21 nov 2021


La gala en el Teatro Colón en honor a la Policía de la Ciudad se tuvo que suspender. Y lo más siniestro, después del asesinato en sí mismo, son las formas. La reiteración. Policías de civil que hacen lo que quieren. Que si pueden, matan. Que si pueden, roban. Que si pueden, torturan. Que si pueden, secuestran. Que si pueden, violan. Si ellos quieren entrás como carne sin existencia en su lista de deseos por quemar. En este caso fueron dos tiros en la cabeza. (Por La Retaguardia)

📷 Foto: Natalia Bernades/La Retaguardia 


Luego a encubrir su grosero proceder. Pero no pudieron. Si no Lucas engrosaría esa lista integrada por presuntos ladrones que recibieron la pena de muerte sin siquiera ser juzgados. Pueden ser dos tiros o un linchamiento civil, la espantosa libertad de poder no elegir. Si hasta tuvo buena suerte de no terminar como NN en algún cementerio, en algún cangrejal, en una bolsa en otra provincia, o andá a saber; en la condición novedosa que se les pueda ocurrir para desaparecer personas.
Y no perdamos el hilo tampoco. Político y comunicacional, mediático. Desde ahí se entregan las medallas olímpicas en esta disciplina que no es nueva. Viene desde la dictadura genocida y continúa en una democracia desnutrida en la práctica de derechos humanos.
Cuando hablamos de derechos humanos se trata de esto: de que no te bajen con dos tiros en la cabeza cuando andás tranquilo por la calle. Nada más. Nada menos.  
El caso de Lucas recuerda a tantos otros, que hace imposible nombrarles a todos. En esa cotidiana tristeza nos desplazamos. 

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