5 nov. 2015

Diana Maffía es doctora en Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y directora del Observatorio de Género del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires. Con motivo del asesinato de la militante trans Diana Sacayán, dialogó en una emisión de Sueños Posibles, con Alfredo Grande e Irene Antinori, por La Retaguardia. La especialista abordó además diversos aspectos de las reivindicaciones de género en nuestro país. (Por La Retaguardia)



Ley de identidad de género

Al inicio de la charla, Maffía se pronunció sobre los pro y los contra de la ley de identidad de género: “Por un lado tenemos ese brillo de ciertos avances legales, pero recordemos que elude la cuestión de la identidad travesti, porque da la posibilidad de un género autopercibido que debe ser inscripto como varón o mujer”. Maffía señaló que las travestis y las personas intersex que conformaron parte sustancial de la Red por la ley de Identidad de Género, “decidieron posponer parte de sus demandas generosamente para poder habilitar esta apertura tan importante que significa la ley”. La especialista define a la identidad travesti como una categoría política y sostiene que “Diana Sacayán, Lohana Berkins, desde hace quince o veinte años la hacen visible como una demanda, como una interpelación a la dicotomía sexual, como una interpelación al modo en que el Estado responde a estereotipos de género y deja fuera de la ciudadanía a personas que no responden a esas decisiones”.

Recuerdo para su tocaya

Activista trans y militante popular, Maffía expresó su sentimiento por el asesinato de Diana Sacayán y recordó su militancia: “Tiene un ingrediente particular y es que era una luchadora popular. Ella vivía en el Conurbano y adhería a ciertas luchas que eran propias del barrio en el que vivía. Este modo de ser luchadora por su identidad, pero también por otras reivindicaciones sociales con personas muy populares, le daba un perfil particular”. Según Maffía, la investigación judicial sigue varias líneas “y una de ellas tiene que ver con los antagonismos políticos. No solamente su fragilidad viene de su condición de travesti sino también de ser una luchadora popular contraria a una regimentación de las luchas que pretende etiquetarlas a todas bajo una hegemonía”.
“Toda sexualidad es política, con una gran conciencia política y con una gran conciencia de clase. Con personas como Diana Sacayán, la subalternidad es transformada en una fuerza orgullosa: era el orgullo de ser del Conurbano, pobre, que resiste y reclama derechos, con una sexualidad absolutamente subalternizada y, sin embargo, desde esa identidad, hacer los reclamos”, reivindicó.

Lo trans como disruptivo

“Hablar de imperialismo heterosexual es impugnar una cuestión que es la orientación sexual, no necesariamente la identidad. Uno podría pensar que una mujer que ama a otra mujer sigue siendo una mujer y un varón que ama a un varón sigue siendo un varón”, reflexionó Maffía y aportó un ejemplo relacionado con los elementos que indefectiblemente se dejan afuera si se cataloga: “Hay otras identidades además de varones y mujeres, y hay otras orientaciones difícilmente designables. Una travesti se enamoró de una lesbiana y me preguntó si eso era heterosexual u homosexual y yo no supe qué responderle, ¿cómo consideraríamos la orientación de una travesti y una lesbiana?”. El planteo de Maffía complejiza los parámetros utilizados para clasificar las innumerables orientaciones sexuales e identidades de género: “Si consideramos su genitalidad diríamos que es heterosexual, si consideramos su expresión de género diríamos que es lesbiana, bueno, es difícil saberlo, porque no es solamente una cuestión de orientación”.
En caso particular del travestismo la categorización se complica aún más, aseguró Maffía: “La travesti toma una expresión de género mujer y mantiene su genitalidad. Esto impugna, hace que no se sepa cuál es la orientación y entonces no vamos a poder calificarla como heterosexual ni como homosexual ni como bisexual y también impugna la cuestión de la corporalidad y el alineamiento de corporalidad de identidad de género”. Según la especialista, la identidad trans es disruptiva y debe ser tomada con esa singularidad: “En el crimen de Diana Sacayán interviene la fiscalía especializada en femicidios, pero en realidad tendríamos que empezar a hablar de travesticidio, de darle singularidad al asesinato de una persona travesti por su condición de travesti”. Para Maffía se trata de un crimen de odio específico diferente del femicidio.

Mujer y varón no se nace

“Esta idea de que una mujer no nace sino que se hace, encubre que un varón tampoco nace sino que se hace. No es sólo la feminidad lo que se construye, la feminidad se construye de manera subordinada”. Maffía problematizó el rol masculino en tanto se considere como necesariamente privilegiado: “Muy pronto los varones se enteran de que los privilegios son para los varones hegemónicos y muchos quedan afuera de esos privilegios prometidos por la masculinidad porque hay otras subalternidades: de clase, de color, de etnia, de orientación sexual, de identidad”. La especialista sostiene que la construcción de la masculinidad se da como una identidad que se impone a través de la violencia y la fuerza: “Resulta muy lesivo para muchos varones pensar que ese es el modo de identidad en que deben expresarse. Así como las mujeres muchas veces no nos resignamos a las posiciones subordinadas que nos reserva un cierto sistema social, muchos varones tampoco se resignan al tipo de diseños de masculinidad o los lugares sociales de sometedores”.

La condición de clase

“Es muy importante señalar la lucha de clases porque el modo en que se determinan los roles de género en nuestra sociedad provienen del origen del Estado moderno porque previamente los roles sociales no se distribuían políticamente”, definió Maffía. La especialista informó que antes de la modernidad, los roles se establecían como naturales y no había discusión al respecto. “Con los roles sociales con un diseño político del Estado moderno y éste como distribuidor de derechos, hay una relación entre lo público y lo privado que depende del orden capitalista vigente. Los roles en lo público tienen que ver con el trabajo remunerado y la diferencia entre quien tiene los medios de producción y quien vende su fuerza de trabajo y las relaciones económicas que se puedan establecer”, explicó. La distribución de los roles se convierte en privada respondiendo a la misma maquinaria: “Para que esa acumulación capitalista sea posible tiene que haber una reproducción gratuita de la fuerza de trabajo, y ese es el orden privado, el orden doméstico que está reservado a las mujeres”. Las mujeres en el capitalismo desarrollado deben, según Maffía, garantizar las tareas domésticas, reproductivas o de cuidado y “eso es algo que el Estado no discute, es un gran factor de desigualdad sobre todo para la vida profesional y laboral de las mujeres, y tiene como fundamento que es la única manera en que el sistema capitalista puede resistir: haciendo que la reproducción de la fuerza de trabajo sea gratuita”. Maffía sostuvo su análisis suponiendo una realidad diferente: “Si en el salario tuviera que figurar esa reproducción como parte de la remuneración, si se recibiera también el equivalente a alguien que limpia su casa, que lava la ropa, que la plancha, que hace la comida, que cuida a los niños, claramente quien acumula no podría acumular tanto”.
Maffía asegura que “las mujeres que no nos rebelamos al orden establecido prestamos numerosos servicios al Estado y seguimos reproduciendo gratuitamente la fuerza de trabajo, y también prestan servicios los gobiernos en los que las políticas sociales se expresan en domesticación de las mujeres; es decir, subsidio para las amas de casa, subsidio para que se queden en su casa cuidando niños y garantizando que se vacunen y vayan a la escuela”. La especialista asegura que este orden de cosas sólo beneficia al modelo económico capitalista.

Iglesia, Estado y sexualidad

Maffía comenzó su reflexión en este punto cuestionando el artículo 2 de la Constitución, en el que la Iglesia se aseguró ser mantenida por el Estado, a pesar de que sea laico: “Que la paguen los feligreses es bastante razonable, pero que la pague el Estado, a una en particular, no siendo una religión de Estado, parece bastante anormal”. En materia de sexualidad e identidad de género, “el catolicismo dogmáticamente considera que la sexualidad está aplicada a la reproducción, tanto que recién en los años 70' la Iglesia resuelve que la sexualidad es también un mecanismo de comunicación en las parejas”. Maffía informó que antes de aquel pronunciamiento, era tan fuerte la idea de la sexualidad reproductiva que “si uno de los integrantes de la pareja era estéril, aunque estuvieran casados, no debía haber sexo, y lo mismo si la mujer alcanzaba el final de su etapa reproductiva. Por supuesto no debía haber anticoncepción”. La especialista señaló, además, que “persisten posiciones conservadoras que siguen considerando que no debe haber ni educación sexual ni acceso a la anticoncepción por esta idea de la sexualidad reproductiva”.
“Como la reproducción es garantizada por el coito vaginal, cualquier otra práctica sexual también va a quedar bajo anatema para la Iglesia, y mucho más aquella sexualidad que no es reproductiva como es la no heterosexual”, señaló. Maffía recordó la posición del ahora Papa Francisco cuando era el sacerdote Jorge Bergoglio, en 2010 cuando se discutía el matrimonio igualitario: “Dijo que era una treta del demonio, que la idea de dos personas homosexuales que se casan era algo satánico, diabólico”.

Pensar junto a Diana Maffía siempre es aprender. Esta vez no fue la excepción.

0 comentarios:

Publicar un comentario