10 dic. 2013

La bandera que recuerda a los 12
(Foto Luis Angió)
(Por Fernando Tebele para La Retaguardia) El calor en la ciudad agobia. Estar al aire libre, con el sol oculto por unas nubes que meten miedo y, aun así, tener la necesidad de abanicarse con lo que se tenga a mano, da cuenta de la sofocación.  La Santa Cruz ha sido y es, un lugar de encuentro, abierto, inclusivo. Cuando uno cree fervientemente en algo, puede volverse difícil aceptar al otro. De ahí al fanatismo enceguecedor no hay ni un paso. La Santa Cruz, en cambio, está hecha por personas que creen, pero que se abren a otros que quieran ir hacia un mundo mejor. No importa qué luz ilumine a cada uno, nos deberíamos encontrar en el camino, al menos en alguna esquina.

"HAY QUE INAUGURAR TALLERES
DONDE VIVA LO DIVERSO
REFUGIOS DE LA ESPERANZA,
LUGARES DE NACIMIENTO,
DONDE NADIE QUEDE AFUERA DE LA FIESTA Y EL ENCUENTRO".

Ese estribillo, parte de la canción La belleza de la trama de Humberto Pecoraro, está escrito en un papel que se reparte entre la gente (el mismo que sirve también para mitigar el calor). Lo vamos a cantar una y otra vez. Seguramente lo seguiremos cantando mañana. Es pegadizo; también contiene esperanza. 
Hay más gente parada que sentada. Claro síntoma de que la asistencia ha superado las expectativas. Hace años que se recuerda aquí, en los jardines de la Iglesia de la Santa Cruz, en el barrio de San Cristóbal, aquellos hechos dolorosos que derivaron en el secuestro y la desaparición de 12 personas del grupo que se reunía allí buscando a sus familiares, o a todos los que faltaban. 
Hay tiempo para recordar a Eduardo Luis Duhalde, quien luchó desde lugares diferentes siempre con el mismo objetivo. Tanto en sus defensas de presos políticos compartidas con Rodolfo Ortega Peña, como en su gestión como Secretario de Derechos Humanos de la Nación.  
Juan Palomino recibe
el pañuelo y una peli
(Foto Luis Angió)
Piden solemnemente que suban los actores. Son 12 y tomarán la voz de aquellos 12. Empiezan a presentarse: "Hola, soy Juan Palomino, pero hoy soy Remo Berardo", dice solo uno de los 12. Pienso que Paenza se enojaría con mi cuenta, pero aquellos 12 + éstos 12, me dan 1. Al menos arroja una síntesis de aquellos, entre los que había peronistas como Azucena, pero no solo peronistas. Varios de Vanguardia Comunista por caso. Sin embargo estaban todos allí, en el mismo grupo, buscando, juntos. Viviendo la diversidad en la adversidad.
En las lecturas de los 12, aparece el nombre de Gustavo Niño (así, en gris, se escribe solo). Se escuchan silbidos. Cabezas que se mueven de derecha a izquierda como diciendo: "¡Qué hijo de puta!, ¿cómo pudo hacer?". Astiz pudo. El Terrorismo de Estado pudo. Pero nosotros también estamos pudiendo. Vale preguntarle a Astiz ahora, si alguien pudiera tener alguna duda.
Julia Zenko canta a capella El Viejo Matías, de Víctor Heredia, y uno vuelve a preguntarse, como cada vez que la escucha, si sus rulos no esconden algún truco para su voz; no puede ser solo su voz lo que se escucha. Probablemente sea su corazón en dueto con las cuerdas vocales la que arranque semejante sonido.
Cada palabra emociona. Los familiares van subiendo para recortar hechos de los 30 años de democracia. Y allí van la hija de Esther Ballestrino de Careaga, la de Azucena Villaflor, la sobrina de Ángela Auad. Van. Y citan hitos. Hay lugar para ovaciones cuando se recuerdan momentos cargados de simbolismos, como el de Néstor Kirchner haciendo bajar los cuadros de los genocidas; hay que solicitar aplausos para Alfonsín, o para el juicios a las juntas. "Hay que construir talleres, donde viva lo diverso", canto para mí.
Entre las sillas, unos jóvenes despliegan rollos con telas de colores diferentes. Arman una especie de entretejido. Viene la orden del escenario y comienza la tarea de tejer: corre la trama y sostiene la urdimbre, me explica al oído alguien con conocimiento textil; no sé si entendí bien la técnica. Pero en ese tramar, se crea un tejido. Eso lo veo, está tan claro como cargado de colores. Hay más emoción. Incluso algún abrazo entre las sillas.
Las Madres de Plaza de Mayo, siempre presentes
(Foto Luis Angió)
Sobre el final, antes de recibir las rosas para dejar en el solar donde fueron sembrados los aparecidos, Ana María Careaga, la hija de Esther, cierra el acto iniciando el canto de los presentes. Da arranque con dos nombres. "Presente", recibe como respuesta. "Sigamos compañeros", lanza Ana María, y los gritos se enciman unos con otros, generando un murmullo colectivo con nombres disparados desde todos los costados. Alguien grita Jorge Julio López; otro levanta el nombre de Luciano Arruga. Parece que no se terminará jamás. Que estarán allí los 30.000. Están allí los 30.000. En esos gritos entrelazados, parte de la misma trama, interminables, de tantos años, que los organismos de derechos humanos, con las Madres a la cabeza, nos han legado. Con las mismas consignas que Ellas acuñaron. Memoria, Verdad, Justicia.

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