12 sept 2020





El testigo fue citado por las desapariciones de su madre, Alba Noemí Garófalo, y de su padre, Eduardo Daniel Placci. Los secuestros ocurrieron el 8 de diciembre de 1976 en la casa de la calle Quintana 208, San Martín, Provincia de Buenos Aires. Algunos meses después del operativo, la casa fue ocupada por el policía Rolando Ríos y su familia. Al día de hoy, continúan usurpando la casa que por herencia le corresponde a Nicolás. El inmueble fue allanado en el 2009 y se le encontró al ex policía un verdadero arsenal de guerra que incluía metralletas, granadas y todo tipo de armamento y municiones. (Por La Retaguardia)


✍️ Texto y cobertura en juicio 👉 Diego Adur
💻 Edición  👉 Fernando Tebele
🖍️ Ilustración: Lorenzo Dibiase 


Las descripciones de Nicolás Placci son precisas y detalladas: Alba Noemí Garófalo tenía 22 años al momento de su secuestro. Era delgada, medía 1,75 m., tenía la tez blanca y los ojos marrones. Su papá, Eduardo Daniel Placci, era un año menor que Alba y medía 3 cm menos. Tenía el pelo ondulado, también era de tez blanca y compartía el color de ojos con su compañera. La mamá de Nicolás estaba embarazada cuando se la llevaron. Por eso, la intención de Placci no es solo saber la verdad y conseguir justicia, sino también encontrar a su hermana o hermano que, presuntamente, nació en cautiverio “entre abril y mayo del ’77”. 

Alba y Eduardo se casaron el 2 de julio de 1975. Nicolás nació el 26 de mayo de 1976. Después de vivir un tiempo en la casa de los abuelos maternos de Nicolás, en el barrio porteño de La Boca, la joven pareja compró una casa en Quintana 208, en San Martín, y se mudaron allí con su hijo.

Fueron secuestrados el 8 de diciembre de 1976, pocos meses después de mudarse a la casa. Un grupo vestido de civil y fuertemente armado ingresó a la casa. Habían ocupado toda la zona, incluso colándose en los techos de casas vecinas. Alba, antes de que se consumara el operativo, llegó a cruzar la calle para dejar a su bebé Nicolás al cuidado de una vecina, la señora Lucía de Ego: “Mis papás sabían que los estaban buscando. Me dejaron en la casa de la familia Ego para salvarme la vida”, relató Nicolás. Lo último que supo de su mamá fue que la encapucharon y la metieron dentro de un auto.
Los secuestradores, “gente de la comisaría de San Martín y de la Brigada de San Martín”, regresaron al día siguiente y le reclamaron a Lucía que entregara al niño, pero la señora consiguió que le permitieran quedarse con Nicolás. “A ella también le debo mi vida”, le agradeció en su testimonio. Después de eso, su familia fue a buscarlo a la casa de Ego.

Algún tiempo después, la casa de Garófalo y Placci fue ocupada por el policía de la Bonaerense Rolando Ríos junto a su esposa Julia Granados y tres hijos. En 2007, cuando Nicolás hizo las averiguaciones en el Registro de la Propiedad Inmueble de la Provincia de Buenos Aires, le informaron que seguía estando a nombre de Alba y de Eduardo. Ahí se enteró de que la casa estaba siendo usurpada por un ex policía que no poseía documentación que certificara su compra. Dos años después, en 2009, se realizó un allanamiento en Quintana, y descubrieron que Ríos tenía en la casa un verdadero arsenal militar: pistolas, revólveres, metralletas, cargadores, escopetas, municiones, balas, granadas, entre más armamento: “Al día de la fecha, todavía no pude recuperar la casa de mis padres. Está siendo habitada por un policía retirado, Ríos, y su esposa, Granados. No tenían escritura ni boleto de compraventa, ningún tipo de documentación respecto a la compra de ese bien. Lo único que mostró fue una boleta de teléfono. Esa casa está siendo usurpada de manera ilegal. No es una ironía, es una cínica metodología. Me puse al frente de las acciones que fueran necesarias para recuperar la casa que sigue a nombre de mis padres. Cuando allanaron la casa encontraron una cantidad enorme de armas de guerra y sus complementos y municiones. Se le hizo una causa a Ríos por la tenencia de armas de guerra. No entiendo como, después de 44 años, esa casa sigue usurpada y no se ha restituido a su único heredero, que soy yo”, expresó.

La decisión de conocer su historia

La investigación artesanal de Nicolás, como él la llama, para conocer la historia de Alba y de Eduardo, comenzó hace varios años. Antes, admitió, le esquivaba al tema: “Miraba para otro lado”. De niño, vivió envuelto en un gran silencio. Pensaba que su abuela materna era su madre y que su abuelo era su padre. Una mañana, que el testigo dijo recordar “como si hubiese sido esta mañana”, le preguntó a su abuela por qué las mamás y los papás de sus compañeros del colegio eran más jóvenes que ella. Ahí fue cuando le contaron que, hacía unos años, a sus papás se los habían llevado los militares y que, en algún tiempo, los iban a soltar e iban a regresar a buscarlo. Desde allí, Nicolás dejó de jugar, “de revolcarme en el piso, de patear la pelota. Me sentaba en el escalón del zaguán que da a la calle, día tras día, a esperar a que volvieran mis padres”. Cuando el joven Nicolás comenzó a percatarse de que no iban a volver empezó a reprimir todo lo que le pasaba al respecto. Dejó de tener amigos y amigas y no hablaba con nadie sobre el tema. Hasta que en el año 2003 fue invitado por unas personas que conocieron a Alba y a Eduardo a dar una charla a un grupo de jóvenes cristianos, “para contar la historia de mis padres. Me di cuenta de que no sabía nada de ellos, qué hacían, qué pensaban, por qué militaban. A partir de ahí comencé mi investigación… Cuando Néstor Kirchner pidió perdón en nombre del Estado por las atrocidades de la dictadura, pensé que me estaba hablando a mí. Era el empujoncito que necesitaba para no mirar para otro lado, para plantarle batalla a mi pasado y empezar a hacerme cargo”.
El testigo no olvidó mencionar a su tío, Lolo Placci, también desaparecido: “Dejó un vacío grande en la familia. Por él también estoy acá hoy, porque quiero saber la verdad y hacer justicia”, exigió.

Para terminar con su declaración, Nicolás leyó un fragmento de una carta que su mamá le había enviado a su abuela en el ’75. Le agradecía por los valores cristianos que le habían inculcado. Sin embargo, Alba diferenciaba el concepto de lo que significaba para ella ser una buena cristiana y le contaba a su madre que elegía dedicar su vida al servicio de quienes más lo necesitaran. Nicolás mostró fotos del casamiento de su papá y su mamá, y una foto de Alba embarazada de él. Por último, leyó un versículo del Nuevo Testamento, del libro de Juan, que terminaba con la frase ‘La verdad los hará libres’: “Yo quiero para mis padres, para mi hermano o hermana, para mis abuelos, mis tíos, mi prima y sobre todo para mi hijo, esa clase de libertad, la libertad que únicamente otorga la verdad”, concluyó su testimonio.
Luego, declararon el hermano de Alba, Uberto; su hermana, Nora; y su esposo, Juan Carlos Mercurio. Nora Cristina Garófalo expresó su admiración por las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo y contó que “hicimos todo lo posible para que apareciera el hermano de Nicolás”.

También dio su testimonio Stella Maris Ego, la vecina de enfrente de la casa Quintana 208, que tenía 17 años cuando Alba le dejó a su mamá a Nicolás, en diciembre del ’76: “Una tarde de calor, después de las seis de la tarde, tocaron el timbre y la mamá de Nicolás dejó al nene con mi mamá. Al rato, cruzó con el carrito de bebé con muchos pañales y dos biberones de leche. Mi mamá comentó la exageración de las madres primerizas, que por un ratito llevaban todas esas cosas. La mamá no volvió a buscar al bebé. Al día siguiente, un grupo de gente entró a la casa y le empezó a preguntar por el nene y por la gente de la casa de enfrente. Estaban vestidos de civil, con armas. Mi mamá le preguntó qué le iba a pasar al nene. Le dijeron que lo iban a llevar a un orfanato. Por la cara y la expresión de ‘pobrecito’ que puso mi mamá, este señor le dijo que el bebé podía quedarse con ella por 24 horas, para ver si alguien de la familia iba a buscarlo. La noche siguiente, una pareja mayor se presentó en nuestra casa diciendo que eran los abuelos de Nicolás. Les habían avisado que estaba en casa. Mi papá no los conocía. Para estar seguros, se fueron todos, con Nicolás, a la comisaría de San Martín. Hicieron un acta donde mi papá les hacía entrega de Nicolás”, explicó Stella Maris.

Sobre la casa de Alba y Eduardo dijo que “estuvo desocupada algún tiempo. Fueron algunos meses. Luego apareció una familia, con 2 o 3 chicos. Era todo lo contrario de lo que eran los papás de Nicolas. Gente que no se dio con nadie, secos. Comentaban que el marido trabajaba de policía”, contó.
Al final de la audiencia, la querella de Pablo Llonto, abogado de las familias de la víctimas, y la querella de Ciro Annicchiarico, en representación de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, le pidieron al Tribunal  que una comisión policial constate si la casa de Quintana 208 está siendo ocupada por Ríos, y que verifiquen la existencia o no de armamento militar.

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