22 nov 2020






Carmela Ramos ofreció un desgarrador testimonio acerca del secuestro que sufrió, cuando aún no había cumplido 6 años, junto con su hermano Vladimiro, de 8. Estaban al cuidado de Diego Nadal y Elida Gramondi. La pareja también fue secuestrada junto a sus pequeñas criaturas. En ese momento, Ana María Martí, la madre de los hermanitos Ramos, quién también declaró en esta audiencia, se encontraba cautiva en la ESMA. Los dos testimonios demuestran cómo era el enlace permanente entre el Ejército y la Marina. (Por La Retaguardia)


✍️ Texto y cobertura del juicio: Diego Adur
💻 Edición: Fernando Tebele
🖍️ Ilustración: Paula Doberti (Dibujos Urgentes)




Los sollozos de Carmela parecen interminables. Sin embargo, continúa con su declaración sin dejar de mencionar ningún detalle. Se la ve aterrada, como si nuevamente estuviera padeciendo todas las torturas físicas y psicológicas sufridas durante el año 1978, pero que repercuten y continúan a lo largo de toda su vida. Es una mujer hermosa y todo su dolor se expresa hacia afuera con sus palabras. La historia de Carmela, la relación con su hermano Vladimiro, la pena que todavía siente por su mamá, Ana María, y todos los tormentos que enfrentó con tan solo 6 años de edad reflejaron en su testimonio las peores miserias y los más crueles castigos que tuvo como herramienta principal el Terrorismo de Estado.

Tanto el testimonio de Carmela Ramos, como el de su mamá Ana María Martí y el de Augusto Nadal fueron solicitados para exponer los casos del secuestro y la desaparición de Diego Nadal, Esther Gramondi y Raúl Nadal. Sin embargo, para contar su historia es necesario enlazarla con la de la familia Ramos-Martí: Ana María Martí fue secuestrada el 18 de marzo de 1977 en la estación “El Tropezón”, de San Martín. La llevaron a la ESMA donde estuvo prisionera más de veinte meses. Luego pasó un mes en una casa quinta de la Armada en la localidad de Del Viso donde se reencontró con su hija Carmela y su hijo Vladimiro. De allí fueron exiliados a España. Estuvieron bajo libertad vigilada durante por lo menos tres meses más, hasta que viajaron a París, primero, para luego radicarse en Suiza. Contada así, pareciera que la historia fue fácil y rápida. Pero sin dudas fue todo lo contrario.
Después del secuestro de Ana María, su por entonces esposo y padre de sus hijos, Hugo Alberto Ramos, pasó a la clandestinidad. Carmela y Vladimiro quedaron al cuidado de su abuelo materno, Manolo Martí. Con él vivieron hasta abril de 1978. Luego, Ramos, que debía abandonar el país, los dejó en custodia de Diego Nadal, un compañero de militancia, quien vivía junto a su esposa Elida Esther Gramondi en José C Paz.; Allí también estaban la hija y el hijo de Nadal y Gramondi: Carmen, a quien apodaban Nana, de dos años y medio y Diego, un bebé de apenas cuatro meses; también Raúl Nadal, tío de los niños.
El 23 de septiembre, las 7 personas que compartían vivienda —3 adultas y 4 pequeñas— fueron a Escobar a celebrar la Fiesta de la Flor. Las secuestraron en un restorán. Carmela Ramos lo relata entre llantos, como si fuera otra vez aquella niña: “En septiembre fuimos a pasear a Escobar. Fuimos a comer algo. No recuerdo si era de día o de noche. Fuimos a un restorán muy grande. Había dos puertas. Estábamos comiendo un helado con mi hermano. De repente, de las dos puertas entraron muchos hombres con botas negras que me llegaban al pecho. Nos agarraron a todos y nos sacaron. Uno tenía los ojos celestes. En ese momento nos separaron. Los chicos nos quedamos con Coca (Gramondi). A Diego y a Raúl los apoyaron contra un coche blanco. Fue una escena de violencia tremenda. Les pegaban, gritaban, escuchamos tiros. Era una escena interminable, no paraban de pegarles. Cada vez que se caían al piso yo pensaba que estaban muertos. Nos pusieron en otro coche. Coca nos decía que no miremos, pero con mi hermano no resistimos y vimos lo que pasaba”.

Se dirigieron a Campo de Mayo. Carmela pudo ver un lugar verde, con muchos árboles y caballos, pero lo que más recuerda son las botas negras, altas, y las personas con chalecos, uniformadas. A los niños y a Gramondi los metieron en un sótano repleto de ropa sin ninguna ventana. Carmela relató que salió de ese lugar solo para presenciar otra violenta sesión de tortura contra uno de los Nadal: “En un momento nos llevan a un cuarto a mí y a mi hermano donde yo creía que estaba Raúl. No lo reconocí, por su cara y por la sangre. Estaba desnudo. Le pegaban, le gritaban. Había olor a sangre. Eran muy violentos. A mí y a mi hermano nos decían que eso le iban a hacer a mi papá. No sé si estaba vivo o muerto, estaba todo desfigurado. Cuando hablé con mi hermano me dijo que no era Raúl, que era Diego”, mencionó Carmela y después explicó que ese sería “otro desacuerdo con mi hermano”.

En ese sótano estuvieron varios días. Casi que no les daban de comer. Un día, se llevaron de ese lugar a Esther, quien antes de ser arrastrada por los captores le dio su bebé a Carmela. Ese momento, para la testigo, fue determinante. No solo por el miedo que implicaba permanecer  en cautiverio sin ningún adulto sino porque de allí en adelante ella se haría cargo de ese niño con responsabilidad maternal casi obsesiva, algo impensado para una nena de 6 años: “Nos tenían a todos en una esquina. Vino Coca con Dieguito, el bebito, llorando. Se la querían llevar. La querían sacar de ahí, de donde estábamos nosotros... y nos poníamos mal porque  queríamos que se quedara con nosotros. Ella se puso a llorar. Estaba a los gritos. Hubo una escena de violencia.  Me había dado a Dieguito, lo tenía yo. Esa es la última vez que la vi a ella. Me acuerdo de su espalda, tenía una blusa blanca. Me acuerdo de su pelo. Cuando se fue y nos quedamos solos, fue el peor momento. Nos tuvieron ahí en la oscuridad mucho tiempo”, cuenta angustiada.

Sin embargo, los momentos más terribles para Carmela, para Vladimiro, para Nana y Dieguito estaban por llegar. De Campo de Mayo fueron trasladados a una cárcel de mujeres. Todavía tienen dudas acerca de dónde estuvieron. En ese momento, Martí recibió la información de que el lugar era la Brigada Femenina de San Martín, por boca del propio Tigre Acosta, uno de los jefes más feroces de la ESMA; en otras causas de Campo de Mayo, como el que se celebra actualmente por la represión a la Contraofensiva de Montoneros, varios hijos e hijas reconocen haber estado allí. Pero no es la única posibilidad. Por lo que después le relató Carmela a su mamá, el sitio podría ser el Hospital Psiquiátrico Alejandro Korn de La Plata, conocido como “Melchor Romero”. “Era un lugar bajo, había un patio con rejas. Detrás de las rejas estaban las presas. También había una sala de estar, dos dormitorios y un cuarto donde nos interrogaban a mí y a mi hermano. Estábamos con Nana y Dieguito también. Éramos sus esclavos. Nos hacían limpiar, barrer, cebar el mate, les teníamos que sacar los zapatos. Nos ordenaban lo que ellos querían.  A mí me hacían revisar las bolsas de las mamás que traían cosas para las presas, para sus hijas. Tenía que abrir las bolsas y mirar adentro que no hubiera cuchillos, latas o tomate, por el óxido me decían... Revisaba todo eso y me mandaban a mí a llevarles eso a las presas. Se lo tenía que llevar y entregar a través de las rejas. Ellas me odiaban, me escupían, me agarraban las manos y me rasguñaban. Me decían que era una hija de puta, que yo era una cana y mi hermano un botón. Esas mujeres estaban mal. Lloraban todo el día y se desnudaban. Era increíble ese lugar. A la noche no podíamos dormir porque hacían escándalos. Una se quiso suicidar. Siempre pasaban cosas y nosotros nunca podíamos dormir”, repasa. con tristeza y sin poder deshacerse de la congoja.

La celadora "buena"

Carmela y Vladimiro eran interrogados por distintas personas que llegaban al lugar para esa tarea. Les preguntaban por su papá, y por dónde tenían escondidas las armas. Una mujer se hacía pasar por una amiga de su mamá para arrancarles información que no podían tener de ningún modo: “Decía que se llamaba Ana María y que podía confiar en ella. Yo no la conocía, nunca la había visto. Esa señora y otros hombres nos interrogaban todo el día en un cuarto chiquitito. Nos acosaban, querían saber dónde estaba mi papá, si sabíamos de un lugar donde había armas, nos pedían datos. Nosotros no sabíamos nada, pero ellos no nos creían. Nos acosaban y nos pegaban. Eran violentos, y sobre todo conmigo. Ellos me decían que conocían a mi mamá y a mi papá. Yo decía que no, que ese no era su nombre. Me decían que pare de mentir, que el apellido que yo daba, mío y de mi papá , no era ese. Más yo me resistía, más ellos me pegaban... Mi hermano, que era un poquito más grande, ya no soportaba lo que me hacían. Me dijo: ‘basta Carmela, pará, ya está’, que ya sabían todo, que dijera que era Ramos. Yo no quería. ‘Yo no me llamo Ramos’, decía. Me enojé mucho con mi hermano. Fue mi primera gran pelea con mi hermano, un quiebre en la relación. Él se enojaba conmigo. Como yo no quería decirlo, él un día dijo que iba a contar algo. Inventó una historia para que me dejen tranquila. Contó una historia de dónde estaban las armas y era todo mentira. Ellos nos escuchaban y tomaban nota hasta que dijo que había que tomar un submarino en un lugar en el Tigre para llegar a otro lugar. Ese día, me contó mi mamá, fue el día que más la torturaron”, lamenta ahora Carmela. 

“Cuando no nos interrogaban ni nos hacían trabajar, nos ataban a las estufas”

Los tormentos sufridos por Carmela y narrados en esta audiencia se agudizan profundamente al verla. Su dolor está en la piel. Con su testimonio, está soltando la carga muy pesada de la historia siniestra que le obligaron a atravesar. Después de esta frase donde, además, afirmó que ni siquiera los soltaban para ir al baño, Carmela se quiebra. El abogado querellante, Pablo Llonto, le ofrece la posibilidad de detener su testimonio, pero ella no quiere. A pesar de la congoja y la tensión que la abruman, sigue relatando las torturas que vivió: “Pasábamos mucho tiempo atados a las estufas y nos hacíamos pis y caca encima. No nos bañaban. Nos limpiaban nada más. Cuando nos bañaban, nos bañaban vestidos porque decían que tardábamos mucho en sacarnos la ropa. Nos dejaban con la ropa mojada y a mí me hacía doler la panza. Entonces, me sacaban la ropa y me dejaban desnuda. Muchas veces me dejaban desnuda. Nos dejaban en la oscuridad y yo tenía frío. Nos traían una frazada para todos. Nos teníamos que poner todos en la misma cama, con mi hermano, Nana, y a mí no me gustaba. Me sentía que era como un juguete, que hacían conmigo lo que querían”, expresa enojada.

Los cuidados de Dieguito, el bebé de Nadal y Gramondi, habían sido delegados en Carmela. Una niña de 6 años, responsable de un bebé de tres meses: “Yo tenía que estar con él. Yo lo cuidaba. Me lo daban a mí y tenía que hacer todo. Tenía que cambiarle los pañales, darle la mamadera. Él no dormía. Lloraba todo el tiempo. No podíamos dormir tampoco nosotros, no podíamos descansar. Me lo daban a mí para que lo tenga en mis brazos y que se duerma. Pero no se dormía. Yo estaba muy mal porque él era muy chiquito. Estaba cada vez más flaquito y más rojo y tenía miedo de que se muriera. No quería que se mueriera. Él tenía hambre. Yo les pedía que le den de comer. Nunca me escuchaban. Traían una mamadera con agua. Eso me enojaba un montón porque no le traían leche, no le daban de comer y cada vez era más chiquito. Era mucho para mí, yo tenía miedo de romperlo y que se muera en mis brazos. Yo no sabía nada, no sabía por qué me pedían todo esto. Cuando yo estaba atada y él lloraba no me dejaban ir. Entonces yo lo veía y pensaba que se iba a caer de donde estaba, y que lo iban a lastimar y lo iban a matar. Un día me di cuenta de que él no estaba más ahí. Yo no sabía que lo buscaron sus abuelos. Yo lo tenía que cuidar. No me dijeron nada. No estaba más. Fue el día más fuerte de mi vida, la verdad”, describe Carmela. Las prácticas del Terrorismo de Estado tenían mucho que ver con la tortura psicológica, no solo con el dolor físico.  

En ese lugar, donde apenas comían —“nos daban sopa nada más”—, estuvieron cuatro meses. Una cocinera les regalaba milanesas. Les decía que nadie debía verlas. Entonces, la niña las escondía debajo de la remera, “tenía todo el pecho quemado, eso me ardía y dolía mucho”. En ese lugar, “la integridad del niño nunca fue respetada”, agrega. Carmela dice no haber sufrido abusos sexuales: “no que recuerde”, y que “no le gustaba estar con hombres grandes”. Con ella y los demás niños hacían lo que querían: “éramos objetos”.

El escape fallido y el traslado

Después de un necesario cuarto intermedio, que sirve para que se recompongan quienes presencian la audiencia, Ramos contó un episodio que significaría una ruptura en la relación con su hermano. Un día, a Vladimiro se le ocurrió escapar de ese sitio. Para Carmela, “escapar de una cárcel era imposible”, y además le daba muchísimo miedo. Él estudió los horarios en los que no había gente dando vueltas y fueron hacia un sector con una escalera que salía hacia afuera. Vladimiro subió, pero Carmela no. Estaba paralizada por el miedo. No sabía qué iban a hacer allá afuera, solos. Él le decía a su hermana que cualquier lugar sería mejor que donde estaban. Trataba de convencerla para que se fueran de allí. Carmela no podía ni intentarlo: “Se enojó conmigo. Fue la real fractura entre mi hermano y yo, que existe hasta el día de hoy. Él se enojó mucho conmigo. Yo le decía que tenía miedo. Me decía que no tenía que tener miedo porque estaba con él. Se descargaba conmigo. Fue horrible. Yo le dije ‘andá vos a buscar a mamá, a papá, al abuelo’, yo me quedo. Él me dijo que no me iba a dejar y se quedó conmigo. Se quedó conmigo cuando se podía haber ido. Y no me lo perdonó más. Siento, aún hoy, que él no confía en mí. A partir de ese momento, como estaba enojado conmigo, me dejaba sola. Yo no lo tenía más a él. Nunca pudimos recomponer la relación. Él era más grande y esto lo destruyó. No está nada bien y a mí me hace sufrir mucho”, comparte la testigo, desgarrada por ese dolor adicional que supone la ruptura con su hermano.

Ana María, desde otro infierno

Mientras tanto, en la ESMA, Ana María Martí se tiraba a los pies del coronel Roberto Roualdes y le rogaba por sus hijos. El “señor de la vida y la muerte en el Olimpo”, como él mismo se definía, y uno de los principales nexos entre la Armada y el Ejército, le aseguró a la prisionera que iba a devolverle a sus hijos. Para eso, a Martí la trasladaron a una quinta operativa del circuito de la ESMA en Del Viso, el 17 de noviembre de 1978. Esa quinta sería la única por ubicar, tras el hallazgo de otras dos en los últimos años, una en Don Torcuato y la otra en General Pacheco, todas en la zona norte del Gran Buenos Aires. 









Unos días después, el prefecto Héctor Febres fue a buscar a Carmela y a Vladimiro. Nana y Dieguito ya habían sido entregados a sus abuelos Nadal. Allí discutió fuertemente con la señora que se hacía pasar por amiga de Martí porque ella pretendía que él firmara unos papeles en los que figuraba que se entregaba a los niños y a las niñas en perfectas condiciones: “Mientras ellos se peleaban, a nosotros nos desnudaban para revisarnos. Me revisaban siempre más a mí. Al final, firmó”, cuenta Carmela. Febres no les había dicho una sola palabra acerca de a dónde los trasladaban: “Yo me quería llevar una muñeca. Él no me dejó. Yo le pegué y él me tiró de los pelos y me pegó una cachetada muy fuerte. Salimos de ahí con lo que quedó de mi hermano. Yo no era más su hermana. Nos subió a un coche todo roto y oxidado, un espanto”, recuerda. En ese momento, supieron hacia dónde iban: “En el coche estaba el Tigre Acosta. Nos dijo que íbamos a ir a ver a mi mamá. Era la primera vez que nos reíamos con mi hermano en no sé cuánto tiempo. El camino fue largo. Llegamos a una quinta que después supe que era en Del Viso. La vi a mi mamá correr hacia nosotros. ‘Quica’ estaba detrás, Sara Osatinsky. Vino corriendo al coche y se frenó de repente. Pensamos que ella no quería vernos. Es un momento que me quedó marcado, pero sé que mi mamá no nos vio en el coche”, afirmó. Cuando Ana María se acercó al auto, no llegó a ver a su hija ni a su hijo porque los asientos delanteros del vehículo los tapaban. Por eso, hasta en ese momento único de reencuentro, Carmela tuvo esa sensación de abandono y desprotección.

Estuvieron un mes en la quinta de Del Viso, zona que lograron identificar años después cuando Martí reconoció un local a donde llevaron a la familia a comprarse ropa. Vestían harapos y tenían que viajar a España, donde iban a ser liberados. Por eso fueron a ese comercio, a pocas cuadras de la casa donde estaban. En una recorrida posterior en Del Viso, Ana María pudo asegurar que la quinta se encontraba en esa localidad. A mediados de diciembre, viajaron a España. Allí recibieron continuas visitas de Febres para controlarlos. Solo pudieron recuperar realmente su libertad cuando se exiliaron en París, donde realizaron las primeras denuncias, y luego cuando se radicaron en Suiza, donde solicitaron asilo político. 

Imposible de ver

“La miro a mi mamá y me vienen las imágenes de todo lo que le pudieron haber hecho. Me matan, no puedo con eso. Tengo pesadillas con todas las cosas horribles y no me puedo sacar esas imágenes”, agrega Carmela a la lista de cosas que nunca podrá olvidar y todavía le pesan. De su estadía en esa quinta, la testigo recuerda que “mi mamá nos decía que no estábamos de vacaciones, que estaban los militares y nos vigilaban, que estábamos presos”. Al aeropuerto, “nos llevó Febres y también fue el Tigre Acosta”, en otro vehículo. Una vez en España, “los dos o tres primeros meses, Febres siguió controlando y vigilando a mi mamá. Cuando lo veíamos nos escondíamos debajo de la mesa”, reconstruye y pone en palabras. Carmela también cuenta que no podían separarse de su madre. Le pedían que les preparara platos inmensos de comida, aunque a veces solo probaran un bocado. Necesitaban tener la certeza de que había alimento. Ya habían pasado demasiado hambre.

Después del intenso y conmovedor relato de Carmela Ramos avisa: “Me siento bien ahora. Me siento mucho mejor porque me permitieron y me dieron un lugar que nunca me animé a tomar. Gracias a ustedes por la labor que hacen, porque son admirables. Yo no puedo, gracias a ustedes yo existo. Valoro mucho todo lo que hacen las organizaciones. La verdad se tiene que saber. Ya no soy más una niña, pero como mujer no tuve la fuerza ni el coraje de hacer lo que ustedes están haciendo. Hay cosas que nunca conté porque no me animaba, me daba vergüenza. No es justo lo que pasó. Que se haga justicia”, pide, y concluye con su testimonio, que tiene todo el aspecto de haber significado mucho más que un simple trámite judicial.

Sobreviviente y testigo recurrente

Cuando el presidente del Tribunal Oral en Criminal Federal N°1 de San Martín, Daniel Omar Gutiérrez, le pregunta a Ana María Martí si conocía a los imputados en esta causa —un procedimiento habitual antes de tomarles declaración a los y las testigos—, ella responde: “Conozco a Miguel Conde de mi cautiverio en la ESMA. Lo conocía con el nombre de Cortez”, y así, incluso antes de iniciar su testimonio, ya comienza a señalara los responsables directos del Terrorismo de Estado. Martí estuvo cautiva en la ESMA veite meses. Allí era utilizada como mano de obra esclava en ‘La Pecera’, sector en el que le encomendaban realizar distintas traducciones: “Yo era bilingüe francés-español. Tenía que traducir todo lo que se publicaba, sobre todo del Mundial 78”, explica. El tiempo que pasó detenida-desaparecida, la testigo pudo descifrar parte las conexiones entre la Armada y el Ejército. Durante su relató menciona los nombres de Jorge ’Tigre’ Acosta y de Jorge Raúl Vildoza, quienes manejaban todo lo que sucedía en la ESMA. Ellos fueron quienes le comunicaron el secuestro de Carmela y Vladimiro junto a la familia Nadal-Gramondi: “El Tigre Acosta me dijo que mis hijos habían sido secuestrados junto a Diego Nadal y su esposa; un primo, que era el hermano, y los hijos de Nadal. Me dijo que fueron llevados a Campo de Mayo. Después me dijo que mis hijos habían sido trasladados. Acosta y Vildoza me dijeron que mis hijos estaban bajo el control de la Brigada Femenina de San Martín. El control lo tenía Ejército. No iban a ser liberados porque habían dictaminado que estaban muy politizados. Tenían 6 y 8 años”, aclaró Ana María, como para remarcar el absurdo que significaba considerar ‘politizados’ a un niño y una niña de esas edades. 

A través de diversos dichos de Acosta, Ana María comenzó a vislumbrar las conexiones que había entre ambas fuerzas: “Ejército estaba en contacto directo con la ESMA todo el tiempo. Durante el mes de octubre subió otra vez a ‘La Pecera’ el Tigre Acosta con un plano. Me dijo que había un detenido en Campo de Mayo que había denunciado esa casa. Yo no la conocía. Él estaba seguro de que yo la conocía. Me amenazó. Un día llegó con ese plano, muerto de risa, diciendo que los del Ejército eran unos tarados, que los engañó un nene de 8 años”, dijo. Se refería a la historia del submarino que había inventado su hijo Vladimiro para decir algo y frenar las continuas torturas y los interrogatorios a los que lo exponían junto a su hermana.

También dio el nombre del coronel Roberto Roualdes, quien dispuso el encuentro de Martí con su hijo y su hija, en la casaquinta de Del Viso: “Yo estaba desesperada. Conocía al Coronel Roualdes, venía asiduamente a la ESMA a interrogar detenidas. La primera semana del mes de noviembre lo vi, me abalancé sobre él, le rogué y supliqué por mis hijos. Me dijo que me quedara tranquila, que él iba a devolverme a mis hijos. El 17 de noviembre me trasladan, junto a mi compañera de celda, a una quinta operativa. Era una casa que quedaba en Del Viso. Me llevaban ahí porque, si podían, iban a traer a mis hijos”, relata. Su compañera de celda era Sara Solarz de Osatinsky. Ana María compartió con ella el reencuentro con Carmela y Vladimiro, en aquella escena donde la niña pensó que su mamá no quiso verla: “El reencuentro fue muy difícil. Mis hijos estaban aterrorizados, muy flacos. Me contaron todo lo que habían vivido. En Campo de Mayo, recordaban las botas altas de los soldados. Estaban con los hijos de Nadal. Se veían árboles y caballos. Se correspondía con lo que me dijo el Tigre Acosta. Mis hijos me dijeron que los 4 fueron trasladados a la Brigada Femenina de San Martín. Había policías y gente de civil. Estaban con presas, que estaban todas locas. Se desnudaban y gritaban. Era una casa baja, de baldosas. Cuando respondían el teléfono, las policías decían ‘Melchor Romero’. Pudo haber sido un neuropsiquiátrico de La Plata”, cuenta, con la misma duda que acompaña a su hija: San Martín o La Plata, el horror era mayúsculo.

El relato de Ana María es mucho más veloz que el de su hija. No por una cuestión de velocidad, sino porque sus palabras brotaban con otra facilidad, quizás la fluidez que viene de estar mucho más acostumbrada a estas instancias en las que se relata el horror. Martí siguió dando nombres de todas las personas que participaron activamente de su cautiverio y el de sus hijos. Héctor Febres —“integrante del grupo de tareas de la ESMA, torturador, estaba todo el tiempo en la ESMA, seudónimo Selva o Daniel, estaba con las mujeres embarazadas” — fue quien llevó a la familia a comprar ropa a ese local cercano a la quinta, que luego sirvió para reconocer la cercanía con la casaquinta en la localidad de Del Viso: “En la ESMA se comentaba que esa casa estaba en Del Viso. Nosotros estábamos vestidos como pordioseros. Un día Febres nos pasó a buscar para comprarnos ropa a ocho o diez cuadras de la casa. Hace seis o siete años me contactó un grupo que se ocupa de encontrar esas casas del Ejército y la Marina. Fui con ellos a recorrer Del Viso. Me llevaron a la estación de Del Viso. No tengo la más mínima duda de que ahí fue donde me llevaron a comprar ropa. Por eso esta casa tiene que estar en Del Viso, estaba muy cerca de los negocios”, comprobó la testigo y agregó que “se comentaba que la casa era del padre de Pernías”.

El mensaje a través de Maggio y la solidaridad prohibida

Martí, con una entereza absoluta, contó la siniestra estrategia que encontró Jorge Acosta para amenazarla en caso de que decidiera huir del centro clandestino donde estaba desaparecida. Horacio Maggio, ‘Nariz’, se había escapado de sus captores de la ESMA. Desde afuera, además de denunciar públicamente lo que estaba ocurriendo, Maggio llamaba al centro clandestino y se burlaba de los verdugos: “Va a haber un Nüremberg para ustedes, asesinos”, les anunciaba en referencia a los juicios contra los nazis después de la Segunda Guerra Mundial. Tenía razón Maggio, pero no todo saldría bien y quienes estaban cautivos en la ESMA recibirían un mensaje. El 4 de octubre llegó Acosta, furioso, a ‘La Pecera’. La agarró a Ana María y la arrastró hasta la planta baja del Casino de Oficiales. La sacó a una galería donde había una ambulancia con las puertas de atrás abiertas: “Toda la gente que trabajaba en ‘La Pecera’ estaba desfilando delante de esa ambulancia. Cuando llego a la puerta veo el cadáver de Horacio Maggio, que tenía la cabeza absolutamente reventada, no se veía más la cabeza. El Tigre Acosta me agarra de atrás y me hace poner mi nariz en esa parte de la cabeza ensangrentada y me grita: 'Esto es lo que te va a pasar si vos te escapas'. Después nos dijo que había sido abatido en un enfrentamiento con el Ejército”, declara.

Luego, cuando es consultada por Pablo Llonto sobre si conocía la razón por la que conservaban prisioneros a Carmela y Vladimiro, Ana María desarrolla una anécdota que refleja otro de los mecanismos empleados por el Terrorismo de Estado para borrar todo rasgo de humanidad: “Era evidente que mantenían a mis hijos para encontrar al papá. En ese momento mi ex marido era clandestino. El mes de octubre fue el más terrible para mí. Cuando el Tigre Acosta me habló sólo de mis hijos, en un momento yo le pregunté qué había pasado con la familia Nadal. Era una pregunta inpreguntable en la ESMA. Nos dijo lo que nos decía siempre..., no le gustaba nada que preguntemos por otra gente. Me dijo: 'No te preocupes por otro, bastante problema tenés con lo tuyo'. En la ESMA, la solidaridad o la preocupación por el otro estaban prohibidos, directamente. No podíamos ser solidarios. No podíamos alcanzarle algo a alguien que estaba mal. Si lo hacíamos era jugándonos la vida, porque eso no estaba permitido. Ahí era el individualismo total y absoluto. Ser solidario, para ellos, significaba ser subversivo”, expresa desde un análisis preciso.

Más reconocimientos

Miguel Ángel Conde es uno de los 20 imputados en esta causa. Como mencionó al momento de prestar juramento para su declaración, Ana María Martí conoció muy bien a ‘Cortez’: “Era una persona de civil que venía muy regularmente a la ESMA. Se decía que era personal del Ejército, del Batallón 601. Era de estatura mediana, muy delgado y no tenía todo el pelo. Era una persona diferente a los otros. Se vestía con mucha formalidad y mucho detalle. De saco, nunca remera. Me interrogó varias veces en el sótano de la ESMA, y también a otros detenidos. Hacía otro tipo de inteligencia. Él estaba intrigado por saber qué teníamos en la cabeza los militantes. Él estaba más interesado en saber cómo se nos había ocurrido militar en Montoneros y cómo nos habíamos organizado. No hacía preguntas del orden del día, no buscaba encontrar gente sino que hacía una inteligencia más profunda. Sabía todo. Él sabía más que yo de los Montoneros. Cortez interrogó a todos o, si no a todos, a la gran mayoría de personas que estaban en la ESMA. Él venía muy seguido. Siempre lo vimos en el sótano. Que yo sepa nunca torturó. En la ESMA nos decían que eran del Batallón 601 (de Inteligencia del Ejército). Las fuerzas ocultaban detenidos. Cada vez que Cortez o Roualdes venían a interrogar a un detenido, algún oficial de la ESMA nos advertía que no digamos los detenidos que había secuestrado la marina. A Miguel Conde lo denunciamos con el apodo ‘Cortez’ en el ‘79”, relata, en referencia a las denuncias que realizó en Francia junto a Sara Solarz de Osatinsky, Marta Alicia Milia. Al momento de la publicación de esta nota, la noticia de la muerte de Quica Solarz de Osatinsky conmueve la redacción. 
Además de a Conde, Martí también mencionó a otros represores como Julio César Coronel, alias ‘Maco’; “al hermano del Tigre Acosta, que le decían Chavi”, Eugenio Acosta; y a Guillermo Antonio Minicucci, jefe de los Centros Clandestinos de Detención Tortura y Exterminio ‘El Banco’ y ‘Olimpo’. “Minicucci era un hombre de baja estatura. Le decían ‘Petiso Rolando’. Yo lo conocí en la pieza de las embarazadas. Fue el que trajo del centro de tortura 'El Banco' a una nena de 16 años, embarazada, que se llamaba Alicia Alfonsín de Cabandié, la mamá de Juan Cabandié, el actual ministro de Medio Ambiente. La venía a visitar bastante regularmente. Cuando se llevan a Alicia, que nosotros le decíamos 'Bebé', porque realmente era una nena, nos dijeron que la había llevado de vuelta al 'Banco”, explica. Cada tema que toca lo hace con detalles.

La serenidad y la claridad en el testimonio de Martí dieron amplias muestras de la experiencia en declaraciones en causas por delitos de lesa humanidad y su incansable trabajo en la reconstrucción de la memoria, para buscar la verdad y exigir justicia. Aunque reaparezca el dolor.

0 comentarios:

Publicar un comentario