cuarto intermedio que sirvió como espacio para que el testigo Catnich presentara como prueba del juicio el legajo reparado de su hermano, fue el turno de la siguiente testigo.
Nora Beatriz Montarcé dio testimonio sobre las desapariciones de su padre, Enrique Montarcé, y su mamá, Iris Beatriz Pereyra, de 26 y 25 años, respectivamente, a quienes secuestraron el 31 de agosto de 1977. “Desde que nací, mi abuela siempre me dijo la verdad. Lo agradezco muchísimo. En medio de mi crianza ella se tenía que dedicar la búsqueda de mi mamá. Al momento del secuestro, mis abuelos -maternos- estaban viviendo en un pueblito que se llama San Cristóbal, Provincia de Santa Fe. Mi abuelo -Roberto Alcide Pereyra- era maquinista ferroviario. De pura casualidad, no hubo coincidencia con mi papá. Mi abuela recibió un telegrama que decía: “Mamá volvé pronto”. Pensó que Quique, mi papá, había tenido un accidente. Viajaron a Buenos Aires. Llegando a nuestra casa se encontró con toda la verdad. Vivíamos entre Pacheco y Tigre, en un terreno que alquilábamos. Nuestra casa estaba atrás de la de los duelos del terreno. Cuando llegó mi abuela, los dueños de la casa les contaron todo. Llegó el Ejército con varios autos blancos que cortaron la cuadra e ingresaron. Entraron y se robaron todo. Mi DNI, las únicas fotos que podría yo haber tenido de mis padres, se robaron alhajas de oro, una medalla de oro de mi papá, la moto, hasta la vajilla… se llevaron todo. A mi mamá le pegaron un culatazo en la cabeza y la metieron en el baúl. Antes, ella le había pedido a un militar despedirse de mí. Me dio un beso en la frente, le dieron un culatazo y se la llevaron. A mi papá lo secuestraron de su trabajo en los talleres del Ferrocarril Mitre. Se lo llevaron junto a Juan Carlos Catnich. Yo tenía dos meses. Me dejaron con esa familia, que después pudo conseguir la dirección de mis abuelos. Mi abuela no pudo asimilar todo eso. Cuando la señora le contaba, lo único que quería era salir corriendo. No me quiero imaginar lo que significa la desaparición de un hijo. Yo fui el motor para continuar”, narró Nora.
La niña, entonces, quedó con los abuelos maternos, que se pusieron en contacto con la mamá y el papá de Quique Montarcé e iniciaron juntos la búsqueda: “Presentaron un habeas corpus, escrito de puño y letra por mi abuelo. Mi abuela se ha encontrado incluso con militares. Ella contaba que con la mirada se reconocían con las madres, se reconocían en el dolor. Mi otra abuela también. Mandó cartas al cardenal. Mis padres salieron en una lista de desaparecidos que publicó el diario La Nación. Hicieron la denuncia ante la Conadep”, relató la testigo.
A continuación, Nora, contó que pudo conocer el destino de su padre y de su madre “gracias a los sobrevivientes y a los testigos que han declarado haber visto a los ferroviarios en El Campito. Mi padre estuvo ahí. La verdad la seguimos buscando, pero no la sabemos. Mi abuela murió con esa intriga. Tenemos que vivir esperando justicia. Todo lo que sabemos es gracias a la valentía y el corazón de todos los sobrevivientes que estuvieron en Campo de Mayo. Me costó un montón hacer la reconstrucción de los compañeros de mi papá. Recuerdo a Egidio Battistiol, Juan Carlos Catnich, Leonor Landaburu, Sandra Colayago, que estaban embarazadas… Sé que fueron 23 personas, entre ellas menores de edad”, expresó.
Si bien la testigo aseguró que nunca supo mucho sobre la militancia de su padre en el Ferrocarril, compartió una anécdota que puede demostrar el compromiso que Montarcé tenía: “Mi papá le había pedido a mi abuelo que le prestara la máquina de escribir. Quería hacer un reclamo para pedir ropa de trabajo y las capas para la lluvia para él y sus compañeros. Este petitorio de mi papa da cuenta de una actividad gremial”
Por último, en un emotivo cierre y después de responder las preguntas de las partes, Nora agradeció a las sobrevivientes que le permitieron acceder a la información respecto a su papá y a su mamá y exigió justicia: “Es una incansable búsqueda de justicia, en especial de las Abuelas de Plaza de Mayo. Por ellas y por Lorena y Flavia Battistiol es que yo puedo estar acá dando mi testimonio… La ausencia está presente siempre. Necesité de mi mamá y de mi papá para que me acompañen. Las heridas siguen abiertas, pero se hacen más profundas cuando tenemos que soportar cuando la justica se hace lenta y no llega. Hasta el día de hoy no sabemos que hicieron con nuestros desaparecidos. No queremos venganza, queremos justicia. Seguimos soñando con un mundo más justo y más solidario, donde no haya tanta desigualdad. Tenemos que creer que es posible. Era el sueño de mis padres y de toda una generación. Tenemos el legado de continuar con lo que ellos comenzaron”, concluyó con su testimonio.
Las audiencias frente al TOF 1 de San Martín continuarán el miércoles que viene de manera remota y con la posibilidad de que participe el público en general  y la prensa.

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